Reflexiones sobre la presencia de la Cruz en la Comunitat Valenciana

No es fácil comenzar a reflexionar sobre un símbolo que impregna, a veces de manera sutil, incluso de modo intermitente, los elementos culturales y patrimoniales (en el sentido más amplio de la palabra) de la Comunitat Valenciana.
La cruz llega con la Conquista del Rey Jaume I, a modo de referencia. No consta que en sus acciones bélicas llevase cruces, ni en su bandera, ni en su vestimenta. O quizás, si: a veces se le representa con una gran cruz griega roja, símbolo de ser caballero de Sant Jordi, pues este santo era el patrón de los caballeros.
Tampoco se refleja, o muy escasas veces, en el trazado de las nuevas poblaciones conquistadas. Solamente unas pocas, como Vila-real, tienen un trazado perfecto, con grandes bloques cuadrados, y una plaza central que reúne las dos calles principales, a modo de cruz, a modo de las ciudades romanas. Por el contrario, en la mayoría de las ciudades y poblaciones valencianas, las plazas son pequeñas y centrales, en un confuso caserío lleno de vida.
Ni siquiera las cruces conforman, como en otros lugares, la mayor parte de los primeros templos cristianos: las llamadas iglesias de conquista están conformadas por una sola nave, sin crucero. Ciertamente la Catedral de València tiene forma de cruz, de cruz latina, pero tampoco sigue las normas anteriores de orientación, alineando el presbiterio hacia el este, hacia el sol levante, hacia Jerusalén. Por el contrario, porque esa dirección apunta también, con alguna diferencia hacia La Meca, el sagrado este, el lugar que contenía la parte central de la mezquita, el mihrab con su Corán, se convierte ahora en lugar de paso, flanqueado por la magnífica puerta de la Almoina.
¿Dónde está pues la cruz? La cruz, aparentemente ausente, está en todas partes, conformando tiempo, espacio, territorio, protección. Vayamos por partes.
La Cruz conforma el tiempo colectivo. Ya sé que esta propuesta suena arbitraria, pero no lo es en absoluto. En la sociedad histórica, y esto ocurrió hasta la implantación de la hora única, a finales del XIX, y por necesidades del ferrocarril, ya existía un cambio de horario, de verano y de invierno. El horario de verano comenzaba... de la cruz de mayo a la cruz de setiembre. ¿Qué fechas son estas? Precisamente el 3 de mayo es la fecha de la Invención de la Santa Cruz. La invención es una palabra antigua que significa “encuentro de algo que está escondido”; el inventor descubre algo encerrado en su mente. Se dice que Santa Elena, madre del emperador Constantino, que había vencido en la batalla del Puente Milvio gracias a la señal de la cruz aparecida en el cielo, descubre en Jerusalén tres cruces, de las cuales una es milagrosa, llena de energía; se trata de la cruz donde Jesús fue sacrificado. Y esa invención se celebra el 3 de mayo.
El 14 de setiembre es la Exaltación de la Santa Cruz. Una fiesta de la Iglesia de Oriente en la que se venera la cruz como leño liberador, por colgar de ella a Jesús.
Esas dos fechas, por tanto, conformaban el cambio de horario: en el “horario de verano” se hacían las cosas antes por la mañana o después por la tarde, dejando las horas centrales de la jornada para alejarse del sol. Recordemos que la sociedad tradicional, sin iluminación pública, con escasa y costosa iluminación privada, organizaba su vida durante la jornada, es decir mientras hay sol, y son precisamente “las cruces” las que determinan ese cambio de horario, esa entrada o salida del verano.
Pero el 3 de mayo tenía – y tiene – otro significado más profundo. Se trata del día en que “se bendicen las cosechas”. ¿Por qué? Porque estamos precisamente en los momentos más críticos del ciclo agrario anual. A principios de mayo las cosechas están en su madurez, y se depende del cielo, en todos los sentidos, para que se malogren o den frutos abundantes.
El día tres de mayo se partía en romería, hacia lo alto, para bendecir los términos. Generalmente se dirigían hacia las cruces de término, ubicadas en los extremos de la población, para bendecir desde allí el territorio colindante, a menudo con un “Lignum Crucis”, una pequeña reliquia de la Cruz de Jesús. Decimos “a lo alto”: en las ciudades subían a las cubiertas del templo, o incluso a la terraza del campanario, para realizar desde allí la bendición. Bendición que se sigue realizando en la actualidad, desde la Puerta de los Hierros de la Catedral de València, y que en numerosos pueblos se realiza desde alguna de las ermitas, desplazando quizás la fiesta al fin de semana siguiente.
Cruz, por tanto, asociada a protección. Pero también asociada al territorio. Las cruces de término, ubicadas entre el límite entre lo urbano y lo rural, marcan el principio del campo, la frontera con la naturaleza. Pero se trata sobre todo de una frontera simbólica y no administrativa: no hay que confundir las cruces de término con los mojones o límites municipales. Las cruces de término casi nunca coinciden con el término municipal, con la frontera entre municipios, y casi siempre marcan el límite entre lo habitado y lo cultivado. Porque no es la frontera entre la civilización y la naturaleza salvaje, sino entre las últimas casas y los primeros campos. Por esto, para protegerse del mal, que siempre viene de más allá, el Crucificado pende de la Cruz hacia fuera, no hacia adentro. Y por esto, celebrando la bendición de términos desde las cruces, el tres de mayo, se adornaban con ramas y flores, lo que ha motivado, en tiempos muy recientes, la celebración urbana de las Cruces de Mayo, quizás por imitación de costumbres urbanas andaluzas, pero recordando, de manera inconsciente, aquellas cruces de término adornadas para la bendición.
Otras cruces se adornaban, para marcar territorio, para indicar pertenencia a una comunidad: se trata de las cruces parroquiales. Pero esta referencia es a menudo móvil, en movimiento. Las cruces parroquiales abren las procesiones, indicando la pertenencia a una comunidad territorial, en el transcurso de una marcha, de un recorrido. La cruz, siempre la misma, pero ahora diferente porque va acompañada de los símbolos de la parroquia marca y denota territorio, construye y delimita el espacio de su pertenencia.
Incluso algunas cruces en el interior de los centros urbanos, asociadas a cofradías de la Santísima Sangre, marcaban el espacio de antiguas sinagogas desaparecidas, y convertidas en espacio sagrado cristiano.
A otro nivel, mucho más elevado, las cruces de las veletas marcan espacio y comunidad. Cada campanario, cada cúpula, como espacios más elevados de los templos, pero también cada palacio, cada edificio monumental, combina la veleta con la cruz. La explicación es simbólicamente sencilla: si la veleta indica de donde viene el viento (y el viento viene siempre de afuera), si el viento puede traer desgracias (con tormentas, con granizo o simplemente con “viento terrible” como decían los antiguos), el mismo instrumento que señala el origen, ya está dotado de una protección. Hoy diríamos que se trata de un antivirus, pero la cruz, en la veleta cumple, simbólica y prácticamente con el mismo papel.
La cruz, pues, como símbolo de protección y como señal de pertenencia. También en las casas más humildes. Siempre se ha dicho, y la creencia continua, que una barraca de la Huerta en condiciones, debe tener una cruz a cada extremo, por un lado para proteger a sus habitantes, y por otro para remarcar su pertenencia a una comunidad. Utilizando el lenguaje tradicional, la cruz indica, en la barraca, que sus habitantes no son moros sino cristianos.
Un mundo infinito de protección y de pertenencia se encuentra en las cruces de los cementerios: en las lápidas, sobre los ataúdes, por encima de los muros. Bien es cierto que en algunos lugares, los familiares se llevan, en el último momento, la cruz del ataúd como recuerdo del difunto, pero por lo general, estas cruces acompañan, en su viaje interminable, a los fallecidos.
Decíamos antes que la cruz marcaba un tiempo de verano, entre la Cruz de Mayo y la Cruz de Setiembre. No es menos cierto que marca un doble tiempo festivo, incluso con un territorio propio. Innumerables son los calvarios en nuestra Comunitat Valenciana, construidos fuera de la población, en numerosos pueblos y villas. Ciertamente las ciudades tuvieron los propios, incluso uno para cada parroquia, como ocurría en València hasta mitad del XIX, pero es en los pueblos donde los calvarios destacan como lugar privilegiado para recorrer, de manera simbólica y práctica, el camino de la cruz de Jesús. En estos calvarios, en los que están bien hechos, destaca además una aparente irregularidad, que también es simbólica: las casetas de las catorce estaciones del Vía Crucis se encuentran a distancias irregulares. Se llaman estaciones porque son lugares de parada en el espacio físico que trata de reproducir el camino original al Monte Calvario de Jesús: por eso la segunda estación está a 21 pasos de la primera, la tercera a 80 pasos de la segunda, la cuarta a 60 pasos, la quinta a 71 y así sucesivamente).
Pero hay otra ocupación espacial y especial del tiempo y del territorio colectivos: se trata de las numerosas fiestas de barrio, a la Santísima Cruz, en la Torreta de Canals, en Albaida, en Els Rosildos, en Bocairent o en Xàbia, donde incluso es fiesta local, por citar algunos ejemplos.
En consecuencia, la presencia continuada de la cruz, como pertenencia a una comunidad, como límite y protección territorial, como definitoria temporal, une este símbolo, de manera inevitable, constante y continuada, a la cultura tradicional valenciana, conviviéndose en un elemento consustancial e irrenunciable de nuestra identidad colectiva.
LLOP i BAYO, Francesc
LLOP i BAYO, Francesc (2010)
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    Última modificació: 19-10-2017