celebró unas jornadas que llevaban como título “Patrimonio histórico versus turismo cultural”. Asistieron numerosos ponentes relacionados tanto con la gestión turística como con la gestión patrimonial y se dejó ver en todo el momento la necesidad de coordinación entre acciones de protección del patrimonio y acciones de puesta en valor tanto para la población local como para el turista.
Y una de las reflexiones más interesantes del congreso fue precisamente acerca de su nombre; haciendo referencia a los diversos significados de la palabra versus, uno de los ponentes afirmó que este congreso no debía entenderse como patrimonio "contra" turismo, como elementos incompatibles o cuyos efectos son negativos, sino más bien patrimonio "frente a" turismo, refiriéndose claramente a la gestión del patrimonio frente al fenómeno turístico, cuyos flujos se dirigen cada vez de forma más masiva con los efectos positivos (revalorización del patrimonio) y negativos (deterioro) que ello conlleva.
En todo caso, ante la convocatoria de unas jornadas con tal temática se deduce que:
-la relación del patrimonio y el turismo es hoy ya innegable
-la cultura es un factor motivador de flujos turísticos hacia destinos que se comienzan a especializar en el llamado “turismo cultural”
-el turismo ha adquirido ya un papel influyente a la hora de patrimonializar la cultura, por su claro potencial de beneficios económicos que pueden revertir en una mejor conservación, restauración, promoción o gestión.
La cuestión es que, actualmente, el turismo necesita al patrimonio y el patrimonio puede necesitar también al turismo, por lo que cada vez son elementos que deben gestionarse más conjuntamente.
Y es que, si el patrimonio es aquello que juzgamos digno de conservación por motivos no utilitarios -según las reflexiones de Prats, Ll. y Santana, A. (2005)-, podría afirmarse que el turismo ha dotado de una utilidad antes no conocida a muchos elementos de patrimonio. Evidentemente, una utilidad diferente a la originaria del elemento patrimonial, pero que supone la revitalización del patrimonio que quizás no sería alcanzable sin el fenómeno turístico.
Y no sólo eso, sino que, además de dar uso, podemos afirmar que el turismo hace uso del patrimonio, pero que también el patrimonio utiliza el turismo como elemento activador, aconteciendo de esa forma una estrecha relación entre ambos elementos.
En todo caso, esta relación de la que hablamos se basa en la existencia del bien cultural, que sería una manifestación significativa de una práctica cultural, entendida como patrimonio histórico y cultural (Santamarina, 2005). Se trataría de la unidad mínima de cultura, que a partir de procesos de construcción social e identitaria se convierte también en elemento de patrimonio, adquiriendo después diferentes figuras legales de protección y diferentes usos, entre ellos el turístico.
Paralelamente, la unidad mínima de atractivo turístico sería el recurso territorial, que podría definirse como un elemento del territorio (elemento natural, cultural, de ocio…) que por sí mismo provoca un atractivo traducido en flujos turísticos.
Realmente se trataría de un paso más: de la cultura al patrimonio y del patrimonio al turismo. Y así, de la relevancia cultural al atractivo patrimonial y al atractivo turístico.
De modo que, como aspectos positivos principales del turismo sobre el patrimonio estaría el hecho de que el turismo se muestra como una actividad compleja y flexible que da valor económico (Prats, Ll. y Santana, A., 2005) a un elemento como el patrimonio, que en principio no está pensado para un uso lucrativo pero que, por sus otros valores, simbólico, histórico, cultural, o simplemente de hito o foco turístico.
Así, gracias al turismo, lugares, actividades u objetos despreciados con anterioridad por su escasa funcionalidad, ahora son valorados y se les añade la posibilidad de intercambiar su consumo como mercancía o producto (Prats, Ll. y Santana, A., 2005) o, por utilizar un lenguaje más apropiado, como producto turístico.
Sin embargo, desde el punto de vista de la antropología se ha observado que el turismo ha terminado por generar respuestas defensivas entre la población anfitriona, sirviendo para reforzar identidades, aunque seguramente sólo pudiendo re-creándolas. Y en esto el patrimonio desempeña un papel fundamental como vehículo simbólico, en cuanto puede ser convertido en un recurso turístico, al tiempo que también en condensador de una identidad (Gómez, 2004).
Y, evidentemente, la recreación de identidades y la llegada del fenómeno turístico a comunidades locales calificadas como “tradicionales”, supone que el turismo está también “pervirtiendo aquellas poblaciones en las que se desarrolla” (Prats, Ll. y Santana, A., 2005), por lo que no todos los efectos son positivos.
Así, se corre el riesgo de que el turismo acabe siendo un agente invasor de las comunidades locales, provocando que tales grupos y culturas permanezcan anclados en una determinada tradición, a modo de museos vivientes, provocando no sólo deshumanización sino una automatización de sus comportamientos consiguiendo un estilo de vida clónico (Prats, Ll. y Santana, A., 2005), cosa que se apreciará más claramente en el caso de manifestaciones culturales como las fiestas.
En todo caso, para acabar con este apartado, sería conveniente resaltar la importancia de entender que, el turismo es una actividad económica que se apoya y asienta en un territorio y sus aspectos culturales; teniendo en cuenta esto y que la el patrimonio puede "ser vendido" pero que la cultura sólo puede "ser vivida" (Prats, Ll. y Santana, A., 2005), puede afirmarse que el turismo actúa sobre el patrimonio pero no sobre la cultura.
Decíamos anteriormente que el concepto de patrimonio cultural se ha ampliado en los últimos años de forma impresionante y en aspectos diversos.
Uno de los aspectos que suponen una revolución por la ampliación de la mirada patrimonial es la consideración del patrimonio inmaterial, dejando atrás la tradicional identificación de patrimonio con la figura del monumento o el elemento material y consiguiendo el concepto de patrimonio una carga cultural aún mayor al aceptar manifestaciones culturales y no sólo objetos culturales.
Precisamente dentro del patrimonio inmaterial se encontrarían, además de los saberes populares, las manifestaciones culturales que suponen los actos festivos de una comunidad. Este tipo de manifestaciones conforman el llamado patrimonio etnológico, que podría describirse como el conjunto de manifestaciones y formas de vida tradicionales, materiales e inmateriales, definitorio de los rasgos propios de una colectividad, y más específicamente de los distintos grupos que la conforman.
De modo que la fiesta se enmarcaría claramente dentro de este patrimonio etnológico, y la relación que se observa entre fiesta y patrimonio ejemplifica el fenómeno creciente de la patrimonialización de la cultura (Albert, 2005).
Y es que la fiesta ha de entenderse como un fenómeno cultural y como un producto social, dialéctico (Albert, 2005), y ello se puede demostrar conociendo algunas de las implicaciones de la fiesta en relación con la cultura y el patrimonio, que a continuación explicamos brevemente:
- La fiesta suponía para la sociedad tradicional un momento de cambio, de alteración del curso normal de las actividades diarias, por lo que los períodos de fiesta se asociaban con los extremos, los excesos o la exageración: en la fiesta se vive, por ejemplo, la devoción religiosa llevada al extremo (véase el Trasllat de la Mare de Déu dels Desemparats, cuando la imagen en realidad puede ser visitada durante todo el año en su Capilla Real) o, más recientemente, las celebraciones nocturnas llevadas al extremo (véase la embriaguez frecuente durante las noches de la semana fallera).
- La fiesta persigue tanto la sacralización de los valores que identifican una sociedad como la integración de sus miembros, siendo, pues, un proceso de reconstrucción identitaria permanente (Ariño, 1992). Así, y puesto que la sacralización de valores es un aspecto cambiante en una sociedad a lo largo del tiempo, dependiendo del momento, la identidad de la comunidad se construirá a partir de unos elementos u otros de la fiesta.
- La fiesta es una forma de exaltación de la propia forma de vida: lo que importa es el efecto que tiene para la comunidad, de sentirse pueblo una vez al año, de sentirse persona, de poder romper los moldes del tiempo y del espacio durante unos días (muy delimitados, por supuesto), volviéndose a creer, de manera íntima, y socialmente compartida, que vale la pena vivir como se vive (Llop, 1996).
- La fiesta es la “celebración de nosotros mismos”, la autocelebración, lo que supone nuevamente la construcción y el reforzamiento de la identidad. Así, las fiestas religiosas son la exaltación de los valores o creencias de una manera pública y visible, mientras que las fiestas cívicas recuerdan y reviven mediante actos de diverso carácter acontecimientos como la fundación de la ciudad, la conquista cristiana, el fin de una guerra…
- La fiesta se convierte en un agente redimensionalizador del patrimonio no festivo, redefinida como elemento activador y contenedor de patrimonio (Albert, 2005). De hecho, el patrimonio no festivo presente en la fiesta se realza gracias a ella.
- La fiesta es un contenedor o aglutinador de patrimonio en cuanto a que la fiesta contiene diversas manifestaciones culturales en un mismo contexto de espacio y de tiempo: danza, teatro, música, gastronomía, etc. Además, el propio entorno que acoge los actos festivos queda revalorizado (por ejemplo, cuando la procesión de una fiesta atraviesa ciertas calles del centro histórico, se pone en valor de forma involuntaria el itinerario atravesado con sus edificios relevantes –patrimonio monumental-).
- Teniendo en cuenta que en el caso del patrimonio inmaterial, etnológico, y festivo, la actuación de la sociedad civil es todavía más necesaria e importante que a la hora de activar otro tipo de patrimonios tangibles, como el monumental o museístico, más relacionado con las instituciones públicas, la fiesta supone un motivo de la aparición de uno de los principales fenómenos de recuperación del patrimonio, el asociacionismo.
Así, aparecen agentes como las asociaciones culturales (Associació d’Estudis Fallers, Associació Campaners de la Catedral de València), las agrupaciones de “amigos de” (associació d’Amics del Corpus), las fundaciones (Fundación Fiesta de los Amantes, por la creación de la fiesta sbre los amantes de Teruel) o, como ejemplo más claro y frecuente, las cofradías (en el caso de la Semana Santa).
Anteriormente decíamos que el turismo ha adquirido un papel influyente a la hora de patrimonializar la cultura, por su claro potencial de beneficios económicos que pueden revertir en una mejor conservación, restauración, promoción o gestión; además, gracias a la ampliación del concepto de patrimonio, la fiesta se considera ya no sólo una manifestación cultural de la sociedad sino también una muestra de patrimonio cultural etnológico e inmaterial, formando así parte de los flujos turísticos con motivación de tipo cultural.
Y tal y como ocurre con el resto del patrimonio, su consumo es un hecho generalizado, y la fiesta se ofrece como espectáculo o mercancía que podemos consumir, en lo que se llamaría la instrumentación turística de las fiestas (Ariño, 1992). Y es que la atracción turística de la fiesta es innegable, lo que provoca que aparezcan procesos de extensión, generalización, apropiación étnica e incluso globalización.
Así, algunas fiestas hoy identificadas como “fiestas valencianas” eran hace años celebradas por los lugareños, considerándola “su fiesta local”, siendo este un proceso de apropiación étnica (Ariño, 1992).
Quizás el caso más claro sean los “Moros y Cristianos”, fiesta que en principio era propia de una comarca alicantina y que se viene identificando cada vez más como “fiesta valenciana” (apropiación étnica), a la vez que se extiende hacia otras poblaciones cercanas, que la adquieren como suya, o se implanta en lugares sin tradición con la justificación del atractivo turístico que provoca (generalización).
El caso del proceso de globalización en la fiesta tan sólo se vería en casos como la generalización a nivel mundial de la fiesta del Carnaval o de Halloween, o de las fiestas de Navidad, en este caso celebradas cada vez más extrayendo su significado, con la debilitación que ello supone para la propia fiesta.
Cambios como estos son los que producen una interesante paradoja, y es que, si bien las fiestas son, como decíamos antes, un acto de autocelebración y de reafirmación de la identidad de una comunidad, la importancia adquirida en los últimos tiempos, lejos de reafirmar la identidad local, la extiende a lo regional o nacional. Así, los efectos pueden ser positivos o desencadenar en situaciones de desarraigo, de desinterés de la población hacia su propia fiesta o incluso de rechazo.
Hay que tener en cuenta también que la mirada turística de la fiesta no es la misma mirada de las personas que la celebran, y esto también crea un conflicto o, más bien, un “choque de miradas”. Siguiendo a Llop (1996), el turista puede no entender muchos aspectos de una fiesta porque se necesitarían "traducciones" de una lengua local (el modo de vivir la fiesta) para unos extranjeros, hablándoles en su lengua (interés económico, productividad, hecho cultural, hecho diferencial).
Así, tenemos el ejemplo archiconocido y archiexplotado de las Fallas de Valencia, en el que se pueden estudiar infinidad de procesos de cambio en la fiesta, en sus modos de celebración de comprensión y de identidad.
Y es que se trata, sin duda, de una fiesta que para un “extraño a la fiesta” no es económicamente rentable (¿a quién se le ocurriría realizar tales gastos para construir efímeros monumentos de gran belleza y significado con el único objetivo final de reducirlos a cenizas?) pero que, paradójicamente gracias al turismo, se ha convertido el mes de marzo en la época más rentable para Valencia, además de ser una fiesta rentable en cuanto a los ya citados efectos que tiene sobre la comunidad el creer, de manera íntima, y socialmente compartida, que vale la pena vivir como se vive y mostrarlo a los demás (Llop, 1996).
Como aspecto negativo de las Fallas, actualmente podría destacarse la gran privatización tanto de la fiesta como del propio espacio público: los “casals” o lugares de reunión de los falleros de una zona son ahora lugares no abiertos a la gente del barrio sino cerrados y restringidos de un modo sectario y discriminatorio creándose una fiesta “para los que pagan”, y no una fiesta para todos (cosa, por otro lado, comprensible ante la enorme afluencia de visitantes, pero que no justifica la privatización-ocupación del espacio público o calle de la forma en que se hace).
Finalmente, todas estas implicaciones del turismo en la fiesta han llevado a una cierta homogeneización, institucionalización y necesidad de organización. De modo que hoy en día las fiestas tienen unos horarios fijados y reflejados en los programas de fiestas (con una función informativa que sin duda alcanza al participante, al residente y al turista), son organizadas en mayor medida por los ayuntamientos que por los propios vecinos, y existe la figura del gestor de la fiesta (hace pocos años era impensable).
Además, la fiesta se institucionaliza y protege mediante figuras legales (como en el caso de Catalunya, con sus “fiestas populares de interés cultural” y “fiestas tradicionales de interés nacional”) o figuras de potenciación turística (como las “fiestas de interés turístico nacional e internacional”).
Así pues, vemos que la fiesta se convierte en un reflejo de los cambios del patrimonio al pasar a ser considerado parte de él por se una manifestación clara, visible, y en muchos casos participativa de la cultura, siendo estos cambios provocados en cierta medida por el atractivo turístico que generan estas manifestaciones, y llevando interesantes fenómenos de revitalización, extensión o institucionalización de la fiesta, con sus ventajas e inconvenientes pero reflejando, aún hoy en día, que cultura, patrimonio, fiesta y turismo, van cada vez más de la mano.
Dentro de este intento de ensayo, y como último gran bloque, vamos a intentar aplicar algunos de los aspectos explicados hasta ahora al caso de los toques de campanas, tanto en general como en particular para el interesante caso de la Catedral de València.
En primer lugar, y en continuidad con el tema de la fiesta, podría afirmarse que los toques de campanas son relacionados en general por la población con la fiesta. Su significado ha desaparecido casi totalmente de la memoria colectiva, pero todavía hoy se relaciona con que “algo pasa”:
LAVDO DEVM VERUM
POPVLVM VOCO
CONGREGO CLERVM
DEFVNCTOS PLORO
SATAN FVGO
FESTA DECORO (2)
Es habitual que muchos artículos escritos sobre campanas comiencen con estas palabras, que son una fórmula repetida hasta la saciedad en campanas antiguas y modernas y que no hace más que especificar las múltiples funciones de la campana en su papel de objeto sagrado y medio de comunicación.
Así, como medio de comunicación, la campana “dice”, en primera persona, que "Populvm voco" (llamo al pueblo) refiriéndose a la más conocida de sus funciones, la de convocar a la población a participar en los actos religiosos; "Congrego clerum" (reúno al claro) en referencia a la llamada a la oración comunitaria como las de Laudes y Vísperas; "Defvnctos ploro" (lloro a los muertos) en cuanto a que su sonido se torna triste al acompañar tanto el tiempo como los actos litúrgicos relacionados con la muerte de un miembro de la comunidad a la que representan las campanas; y "Festa decoro" (decoro las fiestas), porque es un elemento sonoro inseparable de la fiesta.
Además, la inscripción indica que "Lavdo Devm verum" (alabo al Dios verdadero) y "Satan fvgo" (hago huir al demonio), de modo que la campana se convierte no sólo en un medio de comunicación sino prácticamente en un objeto sagrado, al que se la bendice, bautiza e incluso venera.
De hecho, siguiendo a Llop (2008), “Desde un punto de vista simbólico las campanas son los únicos elementos muebles del culto que reciben nombre durante su bendición. Un ornamento, un vaso sagrado, incluso un órgano - el máximo exponente de la música litúrgica - deben ser bendecidos antes de poder utilizarse. Las campanas, también, e incluso su bendición es a veces tan compleja que se asemeja más a una consagración, con el empleo de óleo, incienso y agua bendita. Pero la gran diferencia con respecto a los otros objetos culturales es su denominación ritual: ni un vaso sagrado, ni un ornamento, ni un órgano reciben nombre al ser bendecidos.”
Resaltar también que otras inscripciones muestran de igual forma "Nimbus fugo "(hago huir a las nubes), "Fulmina frango" (quebranto los rayos), "Sabbata pango" (celebro con cantos los sábados), "Excito lentos" (excito a los perezosos), "Dissipo ventos" (disipo las tempestades), "Paco cruentos" (apaciguo disputas sangrientas), etc., si bien algunos de ellos, como los aspectos meteorológicos, se relacionarían más con la religiosidad natural y las creencias populares, otorgando a la campana el “poder de solución de ciertas circunstancias”.
De modo que el valor simbólico de las campanas se une a su carácter de objeto con poder, objeto sagrado, y medio de comunicación, de modo que nos encontramos ante un objeto (la campana) y un código de comunicación (el de los toques de campanas) que durante siglos, y todavía hoy en cierta medida, son elementos que unen a una comunidad, que la representan e identifican, creándose una relación.
Y es precisamente este vínculo el que provoca que, para gran parte de la población, actualmente las campanas y sus toques sean un elemento más perceptible cuando falta; es decir, se trata de un elemento del paisaje sonoro de pueblos y ciudades que “siempre está ahí”, que se da por supuesto y al que no se le otorga importancia. Sin embargo, ante quejas de vecinos, averías, traslado para su restauración, etc., la población percibe claramente que algo falta, y refuerza su vínculo con su sonido.
Más claro aún sería pensar si esos momentos de silencio se producen en medio de algún acontecimiento como el fallecimiento de una persona o la procesión de una festividad religiosa, pues se trata de elementos que construyen el contexto de alegría o tristeza que provocan estos actos. Así, un toque de difuntos no sería por sí mismo una composición triste (por ejemplo, el toque solemne de difuntos de la Catedral de València, de ritmo muy rápido, es muy similar al toque de fiesta de Zaragoza), sino que el duelo se produce al combinarse una situación con un estado de ánimo de la comunidad y con un sonido que marca el momento de duelo.
En todo caso, como hemos visto, el sonido de las campanas, sus toques, han tenido y tienen muy diversas funciones, a pesar de que hoy en día se asocie prácticamente tan sólo a la fiesta o el duelo. En todo caso, es indudable que el de las campanas es un sonido que se encarga de romper el tiempo cotidiano: no en vano, en València a cada parte de los volteos de las fiestas principales, se le llama tradicionalmente "parà" o parada; es decir, durante el tiempo en que están sonando las campanas, el tiempo cotidiano para y da paso al tiempo festivo.
Y es que las campanas no sólo anuncian actos sino que marcan el tiempo, civil y religioso. Y cabría aquí reflexionar sobre el hecho de que, mientras que el tiempo civil, marcado por el invento del reloj, marcaría un paso del tiempo inventado por el ser humano, el tiempo de las campanas marcaría el tiempo auténtico, el de las fiestas, el de los cambios de estación, el de los cambios del ritmo de las cosechas, el de los cambios en el horario de salida y puesta del sol, etc. ¿Acaso en la sociedad tradicional se empezaba a trabajar a las 7.30, o más bien cuando el sol ya ilumina las calles?
Así, vemos que las campanas marcaban el “tiempo real” de la sociedad, mientras que el reloj marcaría un “tiempo inventado”, hoy imprescindible pero irrelevante para la sociedad tradicional.
Para justificar que los toques de campanas son patrimonio cultural cabría decir, por un lado, que son parte de la cultura, pues esta es el conjunto o sistema de creencias, ideas y valores que comparte una comunidad, y el de los toques de campanas es un lenguaje que entienden tan sólo los miembros de una comunidad concreta.
Además, se consideraría también patrimonio por ser un elemento de la cultura que se intenta conservar por motivos no utilitarios (existen hoy medios más efectivos y sofisticados para la sociedad actual), sino más bien por ser una parte del paisaje sonoro, una música del pasado o incluso la más antigua música del pasado que se conserva (una campana no cambia su sonido a lo largo del tiempo).
Consideraríamos, pues, los toques de campanas, como un bien que forma parte del patrimonio etnológico, del patrimonio inmaterial y todavía más concretamente del patrimonio sonoro. Además, cabría añadir que posee también un valor histórico (por la antigüedad de las propias campanas o de las composiciones de los toques) y un valor religioso, por su tradicional vinculación, al menos en el caso de España y otros países de raíces cristianas, a los templos religiosos.
El sentido identitario de los toques de campanas es igualmente innegable, por el ya explicado hecho de que los toques de una población, antiguamente no eran entendidos por un forastero, lo que demuestra la riqueza y variabilidad del código de comunicación que suponían las campanas. Así, la comunidad local solía ser recelosa con sus toques de campanas, afirmando que “los que mejor tocamos somos nosotros, los de los demás pueblos no saben tocar bien, pero los del pueblo de al lado no tienen ni idea de tocar”.
Pero si bien en este contexto de la sociedad tradicional las campanas constituían un símbolo claro de identidad para la población local, a partir de los años 1960 (en el caso de la Comunitat Valenciana), en un momento marcado por un relevante crecimiento económico marcado por fenómenos como el desarrollismo y el turismo, y siguiendo una idea equivocada de modernidad, se comienzan a tachar los toques de campanas como algo atrasado, anticuado, innecesario y que rompía con el progreso del momento.
Así, la figura del campanero, cuyo oficio era cada vez más incomprendido e infrecuente, desapareció para dar paso a los motores, que automatizaban las campanas ante el asombro de la población pero simplificaba al máximo el antes rico, creativo y variable lenguaje, que se convertía en un sonido monótono y carente de transmisión de sentimientos.
El proceso de desaparición de los toques de campanas tradicionales y de su significado para la población continuó desapareciendo durante los años 70 y 80 en el caso de la ciudad de Valencia donde, en 1988, estando las campanas de la Catedral ya mecanizadas y prácticamente mudas desde hacía más de 15 años, un grupo de personas se ofreció para hacerlas sonar en la fiesta del Corpus.
Fue entonces cuando apareció la asociación conocida como Gremi de Campaners Valencians, en una muestra de la potencialidad de la recuperación del patrimonio como forma de fomento del asociacionismo (y a la inversa).
Desde aquel año hasta la actualidad, la asociación ha continuado con su objetivo de recuperación y realización de los toques de campanas de la Catedral de València, además de tratar de conocer, utilizar, conservar y difundir las peculiares características de este instrumento musical destinado a usos comunitarios.
Así, si aplicamos este proceso a las dialécticas de la activación del patrimonio, podría identificarse, en primer lugar, con el concepto de desencantamiento (en el que el significado que tenían las campanas para la sociedad tradicional ha desaparecido para dar paso a otros medios de comunicación relacionados con un ideal secularizado de progreso en que los toques de campanas se veían como algo antiguo Y sin sentido) y reencantamiento (en cuanto al proceso de los últimos años, en que vuelve a aparecer un interés por el tema y, sobre todo, una vinculación identitaria).
Al mismo tiempo se aprecia el proceso de destradicionalización (la citada pérdida de la tradición, o más bien desaparición de los toques de campanas de la memoria colectiva o de la escena social) y retradicionalización (recuperación de la tradición por parte de una asociación cultural y esfuerzo por convertirla en patrimonio mediante la transmisión de la importancia de los toques de campanas como elemento identitario para los habitantes de la ciudad).
Finalmente, la última dialéctica sería la que se refiere a la desterritorialización o desanclaje (por el que las personas, debido al proceso de globalización, muestran un interés mayor por aquello externo a su territorio y su cultura, por lo que aspectos como los toques de campanas quedarían ignorados) y a la reterritorialización (en la que se da un interés por la conservación, reafirmación y revitalización de las especificaciones culturales locales propias, con el interés que ello conlleva para la población en el caso de los toques de campanas, desconocidos para muchos pero que suscitan interés o curiosidad en el momento en que se conocen).
Todo este proceso, en el que la consideración de los toques de campanas por parte de la población en general y de los valencianos en particular ha cambiado sustancialmente, ha sido posibilitado, en algunos aspectos, por el interés de la Administración ante tal práctica cultural.
Así, mientras que en muchas comunidades autónomas la recuperación del interés por los toques de campanas es aún muy prematura, en el caso de la Comunitat Valenciana, la Generalitat vela por la correcta restauración de este patrimonio etnológico y la promueve mediante la convocatoria de subvenciones anuales para proyectos de restauración de campanas siguiendo criterios de respeto a la tradición y aplicación de las últimas tecnologías (hoy en día se instalan motores y ordenadores que reproducen los toques tradicionales pero no impiden los toques manuales).
Además, en el caso de los toques de la Catedral de València, la asociación de Campaners es subvencionada anualmente por el Ajuntament de Valencia por la realización de los toques correspondientes a las llamadas “Festes de la Ciutat”, a saber, Mare de Déu dels Desemparats, el Corpus Christi, Sant Vicent Ferrer i Sant Vicent Màrtir.
De cualquier modo, y siguiendo con la institucionalización del patrimonio cultural, no se ha conseguido todavía, sin embargo, la declaración de algunas campanas históricas como BIC (Bien de Interés Cultural) ni la declaración de los propios toques de campanas de la Catedral de València.
En todo caso, los argumentos no sobran en ninguno de los casos: en el de las campanas históricas, se trata de objetos de gran valor histórico, en ocasiones con seis o siete siglos de antigüedad, y que reproducen sonidos con esa misma antigüedad (patrimonio sonoro).
En el caso de de los toques de campanas de la Catedral de València, se trata de una práctica cultural tradicional realizada en el contexto físico de un monumento histórico, que utiliza instrumentos antiguos (las campanas), partituras antiguas (las llamadas Consuetas o costumbres escritas, algunas de los siglos XV y XVIII) y que se realiza con regularidad por un grupo de personas que la ha revitalizado ante el olvido colectivo.
Sin embargo, no todo es tan positivo en este proceso, ya que los toques de campanas, como toda actividad cultural, provocan ciertos conflictos que no son más que la confrontación entre la realización de una práctica cultural propia de una comunidad y la apelación a los derechos individuales. Y es que la existencia del patrimonio es claramente un factor de recorte de libertades, por lo que los conflictos no son algo extraño al patrimonio.
Quizás la principal confrontación existente debería relacionarse con las quejas por el sonido de las campanas. En el caso del campanario de la Catedral de València, desde que en 1990 se recuperara el sonido de la histórica campana Micalet tras de varios años muda, se han dado quejas en varias ocasiones, siempre relacionadas con el toque nocturno de dicha campana horaria.
Actualmente, el Micalet calla por las noches, de 12 de la noche a 8 de la mañana, debido a las quejas de una sola persona. Es este un triste ejemplo en el que se aprecia que, efectivamente, el patrimonio limita los derechos individuales (derecho a elegir el sonido de fondo del tiempo de sueño), y que en esta ciudad, los derechos individuales han superado a los de la comunidad: el deber histórico del ayuntamiento (las campanas horarias son de titularidad municipal) de informar de la hora día y noche y el derecho histórico de ser informados han desaparecido.
Dicho de otra forma, los Campaners de la Catedral “creemos que, al menos, la campana de las horas, el “Micalet”, debe tocar de día y de noche sin interrupción, porque su sonido, grave y agradable al oído, es como el batido del corazón de la ciudad. Su silencio nocturno aterra, porque muestra una ciudad muerta, solamente surcada por el estrépito imparable y sinsentido de los vehículos de motor y de los grupos de alegres bebedores, que poco aportan al descanso de sus vecinos” (Llop, 2006)
En todo caso, actualmente podría decirse que la consideración de los toques de campanas como práctica cultural e incluso como patrimonio cultural es casi totalmente aceptada por las personas que conocen la tarea de los Campaners de la Catedral.
Así, vemos como gracias a la actividad de una asociación cultural, a cierto apoyo por parte de las instituciones, y a un interés creciente de la población por sus propias tradiciones, y mediante procesos como la retradicionalización, reterritorialización o reencantamiento, las campanas no soy ya algo viejo, anticuado o inservible, sino que su consideración comienza a ser aceptada como lo que es, como una música que ya escuchaban nuestros antepasados, la más alta música comunitaria, el más alto instrumento sonoro (Llop, 2004).
Además del valor histórico o etnológico, un valor añadido que tiene mucha importancia actualmente en cualquier bien cultural es el valor turístico, ya que constituye, en ocasiones, motivo suficiente para conservar y difundir ese bien.
Decíamos anteriormente que uno de los objetivos principales de la asociación de Campaners de la Catedral de València era la difusión de los toques de campanas y de todo lo relacionado con este instrumento musical. Esta difusión, en el caso de la torre del Micalet, se ha traducido igualmente en una apertura de esta manifestación del patrimonio cultural valenciano hacia los visitantes de la Catedral de València y, en concreto, a los de la torre, si bien es cierto que todavía hoy los visitantes asocian la utilidad de la torre como mirador turístico y no como contenedor de patrimonio.
Precisamente la función secundaria que tuvo este campanario como torre de vigilancia es un antecedente de su uso turístico actual: hoy en día los turistas (o visitantes residentes en la ciudad) piensan en el Micalet sólo como una torre desde lo alto de la cual se contempla una interesante panorámica de la ciudad. Hemos pasado, pues, a darle un uso principal a este edificio que no es su uso primitivo (albergar las campanas); las personas que suben a la terraza de la torre, lo hacen especialmente, según Francesc Llop, “para poseer”, para poder contemplar la ciudad desde lo alto y poder decir “veo toda la ciudad, la ciudad es mía”.
Es precisamente este gran atractivo el que eclipsa la importancia del verdadero uso histórico de la torre como cobijadora de las campanas y sus toques. Sin embargo, el hecho de que en los días en que se realizan toques manuales de campanas, dentro del horario de apertura de la torre al público, la sala de campanas permanezca abierta, supone un claro factor que añade valor turístico a la experiencia de la visita al campanario de la Catedral.
Se trata, sin duda, de un buen ejemplo de un elemento patrimonial, en cierta medida desconocido a ojos de los residentes y totalmente sorprendente a ojos de turistas visitantes (no suele hablarse de ello en las guías turísticas).
Y es que, si bien ya se contemplan los campanarios como elementos susceptibles de convertirse en recurso turístico para una población, en el caso de Valencia, donde el campanario de la Catedral es ya un claro recurso turístico, todavía no se ha conseguido aprovechar el igualmente grande potencial de los toques de campanas como atractivo, si bien es cierto que ya existe una empresa organizadora de visitas por Valencia que incluye la asistencia a los toques de campanas del día de Sant Vicent Màrtir.
Una forma más de dar a conocer este, el más alto instrumento sonoro, antes de alcance comunitario y ahora quizás también, y aunque en sentido distinto, de alcance turístico.
(1) Diapositivas de la asignatura “Patrimoni Cultural”. Diplomatura de Turismo - Universitat de València. Fuente no citada.
(2) La fórmula posee variantes, y la que se muestra en concreto corresponde a la campana Bàrbera (1681) de la Catedral de València.
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BUIGUES METOLA, Marcos
Trabajo asignatura "Turismo y Patrimonio" del
Master en Dirección y Planificación del Turismo. Universitat de València (05-2008)