RIBERA CARBÓ, Eulalia - Segregación y control, secularización y fiesta

Segregación y control, secularización y fiesta

Las formas del tiempo libre en una ciudad mexicana del siglo XIX

Eulalia Ribera Carbó
Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora
Proyecto de Historia Urbana
Plaza Valentín Gómez Farías 12
03730 México D.F.



Resumen

Durante el tercer cuarto del siglo XIX, la ciudad mexicana de Orizaba empezó a vivir algunos de los cambios que modificarían su semblante colonial con los ropajes de la modernidad. Algunos de esos cambios se produjeron en la manera en que se ocupaba el tiempo libre, en las formas públicas y privadas de celebrar y distraerse. Clubes exclusivos, un magnífico teatro, nuevos reglamentos con los que las autoridades urbanas pretendían organizar y controlar la actividad de los demás, y una sensible fractura en el monopolio que la Iglesia había ejercido secularmente en el festejo popular fueron parte de ello.

Abstract

During the third quarter of the Nineteenth Century, changes in the Mexican city of Orizaba modernized its colonial structure. Some of these changes were related to free-time activities, and to the public and private forms of celebration and amusement. These included exclusive clubs, a magnificent theatre, and new regulations through wich urban authorities aimed at organizing and controling recreational activities. This was favoured by a significant weakening in the monopoly that catholic church had traditionally exerted on popular festivities. 



 
Mediaba el siglo XIX y transcurrían tres décadas. Apenas treinta años, suficientes en su brevedad, para que una ciudad como Orizaba, rondando la cifra de 20 000 habitantes (1) y enraizada tenazmente en su estirpe colonial, viera aparecer novedades importantes por el sentido que le daban a una vida urbana más republicana, y más moderna en un amplio sentido de la modernidad. No sólo era la nueva industria tecnificada, un comercio extranjero diverso o la llegada de los primeros convoyes del ferrocarril. La modernidad también se anunciaba en las maneras en que los orizabeños celebraban y organizaban sus distracciones y su ocio.

Las oligarquías fundaban sus clubes privados, construían un gran teatro y organizaban lujosos bailes. El ayuntamento intentaba administrar y redactaba normas y reglamentos. Los "pobres" hacían lo que podían participando de las algarabías generales, y la Iglesia perdía terreno y esplendor en sus fiestas, ante el triunfante Estado laico con su legislación y su calendario cívico.

La exclusividad de las elites

En la década de los años setenta, la burguesía liberal en México, después de pasar largos años de guerra civil y de valiente lucha en contra de la intervención extranjera, había logrado por fin derrotar a las viejas oligarquías herederas de las prebendas del antiguo régimen.

Con la oposición conservadora marginada, los nuevos grupos consolidados en el poder se aprestaban a afianzar a escala nacional las reformas económicas de su ideario político. El triunfo de su proyecto y el ejercicio del poder se traducían de muchas maneras en la vida cotidiana, en que era necesario reafirmar los espacios de privilegio cuyas delicias estaban ahora al alcance de la mano.

En la nueva estabilidad política, uno de los fenómenos que representó esta definición de distinción a nivel urbano, fue la formación de clubes y centros de reunión exclusivos para los miembros distinguidos que respondían a los requisitos necesarios para ser admitidos. En ellos, los nuevos ricos se refinaban departiendo con los ricos de siempre, y se marcaban las distancias con el "peladaje".

El historiador local Joaquín Arróniz cuenta que en Orizaba, hasta el momento en que él escribe su historia en 1867, la vida social había decaído deplorablemente. Dice que el aislamiento en que las familias se veían obligadas a vivir a causa de las disensiones políticas limitaba las relaciones a las impuestas por el uso, y sin más fin "que el de corresponder a mutuos cumplimientos"(2).

Pero en 1870 ya no se vivía en guerra, y por lo visto había llegado el momento de reactivar la diversión y la convivencia de esas buenas familias. Fue entonces que los comerciantes bien establecidos de la ciudad decidieron formar una "Sociedad" y bautizarla con el nombre de Lonja Mercantil. Como su reglamento versaba en el primer párrafo, la agrupación tendría por objeto principal:

la reunión de todos los individuos residentes en esta ciudad y dedicados en su mayoría al comercio y demás ocupaciones; desarrollar con recíproca ventaja en sus negocios y relaciones los elementos de fraternidad, y proporcionarse los recreos y pasatiempos propios y admitidos en buena sociedad (3).

El 29 de octubre, un tal Manuel Avellaneda presentó el reglamento aprobado por la jefatura política del cantón, notificando al Ayuntamiento que el día primero de ese mes del año en curso se había establecido formalmente la Lonja, ofreciendo a sus miembros las distracciones permitidas en las poblaciones cultas.

La Lonja quedó compuesta por los socios fundadores, que eran los propietarios del establecimiento y los encargados de su dirección económica interior, y por los socios suscriptores, que se inscribían en un registro y se comprometían a pagar la cuota mensual de un peso. Cualquier persona residente en Orizaba y sin importar su nacionalidad podía ser admitida siempre y cuando lo solicitara a la junta directiva y ésta lo aprobara por mayoría de votos y sin discusión. Esa junta debía componerse de un presidente, un vicepresidente, secretario, prosecretario y doce vocales, nombrados de entre los socios y elegidos por ellos mismos cada seis meses, según lo estipulaba el reglamento. Sus funciones directivas también incluían el deber de prevenir o cortar los incidentes desagradables que pudiesen ocurrir entre los concurrentes, interponiendo siempre observaciones conciliadoras.

El primero en ocupar el cargo de presidente fue Gabriel de la Torre, y el de secretario el renombrado Silvestre Moreno Cora, conocido, entre otras cosas, por haber sido el fundador del Colegio Preparatorio de Orizaba.

Nadie que no estuviera inscrito podía entrar en la casa de la Lonja, a menos que, tratándose de un forastero, uno de los suscriptores solicitara con anticipación un billete de admisión por un mes.

Aunque no se dijera así, es evidente que la "Sociedad" estaba organizada para los jefes de familia y no se planteaba siquiera la presencia de un socio mujer. En la Lonja Mercantil se reunían los señores para leer, revisar los periódicos, discutir de política en las tertulias, o jugar ajedrez, tresillo, billar y boliche. Cada cosa en un departamento con sus reglas específicas. Ellos traían los muebles y los enseres que requirieran para su comodidad, guardándose exclusivamente para su propio uso la mesa, el secreter o el sillón donde pasarían el rato muy a gusto y, hasta con suerte, cerrarían algún buen negocio con sus contertulios. Según el reglamento, muy democráticamente todos gozarían sin distinción de las mismas consideraciones.

Desde luego los juegos en la Lonja se sometían a las normas generales de los reglamentos de policía de la ciudad. Los de azar rigurosamente prohibidos, y los "carteados", el billar y todos los permitidos por la ley se sometían a las tarifas impositivas del municipio (4).

Decíase que el más concurrido era el boliche, por ser el de mayor agrado y el más benéfico a la salud. Pero lo que a unos los volvía más saludables, a otros les perturbaba el descanso reparador y necesario para el organismo; eran los pobres vecinos de la Lonja los perjudicados con el ruidoso juego que los molestaba en horas de la noche, y quienes depués de aguantar mucho tiempo se decidieron a presentar una queja en el Ayuntamiento.

La Lonja estaba en una céntrica manzana sobre la 1ª calle Principal, sujeta por lo tanto a los reglamentos que prohibían el boliche después de las ocho de la noche. En acta consta que el problema se solucionó enseguida, y no debió ser restringiendo horarios, porque en abril de 1876, a los encargados del billar y del boliche de la Lonja orizabeña se les autorizó para mantenerlo abierto una hora más hasta las once de la noche. Sería porque el juego se instaló en los bajos de la casa (5).

En lo que obviamente sí participaban las señoras de los ilustres socios era en las tertulias mensuales y en los bailes que se daban en el salón cada seis meses, si los fondos de la casa así lo permitían. La junta entregaba los boletos de invitación, y el día del sarao los horarios del establecimiento, que normalmente abría de seis de la mañana a once de la noche, se ampliaban.

No era la Lonja la única que ofrecía bailes. Los ricos en sus casas reunían a las buenas familias para deleitarse de vez en cuando con fiestas en las que había música, se danzaba, una dama se lucía al piano, y a lo mejor algún caballero español hacía reir a la concurrencia cantando divertidas coplas andaluzas. Si había un extranjero de visita, los anfitriones se esforzaban en corroborar la buena fama de hospitalidad, dando muestras sinceras de amable acogimiento(6).

Para cualquiera de éstas fiestas particulares que empezara a las diez de la noche o se prolongara después de ésta hora, había que pedir licencia a la autoridad urbana, y sobre todo cuidarse de no tocar timbales, trombones, bombo o platillos, ni ningún otro instrumento demasiado ruidoso que pudiera molestar al vecindario (7).

Durante el carnaval se organizaban los bailes de máscaras. Cada año los que querían hacerse cargo de ellos se presentaban a pedir la autorización correspondiente en el Ayuntamiento y a pagar las pensiones establecidas por la ley. A veces era en una casa, a veces en el teatro, y el solicitante tenía que ocuparse en lograr una buena iluminación y en mantener la vigilancia con personas "de confianza y moralidad".

Los bailes carnavalescos solían comenzar alrededor de las ocho de la noche, y aunque en días de trabajo no podían durar mucho, en los festivos no terminaban antes de la una. A la hora convenida empezaba a llegar la gente disfrazada. Se le detenía en la puerta, y si no mostraba el boleto de la prefectura que le daba permiso para llevar antifaz, se le negaba la entrada. Era asunto de estricta seguridad; una máscara podía solapar a cualquier delincuente con malas intenciones y más valía ser precavido. A la autoridad no podía dirigírsele la palabra con la cara cubierta, y si el guateque era en el teatro, no estaba de más prohibir a la concurrencia entrar y esconderse en los palcos.

También era conveniente no vender licores en la sala del baile. Era mejor instalar la cantina en otro rincón, y cuando se hiciera tarde inclusive se podía aumentar el precio corriente de las bebidas. Nadie podía portar armas o bastones, como no fuera una autoridad o un miembro del cuerpo de policía. Nadie, a excepción de los "bastoneros" que dirigían los bailes.

Cuando se habían gastado bien los tacones y la fiesta llegaba a su término, los criados que habían recibido las capas, los abrigos y los sombreros con los boletos numerados, los iban devolviendo a sus propietarios, que cansados y satisfechos se iban a casa a descansar (8).

Los orizabeños refinados abrigaban en esa época otro sueño: el de ver encendidas las luces en el proscenio para aplaudir a los actores en un teatro que pudiera dignamente llamarse así, y que ensalzara el nombre de la ciudad. Pero el sueño quedaría frustrado por un buen tiempo. No eran años de estabilidad política ni de bonanza económica general aquellos de después de la mitad del siglo, y las cosas no estaban como para andar dedicando recursos y esfuerzos a empresas que eran más bien suntuarias, cuando apenas de ir saliendo se trataba.

Llegaría el día en que sus anhelos fueran colmados. Pero mientras tanto había que conformarse con un teatro pequeño cuyo abandono lo tenía al borde de la ruina, o con escenarios improvisados para dar cabida a cómicos de la legua y a compañías cirqueras, que deleitaban al público con sus maromeros y payasos.

Algún visitante extranjero a mediados de siglo podía contar de una velada pasada en el chiquito y lindo teatro de Orizaba, amenizada por el arte de buenos actores (9). Pero los reportes que por ese tiempo llegaban al Ayuntamiento nos hacen dudar de sus palabras, que seguramente estuvieron influidas por el optimismo de un viaje por tierras nuevas y exóticas. Al menos por lo que respecta al edificio.

En mayo de 1853 las condiciones del teatro, según los peritos, eran deplorables. El dueño se mostraba dispuesto a que se hicieran las reparaciones necesarias para poder programar unas funciones de magia en las que había pensado, pero un año y medio después el teniente coronel de ingenieros consideraba que no debía permitirse reunión alguna en un recinto en que hasta los pisos de los palcos y el propio escenario eran casi una ruina. Es más, si querían evitarse desgracias, lo más conveniente era destruirlo por completo (10). Seguramente se trataba del que, según el historiador local José María Naredo, se llamó un tiempo Teatro Gorostiza, y que durante el porfiriato se reconvirtió en una importante fábrica de puros llamada La Violeta (11).

El teatro se clausuró y en septiembre de 1857 se había levantado uno provisional en la calle del Calvario, en pleno centro de la ciudad. La construcción parecía sólida, pero su carácter efímero lo constataban los amarres de lazo que sostenían lo que seguramente era una estructura de andamiaje. Se redactó inclusive un Reglamento de teatro, que contemplaba el nombramiento de dos censores con la autoridad necesaria para calificar las obras. La colección de normas que daba cuerpo a ese reglamento y a otro para las diversiones públicas de 1865, evidentemente estaba pensada para entretenimientos de farándula y un público no precisamente excelsos. Sin duda obras vulgares, o funciones de maroma, circo, magia o marionetas (12).

Pero imaginemos la ilusión de los cosecheros de tabaco más encopetados de la ciudad, de los comerciantes ricos, de los políticos con pruritos de finura, de los profesionistas pertenecientes a la intelectualidad orizabeña, o de cualquier negociante con aspiraciones de nobleza. Poder aplaudir a verdaderos artistas detrás de las candilejas de un teatro elegante a la altura de sus aspiraciones. Entonces sí, Orizaba podría presumir de una nueva categoría urbana y su "gente bien" de ser más ciudadana que antes. ¿Por qué no? La ciudadanía no sólo había que cifrarla en la extensión de calles bien calzadas e iluminadas, en el lujo y la prosapia de sus casas, el surtido de las tiendas, o el atuendo de sus fuerzas del orden. Una ciudad era más ciudad, si podía vanagloriarse también de tener un teatro con todas las de la ley, que subiera el telón frente a un público culto y preparado para aclamar a lo bueno y mejor.

Y tal vez, en algún benefactor del suelo donde había nacido, cabía el ideal elevado y honesto de hacer más accesible para todos el arte y la cultura, que creando gente mejor, acercaría el sueño de progreso para los pueblos.

Ignacio de la Llave, hijo ilustre de Orizaba, gobernador liberal del estado de Veracruz y héroe de la resistencia en contra de la ocupación imperialista extranjera, trabajó en la iniciativa de construir un gran teatro para la ciudad.

No conocemos los detalles de una obra a todas luces magnífica. Ignoramos cómo intervino el Ayuntamiento, qué papel desempeñaba una llamada Junta del Teatro, quiénes financiaron los trabajos y con qué ritmos se terminaron. Tenemos notícia de que el rico capitalista Manuel Escandón, que en 1848 había comprado la fábrica textil de Cocolapan en su natal Orizaba, aportó fondos con cantidades nada despreciables para la realización del nuevo escenario(13). Entre 1864 y 1867 se creó un impuesto especial de "mejoras materiales", y se avanzó considerablemente en la edificación. Pero en agosto de 1867, una vez recuperada la soberanía nacional con la salida de las tropas francesas de ocupación, el Ayuntamiento, para continuar con las obras del teatro, solicitó al gobierno de la República una ayuda de 40 000 pesos en fincas y capitales, de los que habían sido desamortizados en julio de 1862. La ayuda fue denegada (14).

Al año siguiente los presidiarios pobres de la cárcel trabajaron durante algunos meses en el teatro, pero después, todos los reportes de 1870 hablan de que el teatro permanecía paralizado y en deterioro por falta de recursos (15).

¿Cómo cambiaron las cosas? ¿Cuándo se hizo la inauguración oficial? No sabemos eso, pero sí que entre los primeros administradores nombrados por la corporación municipal estuvieron Isidoro Sota que era un connotado hacendado, dueño de uno de los molinos de la ciudad y con negocios en la construcción y el comercio de licores; y el escocés Thomas Grandison, administrador de la fábrica de Cocolapan, y que entre otras cosas fue además presidente de la Junta del Teatro (16).

Eran, desde luego, las económicamente poderosas élites urbanas, las que impuslaban el proyecto.

El 28 de septiembre de 1874 en el Ayuntamiento, la Junta del Teatro acordó venderle a Antonio Escandón, de la ilustre familia que figuró entre las más importantes del país por la magnitud de sus diversificados negocios, la propiedad absoluta del primer palco intercolumnio por 2500 pesos(17). El teatro abría por fin sus puertas, con una inscripción que, en su hermosa fachada neoclásica haciendo frente a la plaza junto a la Parroquia, en pleno corazón de la ciudad, hacía honor al prócer que lo merecía: Gran Teatro Llave.

Y ahora, sin duda, Orizaba era más ciudad que antes.

Las diversiones públicas y la intervención del ayuntamiento

Historia muy distinta era la de los de abajo, que desde luego ni se planteaban la posibilidad de entrar al lujoso Teatro Llave, ni la de ser invitados jamás a la Lonja Mercantil, ni tampoco la de asistir a un baile de carnaval para el que ni soñando podían pagar por el boleto, y no se diga por la confección de un disfraz.

La gente sencilla, cuando llegaba el caso, se distraía y disfrutaba de su tiempo libre como podía, sin elegantes y modernos boliches, ni cómodas salas de reunión, y mucho menos grandes salones de baile. Si le alcanzaba el gasto, alguna vez pagaba por ver el circo y la maroma, los hombres perdían un rato en el billar público, iban a la pelea de gallos, o cuando había, a las cuatro de la tarde se dirigían a la plaza de toros de Santa Anita para ver la corrida que terminaba antes de las oraciones de la noche.

A veces se lidiaban hasta seis toros y se mataban dos; función completa. Claro que no se podía aspirar a un buen lugar como el que siempre se reservaba a la sombra para el señor juez . Y si se era muy pobre y ni para eso se juntaban centavos, siempre quedaba el recurso ingenioso de trepar al cerro del Borrego, y desde una buena atalaya ver los toros; de lejitos, pero sin pagar un quinto(18).

A veces se topaba con una diversión callejera, casi siempre prohibida por la ley, pero que mientras duraba era entretenida. Unos apostadores en la rayuela, un muchacho haciendo volar un papalote más grande que el tamaño de dos pliegos de papel común, otro jugando con un cohete de arranque, o alguien lidiando un toro "a peal" en una calle.

También podía uno encontrarse con un merolico cerca del mercado, que con florituras verbales intentaba convencer a los que en un corrillo a su alrededor quisieran comprarle las maravillas que ofrecía. O si en un mes de mayo apretaba mucho el calor, podía apurarse un baño clandestino en alguna de las fuentes de la ciudad, o en el río frente a un puente, vigilando de reojo que no llegara un guardia para acabar con el refrescante placer (19).

La boda de una hija, el santo de la comadre, o la limpieza del pozo de agua en el cuarto patio de la vecindad el día de la Santa Cruz eran la ocasión para celebrar y, aunque fuera modestamente, invitar a los frijoles. El pozo se pintaba de blanco, se adornaba con cadenas de papeles de colores que hacían las muchachas, y se organizaba el baile al son del salterio que sabía tocar un tío, de la armónica del papá y el acompañamiento del ritmo que un amigo le sacaba a un bote vacío (20).

Hay que decir que la forma en que los ciudadanos entretuvieran las horas de su tiempo libre era algo que no podía escapar a la mirada inquiridora de las autoridades urbanas. Primero, por el miedo a que el ocio, y peor aún, algunas de las ocupaciones con que se podían pasar los ratos de descanso, llegaran a traducirse en desórdenes y "faltas a la moral". Pero también, porque meter la mano para administrar los pasatiempos de los ciudadanos podía resultar redituable a las eternamente agotadas arcas municipales.

Empezar por lo primero era evitar altercados, escándalos y violencias públicas, y ello obligaba, claro está, a perseguir los juegos viciosos en los que hubiera apuestas de por medio. Y así estaba explícitamente redactado en los reglamentos de policía: los juegos de azar, absolutamente proscritos.

Los "albures", los "montes" y los dados, prohibidos. Los juegos de cartas, prohibidos. La rayuela igual; y hasta en el reglamento para la casa del rastro se anotaba como una responsabilidad del guarda evitar que los trabajadores se divirtieran con eso de tirar monedas hacia una raya en el suelo, o que sacaran los naipes en un momento de distracción (21).

En las calles aún con mayor razón sería perseguido el juego. A los infractores se les obligaría a trabajos públicos durante algunos días, y si fueren menores de edad se les emplearía igual tanto en el hospital de caridad. De la misma manera se sometería al peso de la ley a los dueños de una fonda, de un café, de una vinatería, de un billar o de una casa cualquiera en que se sorprendiera a un grupo de personas en el flagrante delito, aún y cuando estuvieran agazapadas en algún cuarto interior.

Y seguramente para proteger de posibles desvíos y malas influencias a los jóvenes de cunas decentes, los propietarios de los establecimientos en que hubiera juegos permitidos por las leyes, como era el caso del billar, evitarían que en el lugar permanecieran "hijos de familia" bajo ningún pretexto, ya que la infracción les costaría su buena multa.

Inmorales debían considerarse las diversiones a las que llamaban velorios, porque también quedaban fuera de lo autorizado, y a diferencia de lo que sucedía con los juegos de azar; por lo visto las mujeres participaban más frecuentemente de eso que seguramente eran reuniones nocturnas con bailes y cantos, porque para ellas había castigos específicos.

Finalmente, si se querían evitar accidentes innecesarios había que restringir el uso de armas de fuego en los pasatiempos, así que el deporte de la caza no podía ejercitarse a menos distancia que media legua fuera de la población (22).

Lo prohibido, prohibido. Pero había muchas diversiones perfectamente tolerables. Sólo hacía falta presentarse en el palacio municipal y obtener la autorización necesaria, pagando el impuesto correspondiente, para proceder a organizar la joglería que recrearía a los orizabeños.

Hay que recordar que es el siglo XIX, el siglo en que las normas y las leyes urbanas proliferan, se vuelven más detalladas, y se complican ante una realidad que también deviene más compleja. Los cabildos aumentan su injerencia sobre el espacio ciudadano y la vida pública, regulando y buscando todas las formas posibles de engrosar sus arcas.

El 30 de abril de 1831, en la ciudad de Jalapa, capital del estado de Veracruz, se había promulgado el decreto que disponía que no podría celebrarse ninguna rifa, lotería, polaca o diversión pública cualquiera, sin haber antes pagado por el permiso correspondiente a los fondos municipales de la localidad donde hubieran de tener lugar aquéllas. Todas las legislaciones urbanas sucedáneas de Orizaba incluyeron la disposición y asignaron los castigos actualizados para los contraventores. Autoridades políticas y municipales debían estar al tanto de cualquier actividad de entretenimiento, y a veces hasta malos entendidos se suscitaban cuando se trataba de repartir responsabilidades (23).

El Ayuntamiento contaba con el dinero que ingresaba por esta vía, aunque no fuera un capital tan constante como el de las pensiones que cobraba regularmente a establecimientos fijos como los billares públicos.

Un día daba un permiso para jugar al tiro al blanco, asegurándose de disponer las precauciones necesarias para evitar desgracias; por temporadas les cobraba pensión a los músicos ambulantes que trabajaban en la ciudad. Y después, los impuestos de las corridas de toros, del boliche, o de las rifas y las loterías que se organizaban en el año durante temporadas de fiesta, y que vendían sus cédulas para el sorteo de un premio en dinero o de objetos cuyo valor no podía exceder cierta cantidad. Pagaban las diversiones de Navidad, una "tapada de gallos" y el "circo, maroma y teatro".

En 1870 el plan de arbitrios contaba inclusive con que en el año entrarían a las cuentas alrededor de cien pesos por licencias cobradas de entre dos reales y un peso por cada baile, y entre uno y cuatro reales por cada serenata.

Dadas las ocho de la noche de ninguna manera se podía permitir que se jugara boliche en el centro de la ciudad causando molestias a los vecinos, pero cuando el encargado consideraba que el establecimeinto estaba lo suficientemente aislado como para no perturbar a su alrededor, la tolerancia se podía alargar hasta una cuantas horas más (24).

La afición taurina arraigada en Orizaba tenía de redituable lo suyo. En 1848 el rico cosechero de tabaco José María Bringas construyó una plaza de toros en el barrio de Santa Anita, y la estrenó con la primera corrida el 24 de diciembre, comprometiéndose desde ese momento a pagar 130 pesos anuales de pensión a la municipalidad, mismos que no cubrirían las cuotas extras que habría que entregar si la plaza se utilizara alguna vez para otro tipo de diversión pública (25).

En 1858 el empresario de los toros tenía que pagar como arbitrio al Ayuntamiento $2 por corrida, $1 pagaba el de los gallos, y la misma tarifa de $1 estaba asignada a cada espectáculo de circo, maroma, títeres o "panorama"(26). En estos espectáculos "teatrales", un juez enviado por el Ayuntamiento tenía siempre reservado un asiento en el lugar más digno entre el público; el empresario de la compañía que presentaba la función, de acuerdo con el juez, había fijado de antemano el número de las localidades y debía ser multado si engañosamente vendía más boletos a última hora.

En el local bien iluminado la concurrencia ocupaba sus lugares acompañada por el encargado acomodador, que evitaba disputas, y que debía cerciorarse de que el tránsito por los espacios libres no fuera obstruído con asientos o con personas permaneciendo de pie.

Si a última hora llegaba poco público, el espectáculo ya no podía ser cancelado, y otra multa podía ser impuesta si el telón tardaba más de 15 minutos en abrirse.

Por su parte, los espectadores también tenían que someterse a ciertas exigencias de compostura y respeto a los artistas y al resto de la concurrencia. Tenían prohibido quemar cohetes en el teatro, ni se les permitía tampoco hablar en voz alta, fumar o tener la cabeza cubierta durante la representación. Si en algún momento su entusiasmo clamaba por una repetición, pero la compañía se disculpaba aduciendo buenas razones como impedimento, los impertinentes que insistían eran expulsados del recinto.

La colección de normas que daba cuerpo al Reglamento para las diversiones públicas evidentemente estaba pensada para entretenimientos de farándula y un público no precisamente excelso, y aparecía pegado a la entrada del teatro o de cualquier local destinado a la maroma, al circo, a la magia o a las marionetas (27).

Los censores de teatro debían examinar las piezas que les presentara el director de la compañía dramática que llegara a la ciudad. Ocho días antes del estreno la obra debía estar aprobada, aunque podía darse el caso de que alguna fuera prohibida si contenía "máximas contrarias a la moral y buenas costumbres". En otro texto se leía:

Las piezas dramáticas que se pongan en escena, deberán ser morales. En consecuencia, toda falta de respeto al público y todo acto impropio o contrario a las buenas costumbres, será castigado al arbitrio del regidor que presida la función (28).

Era censura sí, aunque las cosas afortunadamente cada día estaban más lejos de aquellas expresiones fanáticas que normalmente exacerbaba el clero, como la que en 1819 protagonizaron los frailes de San José de Gracia, mientras en el patio de una casa céntrica se daba una función de maroma que debía terminar con una comedia. Lo cuenta bien Arróniz:

Los frailes de San José de Gracia, enemigos acérrimos del teatro, llevados de su celo, salieron de su convento, como lo tenían de costumbre, a predicar en las encrucijadas de las calles. A las oraciones de la noche se presentaron frente a la entrada del patio en que se efectuaba la maroma, y comenzaron a fulminar anatemas contra los farsantes y la concurrencia (29).

Al acercarse el último tercio del siglo XIX efectivamente se estaba más lejos de aquellas expresiones fanáticas. Las tesoneras luchas de los liberales no habían sido en balde, y la Iglesia no tenía otro remedio que permanecer más aplacada. Oficialmente al menos, la censura de lo moral había quedado a cargo de las autoridades civiles.

El ceremonial religioso y un nuevo orden laico

En Orizaba, como en cualquier otro punto de la geografía hispanoamericana, hasta mediados del ochocientos la Iglesia, qué duda cabe, había determinado y en buena medida controlado la celebración pública con las fechas marcadas en su calendario anual.

Durante la Semana Santa llegaba a la ciudad una multitud proveniente de los pueblos y las rancherías de toda la región aledaña. La ciudad henchía su población por unos días, y el comercio y las panaderías tenían más clientes que de costumbre. Las procesiones a cargo de las cofradías eran todo un espectáculo; la gente buscaba un buen lugar en las calles para verlas pasar, y los mayordomos y los jefes de los gremios ofrecían en sus casas vasos de aguas frescas, confites y dulces a la gente (30).

El Sábado de Gloria se llevaba el agua a bendecir en ollas de barro decoradas de flores a una parroquia tan llena, que a muchos les tocaba oir la misa desde el atrio. A la hora de la comida se tomaba el agua bendita con el chicharrón, las carnitas o la barbacoa para la que alcanzara el gasto(31).

El Domingo de Pascua despertaba por fin con los repiques de las campanas y comenzaba la celebración en la plaza, donde proliferaban los puestitos que hacían la delicia de todos con los dulces, los bizcochos, y el "agua de loja", las aguas de chía, de tamarindo, y la horchata (32).

Cuando se acercaba el Día de Muertos, en el mercado semanal la actividad comercial era mayor, aumentando sobre todo la venta de frutas, e inclusive el Ayuntamiento daba permiso para que se doblara alguna línea de puestos de la plaza. En las casas se montaba el altar para honrar a los muertitos de la familia con flores y la comida y las frutas preferidas de los ausentes, y el 2 de noviembre se les "visitaba" en el panteón, y se atendía ahí mismo el oficio fúnebre que se celebraba a la sombra de un toldo de lienzo (33).

Pero seguramente la más entretenida y alegre era la época de Navidad. El Ayuntamiento remataba la plaza de diversiones para las Pascuas a los empresarios que querían hacer su pequeño negocio, y el juez de policía supervisaba la buena iluminación, la amplitud adecuada y la comodidad en su instalación. Desde la noche del 24 de diciembre hasta la de Reyes el 6 de enero, se abrían diariamente los juegos de lotería, las rifas, las boletas, los dados y las polacas, que duraban desde el anochecer hasta las últimas campanadas a las diez o a las once. Sólo las noches de la inauguración y la clausura podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada (34).

La contabilidad municipal por supuesto esperaba los ingresos que le representaba la feria y la contribución que también pagaban los vendedores de frutas, de dulces y de juguetes, que no perdían la oportunidad de acompañar a cualquier diversión pública.

Hasta una pequeña tarifa se obtenía de la representación de las pastorelas en el átrio de alguna de las iglesias, o en cualquier otro escenario que se hubiera escogido al acercarse esas fechas con que concluía el año. La decoración escénica maravillaba a los espectadores, que atentos seguían los malvados esfuerzos de los diablos intentando desviar a los pastorcitos en su camino a Belén.

Y para completar el cuadro navideño estaban las nueve posadas, en las que se podía participar desde el 16 de diciembre cantando las letanías, rompiendo piñatas e inclusive bailando.

Las celebraciones religiosas eran las que marcaban más enfáticamente los días de fiesta rompiendo los ritmos monótonos de la vida cotidiana. Cuando no era la Semana Santa, era la fiesta de la Asunción de la virgen. O el alboroto de Corpus y una parroquia barrocamente engalanada en sus portadas con dibujos hechos de plantas diversas, y la gran enramada de palma, álamo, xocopa y flores silvestres que cada año también construían los más pobres feligreses, indios de los suburbios, para proteger del sol a la concurrencia (35).

La Orizaba "mocha" se vanagloriaba de la solemnidad y el esplendor en las expresiones de su devoción. Pero irremediablemente su orgullo acabaría en un lamento, por los cambios que los aires liberales traerían en la segunda mitad del siglo, cuando la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma pudieron por fin hacerse vigentes definitivamente con la restauración de la República en 1867.

De los reglamentos de policía de la ciudad desaparecieron artículos, como el que prohibía el tránsito de bestias y carruajes por las calles del centro desde que cesaba el uso de las campanas el jueves santo, hasta el repique de la gloria el sábado; o aquél que tampoco permitía que en ese mismo tiempo abrieran sus puertas el comercio de la lencería y la mercería, las vinaterías, los billares, y a las pulperías les obligaba a estar entrecerradas. Ya no se marcaban castigos específicos para los que se burlaran o manifestaran desprecio en algún acto religioso, y sólo se hablaba de no ofender a la moral pública ¡Qué terribles desacatos! (36).

En el panteón dejó de celebrarse el oficio fúnebre del 2 de noviembre para los fieles difuntos. Las semanas santas, los corpus, y todos los otros actos públicos de fe perdieron gran parte de su esplendor (37).

Pero cómo no iba a ser así, si las leyes los prohibían, y el Ayuntamiento ya no gastaba como antes ni un peso en las fiestas. Ni en la del Sagrado Corazón el primer viernes de agosto, que se celebraba desde que en 1833, según se decía, había aliviado a la ciudad de la peste del cólera morbos; ni en la de la Purísima, ni en misas de gracias, ni en la cera para la Candelaria, ni en la vela y las reatas, el petate y la gratificación de los que ponían el toldo o las enramadas en el Corpus. En adelante, ya sólo pagaría para la celebración de las festividades del 5 de mayo, día de la batalla de Puebla en que se derrotó a los franceses, y en la de la independencia de México el 16 de septiembre (38).

Claro que las fechas señaladas por la Iglesia se siguieron festejando, aunque fuera en franco desacato a la ley cuando las manifestaciones clericales salían del recinto del templo. Pero todos podían hacerse un poquito de la vista gorda. Lo que sucedía es que ahora las verbenas populares lucían más que las solemnidades religiosas, lo cual no quita que antes también el ánimo de muchos estuviera más dispuesto para la alegría de la fiesta que para la contrición devota. De ahí las quejas de algunos porque, aprovechando la ocasión, la generalidad de los orizabeños, pero sobre todo los más pobres, se entregara a "disposiciones escandalosas" (39).

Digamos que eran mentes conservadoras e intransigentes las que veían disposiciones escandalosas en lo que seguramente era sólo el gusto legítimo por celebrar, en las ocasiones en que había oportunidad para hacerlo. No olvidemos que se trata de una época en que, en todo el mundo, el ejercicio del poder y la necesidad de control sobre la población producía un acuerdo tácito entre todas las posturas políticas en la comprensión moral e intelectual de la pobreza, y por lo tanto en la categorización de ciertos sectores de la población como un problema social.

Y a ese "problema" había que controlarlo en todos los frentes. En Inglaterra la policía lograba que decayeran las verbenas callejeras por si acaso la convivencia de los trabajadores puediera cementar una identidad compartida; en Estados Unidos aumentaban los arrestos de la dangerous class por excesos en la bebida, por prostitución y juego. En México, como podríamos citar innumerables otros ejemplos por doquier, se decretaba en 1857 la Ley general para juzgar a los ladrones, heridores y vagos, y después, en cada ciudad, reglamentos para supervisar el orden en las diversiones públicas (40).

No cabe duda de que la actitud de la oligarquía orizabeña ante el problema de las fiestas populares, por ejemplo, puede ser parecida a la de las oligarquías urbanas de la Inglaterra victoriana. Los miedos los mismos. Sin embargo, es oportuno recordar que en México, las prolongadas guerras de Reforma y de lucha en contra de los invasores extranjeros y sus aliados conservadores en el propio país, generaron un radicalismo liberal anticlerical, que se tradujo en una secularización notable de la vida pública. Distinta, por supuesto, del ámbito puritano anglosajón, pero diferente también de la del resto de Hispanoamérica y de España.

De por sí desde tiempos coloniales, de este lado del mar el esparcimiento y el jolgorio siempre tuvieron una faja moral menos apretada y mojigata que en la metrópoli. Léanse si no la divertidas descripciones que nos ofrece Solange Alberro en su libro sobre la integración de los españoles a su nueva realidad novohispana (41).

Después de 1867, con la Iglesia mantenida a raya, el gobierno liberal y sus ayuntamientos pusieron énfasis en la organización de los rituales y las ceremonias del nuevo Estado. Claro que esa organización dependía también en algo de la disposición ideológica de cada lugar, pero en muchos municipios del país fueron organizadas las Juntas patrióticas encargadas de la celebración del "Grito" de independencia el 16 de septiembre y de la batalla del cinco de mayo. Las juntas estaban dispuestas a vigilar el acatamiento de las leyes de Reforma y sus restricciones en asuntos como el tañer de las campanas de las iglesias o, como ya se dijo, la salida, en flagrante infracción a la norma escrita, de las fiestas religiosas y las procesiones fuera de los edificios ocupados por la Iglesia.

Las serenatas en la plaza a cargo de las bandas militares se hicieron populares, y con la proliferación de grupos filarmónicos por los pueblos y ciudades del centro y sur de México, los liberales demostraban urbanidad y rompían, un poco más, el monopolio ceremonial casi absoluto que había ejercido hasta entonces la Iglesia (42).

Aún cuando con el paso del tiempo el celo revolucionario se debilitó y las fiestas civiles de corte patriótico acabaron frecuentemente conviviendo con las religiosas, la vida urbana se había secularizado ya notablemente. En ese siglo convulso y de grandes definiciones, arrancó la ahora ya larga tradición laica mexicana en la política, en la educación pública y en los manejos urbanos, tradición que a veces todavía se antoja paradójica, en un país tan profundamente católico.

Un gusto general a manera de epílogo

En los días de fiesta el regocijo fácilmente se contagiaba a todos. Imaginemos la plaza de Orizaba llena de gente, con las miradas atraídas por el colorido de los puestos, el barullo de los vendedores y los juegos, y unos maldosos aventando "chinos" entre la concurrencia, con la mala pata de quemarle el vestido de fiesta a una distinguida señora. De fondo, la música dulzona del pobre organillero italiano, que se había empadronado en la ciudad y tocaba su cilindro para solaz de los paseantes (43).

Parecía que en Orizaba todos eran eso, simplemente orizabeños que disfrutaban al parejo de unas fiestas en las que participaban unos y otros. Sabemos de cierto que no era así. El calzón de manta, los huaraches y la burda enagua no podían confundirse con el brocado, los encajes y unos zapatos con polainas. Y aunque la algarabía de esos ratos confundiera a ricos y pobres, la realidad de una sociedad urbana desigual y jerarquizada no cambiaba ni un ápice.

Sin embargo había algo, tal vez lo único, que era igual para los potentados señores del tabaco y del comercio, que vivían en sus lujosas casas céntricas, y para los explotados y pobres jornaleros de los patios de vecindad. Era esa ciudad enclavada en un ambiente de flores y verdor, de soberbias montañas y planicies salpicadas con la humedad y la canción de las corrientes de agua.

Y cuando era el tiempo para ello, a nadie estaba vedado un descanso por los ejidos que se tocaban con los últimos callejones de la población, ni una excursión para extasiarse con la cascada de Rincón Grande. Tampoco una tarde de asueto en San Juan del Río, en Iztaczoquitlán, o una caminata por las calles de Barrio Nuevo respirando el aire perfumado con el azahar de los naranjos (44).

Esos paseos predilectos de los orizabeños sí eran de todos. Todos gozaban en ellos y a todos por igual les ensanchaba el espíritu sentir que era suyo un cuadro tan absolutamente hermoso, en el que la ciudad se fundía con una naturaleza, que en ese rincón del mundo, no había escatimado su belleza.
 
 
Notas

1. Carecemos de estadísticas precisas, y los autores que hablan de cifras de población difieren en sus datos. Joaquín Arróniz habla de entre 20 000 y 22 000 almas en 1867, Wibel y De la Cruz mencionan 14 000 en 1877, mientras que Manuel Segura suma 20 000 ya en 1839, y Chávez Orozco y Florescano, basados en un periódico de la época, aseguran que en 1841 los habitantes de Orizaba habían llegado a 24 000.

2. Arróniz, 1980.

3. Archivo Municipal de Orizaba (AMO), caja 32/101, ramo Policía, 1870.

4. Ibid.

5. AMO, 51/120, Policía, 1876.

6. Robertson, 1853.

7. AMO, 14/83, Policía, 1864; AMO, 30/99, Policía, 1869.

8. AMO, 14/83, Policía, 1864; AMO, 19/88, Policía, 1866.

9. Robertson, 1853.

10. AMO, 3/69, Teatro, 1853; AMO, 8/77, Teatro, 1854.

11. Naredo, 1898.

12. AMO, 6/73, Diversiones públicas, 1857; AMO, 15/84, Diversiones públicas, 1865.

13. Naredo, 1898.

14. AMO, 23/93, Obras públicas, 1867.

15. AMO, 26/95, Policía y obras públicas, 1868; AMO, 32/101, Policía, 1870.

16. Naredo, 1898.

17. AMO, 45/114, Sección de teatro, 1874.

18. AMO, 4/4, Diversiones públicas, 1848; Testimonio Parra, 1995.

19. AMO, 3/69, Policía, 1850; AMO, 14/83, Policía, 1864; AMO, 30/99, Policía, 1869.

20. Testimonio Parra, 1995.

21. AMO, 65/64, Documento suelto, 1845; AMO, 8/77, Rastro, 1850; AMO, 8/77, Rastro, 1855.

22. AMO, 3/69, Policía, 1850; AMO, 14/83, Policía, 1864; AMO, 30/99, Policía, 1869.

23. AMO, 7/75, Decreto, 1831; AMO, 4/4, Diversiones públicas, 1854.

24. AMO, 14/83, Policía, 1864; AMO, 30/99, Policía, 1869; AMO, 32/101, Hacienda, 1870; AMO, 42/111, Policía, 1873.

25. AMO, 4/4, Diversiones públicas, 1848.

26. AMO, 9/78, Hacienda, 1858.

27. AMO, 15/84, Diversiones públicas, 1865.

28. AMO, 30/99, Policía, 1869.

29. Arróniz, 1980.

30. Naredo, 1898.

31. Testimonio Parra, 1985.

32. Naredo, 1898

33. AMO, 15/84, Plazas, mercado y fiel contraste, 1865; Naredo, 1898; Segura, 1854.

34. AMO, 4, Diversiones públicas, 1854.

35. Naredo, 1898

36. AMO, 14/83, Policía, 1864; AMO, 30/99, Policía, 1869.

37. Naredo, 1898.

38. AMO, 4/4, Festividades, 1854; AMO, 9/78, Hacienda, 1858; AMO, 32/101, Hacienda, 1870.

39. AMO, 3/69, Festividades, 1853; Naredo, 1898.

40. Bramwell, 1991; Teaford, 1987.

41. Alberro, 1991.

42. Thomson, 1990.

43. AMO, 30/99, Policía, 1869; AMO, 51/120, Policía, 1876.

44. AMO,32/101, Policía, 1870; Naredo, 1898; Robertson, 1853; Segura, 1854.

Bibliografía

ARRONIZ, Joaquín. Ensayo de una Historia de Orizaba. México: Editorial Citlaltépetl, 1980.

ALBERRO, Solange. Del gachupín al criollo, o de cómo los españoles de México dejaron de serlo. México: El Colegio de México, 1992.

BRAMWELL, B. Public space and local communities: the example of Birmingham, 1840-1880. In KEARNS, Gerry & WITHERS, Charles. Urbanizing Britain. Essays on class and community in the Nineteenth century. Cambridge: Cambridge University Press, 1991.

CHAVEZ OROZCO, Luis y FLORESCANO, Enrique. Agricultura e Industria Textil de Veracruz Siglo XIX. Jalapa: Universidad Veracruzana, 1965.

NAREDO, José María. Estudio Geográfico, Histórico y Estadístico del Cantón y de la Ciudad de Orizaba. Orizaba: Imprenta del Hospicio, 1898.

ROBERTSON, William P. A visit to Mexico. London: Published by the author, 1853.

SEGURA, Manuel. Apuntes estadísticos del Distrito de Orizava, formados el año de 1839. Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1854, t.4, p. 3-71.

TEAFORD, Jon C. Technology, expertise, and municipal services, 1860-1940. Journal of Urban History, 1987, vol. 10, nº 3, p.319-328.

THOMSON, Guy P.C. Bulwarks of patriotic liberalism: the National Guard, Philarmonic Corps and Patriotic Juntas in Mexico, 1847-88. Journal of Latin American Studies, 1990, vol. 22, part 1, p. 31-68.

WIBEL, John y DE LA CRUZ, Jesse. Mexico. In MORSE, Richard. The urban development of Latin America 1750-1920. Stanford: Center for Latin American Studies, 1971.

Documentos
Nota. Las fuentes documentales utilizadas pertenecen al Archivo Municipal de Orizaba, y se señalan de la siguiente manera:

AMO (Archivo Municipal de Orizaba), nº de caja, ramo, año

AMO, 7/75, Decreto, 1831

AMO, 4/4, Diversiones públicas, 1848

AMO, 4, Diversiones públicas, 1854

AMO, 4/4, Diversiones públicas, 1854

AMO, 6/73, Diversiones públicas, 1857

AMO, 15/84, Diversiones públicas, 1865

AMO, 65/64, Documento suelto, 1845

AMO, 3/69, Festividades, 1853

AMO, 4/4, Festividades, 1854

AMO, 9/78, Hacienda, 1858

AMO, 32/101, Hacienda, 1870

AMO, 23/93, Obras públicas, 1867

AMO, 15/84, Plazas, mercado y fiel contraste, 1865

AMO, 3/69, Policía, 1850

AMO, 14/83, Policía, 1864

AMO, 19/88, Policía, 1866

AMO, 30/99, Policía, 1869

AMO, 32/101, Policía, 1870

AMO, 42/111, Policía, 1873

AMO, 51/120, Policía, 1876

AMO, 26/95, Policía y obras públicas, 1868

AMO, 8/77, Rastro, 1850

AMO, 8/77, Rastro, 1855

AMO, 3/69, Teatro, 1853

AMO, 8/77, Teatro, 1854

AMO, 45/114, Sección Teatro, 1874

Testimonio oral

PARRA GARCIA, Elisa. Entrevista realizada por Eulalia Ribera Carbó. Ciudad de México, 31 de marzo de 1995.

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