VELERT, Roberto - Hablemos de la muerte, no con los muertos

Hablemos de la muerte, no con los muertos

Qué difícil para el ser humano es que entienda que lo más importante que puede ocurrirle es algo que no puede evitar.

Creo que a ninguno de mis pacientes lectores, les será difícil descubrir que estoy escribiendo en noche y fechas, de todos los santos y de los difuntos. Y serán conscientes de que ya llega tarde este “Desde el Corazón” pues tales fechas ya han pasado pero, así y todo, este “aprendiz de escribidor” seguirá hablando sobre la muerte pero no con los muertos; y mucho menos del “Jalougüin” que es cada vez más terrorífica fiesta, que por el poderío comercialista de una cultura dominante por la publicidad, se introduce en los medios, en las tiendas, en los centros comerciales, en las Escuelas en donde se prohíbe la “Historia Sagrada” pero se festeja la fiesta de “brujos” y “fantoches”, casi con la anuencia de la Iglesia de Roma, que queriendo cristianizar la pagana fiesta celta del “Samhain” dio cuerda al bodrio brujeril y demoniaco del “Halloween” y lo más triste, desplazando alegrías de antaño y de celebración familiar cual “la castañada”; “los boniatos”, penetrando esas costumbres foráneas y malsanas, y esparciendo brujas, demonios y disfraces, muchos de los cuales muestran la oscuridad que hay en tantas almas y mentes. También, cualquiera de mis pacientes lectores, comprobará que ya pienso con “mucha juventud acumulada”, pues repaso el respeto a la muerte y los muertos de aquellos tiempos, que cuando alguien se moría, se ponía un protocolo en marcha desde el instante de informar al barrio, al pueblo o la vecindad, que no tiene nada que ver con las costumbres de hoy. Un allegado del difunto se encargaba de avisar a la parroquia, en la puerta de las iglesias se ponía el comunicado del deceso y la información de la misa o el sepelio. Como monaguillo que fui, supe que el campanero tenía diversos toques de las campanas, algo que quizás el autor Ernest HEMINGWAY pudo descubrir y trasladar a su novela “Por quién doblan las campanas” como si hubiera aprendido que el doble y el redoble, podría por el virtuosismo del campanero, estar anunciando si el muerto era hombre o mujer; niño o niña. Y el pueblo, el vecindario y gentes del contorno, asistían a seguir aquella caravana de carroza tirada por viejos y lentos caballos, precedidos por un trío de monaguillos portando portacirios altos acompañando la cruz alzada en el centro y, al frente, el párroco abriendo la procesión cual si fuera una presentación de credenciales. Había un sentimiento de respeto a la muerte y al muerto, como si los acompañantes supieran del texto del poeta metafísico John DONNE: “nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de la tierra, toda Europa queda disminuida como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti” y creedme si, “Desde el Corazón” y no teniendo temor alguno a lo que será también mi experiencia, podría seguir señalando lo que eran las costumbres en otros tiempos: en los pueblos se dejaba el hogar encendido, y un plato vacío en la mesa, intocable, en memoria del difunto, junto a otros con alimentos para los muchos visitantes; en las ciudades se colgaban fotos del fallecido de las más recientes, se encendían velas para señalizar el camino de los difuntos. En suma, se interactuaba con ellos. Se convivía con la realidad de la muerte. Pienso “Desde el Corazón” que quienes hayan llegado hasta estas líneas, comprobarán la gran diferencia, y no me refiero a las astracanadas del “Jalougüin”, sino con las actuales costumbres funerarias, dejarlo todo a terceros, empresas que lo hacen muy bien y con elegancia, pero que no tienen ni siquiera los sacerdotes de turno (salvo honrosas excepciones) ni relación emocional alguna con el muerto. Como sociedad hedonista damos un culto exagerado por el cuerpo vivo, adornamos la muerte lo máximo que podemos para que no nos permita reflexionar, si en medio colocamos un mundo de grotescos disfraces la fiesta puede distraernos más. Vivimos preocupados por comer bien, por hacer ejercicio, por programar actividades de ocio para cualquier día del año y hora del día y estamos renunciando a la espiritualidad. Qué difícil para el ser humano es que entienda que lo más importante que puede ocurrirle es algo que no puede evitar. Y que cualquier reflexión sobre la muerte se debe hacer desde la vida. Y si se interesa, es por la vida desde y para la vida. Ningún hecho de la existencia es absolutamente tan irrepetible, íntimo e individual. Es posible amar más de una vez, corregirse, cambiar, ensayar, sustituir a alguien. Sin embargo, cada uno ha de morir su propia muerte. Definitivamente. A solas si al Dador de la Vida eterna, se le ha rechazado en vida. No es que “Desde el Corazón” diga que nacemos sólo para morir; por la enseñanza de Jesús, sé que he nacido con propósitos para mi vivir, pero morir es el final para todos. La sapiencia de los Evangelios lo afirman: “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). Por lo que, hablando de la raza humana, los asuntos más grandes de la vida se realizan una sola vez. Nacemos naturalmente una vez; nacemos espiritualmente una vez; no hay dos nacimientos naturales, ni tampoco hay dos nacimientos espirituales. Vivimos en la tierra solamente una vez; recibiremos la sentencia final únicamente una vez, y entonces seremos recibidos en el gozo de nuestro Señor quienes hayamos puesto la vida en su Ser, una vez para siempre, o echados de Su presencia una vez para no regresar nunca.

VELERT, Roberto

protestante digital (03-11-2018)

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