LLOP i BAYO, Francesc - Las campanas y las horas (Del tiempo en la sociedad tradicional)

Las campanas y las horas
(Del tiempo en la sociedad tradicional) (1)

Dr. Francesc LLOP i BAYO (1987)

El tiempo y la organización social

Intentaré describir y analizar en este trabajo las diversas concepciones del tiempo, su medida y su utilización, que emergen, se contradicen y conviven en la sociedad tradicional, y que se reflejan, ordenándolos, en los toques de campanas: no se trata de un estudio sobre el tiempo en general y el de nuestras sociedades en particular, cuya extensión superaría en demasía los límites de nuestra tarea, sino de un intento de enmarcar las percepciones temporales de nuestros campaneros.

Sabido es que el tiempo, a pesar de ser algo real y material, solamente viene dado por la experiencia concreta [GUREVITCH (1979:264)]. También es conocido que las sociedades configuran el tiempo, construyéndolo de acuerdo con una serie de valores más o menos generales que caracterizan a ese grupo [GUREVITCH (1979:260)]. No hablaremos aquí de las concepciones individuales; ECO, en un reciente artículo escribía en "El País" sobre la velocidad relativa del tiempo, inversamente relacionada con las vivencias personales: aquellos períodos exasperadamente largos, inacabables, aburridísimos pueden resumirse en pocas palabras, mientras que otros momentos intensos, objetivamente cortos, se llenan de tantas vivencias que es preciso emplear un largo discurso para describirlos. La percepción varía con la edad, y aumentaría su velocidad con los años.

Mayor interés tiene el tiempo social, como dice GUREVITCH (f.274), que no solamente es percibido y vivido de manera diferente por culturas y sociedades, sino que es ordenado de manera peculiar en cada uno de los grupos de una misma comunidad: el tiempo no sería único y monolítico, ya que habría toda una gama de ritmos y de tiempos sociales condicionados por las leyes de los distintos procesos y por la naturaleza de los diversos grupos humanos. Así queda confirmado por HALBWACHS, citado por LE GOFF (1983:57/58): habría tantos tiempos colectivos como grupos separados; el tiempo común, unificador, no sería más que el lugar de encuentro, en la conciencia de los tiempos colectivos; tales ritmos propios y compartidos debieran ser investigados para conocer la historia y la existencia de los hombres.

La necesaria coordinación de los diversos ritmos temporales permite que la sociedad sea viable: sería el resultado de la imposición de los tiempos propios de los grupos dominantes, de acuerdo con GUREVITCH (1978:275). El tiempo social común aparecería como el resultado del control social de la clase dominante; a la inversa, el cambio de la estructura del tiempo mostraría que la clase dirigente perdiese el control de la vida social. Su cambio supondría la pérdida de poder de una clase social así como un indicio de cambios profundos en la estructura comunitaria total.

Para ATTALI (1982:34) el propósito principal de la organización del tiempo sería el establecimiento de unas pautas relacionadas con el modo de estructurar el grupo, pautas temporales que coordinarían las actividades del grupo y servirían para canalizar la violencia que todo grupo social genera; tal canalización cíclica me parece discutible y no creo que afecte al propósito de nuestro análisis, es decir la organización, representación y medida del tiempo. El mismo ATTALI define tal medida como la separación del tiempo en bloques, poniendo límites a los actos, sincronizando comportamientos, remplazando el vacío de lo irreversible con una seguridad de lo repetido, que permitiría marcar cortes en los cuales la violencia puede y debe actuar para poner en marcha nuevamente el ciclo.

COUDERC (1948:7) supone que el calendario es un sistema para contar los días, o sea que sirve para medir los tiempos largos, sin entrar en su significación. SOLANS-CASANUEVA (1915:361) consideran al calendario como la coordinación y recta disposición del tiempo en períodos (adaptados a las necesidades de la vida civil y religiosa) de meses, semanas y días.

Todo ésto, aunque nos enmarque en el ámbito temporal, no sirve aún para conocer maneras generales de ordenar, medir y quizás controlar ese tiempo que parece fluir, incontrolable, incesantemente sobre nuestras cabezas.

Tiempo cíclico, tiempo lineal

El tiempo ha sido medido, de manera general, por el Sol, con las alternancias de día y noche, y por la Luna, con un ciclo regular y bastante fácil de determinar. La ambigüedad comienza al definir las partes temporales ya que en casi todas las lenguas románicas la palabra "día" significa tanto el período de luz solar, como las veinticuatro horas, el tiempo medio en el que la Tierra gira completamente alrededor de su eje; la Tierra es por tanto el reloj fundamental de la Humanidad. Según COUDERC (1948:40) el principio de la jornada ha variado a lo largo de los tiempos, ya que los italianos hasta el siglo pasado hacían comenzar el día a la puesta del sol. Más adelante (f.71) recuerda que los antiguos pueblos de Italia comenzaban el día civil a la puesta del sol y que los romanos siguieron con esta costumbre, manteniendo durante la jornada tres divisiones mal definidas como el principio, la mitad y el final, ésto es la mañana, el mediodía y la tarde.

El ciclo de las fases lunares constituye el fenómeno más regular y el más evidente después de la alternancia de día y noche. Pero la lunación, tan cómoda para su medida, apenas juega papeles importantes en la vida terrestre. El año, el giro completo de la Tierra alrededor del Sol, más difícil de medir, por carecer de fases y ser bastante largo, influye o mejor dicho se expresa de manera importante en el inacabable ciclo de las estaciones, con consecuencias en la vegetación y en los factores climáticos. Estos dos ciclos, el lunar y el solar, de diferente duración, más largos que el día, plantean dos soluciones de calendario incompatibles entre sí, al menos en el plazo de un año.

Se enfrentarían dos maneras muy generales de concebir el tiempo: tiempo cíclico o tiempo lineal, que no se excluirían; una o la otra manera predominaría, sería dominante, empleando la terminología de GUREVITCH (1979:264/265) en el hombre antiguo o en el moderno. El ciclo lunar, repetido como lo muestra la experiencia, estaría asociado a las concepciones cíclicas del tiempo, mientras que el ciclo solar iría unido, más bien, a las organizaciones lineales. El hombre antiguo concebiría el presente y el pasado como una extensión en torno a él. La distinción entre el pasado, presente y futuro solamente sería posible con una percepción lineal del tiempo, unida a la idea de su irreversibilidad, concepción unida a una visión científica del mundo.

El tiempo del hombre primitivo dependería de fuerzas poderosas y ajenas a su voluntad, tomando pleno sentido y explicándose por el pasado y el futuro, como escribe GUREVITCH (1979:261/263); la concepción cíclica del tiempo estaría presente en los grupos íntimamente relacionados con la Naturaleza, donde los actos de los hombres reconstruirían, volverían a crear el antiguo tiempo de los dioses y regenerarían el ciclo. La vida social estaría ritmada por la sucesión de estaciones y por los ciclos de producción que ellas marcan.

De manera general se supone que los Antiguos tenían una idea circular del tiempo, mientras que el cristianismo introdujo la linealidad. Del mismo modo tenían otras nociones de las horas y de los comienzos del día.

El hombre moderno dependería menos de la naturaleza, ya que su medida del tiempo estaría basada en instrumentos más o menos autónomos. Este tiempo sería concebido como fugaz, como irreversible, vectorial y dividido en segmentos de igual tamaño y de valor equivalente, entendido como una forma de existencia de la materia, como "duración pura".

GUREVITCH (1979:269) apunta la nueva percepción aportada por el cristianismo, que no renuncia totalmente a la concepción cíclica, aunque interpreta el tiempo de forma vectorial, irreversible. Como desarrolla PATTARO (1979:195/196) el tiempo de la Iglesia es interpretado como lineal, en el cual los acontecimientos ofrecen significación y orientación. El nacimiento y más aún la muerte y resurrección de Jesús devienen el eje, el núcleo, el sentido, el término, la intención de la Historia. Como el tiempo hace posible esta doble afirmación, ni el tiempo ni la historia pueden ser considerados por separado. Esta lectura lineal, dice más adelante (1979:201) supone que lo que debe producirse se producirá en ese momento, no antes ni después. Por ello señala (1979:208) que no se trata de una reintepretación del tiempo sino de su división; de una concepción distinta de la historia que refuerza la interdependencia entre tiempo, acontecimientos e interpretación.

Para ATTALI (1982:66/85), la Iglesia, en los finales del primer milenio, tomó el poder y construyó el calendario cristiano, la última concepción sagrada del control de la violencia. El control del tiempo partía desde los monasterios; así la regla de San Benito excluía la sorpresa, la duda, el capricho: a la inseguridad del mundo oponía la disciplina, la previsibilidad. Contra el ruido de la historia, propuso el silencio y el canto. La regla no pretendió extraerse totalmente del tiempo de la Naturaleza; como en todas las sociedades basadas en lo sagrado, el tiempo de los hombres imitaba el tiempo de los Dioses; el día se dividía en veinticuatro horas y el año en cuatro períodos. El respeto de los horarios no servía solamente para el desarrollo de la vida colectiva en orden, sino que afirmaba también la sumisión a la orden y reconocía de manera concreta que el tiempo no pertenecía a los hombres sino a Dios. El anuncio del tiempo apareció como un instrumento y un atributo del poder: SAN BENITO (1983:137), en el capítulo XLVII desu regla dice que el mismo abad o alguien directamente encomendado por él se encargará de tocar las campanas para llamar a la oración: Dar la señal para la hora de la obra de Dios, tanto de día como de noche, será incumbencia del abad: sea dándola él mismo, sea encargando esta misión a un hermano diligente, de manera que todo se haga a las horas correspondientes. Aatender la señal era someterse a la autoridad, o sea al abad, es decir a Dios. Las campanas de los monasterios sonaban la obra de Dios, las horas litúrgicas. La influencia de los monasterios, y más tarde de los clérigos urbanos, se extendió cada vez más a la población cercana, sobre todo en las ciudades crecientes. La vida cotidiana se ritmaba naturalmente por las horas litúrgicas y por el calendario de la Iglesia. Las campanas, nuevo instrumento de comunicación de masas, servían para anunciar al mundo cercano tales horas litúrgicas. La campana pregonaba el nuevo Tiempo de Dios. Las referencias al sistema romano desaparecieron poco a poco para no dejar subsistir más que las horas canónicas, precisas, regulares, comodas, mientras que el calendario de fiestas, que solamente respetaban los monjes, marcaba el ritmo anual. En el año mil la ciudad europea comenzaba a vivir su propia vida. La hora y el año, la campana y el calendario no desaparecieron sino que cambiaron de manos; las campanas fueron tocadas por los alguaciles para convocar las asambleas, para llamar a la defensa. La campana se convirtió en instrumento del poder ciudadano. Así (f.81) afirma que el instrumento concebido para llamar a la oración, que ritmaba desde hacía tres siglos la vida religiosa, se convirtió en el instrumento del poder ciudadano. Aquello que sólo era la señal de recogimiento, se oía cada vez más, en el orden dado por los laicos, para marcar el principio y el fin de acciones profanas. Al toque de Prima, al alba, la ciudad se despertaba, y se preparaba para el trabajo. Con el toque de Nona, fijado entre el siglo X y el siglo XIII cerca de mediodía, se marcaba una pausa en la jornada urbana de trabajo, y las vísperas indicaban el final del día. LE GOFF (1983:63) cita a Dante, relatando la vieja ciudad medieval, Florencia, en la cual la campana eclesial, sustituida por el reloj marcaba las partes de la jornada:

Fiorenza, dentro della cerchia antica,
ond'ell toglie ancora e terza e nona,
si stava in pace, sobria e pudica.
[DANTE Divina Comedia, Paradiso, XV, 97-99]

Dante, ese laudator temporis acti, por boca de Cacciaguida, hace de la antigua campana de la Badia, sobre los mura vecchie de los siglos XI-XII, que daba la tercia y la nona y marcaba el principio y el fin de la jornada de trabajo en Florencia, el símbolo, la expresión misma de una época, de una sociedad, en sus estructuras económicas, sociales y mentales. Ahora bien, en la Florencia que a partir del 1284 cambia y se dilata en el círculo nuevo de los mura nuove, la vieja campana, voz de un mundo que muere, va a ceder la palabra a una voz nueva,: el reloj de 1354. ¿Qué es lo que cambia de una a otro?

La ciudad, dicen estos autores, no podía contentarse con la campana conventual y quería la suya, montando otra recién hecha para un nuevo monumento, el llamado beffroi, palabra difícil de traducir, porque se trata precisamente de un concepto prácticamente inexistente en nuestro ámbito cultural: torre comunitaria, dependiente de la ciudad, y cuyo propósito era marcar con su reloj las horas y con sus toques ritmar las actividades de los ciudadanos y comunicarles mensajes municipales, laicos.

El tiempo eclesial, poco preciso, era sustituído de manera irreversible por otro regular, controlado, a la medida del mercader, según una manida cita de LE GOFF (1983:53/55): Este tiempo que empieza a racionalizarse se laiciza al mismo tiempo. Más todavía por necesidades prácticas que por razones teológicas, que por otro lado están en la base; el tiempo concreto de la Iglesia, adaptado de la Antigüedad, es el tiempo de los clérigos, ritmado por los oficios religiosos, por las campanas que los anuncian, en rigor indicado por los cuadrantes solares, imprecisos y cambiantes, medido a veces por groseras clepsidras. Los mercaderes y artesanos sustituyen este tiempo de la Iglesia por el tiempo medido con más exactitud, utilizado para las tareas profanas y laicas, por el tiempo de los relojes. La gran revolución del movimiento comunal en el orden del tiempo son esos relojes que por doquier se alzan frente a los campanarios de las iglesias. Tiempo urbano más completo y refinado que el tiempo simple de los campos medido con las campanas rústicas de las que Jean de Garlande nos da, a principio del siglo XIII, esta etimología fantasiosa pero reveladora: "Campanae dicuntur a rusticis qui habitant in campo, qui nesciant judicare horas nisi per campanas".

El hombre de la ciudad tomó posesión, a mediados del siglo XVI, del tiempo y se lo quitó a Dios. Igual que liberó su razón de la teología, definió el tiempo como la posibilidad de ganancia o de potencia, mirando hacia el futuro y ya no hacia el pasado, a sus hijos y no sólo a sus mayores. Impuso, aún enmascarado por la Iglesia a la que comenzó a manipular, la unificación de la medida del tiempo por todo el espacio comercial europeo, que necesitaba para organizar su expansión. En los pueblos, sin embargo, las campanas de la iglesia solamente marcaban los entierros y las misas, sin recortar el tiempo rural en períodos precisos, que parecen ajenos a las necesidades de una civilización campesina, según afirman estos autores.

GUREVITCH (1979:276/280) insiste en este cambio de mentalidad con respecto al tiempo en las ciudades de poder creciente, donde el hombre ya se encontraba más sometido al orden que había creado que a los ritmos naturales, separándose de manera clara de la naturaleza, comportándose respecto a ella como si fuera un objeto exterior. El carillón del reloj municipal representaba el tiempo "secular", en oposición a las campanas de la Iglesia, que medían el tiempo de los servicios religiosos. La comunidad urbana se convirtió entonces en dominadora de su ritmo propio, con su ritmo particular. El tiempo urbano emancipado de la iglesia apareció quizás como consecuencia de la invención de los relojes mecánicos, deviniendo un tiempo sin cualidad, neutro por su contenido y no ligado a los sujetos que viven y le atribuyen una colaboración afectiva, tiempo extraño para los hombres de la antigüedad y la edad media.

La aparición del tiempo regular, sigue GUREVITCH (f.279) aportaría el triunfo del tiempo lineal, llegando el tiempo presente a comprimirse, para no ser otra cosa que un punto continuamente en transformación, en un punto entre el pasado y el futuro, y que transforma al futuro en pasado. El tiempo presente se convirtió en efímero, irreversible e inaprehensible. El carillón de la torre que sonaba regularmente recordaba, de forma ininterrumpida, la brevedad de la vida e incitaba a la realización de grandes acciones y a dar un contenido positivo al tiempo. El cómputo mecánico del tiempo, prosigue más adelante (f.280), hecho sin la intervención directa del hombre, obligaba a reconocer que el tiempo era independiente de él, incluso en la ausencia de sucesos. El hombre, en la ciudad, dejó de ser dueño del tiempo, ya que al transcurrir independientemente los hombres se veían obligados a someterse a su imperio.

ATTALI (1982:229) confirma esta autonomía del tiempo, que se convirtió en un tirano con vida propia: todos tenían que vivir a horas idénticas o al menos coherentes entre ellas; todos tenían que estar rodeados de un tiempo definido hasta el segundo, para interiorizar la nueva disciplina.

Tales interpretaciones lineales de la Historia y de la evolución del tiempo en la Europa cristiana parecen poco útiles para entender cual, o mejor aún cuales concepciones temporales se manifestaban y siguen expresándose a través de los toques de las campanas recogidos en Aragón, puesto que no corresponden con la realidad encontrada en el trabajo de campo. Da la impresión, al menos superficial, que los pueblos, villas y ciudades aragoneses, al igual que la ciudad de València, que en otros lugares he estudiado y a los cuales me referiré más adelante, marcharían con cinco o seis siglos de retraso respecto a esa Europa Central, aparentemente tan estudiada, y que define los modelos históricos de cambio y de interpretación. Intentaré, a partir de ahora, limitarme al tiempo litúrgico, el tiempo y su medida para la Iglesia, así como la posible evolución desde un tiempo concebido circularmente, a otro lineal, cambio que parece haber ocurrido en nuestros días y no hace seis o siete siglos, cuando la mayoría de nuestros reinos históricos no habían sido incorporados por derecho de conquista a la cultura cristiana.

El tiempo litúrgico

El tiempo litúrgico supone un paso de categoría cuya lógica cuesta comprender, puesto que armoniza una doble concepción temporal que parece coexistir sin contradicción: una ideal, lineal, con la Redención del Cristo como eje y sentido de la Historia, y un proceso paralelo de recreación, de vuelta a la vida, repetido cada año, reviviendo y no solamente recordando esa muerte y resurrección gloriosas. El ciclo litúrgico, para PATTARO, se convierte (f.216) en un tiempo crítico y operante en el que el Cristo del pasado transforma la comunidad cristiana y la hace vivir; se trata de un tiempo que transforma el tiempo, y no solamente (f.222) de una manera didáctica y entusiasta de recordar hechos históricos ya que la celebración de los Mysteria Christi produciría una transformación del mundo a través de la acción de Cristo.

El problema que intentamos definir es la concepción litúrgica del tiempo a corto plazo; la Historia aparece como lineal con un núcleo central en la acción vital del Cristo mientras que la lectura cotidiana de la historia es interpretada siempre de manera cíclica, tanto diaria como semanal o anual, incluso a nivel personal. El ciclo anual de las estaciones es referencia a medio plazo para ordenar el tiempo, repitiendo nueva, efectiva y realmente, la presencia y la acción de la muerte de Jesús hacia el año treinta de nuestra (y Suya) era.

El eje del ciclo anual, al igual que ocurre con la Historia, es la muerte y resurrección del Cristo, es decir la Pascua, que sigue unas complicadas reglas, fijadas por el Concilio de Nicea en el 325, según citan SOLANS-CASANUEVA (1915:369/370): En vista de las varias y acaloradas controversias que se suscitaron sobre el día en que la Iglesia había de celebrar la festividad de la Pascua de Resurrección, los Padres del Concilio de Nicea (325) establecieron los cánones siguientes:
1° Téngase por día de equinoccio el 21 de Marzo en cada año.
2° El plenilunio que cayere en 21 de Marzo o en día posterior, será el de Marzo o Abril.
3° El domingo más próximo a este plenilunio será el mismo de Pascua (1).
4° Pero si el día 14, día de la luna, cayere en domingo, celébrase la Pascua a los ocho días, a fin de evitar concurrencia de nuestra Pascua con la de los judíos, que la celebraban y actualmente la celebran en el mismo día.
(1) Estas decisiones son contra los Asiáticos o Cuartodecimanos, quienes pretendían debía celebrarse la Pascua el día 14 de la luna de Marzo, fuere el día que fuere.

La doble organización del calendario anual litúrgico, tendría diversos orígenes históricos. Inmediatamente tras la muerte de Jesús el primero de la semana se convierte en el día del Señor, el único diferenciado, día determinante y decisivo como analiza PATTARO (1979:213/214), día que cambía de nombre y permite el encuentro con el calendario semanal griego y romano. Los días comenzaron a ser llamados ferias, para evitar los nombres de los dioses romanos a los cuales estaban consagrados. Para SOLANS-CASANUEVA (1915:52): Se dice feria de feriando o vacando.- No queriendo los primeros cristianos señalar los días de la semana con los nombres de los dioses paganos (a saber, del Sol, de la Luna, de Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno) ni tampoco a la usanza de los judíos, los designaron con el de feria, conservando tan sólo los dos nombres antiguos Sabbatum y Dominica, los cuales se hallan en la Sagrada Escritura. Hízose así: 1°, con el fin de significar que ningún día hay para el cristiano que no esté consagrado a Dios; 2°, para manifestar que los clérigos, abjecta caeterarum rerum cura, uni Deo prorsus vacare debere; y 3°, para denotar que los fieles deben estar llenos de buenas obras y exentos de vicios.

Como es sabido, tales propuestas no prosperaron, en cuanto a la sociedad civil: en nuestro ámbito románico solamente siguen hablando de ferias los galaico-portugueses, mientras que en el mundo anglosajón ni siquiera el sábado y el domingo perdieron los indicativos de los antiguos dioses a quienes estaba dedicado el día.

Casi al principio del cristianismo se organizaba la celebración de la Pascua, eje del ciclo anual, en base (y en oposición) al calendario lunar judío, ya que como hemos repetido la luna llena de marzo/abril es la que marca su celebración. No es más que varios siglos más tarde, en cualquier caso una época remota para nosotros, hacia el siglo IV, cuando comenzaron a celebrar la Navidad, basada en un calendario solar, siendo pues una fiesta móvil de acuerdo con las lunas, pero fija con respecto al año Juliano, entonces imperante. Natividad del Señor, por cierto, que hicieron coincidir con la fiesta del Sol Triunfante.

La construcción del tiempo de acuerdo con las normas y las creencias de la Iglesia corresponde al llamado cómputo eclesiástico, que pretende, para SOLANS-CASANUEVA (1915:360) realizar las necesarias operaciones para fijar las referencias históricas y temporales, y era tan importante que debía ser enseñado a los que estudiaban para el sacerdocio: Si en cronología se usa en particular la palabra cómputo (cuenta, cálculo) para expresar el conjunto de operaciones aritméticas necesarias y convenientes para fijar con precisión las principales épocas de la historia, tomando por punto de partida alguna de las diferentes eras que en sus respectivas crónicas adoptaron los pueblos, el eclesiástico serán las mismas operaciones aplicadas a precisar las épocas más señaladas del año cristiano, partiendo del máximo acontecimiento, la Pascua de Resurrección.- Es también objeto de dicho cómputo la correspondencia del año eclesiástico con el astronómico, así como los ciclos lunar, solar y pascual, la indicción, el áureo número , la epacta, los números concurrentes y regulares, la letra dominical, la del Martirologio Romano, las fiestas movibles, las lunaciones, etc. Es una de las cosas que el Sagrado Concilio de Trento [...] manda enseñar en los Seminarios [...]. Divídese el año en solar y lunar. El primero le forma el tiempo que emplea la tierra en recorrer los doce signos del zodíaco, que son 365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos. El año lunar astronómico consta de 354 días,, 12 horas y 48 minutos, teniendo por ello once días menos que el solar.

Precisemos, siguiendo a COUDERC (1948:84/85) la realidad del calendario litúrgico, y sus bases para ordenar el tiempo anual. La principal característica, que no hemos visto explícita por ningún otro autor, es la ambivalencia del calendario eclesial, que participa de las características, incompatibles entre sí, del ciclo solar y de los ciclos lunares, celebrando durante diez meses la muerte y resurrección de Cristo, de acuerdo con un calendario estrictamente lunar, basado precisamente en la luna llena de abril, mientras que los otros cuatro meses se basa en un calendario solar, basado en torno al veinticinco de diciembre, celebración de la Natividad de Jesús: Calendrier ecclésiastique: ce calendrier a pour objet de régler les fêtes rêligieuses. Le calendrier chrétien est compliqué [...] la détérmination de la date de Pâques est l'objet principal du comput. Toutes las nations modernes possèdent un calendrier homogène; l'Église seule, jusqu'ici, fait usage d'un calendrier strictement double, lié par certains points à la Lune, par d'autres au Soleil. L'Église distingue des fêtes fixes et mobiles mais la fixité et la mobilité ne sont pas des qualités intrinsèques, elles dépendent au contraire du calendrier civil par rapport auquel elles se situent. Chaque fête est fixe dans un certain type de calendrier; il y a les fêtes fixes par rapport aux calendriers lunaires et [...] par rapport [...] aux solaires. Mais les deux types de calendriers étant incompatibles (dans l'éspace d'une année du moins) une fête ne saurait être fixée dans les deux calendriers à la fois. [...] Puisque notre calendrier grégorien est solaire, les fêtes ecclésiastiques telles que Pâques liées à la lune y sont mobiles. Pendant dix mois, en réalité, le calendrier ecclésiastique est lunaire, de la Septuagésime jusqu'au dernier des dimanches après la Pentecôte (dont le nombre varie de vingt-trois à vingt-huit). Les fêtes mobiles de cette période dépendent de la date de Pâques: la Spetuagésime arrive soixante-trois jours (neuvième dimanche) avant Pâques; le dimanche de carnaval (Quincuagésime) est sept semaines avant Pâques; le mercredi des Cendres suit trois jours après; le carême a quarante jours (dimanches exclus); la Pentecôte est sept semaines après Pâques (Pentecôte=cinquantième); l'Ascension se situe le jeudi, dix jours avant la Pentecôte; la Trinité est le dimanche après la Pentecôte et la Fête-Dieu, le jeudi suivant. D'autres fêtes mobiles dépendent uniquement de la situation d'un dimanche: tels sont le dimanche après l'Epiphanie (6 janvier) ou l'Avent, qui commence l'année liturgique (préparation à Noël) et s'ouvre le dimanche le plus rapproché du 30 novembre. Les fêtes fixes sont associées, pour le plus grand nombre, à Noël et aux principaux événements de la vie de la Vierge. Noël (Nativité de Jésus) a donné lieu, quant à la date et quant à l'année, à des divergences de longue durée, qui n'ont pas toutes pris fin.

Tiempo y tiempos en la sociedad tradicional

Veamos como se traduce toda esta concepción aparentemente cíclica del tiempo en los toques de las campanas tradicionales. Avanzaremos en espiral, desde el tiempo diario, pasando por el tiempo semanal, terminando en el repetido y siempre nuevo ciclo anual.

Prefiero comenzar por los toques de antes, un presente etnográfico que tuvo lugar, para los informantes más ancianos, hacia principios de siglo, alcanzando hasta los últimos años cincuenta y los primeros sesenta.

El ciclo diario venía encuadrado por los toques de oración que eran interpretados al amanecer, a mediodía y al atardecer. Algunas informaciones poco fiables en este sentido las omiten, como Caspe o Mora de Rubielos, pero estos campaneros eran modernos, posteriores incluso a los años sesenta. No todos los informantes citan los tres toques, como Albarracín, Ateca o Cimballa, donde hablan de mediodía y noche; en Latre, donde solo dicen que tocaban de mañana, o en Perdiguera, donde exclusivamente nombran el de mediodía. La norma general parece ser el toque por la mañana o al amanecer; a mediodía, a las doce de sol, o sea cuando el sol está más alto; al atardecer, a la puesta de sol o al oscurecer, como dicen la mayoría. Este horario debía ser elástico en los pueblos, y hasta puede que realmente se hiciera coincidir el toque con la desaparición solar, variando la longitud temporal de los días de acuerdo con el ciclo anual, con lo que parece que seguía en vigencia el modo de medida del tiempo de los romanos, en vez de aquel otro regular y acompasado que supuestamente imperaba en Europa desde hacía cinco o seis siglos. En las grandes iglesias era interpretado a hora fija, como veremos más adelante, aunque la catedral de València, que era citada por FERRERES (1910:132/134) como modelo a seguir, tenía un complicado reglamento que cambiaba el toque vespertino de uno o dos minutos diarios para hacer que este toque coincidiera con la puesta del sol, mientras que el toque de ánimas sonaba a cierta hora, según la época del año, cambiada de acuerdo con el calendario litúrgico, en una nueva simbiosis de los ciclos lunar y solar.

Los toques diarios de oración eran a veces tañidos por un ermitaño desde su santuario, como ocurría en Villanueva de Jiloca, donde el otro tocaba a mediodía, o en Uncastillo, donde el de queda, era interpretado por los ermitaños.

Los toques de oración marcaban también el período en que se solía tocar a muerto, tras el señal inmediato a la defunción, si ésta ocurría de día. Por lo general el toque se interpretaba tras el de oración, aunque parece ser que en Cariñena y en Jaca el orden era inverso, tocando antes a muerto y luego a oración. Tales excepciones, mal explicables, parecen bastante consistentes porque los informantes son muy fiables, pero solamente se refieren al toque de mediodía y no al de la mañana o de la tarde.

Tales toques marcaban el principio y final de la jornada, lo que equivale a decir el silencio de las campanas durante la noche: si alguien moría, por importante que fuera, después del toque de oración del atardecer, los señales de difuntos comenzaban tras la oración de la mañana. Ese silencio solamente podía ser roto en caso de extrema e inaplazable gravedad como los incendios o quemas: cualquiera o el sacristán, según el tamaño de la población y la especialización del campanero, podía tocar para llamar a los vecinos: es como si la manipulación del tiempo, deteniendo algunas informaciones hasta el regreso matutino de la luz, tuviera sus limitaciones ya que algunos hechos, como el incendio, no se podían aplazar hasta la mañana siguiente. Tampoco es que evitasen la muerte, pero al menos retardaban su comunicación, como de manera más o menos explícita expresaron todos los campaneros entrevistados.

El silencio nocturno solamente podía ser roto por el toque de perdidos, que era interpretado en invierno, cuando había niebla, ventisca o nieve, en Agüero, Aguilón, Cariñena mientras que era tocado diariamente tras el toque de oración en Agüero, las catedrales de Jaca y Huesca; la parroquia de San Miguel de los Navarros y un convento de monjas de la plaza de Santo Domingo, en Zaragoza. De manera más esporádica, el toque era interpretado en Villar del Cobo, cuando alguien se perdía, tocando como a fuego: hay que tocar la campana pa que acuda. Parece haber una analogía entre el toque de ánimas, interpretado en otros lugares como València o Yepes en Toledo, que marcaba en ambos lugares el final de la jornada, y el llamado aquí de los perdidos, que serviría para que los que andan vagando en la niebla o en la oscuridad de la noche reencontrasen su camino. Desarrollando más la idea, la confusión entre toque de ánimas y de perdidos vendría dada al considerar las almas de los difuntos, o por lo menos las almas de algunos difuntos como perdidas en la oscuridad, en busca del camino a casa. Esta idea, aparentemente estrafalaria, no fué explicitada por ninguno de los informantes, pero recuerda lo citado por ZENO (1981) en el texto de su película sobre la muerte donde refiere los toques de la noche de los Muertos de los indios Tzotzil, de San Pedro Chenalho, en el estado de Chiapas, en México. Al escuchar la campana, su campana, los muertos vuelven a su tierra, a pasar el día con los suyos: Tocamos la campana hasta el amanecer y las almas de los antiguos, de nuestros padres y de nuestras madres, vuelven a tierra al sonido de la campana.

La única noche en la que se tocaba a muerto, más o menos hasta el amanecer, era la del primero al segundo de noviembre: así en Agüero, en Cariñena, donde tocaban todas las clases, en Perdiguera, mientras que en Villanueva de Jiloca o en Zaragoza tocaban un par de horas, más o menos. Quiero insistir en la analogía, que no puedo demostrar por los datos recogidos, aunque parece evidente: así como no se toca por la noche, pero si hay niebla o mal tiempo se tañe para que vuelvan los perdidos, la noche de las ánimas, en la cual los muertos vagan sueltos, se toca igualmente para que los muertos nuestros, al oir sus familiares campanas, vuelvan a su tierra. Apurando la explicación, y siguiendo a FRAZER (1981:559/560), los toques no solamente atraerían a nuestros muertos, "buenos", aunque perdidos, a aquellas almas del Purgatorio que esperan nuestras oraciones para llegar al cielo, sino que alejarían a los malos, pero eso puede ser alargar demasiado la explicación para el toque de la noche de los Santos.

La noche era momento de silencio y el día de comunicación. Pero ¿cuándo comenzaba el día? Tampoco tenemos explicitado este inicio, pero el ciclo semanal nos da buenas claves para ello: los informantes más antiguos, como Agüero, Cimballa, Latre, Torrelacárcel o Villanueva de Jiloca hablan de repicar el sábado a las oraciones, mientras que en Ateca los más jovenes, es decir los de alrededor de cuarenta y tantos años, hace unos treinta repicaban a mediodía en señal de alegría porque era fiesta. El campanero mayor, sin embargo, hace unos cincuenta años, no tocaba los sábados. Dejando aparte el caso de Ateca, que es ciertamente singular por muchas razones, en especial por la fijación y determinación de los toques por parte de su activo párroco en los años veinte, los campaneros citados tocaban al atardecer para el día siguiente; aunque no lo dijeran explícitamente, creo que puede interpretarse como que el toque de la noche, que marcaba el principio del silencio nocturno, era el primero de la jornada. Las vísperas, el rezo de la tarde, tomaban la categoría o la clase, para decirlo con el léxico litúrgico, de la jornada siguiente, para nuestros efectos, y solamente los días más importantes, como las primeras clases, podían tener "segundas vísperas"; el mismo día por la tarde volvían a celebrar la fiesta ya pasada. Es algo ciertamente complicado de explicar, porque nos remite a otros límites temporales, menos alejados de nuestras pautas de conducta de lo que pensamos: cualquier fiesta patronal, urbana o rural, comienza con un volteo de campanas la víspera, al tiempo que inicia sus desfiles la banda de música y disparan algunos cohetes u otros artificios sonoros pirotécnicos.

El silencio anual de las campanas, durante el Trío Sacro, desde el Gloria de la misa del Jueves Santo, ahora por la tarde, pero antes por la mañana, hasta el Gloria de la misa de Resurrección, ahora a media noche entre el Sábado Santo y el Domingo de Pascua, aunque antes era a media mañana de ese Sábado, está mal explicado desde la Liturgia. FERRERES (1910:96/97) remite a DURANDO para decir que así como los discípulos callaron y huyeron cuando el Maestro fué detenido, interrogado y vilmente ejecutado, así las campanas que son como los Apóstoles la voz del Señor, callan, esperando su Vuelta Gloriosa. La explicación no es convincente y seguramente debe buscarse en antiguos ritos para la renovación de la Naturaleza, teniendo además en cuenta que las iglesias orientales siguen empleando las semantrón, que son tablas de madera, para llamar a los fieles. Al menos hay unas normas generales, que no es momento de estudiar, que proponían, sobre todo el orden de comienzo y final del toque de Gloria, para el cual la iglesia matriz, Catedral, Colegiata o Parroquia de mayor dignidad era la última que tocaba el Jueves y la primera que tocaba el Sábado. Así, en Huesca las parroquias podían tocaban el Gloria del Jueves Santo exclusivamente antes o con la Catedral, y luego solamente empleaban las matracas. Quitaban los ganchos de las campanas y las cuerdas quedaban colgadas en la pared. Hoy en día, aunque existen las matracas ya no se tocan, y el campanero, ocupado en dos lugares distintos es el que marca la hora de comienzo de la misa en cada lugar, para poder llegar a ambas, sin tener en cuenta las campanas de la Catedral, que están electrificadas.

El silencio de las campanas iba acompañado de la disminución fónica, con numerosas normas municipales que regulaban incluso el tráfico de vehículos por las vías urbanas. En Aguilón, por ejemplo, bandeaban el jueves y las campanas permanecían en silencio hasta el sábado por la mañana. En Perdiguera dejaban las campanas normales, sin tocarlas, mientras que los zagales en la iglesia hacían ruido, para matar judíos. En Ateca también, pero la carracla o las carraclas estaban, por lo menos durante algunos años, en la torre del reloj, cuyas campanas horarias seguían sonando; caso de verificarse tal presencia de matracas en la torre del reloj, para lo que tenemos testimonios contradictorios, supondría una notable armonización de dos modos bien opuestos de medir el tiempo. En Caspe nos dieron algunas pistas, poco ortodoxas pero muy expresivas: la misa del Jueves quedaba paralizada y las campanas también, mientras eran sustituidas por la gran matraca. Cuando la misa de Resurrección continuaba, las campanas volvían a tocar.

En Uncastillo dicen, en presente, que nadie sube y nadie las toca. En Zaragoza mataban las campanas: no solamente quitaban las cuerdas de los badajos, sino que las dejaban horizontales, atándolas puesto que ellas por su peso tienden a estar verticales, como es sabido. En La Seo solamente mataban las que se veían desde la plaza, mientras que en el Pilar dejaban horizontales todas las que podían estarlo, incluyendo la Pilar, la grande central. La muerte de las campanas no solamente era percibida por los oidos sino que se podía ver: era una muerte aparente, en un sentido amplio de la palabra. Las campanas eran sustituidas por matracas, que aún pudimos ver en la Seo totalmente destrozadas, inservibles, en la planta superior. También decían a matar las campanas en Villanueva de Huerva, donde las dejaban sin tocar, sustituyéndolas, como aún hoy hacen en Cimballa por una matraca manual, golpeada mientras daban vueltas al pueblo para anunciar cada acto litúrgico.

En ningún lugar se asocia las campanas con la Pascua, y con su viaje anual a Roma. Es chocante como una creencia que orienta y cataliza la percepción que tienen los franceses de las campanas, aquí es absolutamente desconocida: la asociación inmediata en nuestras tierras es de campanas para comunicar una muerte o para comenzar las fiestas, pero nunca piensan en Pascua, y menos aún en viajes a Roma.

Tampoco se piensa en las campanas al hablar de Navidad, al contrario de lo que ocurre en las culturas anglosajonas. Así COLEMAN (1938:18/19) comienza prácticamente su libro, desde una perspectiva norteamericana, afirmando que en los países cristianos no hay otra fecha tan asociada a las campanas como la Nochebuena y el día de Navidad, durante las cuales tañen casi sin cesar. No es nuestro caso: ninguno de los campaneros entrevistados recordó tal fecha. Al relacionar las campanas con el ciclo anual surgen inmediatamente las fiestas del pueblo o de la ciudad. Inmediatamente después, pero ya en pasado, se habla del toque de la noche de los Santos. Solamente si se les pregunta, hablan del silencio durante la Semana Santa. Pero nunca han nombrado la Navidad como fecha en la que haya que tocar especialmente; de hecho no se tocaba apenas o en absoluto.

He hablado de clases, y aquí ya es preciso referirse al ciclo anual, a la idea de año en la sociedad tradicional y especialmente en la Iglesia. Seguiremos hablando del presente etnográfico, esto es de hace unos cuarenta/cincuenta años, en torno/antes de la guerra civil. Si la idea general cristiana de tiempo, lo que está por ver, es lineal, la idea concreta, a corto plazo, es cíclica, con esa doble regulación del calendario, de acuerdo con el ciclo lunar, que marca la fecha exacta de la Pascua, aún hoy, y con el solar, que marca la fecha exacta de la Navidad y otras fiestas en torno a la Madre de Dios. Incluso, si se me permite la intuición, el ciclo lunar está basado en la muerte y resurección del Cristo, y en torno del renacimiento no por menos esperado menos milagroso de la vegetación en primavera, mientras que el ciclo solar se relaciona con la encarnación, maternidad de María y Nacimiento de Jesús, lo que permitiría asociar la Navidad con la historia, puesto que, aún no sé porqué, el ciclo del sol siempre parece ir asociado con el tiempo lineal, mientras que la Pascua, repetida y recreada cada año, va precisamente unida al ciclo de la luna y de las estaciones. Hace un par de días, hoy es sábado santo, acabo de oir a un celebrante decir que Cristo murió y va a a volver a morir por nosotros, en un ciclo inacabable, de recreación anual de la vida, del agua y del fuego.

Los días, para la Iglesia tradicional, y por tanto para nuestros sacristanes y campaneros, no tenían una especificación lineal, única, histOrica. Aquel día no fué un tres de octubre de mil novecientos cincuenta y uno, por decir la primera fecha que se me ocurre, ni hoy es el dieciocho de abril de mil novecientos ochenta y siete: hoy es Sábado Santo, con respecto al ciclo anual, que está motivado por la Pascua, que es mañana y por el Viernes Santo, que fué ayer. Dicho de otro modo: ninguno de los campaneros entrevistados transmitía, ni podía transmitir la fecha del día, puesto que su sistema de comunicación no estaba previsto para ello, como el morse, el interface del ordenador o el tam-tam que solamente traducen lenguaje escrito a signos sonoros que después de ser descodificados darán nuevamente un mensaje escrito. Los toques tradicionales funcionaban por categorías, más o menos abiertas o definidas, pero sin la rigidez binaria de otros códigos sonoros, indicando la categoría del segmento temporal con respecto al ciclo diario, semanal y anual.

La clasificación diaria era siempre con respeto al ciclo semanal (solar) y anual (lunar), y quedaría resumida en tres clases: diario, domingo y festivo, con una matización entre festivo menos importante (bandeo de una sola campana) o festivo solemne, con el toque de la campana mayor o de todas, según la costumbre del lugar. Al menos en los pueblos la mayor parte de los toques no "anunciaban" nada, en el sentido inmediato, lineal si se quiere, sino que indicaban la categoría del día siguiente que, presumiblemente, empezaba entonces, aunque ningún testimonio garantice ni contradiga tal afirmación. Por lo general había tres/cuatro clases de días, con matizaciones. Así, los pequeños pueblos, con dos campanas, como Cimballa, Latre, Torrelacárcel, Rubielos de la Cérida o Villanueva de Jiloca, tenían el toque diario, con una pequeña campana, a veces la menor, a veces el campano o cimbal o sea una tercera campana mucho más pequeña, que no entraba en los repiques. Había un toque semanal, interpretado a menudo el sábado por la tarde y para el primer toque de misa del domingo, que era un repique de las dos campanas, precedido el sábado del toque de oración y seguido el domingo del primer toque de misa, con muchas variantes. Finalmente, para los días de fiesta, el repique precedía el bandeo de una o dos campanas, volviendo a ser interpretado después. El volteo de una sola campana podía estar motivado por avería de la otra o según la asistencia de ayudantes, aunque también pudiera estar justificado por una fiesta de menor entidad pero con más trascendencia que un simple domingo.

En las poblaciones mayores, como Agüero, Albarracín, probablemente Cariñena y Jaca, había cuatro clases, con un toque diario, otro de segunda, un repique, un toque de primera menor, que a veces podía incluir el bandeo de una sola campana y otro de primera solemne con el toque de dos o de todas las campanas de la torre.

En Zaragoza la Seo tenía cuatro clases: el ordinario, el de segunda y el de primera, con repiques distintos mientras que el de primera solemne incluía el mismo repique acompasado al bandeo de la Valera, la campana mayor y central de la primera catedral zaragozana. En el Pilar, la otra catedral, tenían cinco clases, lo que nos acerca a las siete recogidas en València, con pequeños matices solamente distinguibles por los muy expertos: estaba el simple, el semidoble, el de segunda, el de primera y el de primera solemne, que incluía el bandeo de la Pilar, la campana mayor de la torre, acompañada por el repique acompasado de las otras cinco.

En las pequeñas y medianas torres los toques preludiaban la festividad del día siguiente así como la categoría de la fiesta que se iba a celebrar, e incluso el lugar y la persona: buena prueba de ello es el caso de Uncastillo, con dos parroquias pero un solo párroco: el toque diario era distinto según la iglesia donde oficiase el párroco, y lo mismo ocurría con la misa cantada del domingo, que era de diario de párroco donde celebraba el coadjutor.

Los toques de coro eran interpretados en las parroquias urbanas y en las catedrales, con el notable caso, que puede ser esclarecedor para explicar los repiques de la víspera o anteriores a la misa mayor, de Villanueva de Jiloca, donde el repique vespertino precedía, así como el de las mañanas dominicales, el rezo en el coro de tercia o de completas.

Dentro del ciclo anual, que está gobernado o por lo menos ordenado por la Luna, hay que referirse al cambio de horarios, que era prácticamente común en todas las grandes iglesias, que tenían coro por la mañana y por la tarde. Este cambio, este horario de verano, no se relacionaba, sin embargo, con el ciclo de la Pascua, sino con el calendario solar, con toda lógica, puesto que se trataba de acompasar el ritmo laboral diario, si se permite la expresión, con el ciclo de las estaciones, con el año civil, en realidad con el Juliano primero y con el actual Gregoriano después. La fecha del cambio, de Cruz a Cruz, que carece, creemos, de reconocimiento litúrgico oficial, iba acompañada de un toque de protección contra tormentas en muchos lugares, especialmente castellanos, y subsistió hasta los años sesenta. En las poblaciones tratadas para este trabajo solamente Cariñena tenía toque explícito para mediodía, tras el toque de oración, aunque el sacristán no consideraba que su oración del verano tuviese efectos de defensa de la comunidad.

Cabe interpretar aquí los toques descritos como cíclicos, en su conjunto: abrían y cerraban la jornada, marcaban el principio de las festividades, renacían tras la espera pascual. Sin embargo tal interpretación puede resultar poco consistente: en efecto, en los pueblos, para la misa dominical solamente un toque, interpretado "antes", como media hora o tres cuartos, sin gran exactitud, avisaba la categoría de la fiesta, con respecto al ciclo anual, y solamente uno o dos toques más, a menudo sin precisión de "segundo" o "tercero", indicaban la preparación y el comienzo exacto de la misa: las campanadas subsisten aún en el léxico popular para hablar del tercer toque actual, el que marca el inicio exacto de la acción. ¿Pero tal primer toque repicado, exigiendo por tanto en los pueblos la presencia del sacristán, el gran especialista, en la torre, no pudiera estar justificado precisamente por esa variedad de funciones que impide, como asegura el dicho estar en misa y repicar? Porque el sacristán, en las pequeñas comunidades, no solamente tocaba las campanas o preparaba los ornamentos sagrados para la celebración: también participaba activamente cantando en latín, más o menos aproximado pero casi siempre afinado, contestando y complementando al sacerdote en los rituales. La interpretación de un solo toque quedaba pues justificada por la necesidad de tener que estar abajo en la iglesia, participando en la acción litúrgica, sin necesitar una referencia a un tiempo aproximado, cíclico.

En las ciudades e incluso en las parroquias importantes, con cierto número de clérigos, como Cariñena o Uncastillo, el campanero era a principios de siglo un profesional distinto del sacristán, como aún ocurre hoy en Huesca. Tenían que tocar a horas fijas, para coordinar las actividades litúrgicas de los Cabildos, y posiblemente para servir de referencia temporal a las poblaciones civiles. Aquí podía estar la respuesta a la interpretación del tiempo: puesto que tocaban a horas fijas ya no se basaban en el calendario lunar, irregular, sino que estaban midiendo el día de acuerdo con un tiempo regular, igual, solar. Sin embargo seguían tocando a coro, según la clase del día, con lo que no resolvemos nada.

Los toques, más o menos cíclicos, han convivido desde el XIV con los relojes, en nuestra Corona de Aragón, que es la que mejor conozco. No se trataba, sin embargo, de una competencia, de un intento continuado por manipular el tiempo, puesto que los relojes, por ejemplo, no eran construidos en otras torres, y utilizaban a menudo las mismas campanas religiosas para tocar las horas, aunque, éso sí, su fabricación y mantenimiento estaba, como lo sigue estando hoy, a cargo del poder civil: si hay alguna avería o se precisa una renovación los gastos irán, en el mejor de los casos, repartidos entre la Iglesia y el Ayuntamiento, aunque por lo general este último es el único que paga, con gran conciencia de mantener así sus derechos sobre las campanas y el reloj que regulan, dicen, el tiempo civil. Muchos campaneros son los que dan cuerda a los relojes de la torre, que en muchos casos, como Aguilón o Mora de Rubielos carecen incluso de esfera, pero es la Municipalidad y no el Cura quien paga mensual o anualmente al encargado de dar diaria o semanalmente cuerda al reloj. En los pueblos pequeños las mismas campanas se emplean para dar las horas, dándose el caso en algunos pueblos del sudoeste aragonés, como Jabaloyas, que emplean la campana menor tanto para las horas como para los toques más usuales desde el pie de la torre. Sin embargo, en los pueblos mayores, en villas y en ciudades, son "otras" las encargadas de tocar los cuartos y las horas, campanas colocadas en la parte más alta de la torre, donde puedan ser bien oídas, aunque probablemente su colocación superior esconda otros propósitos. Las campanas del reloj no son consideradas como tales por los campaneros, que no las emplean para sus repiques, de la misma manera que omiten en sus descripciones al cimbalillo empleado para tocar a misa, aunque esté instalado en la misma torre, junto a las demás campanas. Muchas torres como Teruel y Barbastro tienen campanas góticas, de la Ciudad, que tocan las horas por encima de las otras pero que no son mencionadas por los campaneros. En otro lugar he analizado la salvaje electrificación de las campanas del Pilar. Uno de los errores cometidos, desde el punto de vista de la tradición, fué la motorización de las campanas del reloj, que estaban incluso en otro aposento de la torre; para el instalador eran dos campanas más, aprovechables para el conjunto; para la familia MILLAN, los últimos campaneros, ni siquiera fueron nombradas durante las entrevistas.

La separación funcional iba a menudo acompañada de separación espacial. Las campanas horarias, cuando no eran las mismas de la iglesia, estaban colocadas en otro lugar, a menudo una estancia más alta o incluso en otra torre paralela, como ocurrió en el Pilar: al construir la segunda torre se colocó allí el reloj y la gran campana que procedía de la Torre Nueva, destruida precisamente por la Ciudad porque molestaba los intereses de algunos patricios. Todavía hoy, el antiguo Hogar Pignatelli, en cuya restauración estamos colaborando, tiene dos torres paralelas: en una de ellas están las dos campanas de un extinto reloj que pronto será puesto nuevamente en marcha, y en la otra torre se encuentran tres campanas, una de ellas del XVII, que eran empleadas para los toques digamos eclesiales.

La Torre Nueva pudo ser el casi único ejemplo aragonés de beffroi, de torre cívica para marcar las horas urbanas, pero no evolucionó, que sepamos, hacia un carillón, o conjunto de campanas que construyesen con sus ritmos una serie de mensajes diferentes y paralelos a los de las torres eclesiales. Fué construida para situar un reloj, visible, y una gran campana que pudiera oírse desde toda la ciudad, marcando las horas para el buen gobierno de sus habitantes. Con ello se pretendía, además, reflejar el poderío y la magnificencia de la capital del Reino, como escribe BLASCO IJAZO (1987:sf) en una pequeña monografía: ¡Y pensar que por un reloj y para un reloj se hizo la grandiosa Torre Nueva!... No para un reloj más que graduase la vida a paso complicado como ahora. No. Entonces se vivía pausadamente. La Ciudad necesitaba un reloj para el buen gobierno de los Tribunales, asistencia a los enfermos y reglamentación de la vida en el vecindario todo. Los relojes existentes a la sazón en la vieja Ciudad no corrían con el concierto y seguridad apetecido. El que se quería, colocado en una torre tan alta y magnífica, tenía que distinguir a Zaragoza como cabeza y metrópoli de la corona de las demás villas y ciudades del reino.

Pues sí, para fijar el ansiado reloj en sitio estratégico y visible se construyó una torre suntuosa, con una campana muy grande que se oyese de toda la ciudad. Y esa fué la Torre Nueva.

El Consejo de la Ciudad aprobó su construcción el 22 de agosto de 1504, reinando en Aragón Fernando II. La construcción de la Torre Nueva tiene todas las características de una torre civil, de un beffroi, buscando explícitamente su centralidad y autonomía: Aprobado un diseño fué acordado en 31 de agosto de 1504 fabricar la torre separada de todo inmueble, en la Plaza de San Felipe, frete a la iglesia, a unas cien varas de donde se encontraba el centro de la ciudad.

La Iglesia y el Estado no se opusieron y colaboraron en su construcción; aunque se trataba de una torre de la Ciudad, es decir del gobierno municipal, como muestran los escudos de armas que las ornaban, así como aquel otro que se colocó para cerrar el hueco por donde se introdujo la gran campana tras una de sus roturas: Estaba construida de ladrillo [...] con ocho escudos de armas de la ciudad: servían de repisa en su lugar ocho piedras labradas [...] Fué preciso abrir una gran brecha para introducir la campana hasta el centro. Con este motivo se cerró la puerta que estaba al Septentrión y se dejó dispuesta y adornada otra que daba al mediodía. Remediado tan grave estruendo, se puso sobre ella el escudo de Armas de la Ciudad (que se conserva en el Museo Provincial). En el remate había una cruz veleta, una bola dorada y una campana para los cuartos. Contaba de altua la torre desde el suelo de la Plaza de San Felipe, 105 varas de Aragón.

La torre solamente tenía dos campanas: una para los cuartos, colocada en su veleta, y otra mucho mayor, para las horas, construida inicialmente en 1508, siendo refundida en 1710 y nuevamente en 1712, que existe hoy en la torre baja del Pilar: Tambien se renovó el reloj por estar el antiguo poco puntual. Su incesante ejercicio y la continua lima del tiempo lo tenían debilidtado y sin la constancia precisa en sus violentas articulaciones y movimientos. Este reloj señalaba las horas con los sonoros y abultados ecos de la campana grande y los cuartos de hora con la otra más pequeña que servía de último chapitel. Una y otra campana daban orden y concierto a toda la ciudad.

Solamente tenemos noticia de la elaboración de unos toques regulares desde esa Torre Nueva, durante la Guerra del Francés: parece ser que era una buena atalaya para observar los movimientos del enemigo y que se tocaba la zona hacia donde parecía que iba a caer la bomba lanzada extra muros: En otra finalidad, ¡qué buenos servicios prestó a los zaragozanos la Torre Nueva durante los asedios de 1808 y 1809!... A cada granada o bomba que disparaba el enemigo, la campana mayor señalaba con precisión precautoria el peligro, por medio de uno, dos, tres o cuatro toques, según el sector afectado de los cuatro en que se dividió Zaragoza a tal fin previsor. Y lo mismo durante la guerra civil en 1838. Apostada una guardia de bomberos de la milicia nacional en los balcones de la torre, soberbia atalaya para descubrir una circunferencia de unas 16 leguas a la redonda, observaba los movimientos que el ejército carlista pudiera efectuar sobre la población.

La Torre Nueva fué precisamente destruida por la Ciudad, entre 1891 y 1893, con la excusa visible de su desviación, que seguramente existió desde los orígenes de la torre, a causa de la precipitada construcción, se auguró su caída, precipitándose sobre la ciudad y destruyéndola en medio de una gran tragedia; aunque pudo haber otros intereses económicos e incluso de seguridad ciudadana, parece evidente que la Torre Nueva ya no significaba un símbolo de autonomía y libertad ciudadanas, si es que llegó a serlo en algún momento. Los materiales de construcción fueron reutilizados y las campanas y veletas absorvidas por dos iglesias cercanas: Al día siguiente se ofrecían los materiales al Ayuntamiento a pesar de ventajosas proposiciones de París y Londres. Se intentó un sorteo en la Ciudad para que los zaragozanos pudieran guardarlos. Todo fué un vano empeño. Se vendieron y con parte de ellos fueron construídas las actuales casas números 5, 7 y 9 (modernos) de la calle de Casa Jímenez. La campana mayor se llevó a la torre baja del pilar y la cruz del remate a la torre de San Felipe. En 29 de julio de 1893 sólo había escombros.

Con todas las peculiaridades que la hacen digna de mejor estudio, la Torre Nueva no parece ser un buen ejemplo de evolución de la concepción del tiempo, de desligamiento de los moldes temporales y eclesiales, desde lejanos siglos. Tampoco tenemos constancia de la evolución de la torre del reloj de Ateca como un símbolo de identidad municipal y como la búsqueda de un medio de comunicación independiente frente a la Iglesia; los únicos toques de sus campanas son aquellos regulares de las horas y de los cuartos: aparecen ambas torres como intentos de separar el tiempo cíclico del tiempo objetivo, lineal, pero desconocemos, si es que los hubo, otros toques paralelos, diferentes de los eclesiales, que construyesen mensajes exclusivamente de la Ciudad.

En otro caso, que conocemos bien, y que presenta muchas concordancias con Zaragoza, como es la ciudad de València, también existían los relojes urbanos desde antiguo, aunque no por ello cabe suponer que su instalación intentara oponer un tiempo regular, laico, a otro cíclico, eclesial. Para SOLER i GODES (1958) ya en 1378 el obispo y el cabildo catedralicio contrataron un reloj de gran tamaño, con esfera que marcaba las veinticuatro horas y sus cuartos, con una campana que los anunciaba. Renovado en 1413 se colocó en la nueva torre de la catedral, que por aquellos tiempos se estaba construyendo. Como cita LLOP (1675:135/138) mientras se construía el Micalet, reconociéndose como cosa justa que en una ciudad tan grande y populosa como aquella hubiese un reloj que se escuchara tocar las horas de cualquier parte de la ciudad e incluso de muchos lugares fuera de ella, más alejados que los arrabales, firmaron una Concòrdia el Obispo y el Cabildo por una parte y por otra los cargos de la ciudad, tanto políticos como los de obras públicas para construir un reloj que tocara las horas del día y de la noche, encargándose, mientras se construyese la maquinaria, dos hombres de tañer, relevándose cada doce horas. La campana destinada a tal uso solamente serviría, sin excepción a sonar las horas. El responsable del reloj había de ser pagado por la Ciutat.

A pesar de tan antigua existencia de relojes, dedicados exclusivamente a tañer las horas regulares, y cuya conservación estaba a cargo de la Ciudad, eran las campanas eclesiales, situadas precisa y simbólicamente, por debajo de las que tocaban los cuartos y las horas, las que regulaban actividades ciudadanas tan laicas como la abertura y cierre de murallas o el cierre de establecimientos públicos. ALMELA i VIVES (?) cita un Auto de Buen Gobierno de JOSÉ DE AVILÉS, Brigadier de los Reales Ejércitos, Intendente General del Reino de València y Corregidor de la Ciudad, fechado en 1758, que regulaba las actividades de los mesones y posadas. Dice ALMELA: Los mesoneros que tuvieran en sus posadas banderas de reclutas advertirían a los cabos que, después de tocarse el Avemaría de la noche, habían de tener retirada a toda la gente, la cual no podría salir hasta el toque de Alba. En el alojamiento se había de guardar quietud y no se permitiría ninguna especie de mujeres. [...] Los repetidos posaderos cerrarían las puertas de la calle luego de tocarse la Oración de las Almas, y si fuera preciso abrirlas después o a deshora, lo harían los propios posaderos o sus mozos, no sin avisar antes a los pasajeros aposentados para que cada cual cuidara de sus efectos, con lo que se evitaban contingencias.

No hace falta ir tan lejos: a pesar de la documentada existencia de un tiempo regular, marcado por las campanas de de Ciudad, colocadas en lo más alto de la urbe, todavía en este siglo eran los toques de oración, cuando ya habían desaparecido las murallas, absorvidas por el progreso, los que indicaban el momento de cumplir ciertas normas de circulación. Unas Ordenanzas municipales de la ciudad de València de 1880, aunque publicadas en 1900, dicen en su artículo 172 (1900:32/33) que desde el toque de las primeras oraciones hasta el amanecer deberán llevar luz todos los carruajes que discurran por la Ciudad.

Puede parecer ciertamente poco oportuno traer a colación dos citas que corresponden a otra ciudad, culturalmente no tan lejana. Pero seguramente tales normas, u otras similares, que muestran la coexistencia reciente de maneras diferentes de medir el tiempo, a niveles incluso oficiales, deben aparecer entre las promulgadas por los poderes públicos zaragozanos y de otras villas y ciudades en Aragón.

El tiempo en los toques actuales

Los toques actuales apenas siguen aquellos esquemas temporales cíclicos y cabría la explicación que hemos asistido, en pocos años, a un cambio radical en la concepción del tiempo.

Los toques siguen codificados como hace medio siglo, pero no se toca en ningún lugar a oración las tres veces diarias. Ni siquiera en los sitios donde hay campanero estable se sigue tocando. Ni en Aguilón, donde todas estas cosas ahora no se hacen, ni en Alcorisa, donde éso se ha perdido, ni en Huesca, donde solamente toca los domingos, ni en Jabaloyas porque no cobro nada y ir todos los días, ¿para qué?, ni en Perdiguera, donde ahora no se toca.

Si hay misa diaria, lo que no ocurre en todos los lados, suele ser el mismo cura el que realice los tres toques, repartidos con exactos intervalos de quince minutos, media hora, un cuarto de hora y al momento de comenzar el ritual.

No hay toques de coro, porque tampoco se canta, excepto en las Catedrales, y solamente por la mañana, esta celebración litúrgica.

En cuanto al fin de semana, en ningún lugar no sólo de los aquí citados sino de los estudiados en Aragón, en Castilla o el País Valenciano, que superan el centenar, tocan el sábado al atardecer, como acostumbraban. Solamente en Aguilón o en Jabaloyas repica el sacristán el primer toque de la única misa dominical, comenzando en Jabaloyas cuando aparece el coche del cura, esperado desde la torre, por la carretera. También repica el sacristán en Villar del Cobo, bandeando en los tres casos una campana. En Cimballa, donde tocan los chicos, el primer toque, repicado, con más o menos habilidad, es interpretado a hora fija, así como el segundo, realizado un cuarto de hora más tarde con golpes lentos de la pequeña. El tercero, sin embargo, es tocado tras la llegada del cura, una vez que se ha revestido y está dispuesto para iniciar la celebración. Algo similar debe ocurrir en Agüero y quizás en Ateca.

En Huesca toca el campanero sendos repiques previos a la misa solemne en cada una de las dos parroquias donde actúa, y en Uncastillo creemos que el sacristán repica también antes de la misa dominical.

En los demás sitios, como Alcorisa, Caspe o Perdiguera, de forma manual, o en Albarracín, Cariñena, Mora de Rubielos y Zaragoza, de forma eléctrica, sin relación con los repiques ni ritmos tradicionales, son los mismos curas quienes tocan antes de la misa, sin apenas distinciones expcepto para las fiestas importantes.

Este tocar solamente para los actos concretos pudiera estar relacionado con la explicación propuesta, es decir con una idea lineal del tiempo: solamente se avisa para cosas concretas que van a ocurrir, con cierta idea de exclusión; "antiguamente" los toques, que implicaban a toda la comunidad y eran supuestamente entendidos por todos, transmitían no solamente la categoría de la misa, sino alguna de sus partes centrales, como la Consagración, permitiendo así, como decían en Agüero para quien no podía ir a misa y estaba escuchando.

La idea de tiempo lineal, único, parece ir unida hoy a la de llamada, de atracción a los "fieles", aunque de esa fuerza centrípeta hablaremos en otro lugar. De hecho, en ninguno de los campanarios actuales se toca al Alzar a Dios, explicando que como la misa ya no es en latín, sino en castellano, si tocan las campanas no se entiende lo que se dice. Más bien parece que la idea oculta detrás de ello sea "atraer" solamente a los "nuestros", dejando "fuera" a los "otros".

El silencio nocturno de las campanas sigue siendo respetado, a menudo porque pasan días e incluso semanas sin que tengan nada que decir, aunque en los pueblos pequeños llaman a quema cuando es preciso.

Tampoco se substituyen las campanas por matracas en el Triduo Santo. Es cierto que prácticamente ninguno de estos instrumentos funciona pero también es verdad que suelen ser obra de artesanos locales y que cualquiera, con un poco de maña, podría restaurarlas en un par de mañanas. Están rotas no porque no se usen, sino porque ha desaparecido la necesidad de emplearlas. En Cimballa, que sepamos, y posiblemente en algún otro pueblo, aunque ésto depende de la inspiración del momento, los monaguillos recorren las calles, en sentido opuesto a la procesión, agitando sus matracas y otros objetos sonoros de madera, mientras que gritan el toque y el acto al que convocan.

Desde luego que desaparecieron los toques de la noche de los difuntos, que en muchos lugares cesaron antes de la guerra, pero es que apenas nadie cree en su presencia real y cíclica de vuelta a casa.

Tampoco hay, como hemos dicho, toques de oración diarios o semanales, pero emergen, como un resto arcaico, de las manos de los más antiguos campaneros. Así el de Aguilón afirma, en presente, que se toca a muertos tras la oración. También el de Alcorisa dice que yo cuando toco a fiestas o a muertos antes toco la oración siempre. ¡Y después a tocar a muerto o a lo que sea! Otro tanto asegura el de Jabaloyas, que al hablar de fiestas dice que se toca la oración y a continuación se da un bandeo, mientras que para muertos se toca primero la oración y luego el medio bando.

La triple oración cotidiana no se realiza probablemente por falta de presión institucional, los curas ni lo saben, pero los toques de oración están ahí, latentes, y emergen cuando hay que subir a tocar, a muerto o a fiesta. De hecho, de manera automática, profundamente internalizada, muchos de los informantes lo tocaron, como el de Agüero, que inició su repique festivo con las tres campanadas de la grande.

A lo largo de este trabajo espero haber reflexionado sobre la idea temporal expresada por los sacristanes y campaneros a través de sus toques diarios, semanales o anuales. Creo haber mostrado que la presunta desaparición de la influencia de los toques eclesiales en el siglo XIII no tiene sentido en nuestras tierras, donde los toques de la iglesia, única torre del pueblo o de la ciudad, han convivido, y no siempre en armonía, con los toques horarios y con los intentos civiles de acceder a las campanas. Dicha consonancia contradictoria se rompió hacia los años sesenta, por numerosas causas, como la aplicación laxa del Concilio que tanto caracterizó a los clérigos de aquí, la guerra civil, con las consecuencias de destrucción de iglesias y campanas, así como el cambio de mentalidades, y también la despoblación, las migraciones, e incluso la desacralización, que posiblemente, y con la excusa conciliar antes citada, encontró su mejor aliado en la Iglesia.

Estas explicaciones, a pesar de todo parecen insuficientes para explicar un cambio en el sentido del tiempo, ahora puntual, sin historia, (ya que se intentó y a menudo con éxito, renunciar a toda tradición que parece que iba contra el Progreso) y sin futuro (pues se renunciaba a la posibilidad de creación y se dejaba la regulación del tiempo, la expresión de mensajes comunitarios en manos de máquinas automáticas).


LLOP i BAYO, Francesc (1987)

Bibliografía

  • Relojes: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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