LOMBARDI, Julieta / LAS ÚLTIMAS NOTICIAS - "Lo único que nos queda del paisaje sonoro de la Colonia son las campanas"

"Lo único que nos queda del paisaje sonoro de la Colonia son las campanas"

Eduardo Sato, campanólogo y campanero

El investigador -que se ha dedicado al rescate de una tradición casi extinta a través del estudio y la práctica- acaba de publicar un disco que recrea la rutina de toques que marcaban la pauta citadina en ese periodo.


Eduardo Sato, campanólogo y campanero - Autor: LOMBARDI, Julieta / LAS ÚLTIMAS NOTICIAS

L a experiencia que llevó a Eduardo Sato a interesarse en las campanas está perdida en la nebulosa del misterio. El músico nunca ha sabido, o no recuerda, por qué en la niñez desarrolló hacia esos artefactos una especie de fijación. “Debe haber sido alrededor de los 8 o 9 años. Me fascinaron estos objetos grandes, pesados, oxidados, que sonaban. Me obsesioné con ellos”, cuenta.

La afición se acrecentó con el tiempo y fue derivando en proyectos de estudio y rescate de artefactos patrimoniales. Formado como pianista, Sato (1979) publicó en 2018 el libro “Con mi voz sonora” -una revisión histórica que abarca entre 1789 y 1899 y se basa en la tesis que desarrolló para su magíster en musicología- y ahora acaba de estrenar el disco “Paisajes extintos”.

El repertorio consta de toques que se practicaban en cinco iglesias de Santiago durante la Colonia (entre ellos aves marías, ángelus, alarma, repique y alzar), periodo en el que esos instrumentos marcaban la pauta de la vida urbana. El investigador lo grabó junto a Tomás Brantmayer y Sebastián Jatz, con quienes integra, desde 2012, el grupo Campaneros de Santiago.

Basándose en antiguas ordenanzas, el colectivo ha realizado toques de dobles de difuntos en memoria de personalidades como Nicanor Parra y Mariano Puga y tañe regularmente las campanas en diferentes templos, en coincidencia con fechas religiosas como la de Todos los Santos. En el último tiempo, esas intervenciones las han dedicado a los muertos del estallido y a las víctimas de la pandemia.

“Hemos vinculado esta tradición colonial con ciertas realidades del contexto actual. El toque de las festividades de los muertos dura diez horas, así que nos vamos turnando. Es una versión adaptada del original, que se extendía por dos días”, comenta Sato, que en otro periodo de su vida cultivaba su pasión campanera un poco a escondidas.
“Encontraba que era nerd, ñoña, me daba cierta vergüenza. No era algo que comentara mucho, porque podía percibirse como extraño”, reconoce. Hasta ahora, nadie se ha burlado.
-¿Cómo se transformó en campanero?
-Durante la elaboración de mi tesis surgió la idea de llevar a la práctica lo que investigaba e invité a algunos amigos. No soy un campanero en el sentido estricto, porque el campanero tradicional trabajaba para la iglesia, tenía que estar disponible tiempo completo. En Chiloé quedan algunos y también en el norte, pero en la zona central, en Santiago, no hay hace décadas.
-Se trata de un sonido en decadencia.
-Sí, claro. El declive empezó en la segunda mitad del siglo XIX, porque se consideraba molesto. Ya con el Concilio Vaticano II, las campanas murieron en Santiago. En Europa desaparecieron los campaneros, pero a las campanas les pusieron sistemas de toque eléctrico. Aquí dejaron de tocarse, no iba con los tiempos. Al investigar, el escenario que me encontré fue el de desuso, con torres olvidadas y todo lleno de polvo.
-Su libro consigna que las campanas son transversales a diferentes cultos.
-Encuentro fascinante que varias religiones compartan el uso de la campana. En Oriente las desarrollaron mucho antes del cristianismo, campanas grandes y sofisticadas que en Europa se vieron ya avanzada la Edad Media.
-En el disco, ¿en qué criterio basaron la selección de los toques?
-Durante la Colonia, la rutina diaria estaba marcada por el toque de las campanas. La gente no se guiaba por relojes, casi nadie los tenía. La percepción del tiempo estaba condicionada por el toque de las campanas que, junto con el sol, iban determinando el trascurso de la jornada. Tratamos de reproducir la rutina diaria de ese periodo: las aves marías sonaban a las 4.30 de la madrugada en la Catedral -era el despertador de la ciudad- y luego venían los toques del mediodía, el anochecer y otros como el de alarma, que avisaba de incendios. No sólo indicaban el momento del día, sino que llamaban a la gente a orar. Existía la idea del tiempo como algo sagrado.
-¿Cuál es la dificultad de tocar campanas?
-No es llegar y tirar un cordel, algunos toques son sencillos, pero en otros -los de fiesta o repiques- tienes que tocar mucho rato y ser capaz de controlar la campana. Si no la controlas, no se deja tocar. Hay que alcanzar una suerte de armonía para tocar sin cansarse y eso se aprende con la práctica.
-¿Es esta una tradición destinada a extinguirse?
-Queremos evitar su desaparición. La campana tiene varias aproximaciones. Una es religiosa y la otra es patrimonial. Hay una particularidad en la campana: desde que se funde tiene un sonido que no cambia. De ese modo, cuando escuchamos una campana de la Colonia, estamos escuchando el sonido que se oía en esa época en Santiago. Es algo precioso, porque prácticamente no nos quedan instrumentos de entonces. Lo único que nos queda del paisaje sonoro de la Colonia son las campanas y eso tiene un valor muy grande. Nos conecta con algo que estuvo presente en la ciudad en 1760 o 1780 y que ahora podemos revivir en medio de edificios.

Tañidos y testimonios

El grupo Campaneros de Santiago, del que también forma parte Nicolás Sandoval, lanzará el disco “Paisajes extintos” el 6 de enero, en el Museo de Arte Colonial San Francisco, desde las 19 horas. El programa se iniciará, cómo no, con un toque de campanas que se extenderá por media hora. El colectivo presentará después su álbum y también estrenará un documental que muestra el proceso de grabación e incluye testimonios sobre su experiencia como campaneros.

LOMBARDI, Julieta / LAS ÚLTIMAS NOTICIAS

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