GONZÁLEZ GUDINO, María Ángeles - Campanas de siempre - Recuerdos de todos

Campanas de siempre

Recuerdos de todos

María Ángeles GONZÁLEZ GUDINO
Valencia (2003)

Introducción

Vivimos una época en la que la prisa lo domina todo, y esa prisa impide recrearnos en cosas, hoy pequeñas cosas, que durante siglos han regido nuestras vidas. ¿Cuántos de vosotros os habéis parado a disfrutar de esa llamada general que se realiza día a día en muchos de nuestros campanarios, para marcarnos un poco el tiempo, un poco que nos encontramos en un momento de oración, de alegría o de luto? Es curioso las pocas veces que oyes la voz de las campanas, y sin embargo, ellas siguen tañendo como antaño.

No ha mucho tiempo, me encontraba en la plaza de la Virgen, eran las dos de la tarde, y me sorprendió el sonido de la campana del Miguelete anunciándome la hora. El sonido era intenso, por lo que me pregunté como era posible que tan pocas veces a lo largo del año tomara conciencia de él. Bien es verdad, que por aquellos días iba preocupada por algo que siempre había estado ahí: por las campanas, y por ende por los campanarios, y me extrañe sobremanera de ver bastantes de estos desprovistos de aquellas, o aparecer estas donde no las esperaba, en esos pequeños campanarios que son las espadañas. Por entonces empezaba a tomar conciencia de que si bien nuestra Ciudad esta provista de no pocos y esbeltos campanarios, no eran mucho menores en nÚmero la cantidad de espadañas que en ella había, curiosamente con sus campanas, de mediano o pequeño tamaño, que nunca me fijé si voltearon alguna vez. ¡Como echaba de menos su presencia en algunos campanarios parroquiales! Y todo ello me estaba pasando no más que por mi poca atención anterior.

¿Que os voy a decir del agradable sonido que producen las campanas, esas fieles compañeras de nuestra vida, y de nuestra muerte, durante más de 1000 años? Es una pena, o así a mi me lo parece, no escucharlas más a menudo, aunque espero que esas “campanas al viento” que tantos y tan viejos recuerdos nos traen, nunca dejen de tañer en nuestra Ciudad, pues entre otras cosas, gracias a ellas, podemos fácilmente transportarnos a épocas lejanas, reconocernos en nuestros antecesores y por su nÚmero e importancia llegar a comprender como llegaron a marcar el ritmo de nuestra vida. Son pues historia viva de nuestro pueblo.

Cuando nos acercamos al Miguelete, o cuando vemos esos magníficos campanarios de nuestras más históricas parroquias o de algunos de nuestros más antiguos conventos de los que solo nos queda, como testigos de lo que fueron, sus típicas estructuras o tan solo sus iglesias, la mayor parte transformadas en parroquias, muchas, al desaparecer algunas de las que fueron más o menos coetáneas a su fundación, no podemos dejar de pensar en el costoso trabajo que supuso la fabricación de sus campanas, en la importancia que tenía el buen hacer a la hora de conseguir una pieza mayor o de más perfecto sonido a fin de que este llegara más lejos, a veces muy lejos, pues era la voz anunciadora de nuestro quehacer diario, de nuestras obligaciones como cristianos, era la voz que alertaba de un peligro inminente para la población o de un gran acontecimiento, era la voz de la alegría, era la voz de la tristeza, incluso podría decir, en algÚn caso la voz de la justicia o de la venganza. Por su forma de tañer nos informábamos perfectamente de lo que sucedía a nuestro alrededor, en una época en la que la comunicación era una ciencia balbuciente. El grave, profundo y pausado sonido que encoge el alma, es aÚn complemento en nuestra sociedad del duelo ante la muerte, como lo es el alegre repique y el volteo rápido de nuestras campanas anunciando la fiesta, fiesta habitualmente en honor de nuestros más estimados patronos, a los que acompañan cuando estos salen de sus capillas, recorren nuestras calles y pasan por nuestras iglesias. Pero de todo ello hablaremos más adelante.

Cuando Armando Serra, en una de sus geniales ideas, me propuso escribir sobre las campanas de nuestra Ciudad, con fines benéficos, me pareció algo insólito. Como siempre sucede, no sabía por donde empezar y se trataba de un tema del que, tengo que confesarlo, nunca me había preocupado. No me parecía un guión que fuera capaz por sí mismo de tomar total protagonismo fuera de determinado ámbito, de llegar a cualquier colectivo, fuera la que fuere su profesión, y nunca creía que fuera del personal especializado en este campo pudiera llegar a entusiasmar a nadie. Es evidente que me equivocaba estrepitosamente. A medida que, gracias a los trabajos publicados por el Gremio de Campaneros de Valencia y algunos otros de temas generales o relacionados con la historia de nuestra Ciudad, me iba metiendo en harina, me daba cuenta de la complejidad del trabajo y de mi imposibilidad por falta de tiempo de abarcar ni tan siquiera una mínima cantidad de campanas y campanarios de la Ciudad de Valencia y mucho menos pensar ni tan siquiera en clasificar por estructura, formas, estilos arquitectónicos, cantidad de huecos para campanas, nÚmero de estas, tamaño, procedencia o tiempo de fundición estas estructuras. Demasiado amplio para una aficionada que ama a su ciudad y que está convencida de que solo el peso que en nosotros ha dejado la historia ha hecho posible el actual resurgir de esta bella ciudad del Mediterráneo, hasta poder hablarse del “milagro valenciano”. Y a medida que me introducía en el conocimiento de nuestras viejas campanas, me daba cuenta que ellas son historia, que hicieron historia y que su estudio no puede separarse de la evolución de nuestra Ciudad, de sus momentos de esplendor social, económico y cultural, y de sus periodos de decadencia. Todo ello nos lo marcan las campanas de Valencia con su tamaño, el nÚmero presente en los campanarios de sus iglesias y hasta su propia composición. Pero no hablemos más, que sean ellas mismas las que nos cuenten un poco de nuestra Ciudad.

Campanas al vent

Hay un espectáculo en Valencia que podemos considerar Único en España, y que sin embargo pocos conocen. Electrificadas en aras a una mal entendida modernidad las campanas de la Catedral de Tarragona hace un año, es la Seo de Valencia, con su torre campanario El Miguelete, la Única Catedral que queda en España donde periódicamente, en días señalados, pero con calendario preestablecido, puedes subir a su sala de campanas y presenciar el espectáculo de ver voltear un nÚmero importante de sus antiguas campanas, a mano, tiradas por sus cuerdas por la “colla de campaneros de la Catedral de Valencia”, esos descendientes de aquellos campaneros que hasta ya entrado el siglo XX estaban presentes en las torres campanarios de nuestra Ciudad, y como no, en el campanario de su Catedral. Ellos, junto a otros muchos más, mantienen vivo el numeroso gremio de campaneros de Valencia. Esas alrededor de 200 personas que lo componen son los que hacen posible, de forma desinteresada, tan solo por amor a su oficio, que cualquier persona pueda presenciar un espectáculo, hoy ya tan singular, y que te remonta a pasadas épocas, como es el toque manual de nuestras viejas campanas. Voltean estas, llevadas de sus manos, segÚn las antiguas técnicas y modos en uso de nuestro antiguo Reino.

Son muchas, aunque cada vez menos, las ciudades, pueblos o aldeas de nuestra tierra que mantienen en sus campanarios campanas, algunas históricas, que permiten su toque manual, como sucede sin ir más lejos con el campanario de la Catedral de Segorbe. Pero es en Valencia, en el Miguelete, por la calidad y sobre todo por la antigüedad y cantidad de las campanas que mantienen sus mecanismos de toque manual o las posibilidades de éste, donde se consiguen los toques manuales más impresionantes y en mayor nÚmero. Podemos decir, que a lo largo de todo el año, pues 60 son los días que la “colla de Campaners de la Seo de Valencia” sube, para ejercer su oficio al Miguelete, tenemos la posibilidad de ser testigos de tan, hoy, original acontecimiento. Allí, en su lugar de origen, voltean y repican, llevadas por la mano del hombre, las antiguas campanas de la Seo de Valencia. Y allí arriba, cerca del cielo, en muchas de nuestras numerosas e importantes fiestas, por sus hábiles manos nos hablan, de nuevo, nuestras campanas, de la misma forma que vienen haciéndolo durante siglos. En dos de ellas el tañer de las campanas es excepcional: en el día de la fiesta de nuestra Patrona, la Virgen de los Desamparados, que Valencia celebra el segundo domingo de mayo, y sobre todo en el día de la fiesta del Corpus Christi, que nuestra tierra celebra el domingo siguiente al Jueves de Corpus, fiesta que durante siglos fue la mayor y principal de la Ciudad y que como recuerdo de ello, nos lo cuentan nuestras campanas, es el día elegido para un volteo manual más extenso, pues es este día el Único en el que se realiza un volteo general manual de las campanas de la Sala de Campanas de nuestra Catedral, incluyendo el volteo de la campana más antigua en uso de la Corona de Aragón, nuestra campana “La Caterina”, que tan solo en este día y en el de su víspera nos permitirá escuchar su voz. En otras dos festividades ofrecen nuestros campaneros, una singular participación manual de nuestras campanas de la Seo, en el día de la Mare de Déu d'Agost, el 15 de ese mes, una de nuestras más remotas fiestas íntimamente relacionada con la conquista de Valencia y bajo cuya advocación está nuestra Catedral, y el día de la fiesta de nuestro Santo Patrono San Vicente Ferrer, tal vez el valenciano más universal que ha dado nuestra Ciudad y del que Valencia es fiel devota, fiesta que en nuestra tierra, por Privilegio Papal, se realiza el lunes siguiente al Lunes de Pascua.

Muchos son pues los días, si los comparamos con otras catedrales o iglesias parroquiales o conventuales de España, los que nuestras viejas campanas se tocan como antaño, tirando de sus cuerdas, dándonos aquel sonido original que se buscaba cuando fueron fundidas.

¿Qué entendemos por campanas?

El diccionario de la Lengua define la campana como un “instrumento metálico, generalmente en forma de copa invertida, que suena al ser golpeado por un badajo o por un martillo exterior”, y por extensión: “aquello que tiene forma semejante a la campana, abierta y más ancha en la parte inferior”, “La Iglesia o parroquia”, siendo “campanilla” su diminutivo, definiéndose como la campana manual y de usos más variados que la grande. Sirve en las iglesias para algunas ceremonias religiosas, en las casas para llamar desde la puerta, en las reuniones numerosas para que el presidente reclame la atención de los presentes...etc. En acÚstica se denomina “campana” a todas las superficies curvas vibrantes y en ellas todas las vibraciones son transversales y tangenciales, tipos de vibraciones estas, propias de las campanas metálicas... También vienen definidas como campana la “campanela” o campanilla, el “cencerro”, campana pequeña y cilíndrica, por lo general tosca, hecha con chapa de hierro o cobre que se usa para el ganado, pudiéndose atar al pescuezo de las reses y la “esquila”, campana pequeña utilizada para convocar a los actos de comunidad en los conventos y en otras casas. Además de estos hay otros significados de la palabra campana que poco o nada tienen que ver con los anteriores.

Sin embargo no dejan de ser campanas, aÚn cuando de pequeño tamaño, pero no metálicas, esas pequeñas campanas de barro cocido o porcelana, que podemos hacer sonar moviendo su diminuto badajo y que tan acostumbrados estamos los valencianos a verlas en nuestras “escuraetas”, muy especialmente en la del Corpus, y cuyo tintineo tan bien conocemos.

Parece lógico, y así nos lo enseña la evolución histórica, que las campanas pequeñas precedieron a las grandes, siendo la aparición de estas Últimas anterior en Oriente que en Occidente, siendo difícil saber si en éste, las campanas, adquirieron un tamaño considerable, parecido al de las grandes campanas medievales o modernas, en tiempos anteriores al cristianismo. Muchas han sido las formas que nos han ofrecido las campanas, encontrándonos, entre las que gozaron de mayor predicamento la cilíndrica alargada, cuadrangular (como las más primitivas irlandesas), mitriforme y aquella más sofisticada que presenta un encorvamiento hacia el interior, por la mitad, terminando en forma de trompeta, forma ésta que no aparece bien definida antes del siglo XVI. Las primitivas campanas que se conservan de los siglos XI, XII y parte del XIII casi todas tienen forma de colmenas, dedales o barriles. A partir del siglo XIII la forma que presentan las primitivas campanas medievales tiene muy pocas variaciones con la que nos continua siendo familiar aÚn hoy en día y que es la que podemos ver en nuestras torres campanarios, en las espadañas de nuestras ermitas y conventos y la que domina en las campanas del reloj de nuestro Ayuntamiento.

En cuanto al material utilizado en su fundición, también ha variado a lo largo de los siglos, aÚn con un predominio total en el tiempo del bronce, sobre cualquier otro. A lo largo de estas líneas veremos como en las pequeñas campanas se utilizó desde el oro o la plata, al cobre, al bronce e incluso al hierro. Algunas de las más primitivas campanas occidentales estaban hechas de láminas hierro redoblado mojadas en bronce derretido o de la fundición de varios metales, segÚn su procedencia. Posteriormente en las campanas de iglesia se utilizó el bronce y en la actualidad, también el acero. Sus badajos generalmente han sido de hierro, aunque también se ha utilizado y se utiliza el bronce.

La gran variedad de campanas que existen invita a su selección, por ello nos vamos a centrar en las campanas de iglesia que se encuentran en nuestros más antiguos campanarios, las que siguen lanzándose al viento manualmente en sus volteos, las que oímos cuando se aproxima una fiesta, aÚn cuando no podamos dejar de nombrar algunas otras ni las que configuran el reloj de la torre de nuestro Ayuntamiento.

Origen de las campanas

La campana, como elemento sonoro, ha acompañado al desarrollo de la humanidad pues ya las vemos presentes en nuestras más antiguas civilizaciones, a pesar de que tendríamos que llegar a la expansión del cristianismo y sobre todo, a partir del siglo XIII, para ver alzarse en occidente esas enormes campanas que fueron y son el orgullo del pueblo que ordenó su fundición.

Para albergar estas grandes campanas sería insuficiente la construcción de una espadaña, por lo que unido al aumento de tamaño de estos elementos sonoros, nacerían esas estructuras que parece quieren alcanzar el cielo, que son las torres campanarios. Y nacerían fundamentalmente asociadas a las Catedrales, grandes Basílicas e Iglesias parroquiales, así como a algunas iglesias conventuales. Sin embargo, a pesar de ésta prácticamente directa relación entre el aumento del tamaño y nÚmero de campanas en estas instituciones, y la aparición de las torres campanarios, no podemos olvidar que ya existieron grandes torres asociadas a algunas iglesias a partir del siglo V, aÚn cuando no sirvieran para alojar grandes campanas. Podemos decir que estos campanarios fueron una creación medieval, y que fue durante el medioevo cuando alcanzaron su máxima pujanza.

En el Antiguo Egipto las campanas ya estaban presentes, aun cuando se tratara realmente de campanillas que al parecer se utilizaban en diferentes celebraciones, entre ellas en las fiestas dedicadas al dios Osiris.

Los asirios fabricaban ya pequeñas campanas de bronce y el Éxodo nos habla, como prescripción de la Ley Mosaica, de las numerosas campanillas de oro que lucían, en la parte inferior de la tÚnica del Sumo Sacerdote, destinadas a servir de aviso de la entrada y salida de éste en el Templo y Zacarías de las que servían de adorno, colgadas del cuello, a los caballos. En estas civilizaciones de Oriente Medio se utilizaban también campanillas como adornos de las mujeres.

En la India al toque de una campana se reunían los filósofos para orar y para comer y parece cierto que los Chinos, ya en el año 2.262 a.C., es decir, hace más de 4.000 años, ya tenían doce campanas graduadas por su sonido, de forma que podían expresar con ellas los tonos de la mÚsica, admitiéndose que sería pues en el Lejano Oriente donde primero se utilizaría la campana como elemento sonoro, precediendo también con mucho a Europa en el uso de grandes campanas. Sin ser campanas, pero teniendo cierta semejanza con ellas, se encuentran los antiguos gongs o batintines chinos e indios.

En la Antigua Grecia ya se suspendían campanillas del cuello de las caballerizas contándose que en los funerales de Alejando Magno cada mulo llevaba suspendido de su cuello una campanilla de oro, como se sabe que a toque de campana se abrían los mercados y que el oficial de la ronda nocturna llevaba una campana. Las campanas tuvieron una gran importancia en la mitología griega, con ella se simbolizó a Príamo, fue un atributo de Baco, la usaron los sacerdotes de Proserpina y Cibeles y se tocaba como sonido purificador en los misterios de los cabiros. También aquí se trataba de campanas de pequeñas dimensiones. Afines a ellas, por su sonido, fueron las Calderas de Dodona que los griegos repicaban al dar la respuesta los oráculos.

Sería con Roma, con la que el mundo occidental comenzaría a ver aumentar el tamaño de sus campanas, que por otra parte tuvieron un extenso uso: las llevaban los serenos, se utilizaban para anunciar la apertura del mercado, la hora de los baños, el paso de los criminales hacia su suplicio, como amuletos ( colgadas por ejemplo del cuello de las bestias para espantar a los lobos), para indicar la proximidad de un eclipse, o paso de una procesión, convocar a los soldados a las armas o a los ciudadanos al Senado y en general en cualquier notable acontecimiento. Se llamaba con ellas en las casas a los criados y se les convocaba a la hora de comer. Algunas campanas romanas eran ya de buenas dimensiones, como el tintinnabulum que existía fija en el edificio de los baños y servía para dar entrada a los mismos. Se cuenta que Augusto mandó rodear de campanas el tímpano del templo de JÚpiter en el Capitolio y que el sepulcro de Pórsena estaba coronado por campanas que movidas por el viento llevaban muy lejos su sonido.

Sin embargo, como ya hemos dicho a lo largo de estas líneas, sería con el cristianismo con el que se desarrollaría el uso y tamaño de las campanas, constituyéndose, una vez acabadas las persecuciones, época esta en la que no se utilizaría ningÚn elemento sonoro para comunicarse con los fieles, a fin de no ser descubiertos, como el auténtico signo sonoro dentro del contexto cristiano. Su uso pues, se impondría progresivamente a partir del siglo V, tras la Paz de la Iglesia, hasta alcanzar tal significado que sobrepasó el puramente religioso, llegando a marcar la vida del cristiano occidental. Con ellas se llamaba a la oración, se notificaban los acontecimientos extraordinarios, religiosos, militares o civiles, y las situaciones de peligro para la población. La campana del reloj marcaba la hora indicándonos el momento de las labores del campo o de la ciudad y el propio cierre de la muralla. Acompañaron al hombre medieval y moderno occidental en su vida y en su muerte y aÚn marcó la primera fase del hombre contemporáneo. Hoy algunas de aquellas viejas campanas, a través de los siglos, han llegado hasta nosotros.

Pocas son las campanas occidentales que se conservan anteriores al siglo XIII, de las llamadas campanas de iglesia. En España conocemos su existencia desde muy antiguo. Ya en el “Liber Ordinum”, de uso en la iglesia visigótica y mozárabe, se habla repetidamente del toque de la campana en el culto de las iglesias de la península en el siglo V. Aquellas primitivas campanas visigótico-mozárabes procedían de la fundición de muchos metales combinados, como son de láminas de hierro redobladas mojadas en bronce los más de 60 ejemplares conservados de pequeñas campanas de los siglos VI y VII irlandesas y escocesas destinadas a ritos religiosos y funerarios. De aquellas campanas pronto se pasó a las campanas de bronce, por su mejor sonido. Así en el siglo VII ya se habla de una campana que se dejó oír a la muerte de Santa Hilda a 13 millas de distancia y de la célebre campana de bronce que regaló Chindasvinto al Monasterio de Compluton, de la que se dice que halagaba los oídos.

En el siglo VIII las campanas habían alcanzado un gran desarrollo formando parte esencial de las iglesias, en las que había una o más campanas. En el siglo IX cada iglesia parroquial tenía al menos una campana destinada a llamar a su feligresía. De este siglo data la más antigua campana de iglesia fundida en bronce, es de pequeñas dimensiones e irlandesa, siguiéndole en antigüedad la del museo de Córdoba, también pequeña, que lleva inscrito el año 925.

Este desarrollo que iban alcanzando las campanas en la Iglesia Occidental no fue seguido por la Iglesia Oriental, en la que no constan que existieran campanas antes del Siglo IX, en el que el Dux de Venecia enviaba doce campanas al Emperador Miguel III, que hacía construir para ellas un grandioso campanario. En los monasterios orientales en lugar de campanas, para llamar a la oración, hasta la Edad Moderna, se utilizaban láminas de metal o madera que se golpeaban con un martillo.

Podemos decir, que hasta el siglo XIII las campanas, por lo general fueron pequeñas, pero que ya desde el siglo VIII, con la introducción de la nueva pieza arquitectónica que supusieron los campanarios para albergarlas, debieron ya empezar a aumentar de tamaño, como podemos decir que desde entonces y hasta nuestros días su forma esencialmente no ha variado y que las grandes campanas medievales y modernas fueron de bronce. Al igual que en las mezquitas desde sus alminares, también llamados minaretes, el almuédano llamaba al pueblo a la oración, la Iglesia Católica alzaba sus campanarios para albergar campanas cada vez más grandes y en mayor nÚmero, capaces de ser oídas en toda su demarcación territorial. Pero las primeras campanas de los campanarios, aÚn siendo mayores que las que las precedieron, no debieron alcanzar los grandes tamaños con las que nos las encontramos a partir del siglo XIII y muy especialmente a partir de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, pues para tocar las grandes campanas era necesario un buen nÚmero de hombres y esto aÚn sabiendo que a partir del siglo XI ya se conocen algunas grandes campanas como la “Cantabone” de aproximadamente 4 toneladas, peso muy semejante al de nuestro “El Miguel” o “Micalet”, la mayor campana en uso de la Corona de Aragón y la que dio nombre a la torre campanario de nuestra Catedral.

Aquellas primitivas campanas eran llevadas en las batallas y sobre ellas, en el siglo XII, se pronunciaba solemne juramento.

De principios del siglo XV data la primera fundición del “Micalet”, aÚn cuando la campana actual procede de su 5ª refundición en el siglo XVI, y con su algo más de 4 toneladas es la tercera campana en tamaño de España. Del siglo XVI son también las otras dos grandes campanas españolas, la de Toledo de 3 metros de diámetro y un peso aproximado de 18 toneladas y la de la Catedral de Pamplona fundida en 1584 con un peso aproximado de 12 toneladas. En alguna ocasión, para fundir estas grandes campanas se utilizaron piezas de artillería, muchas veces tomadas al enemigo.

De las campanas bendecidas segÚn el rito de la Iglesia Cristiana y de grandes dimensiones cabe citar la campana TZAR-KOLOKOL del Kremlin de MoscÚ, la mayor del mundo de las tocadas, que fue fundida en 1733. Colocada sobre una plataforma es usada como capilla, pues tiene aproximadamente 18 metros de circunferencia por unos 5 de altura, pesando unas 220 toneladas. En Rusia existen además otras dos grandes campanas, una de 80 toneladas en MoscÚ y la otra es la de Novogorod de unas 28 toneladas. La Catedral de Colonia alberga la campana más grande de Alemania de unas 27 Toneladas y hecha con un cañón cogido a los franceses.

Gigantescas campanas las hay en el Lejano Oriente: en China (en Pekín la mayor data de 1403 y tiene un peso aproximado de 58 Toneladas, existiendo otra en Nanking de unas 22 Toneladas), Japón (la mayor es la de Kyoto de unas 75 toneladas) o Birmania (que tiene una de un peso aproximado de 118 Toneladas), pero poco tienen que ver con las grandes campanas occidentales.

Las campanas en Valencia

Parece ser que en “Valentia”, como en otros lugares del Imperio Romano, debieron existir campanas, a pesar de no haber llegado hasta nosotros. Los tintinnabula debieron estar a las puertas de los baños, como también debieron usarse las campanas para señalar la apertura del mercado y en las casas privadas para llamar a la gente en determinados momentos. Como también debieron existir campanas, ya mucho mayores, en la época visigótica, al menos en la Catedral y en la Basílica de San Vicente Mártir de la Roqueta, por ser posiblemente éstos los dos lugares sagrados más importantes de aquella época y porque sabemos que los visigodos las utilizaron.

Durante la época árabe se perdería en nuestra tierra el uso de la campana-señal con fines religiosos, sustituida por los alminares o minaretes de las mezquitas de nuestra Ciudad, muy numerosas, aunque pequeñas, pues se sabe que ocho existían a la venida del Cid, siendo muchas de ellas purificadas en aquellos días, como la Mezquita Mayor, convertida en Catedral o la correspondiente a la actual Iglesia de San Esteban, que tomaba el nombre de Santa María de las Virtudes. Debió tener gran relevancia esta mezquita en aquella corta época de una Valencia cristiana, pues de ella se dice que a diario acudía el Cid a oír misa, que en ella casaron sus hijas con los condes de Carrión y que fue la primera sepultura que albergó los restos del Campeador. Nada sabemos si en aquellos minaretes que acompañaban a las mezquitas, a fin de que el almuédano llamara desde ellos a los fieles a la oración, y también en estas purificadas, se colocaría alguna campana, bien conocidas en el mundo cristiano del que procedía el Cid, pues ninguna, que yo sepa, ha llegado hasta nosotros, pero no es de extrañar que este modo de campana señal, ya de ciertas proporciones, pues estamos hablando de finales del siglo XI, fuera adoptada, al menos, en lo que fueran sus iglesias más importantes.

Tendremos que llegar al siglo XIII, y a la conquista definitiva de Valencia, como Reino Cristiano, por Jaime el Conquistador, para ver definitivamente convertidas en iglesia al menos 9 de las más de 10 mezquitas de nuestra Ciudad y sus arrabales, dejando tan solo una como tal en la Morería a fin de que los árabes que se quisieron quedar entre nosotros tuvieran un lugar sagrado donde ejercitar su Fe y al menos una como sinagoga, para los judíos. Con el establecimiento de la nueva religión empezaríamos a familiarizarnos con el uso de la campana-señal, alguna de ellas sabemos que vino de la mano del propio conquistador, y a verlas en campanarios y espadañas. Campanarios para la Catedral y las nuevas parroquias, espadañas para los conventos. Tal vez muchas de aquellas primitivas torres campanarios no fueran sino alminares reconvertidos para su nuevo uso. Y con ellas, y con las campanas un nuevo gremio iba a surgir en nuestra tierra, el que llegaría a ser el fuerte gremio de campaneros que iría a asentar próximo a la Catedral.

María Ángeles GONZÁLEZ GUDINO
Valencia (2003)

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