G. ARCE - "Las campanas se tocan desde hace siglos; debemos respetarlas"

"Las campanas se tocan desde hace siglos; debemos respetarlas"

No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad. La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla. Antonio Cano es uno de esos hombres y esta es (parte de) su historia


Antonio Cano lleva toda su vida en lo alto de las torres y de los campanarios, como el de la iglesia de San Lorenzo, desde donde se divisa todo el casco histórico de Burgos - Autor: PATRICIA / DIARIO DE BURGOS

Canario y burgalés, así se siente y se entiende. Le tocó venir al mundo en el pueblo de su padre, Covarrubias, hace 61 años, aunque buena parte de sus trece hermanos nacieron mucho más lejos, en Las Palmas de Gran Canaria y también en Los Llanos de Aridane (los mayores), justo a las faldas del último volcán que ha surgido en La Palma. Su madre, Joaquina, era canaria; su padre, Juan, teniente, y los destinos militares de este último marcaron los del resto de la familia, que es de allí, pero también de aquí.

Así que la vida de Antonio Cano es un ir y venir de las Islas, del calor paradisiaco al frío mesetario, y un subir y bajar de campanarios y de torres emblemáticas. A decir verdad, sus campanas y sus relojes tocan las horas con una hora de diferencia dependiendo de dónde toquen, pues nuestro protagonista, como no podía ser de otra manera, es relojero y campanero en las Islas y también en la Península. Solo hay una diferencia: su taller insular es mucho más grande y tiene más herramientas que el peninsular por una sencilla razón, si le falta algo allí no le queda otra que tomar un vuelo hasta Burgos para encontrar lo que echaba en falta.

Ser muy previsor es una disciplina que tiene su porqué en su singular oficio. Antonio siempre revisa sus herramientas antes de subir al campanario o a la torre del reloj, porque si olvida algo, sí o sí, tiene que descender y luego volver a subir cientos de escaleras, muchas de ellas de caracol, angostas, estrechas y empinadas. Es el sino de su solitario trabajo en las alturas y sin ascensores, rodeado en muchas ocasiones de joyas históricas y de vistas únicas, pero también de herrumbre, abandono y desperdicios de las palomas.


Cano, con la esfera del viejo reloj de la torre de la Real y Antigua. Cano, con la esfera del viejo reloj de la torre de la Real y Antigua. - Foto: Alberto Rodrigo

Disfrutó la niñez en las Islas y también en Burgos. Estudió para electricista en la escuela San José Artesano y sus primeros pasos laborales los dio en una relojería a pie de calle. De ahí pasó a la relojería industrial, centrada en la maquinaria de los relojes de torre y en los de control de personal.

Se casó joven con Caridad y también tuvo pronto a sus dos hijos. La familia le impulsó a crear su propia empresa, Relojería A. Cano S.L., "y a espabilar...". "Mis primeros trabajos fueron los relojes de torre de Castrillo del Val, de Ubierna y también de Covarrubias. Reparaba los relojes mecánicos, que estaban muy abandonados. Son piezas que requieren de mucho mantenimiento y con la desaparición de los sacristanes o los alguaciles que les daban cuerda se fueron deteriorando".

Coloqué las campanas en la iglesia de Todoque, fue muy triste cuando se la tragó la lava"

Surgieron los trabajos como setas, recuerda, por el boca a boca de los párrocos y "porque es un oficio para especialistas en electricidad y mecánica, aunque ya la mayoría de los relojes y campanarios son automáticos y están digitalizados".

Los relojes de torre le introdujeron en el fabuloso mundo de las campanas, en el que se mezcla la ingeniería de las fundiciones tradicionales, la música, los ritos, los toques, la acústica, la física, los pesos, las maderas y los bronces. "Aprendí de los campaneros holandeses y belgas, que se encuentran entre los mejores constructores. Ellos no refunden campanas como aquí, salvo que sean hechas por ellos mismos. Aquí se prima más el ruido, el volteo espectacular; en Centroeuropa crean música en los campanarios, de los que cuelgan piezas perfectamente afinadas".

Cano se mueve como pez en el agua entre campanas, para él no existe el vértigo. Las acaricia, las observa, las voltea... La experiencia le ha otorgado el don de distinguir las buenas de las malas, las bien conservadas y las que, tarde o temprano, terminarán por desplomarse por la acción del óxido y la putrefacción de los materiales aparentemente más recios. Allí donde impacta el badajo, como si fuese una gota de agua sonora y permanente siglo tras siglo, termina por quebrar el bronce.

La mejor campana de Burgos suena en Mecerreyes, dice. Son 550 kilos bien afinados de cobre y estaño, de bronce de primera calidad. Tampoco olvida la de Oña, fundida en el siglo XV según dicen, "que ahora se puede tocar desde un teléfono móvil".

Trabaja siempre solo y se sirve de polipastos, de grúas de polea, para mover "muy poco a poco" piezas que pesan cientos de kilos y de un valor histórico incalculable. "Yo solo he movido una campana de 1.700 kilos", suelta con toda naturalidad. También pesan los yugos. Los mejores, los de madera del trópico, extremadamente duros y densos, lo que impide su agrietamiento y el ataque de la termita.

De los pequeños campanarios y torres del ayuntamiento saltó a la Catedral de Burgos, a principios de los 90. Comenzó por una pequeña reparación de motores, luego fue la sustitución de los viejos yugos, luego el cambio de una campana de más de 600 kilos que se desplomó y, finalmente, la automatización. Así se convirtió en el campanero de la Catedral, heredando un singular oficio en el que ya no hace falta habitar el templo para cumplir con los toques, sino tener un gran dominio de la tecnología.

Los ladrones desconocen el valor incalculable de la campana que destrozan por su cobre"

Se mueve por las dos torres como si fuese su casa, sin miedo alguno a las alturas en plena Galería de los Reyes. Sabe por dónde va cada cable, cuando tiene que sonar una u otra pieza y siempre contempla con veneración la campana ubicada en lo más alto de los chapiteles. "Es lo que me gusta de mi trabajo, se desarrolla en lugares cargados de historia y muy queridos por la gente a lo largo de los siglos. Me da mucha alegría".

"Al campanario de la Catedral no le falta nada, son 17 campanas en las dos torres, aunque no se pueden utilizar todas para no molestar a los vecinos. Todas están automatizadas, pero hubo que parar las que daban las horas -el Papamoscas del exterior- porque molestaban. La ley entiende que los toques de hora del siglo XIV o del XVI sonaban mucho antes que existiesen los vecinos molestos. Sí, se puede detener el toque nocturno, pero durante todo el día... Hay que respetar a las campanas".

El Papamoscas también está en su 'nómina', una "joya conocida a nivel mundial que, pese a su antigüedad, es fácil de mantener". Conserva sus engranajes primigenios y los alambres (de los años 30) que activan a los autómatas y la famosa boca del protagonista. Ya está totalmente automatizado.

De Burgos, a la Giralda de Sevilla, a la Catedral de Las Palmas (y su fantástico carrillón), a la iglesia de La Laguna, al Palacio Real y a muchos pueblos por toda la geografía española (de Murcia, de Melilla, de las Islas Canarias...). También de Chile y Perú.

Son 'sonadas' las retransmisiones de las campanadas de fin de año desde las Canarias, en las que durante varias nocheviejas apareció un reloj singular en cuya esfera estaba estampada su firma.

Su último encargo le emociona: "Los bomberos quitaron las campanas de la iglesia de La Palma tras ver lo que había ocurrido en Todoque, donde la lava se comió -literalmente- su iglesia, incluida la torre donde trabajé. Ahora voy a ir a colocarlas de nuevo y a automatizarlas. La primera iglesia en la que trabajé en La Palma fue la de Todoque, imagínate lo triste que me puse al ver aquellas imágenes terribles".

Restauración. Cano pasa sus jornadas solo ahí arriba, pero hay muchos ojos observándole. Las autoridades de Patrimonio fiscalizan toda reparación, por muy pequeña que sea. "En El Escorial necesitaba dos permisos por cada agujero de broca que tenía que hacer...".

En casi 40 años de carrera ha visto como se han ido restaurando templos y monumentos de todo tipo, cómo ha crecido la preocupación por preservar estas maravillas para el futuro. "Casi todos los campanarios están restaurados, han desaparecido las palomas y sus excrementos en la mayoría de ellos. A veces superaban el metro...".

Episodios muy tristes ha vivido con las oleadas de robos de campanas en los pueblos. Los ladrones las desmontaban del yugo y las precipitaban al vacío para romperlas y luego vender los restos de bronce. "No sé cuánto les darán por eso, pero una campana de 400 kilos supera los 20 euros de bronce por kilo, a lo que hay que sumar el coste de su fundición. Eso no se lo paga nadie a un ladrón. Ni qué decir de la historia que atesoraban muchas campanas que han acabado en las chatarrerías".

La digitalización, el control de los toques desde un programa informático instalado en un teléfono móvil, es el presente y será generalizada en los próximos años. "Un programa puede reproducirte todos los toques de una campana sin subir al campanario. Es el fin definitivo de los campaneros, aunque se reúnan de vez en cuando para enseñar el oficio". Antaño, el campanero subía a la torre siete veces al día, de hecho, en la Catedral esta responsabilidad estaba en manos de un zapatero que instaló su taller en una de las torres.

Antonio no tiene relevo en la familia y tampoco lo ha querido. "Sí, mi trabajo es muy bonito pero, de cara al futuro, es mejor que mis hijos sean funcionarios... Ser campanero desgasta el cuerpo, mueves grandes pesos, pasas frío y mucho calor, subes y bajas escaleras todo el día, a veces te crees que llegas a lo alto y pero no llegas nunca..."

G. ARCE

Diario de Burgos (05-06-2022)

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    : 10-08-2022
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