LLORENTE Y FALCÓ, Teodoro - Hablando con el campanero

Hablando con el campanero

Els tiples del racó cap a 1910

Hace pocos meses, traspuse con mi amigo el docto canónigo de la Catedral . José Sanchís Sivera, la puertecilla que conduce á la empinada escalerilla de caracol del Miguelete, y con paso lento, subí, una á una, sus doscientas siete gradas, no sin cansancio para mis pulmones, pues los fueros de la verdad exigen que no se pase en silencio el extremo, rigurosamente exacto, de que cada uno de los escalones mide un cuarto de metro, altura desusada para el ejercicio muscular á que están acostumbradas nuestras piernas.

Mi compañero de ascensión no perdía oportunidad para ilustrarme:

- Esta puerta que ve usted aquí – me decía deteniéndose en el primer piso – cierra una habitación que en tiempos antiguos gozaba del privilegio de librar de las iras de la Justicia á sus perseguidos.

- Comprendo el derecho de asilo – contestaba, fijándome en la ennegrecida puerta y sintiendo la evocación de lejanos sucesos.

Por los estrechos ventanales de la torre entraba, á torrentes, la luz de la mañana, que diluyéndose por las lobregueces de la empinada escalera, daba claros y obscuros a las ennegrecidas piedras de la centenaria construcción.

- Llegamos al segundo piso – me dice mi amigo, volviéndose á detener ante otra puerta.- Aquí está la antigua habitación del campanero; hoy no la vive nadie; desde que murió Mariano, el antecesor del actual campanero, está vacía.

Seguimos nuestra ascensión, y al poco, penetramos en el anchuroso departamento de las campanas.

- Adelante, y descansen ustedes – nos dice, saliéndonos al encuentro un hombre, como de cuarenta años, pequeño de cuerpo, pero de recia musculatura, de cara inteligente y maneras desenvueltas.

- El campanero del Miguelete – prorrumpe mi compañero – señalándome al hombre de los cumplidos.

- Rafael Aguado Romaguera – para lo que guste usted mandar – replica vivamente el presentado.

- Amigo mío, tiene usted una «oficina» que es un encanto – le contesto, aceptando la invitación del asiento. - ¿Está usted aquí muchos años?

- Tres nada más. Yo era campanero de la torre de San Lorenzo, pero desde muy niño estoy viniendo á nuestro Miguelete. Mariano, mi antecesor, me distinguía mucho, y á sus lecciones debo el poder desempeñar este cargo con sujección á las antiguas prácticas, unas prácticas que horadando siglos y siglos se remontan á tiempos en que Valencia...

Rafael Aguado no es un espíritu vulgar. En sus ratos de ocio gusta de hojear algún libro y asta se permite poner las manos en los pliegues de la historia y sacudirles el polvillo de los siglos, todo ello en mayor brillo de la venerada reliquia, de la que es uno de sus más cariñosos guardadores.

- Cuando yo era chico, prosigue, había mucha más afición á la campanología que ahora. Los billares, los cafés y demás puntos de grato solaz, eran por entonces muy escasos. Las tertulias de Mariano tuvieron fama por el año 50. De ella formaban parte militares de alta graduación, magistrados, canónigos y hasta nobles de la más alta prosapia, muchos de los cuales en día de vuelo general, aligerábanse de ropa, cogían las cuerdas de las campanas y tiraban con fuerza de las mismas, bajo la inteligente dirección del popular campanero... ¡Han cambiado mucho los tiempos! ... Aquella afición si no se ha perdido totalmente, está punto menos que en trance de muerte.

- Ese Mariano que ustedes nombran frecuentemente, debió de ser persona muy perita en su profesión.

- ¡Oh, Mariano! – replica Aguado, haciendo gestos de admiración. Campaneros como aquel ya no queda ninguno... Mariano murió de ochenta años y puede usted contar que de ellos, sesenta ó sesenta y cinco estuvo desempeñando esta plaza. Verdad es que aún alcanzó buena época. La voz de las campanas era entonces más respetada que ahora... ¡Y que cabeza la suya! Aquello era un archivo viviente. Conocía la historia de Valencia al dedillo, y cuando sentíase con ganas de hablar, había que oírle. ¡Que cosas más curiosas refería! Recuerdo ahora una anécdota muy interesante de su tiempo, relacionada con el Miguelete. Ocurría esto por el año 69. Valencia ardía en plena revolución, agitada por una de esas convulsiones políticas tan características del siglo XIX. El movimiento de la ciudad se había paralizado por completo, y, sólo rompían el imponente silencio, el estampido del cañón y las descargas de la fusilería. Los revolucionarios, los primeros días, llevaban la mejor parte. Dueños de los puntos estratégicos, contenían eficazmente la acción de las tropas del Gobierno. La torre del Miguelete era uno de sus mejores baluartes. Desde los ventanales de las campanas dirigían certeros disparos, creyéndose libres en aquel sitio del fuego de los soldados. En uno de aquellos días, la esposa del general Valdés, que se hallaba en la Catedral, quiso cruzar la calle del Miguelete para dirigirse á la Casa-Vestuario. Siete ú ocho metros de camino, como usted sabe. Pues bien, en el momento de pasar de un sitio á otro dicha señora, salió de la torre un disparo, cuyo proyectil le rozara la cabeza, llegando á chamuscarle el pelo. Aquello produjo un violentísimo acceso de indignación al general Valdés, el cual se dirigió inmediatamente á la Ciudadela, dispuesto á castigar, con gran energía, tan reprobable agresión. Enfilóse un cañón contra el Miguelete y la primera granada penetraba por uno de los ventanales y salía por la de enfrente; la segunda daba contra la campana Catalina, cuyas asas rompía y estallaba en el interior del departamento, hiriendo á tres ó cuatro de los revoltosos, uno de los cuales fallecía al día siguiente. Contaba Mariano que los momentos aquellos fueron horribles, pues á la detonación producida por el estallido de la granada, se unía el ruído de la caida de la campana, cuyo peso era de diez quintales, y los lamentos de los heridos. A pesar de la ciega confianza que tenían en su fortaleza, aquellos revolucionarios llegaron á temer que pudiera hundirse, aturdidos por la confusión de tan trágicos instantes.

- Verdaderamente – añado yo – los momentos debieron de ser muy amargos... Y hablando de otra cosa, ¿Cómo se las compone usted para poner en movimiento toda esta batería de campanas?

- Con ayuda de «vecinos», amigo mío. Un volteo general no es operación para un solo hombre, por muy inteligente y habil que sea. No se necesitan menos de veinte personas que son las que me ayudan en las grandes solemnidades. Mis auxiliares suelo elegirlos entre los aficionados que con más constancia me visitan. Son plazas estas completamente gratuitas. Los emolumentos de mi cargo no me permiten, más que de tarde en tarde, alguna pequeña gratificación. Hay días en el año que, por una costumbre antiquísima, el campanero obsequia á sus ayudantes. El día de la Virgen de Agosto, al toque del Alba, consiste en rosquillas y aguardiente; el de la Virgen de Septiembre, higos y aguardiente, y el segundo día de Navidad, al volteo de las Cuarenta Horas, sardinas, «allí olí »y vino, pero con la obligación de traerse los comensales el rollo correspondiente... Un volteo general es cosa que sorprende. El día del Corpus suele subir á estas alturas mucha gente. Año hay en que se congregan en este recinto más de doscientas personas. ¡Y cómo se tapan los oídos algunas de ellas! Verdad es que á ensordecedora no le gana ninguna pieza musical, ni es posible que ya taller, por ruidoso que sea, que pretenda producir más estrépito. Los actuantes nos entendemos por señas, y se da el caso de que las doscientas personas reunidas en este departamento, chillen á coro hasta desgañitarse y la voz se pierda por completo, apagado por los once badajos metálicos.

- ¿Y tendrá usted algún libro ó partitura para la consulta de los diferentes toques?

- No tenemos más que el Consueta de la Catedral. El señor Sanchís se lo podrá enseñar á usted. Yo adquirí todos mis conocimientos de Mariano, y sigo al pie de la letra sus instrucciones, como Mariano seguiría las de su antecesor y éste las del otro, y así sucesivamente los demás hasta llegar á los primeros que estatuirían dichos toques. Hay uno de éstos muy curioso, llamado antiguamente de la «Queda» y que hoy se le conoce con el nombre del de «Animas». En otros tiempos, cuando la ciudad estaba amurallada y se cerraban las puertas á la caída de la tarde, se daba ese toque para advertir á la gente que se hallaba fuera de los muros la hora del retorno, si no quería pasar la noche fuera de ella, cosa poco agradable. Este toque se ejecuta desde Pascua de Resurrección á la víspera de la Cruz (mes de Mayo), á las ocho y media; de la Cruz á la Virgen de Septiembre, á las nueve; de esta Virgen á Todos los Santos (Noviembre), á las ocho y media y de Todos los Santos á Pascua, á las ocho.

- Tienen fama estas campanas por su armonioso sonido – prorrumpo, buscando alguna interesante explicación.

- Y bien ganada – alega mi doctísimo amigo el canónigo de la Catedral, autor de una monografía muy interesante sobre el Miguelete. ¿No conoce usted la costumbre de nuestros antepasados cuando fundían una campana? Es curiosísima. Solían ejecutar esta operación en un paraje público, y durante ella, las personas piadosas, arrojaban en las calderas las monedas de oro y plata que su fervor religioso les dictaba. Excuso decir á usted, tratándose de las campanas de esta torre y teniendo en cuenta la religiosidad y el civismo de los valencianos en los siglos XV al XIX, las piezas de plata, especialmente, que se alearían con el bronce. Todas ellas, en el transcurso de quinientos ó seiscientos años, han sido fundidas varias veces, menos la Catalina, la que fué víctima de la revolución del año 69, la cual se conserva en su primitivo estado desde 1350, excepción hecha de sus recompuestas asas.

- Los aficionados á este arte – alega Aguado – conocemos todas las campanas por sus sonidos, y desde abajo podemos ir designando, por sus nombres, las que toman parte de los toques. El Miguelete, como ya puede usted suponer, goza de ciertas preeminencias en sus volteos sobre las demás torres. Sin embargo, en esto no se guarda todo el respeto debido. No hace mucho, tuve que dirigir una comunicación, en queja, al cabildo porque se adelantó en el toque de gloria, el día de la Resurrección del Señor, la torre de Santa Catalina, dando con ello lugar á que comenzase antes de hora el ruido y la algazara de la ciudad... Cuando ustedes quieran subiremos á la terraza.

T. LLORENTE Y FALCÓ
Valencia, Junio de 1911

(Extracto de El Miguelete de Valencia – "Por esos mundos" nº 198 – Madrid – Julio 1911)
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  • AGUADO ROMAGUERA, RAFAEL (VALÈNCIA) : Toques y otras actividades
  • Campaneros: Bibliografía

     

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