CRUZ ROMÁN, José María - Doce golpes de campana

Doce golpes de campana

Ningunas campanadas resuenan tan graves y acogedoras. Son las que bajan, cada sesenta minutos, desde el Miguelete hasta su barrio aledaño. Caen igual que aldabonazos en puerta amurallada. Son golpes de maza sobre la historia, ecos de la conciencia. Y servicio inalterable de un vozarrón de bronce que lleva 471 años contando nuestra existencia.

Bajo sus toques, la plaza de la Virgen y la Generalidad, la Almoina y Navellos se vuelven encrucijadas del siglo XV. Parecen, por unos instantes, corazón vivo de la vieja Valencia. Ha sonado en lo alto el más profundo tono capaz de oírse en cuantos relojes palpitan por nuestra ciudad.

El del Ayuntamiento, cascabelea con arpegios de alegría saltarina. Y canta, a las doce, la tonada del himno que nació aún no hace un siglo. El de Santa Catalina ha desaparecido, pues era postizo en tan esbelto campanario. Y el muy moderno, que daba vueltas, ofrecido en voladizo sobre la fachada del Banco de Bilbao, fue retirado cuando al banco lo fusionaron.

Centrado en la fachada modernista de la Estación del Norte, otro gran reloj marca en silencio, para todos los viajeros, el correr impecable de salidas y llegadas, urgencias y premuras ferroviarias. Enfrente, han repuesto el de la antigua 'finca del chavo', sede del Instituto Nacional de Previsión. Y en la esquina de la Universidad está la esfera horaria más próxima a los valencianos. Casi de un salto se puede alcanzar. Pero de nada nos sirve, porque nunca funciona.

Los valencianos, sin tradición arraigada de salir a tomar doce uvas callejeras delante de reloj alguno, se acercan hacia un nuevo final de diciembre. Viven adheridos, según costumbre actual, al televisor de toda hora. En la calle sonará, como cada noche, como cada día, la maza que golpea nuestra vieja campana 'Miquel'. Su varilla y su cabeza retroceden en el exterior para coger distancia. Y caen luego, vibrando, como un pulso viejo que temblara por la edad. El mazo golpea la orilla de toda nuestra historia. Hace que se produzca una vez más -doce veces más- ese golpe sonoro, profundo y eterno que transforma en aliento de siglos la respiración de la plaza de la Reina o de la acera del Almudín.

Esa noche, allí no habrá nadie. El 31 de diciembre es, en el entorno, una fecha tan solitaria como todas las otras. Desde la esquina del Salvador, además de oírse, puede verse con nitidez el vibrar de la maza. También, desde el cruce de Purísima o desde la orilla de Samaniego. Ningún valenciano sale a agradecer la compañía, cuatro veces centenaria, de tan grave y solemne sonido. Catedral abajo, resuena siempre como una voz que no se cansa de acariciar a tirios y troyanos en esta vieja ciudad nuestra.

José María CRUZ ROMÁN Periodista
"Paraula" (21/12/2003)
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