LLOP i BAYO, Francesc - El campanero, un comunicador extinguido

El campanero, un comunicador extinguido

El propósito de este trabajo es la descripción y análisis del papel tradicional del campanero como productor de información, su brusca sustitución por motores en los años del desarrollo y las posibles alternativas a ese cambio. Los materiales empleados proceden de nuestras campañas de recogida en la ciudad de Valencia para la tesis doctoral, que estamos actualmente realizando, así como en unos setenta pueblos de todas las comarcas de Aragón, trabajo que fue posible gracias a las generosas y sucesivas ayudas del Ministerio de Cultura y de la Diputación General de Aragón.

El campanero, un profesional desconsiderado

Bartolomé Cases (1729: 13) definía de este modo el empleo de las campanas como medio de comunicación al servicio de la Iglesia:

« ...valese la iglesia de ellas, por no aver hallado mas acomodados instrumentos para llamar el pueblo a lo sagrado; pues no pidiendo el tocarlas mucho arte o industria, es su ribombo, y sonido el que mas se esparce, y dilata, venciendo los avisos de su lengua, los estorvos de la distancia.»

Tal afirmación quedaba reforzada con una cita al margen, como era la costumbre de la época, de Stephan Burant:

«Nullum autem instrumentorum commodius reperiri potuit ipsis Campanis, ad quas pulsandas magna arte, vel industria opus non est, eaorumque bombus longe, lateque diffunditur.»

Ambas citas contienen una primera parte indiscutible, y una segunda que no corresponde con la realidad: las campanas constituyen, de acuerdo con el nivel de desarrollo tecnológico de su tiempo, uno de los medios de comunicación a distancia más eficaces. Existían otros medios, de gran rapidez de difusión, como los sistemas de fogatas, por ejemplo, cuya señal luminosa recorría cada noche desde el norte y desde el sur del País Valenciano las torres de vigía de la costa, previniendo la llegada de piratas berberiscos. Pero los toques de campanas tenían una gran ventaja respecto a cualquier otro medio, ventaja que aún hoy les hace insuperables en algunos casos: no era preciso estar atento, mirando hacia la torre que emitía mensajes a través de sus bolas de colores, de sus fogatas o de sus banderas; las campanas, sus distintas combinaciones sonoras, llegaban instantáneamente (con diferencias de un par de segundos, que no hacen al caso) a toda la comunidad. No había que comprar ningún impreso; tampoco era preciso el empleo de ningún aparato, que además tiene que estar conectado (radio, televisión, incluso teléfono). En el mismo momento toda la comunidad recibía informaciones de interés para el grupo. Las campanas se construían pensando en el alcance de sus sonidos, es decir, intentando superar los límites comunitarios, con lo que cumplían un doble fin: informar a toda la comunidad, llegando hasta sus límites, y superar esos límites, para recordar a los grupos vecinos la grandeza del nuestro. Joseph Llop (1675: 135 ss.) describe los acuerdos y la construcción de la gran campana de las horas colocada encima de la torre de la catedral:

«En lo any 1418, al temps que se estava acabant la obra de lo campanar de la Santa Esglesia Metropolitana de aquesta Ciutat vulgarment dit lo Micalet, reconeixentse ser just, que en una Ciutat tan gran, y populosa com esta, hi hagues vn rellonge, que es sentis tocar les hores de qualsevol part de la Ciutat, y encara de moltes parts fora de aquella, distants molt mes, que deIs aravals, es resolgue la Fabrica de aquell, entre lo tunch Bisbe, y Capitol de dita Santa Esglesia, y los Honorables lurats Racional y Obrers de Murs, e Valls, y per a dit efecte acordaren aquells la concordia, en seguida de la qual se fabrica dit rellonge, y al present se conserva aquell...»

(«El año 1418, cuando estaban terminando la torre de la catedral de esta ciudad, torre llamada vulgarmente el Miguelet, se reconoció que era justo que en una ciudad tan grande y tan populosa como ésta, hubiese una campana de reloj que se oyese tocar desde cualquier parte de la ciudad e incluso de muchos lugares fuera de ella, mucho más alejados que los arrabales, se resolvió fabricar esta campana, entre el obispo y el cabildo de dicha santa iglesia, y las autoridades municipales así como las del organismo encargado de murallas y vías, de cuyo acuerdo se fabricó dicha campana, que aún se conserva...»)

Lo notable de esta cita es que los poderes locales (Iglesia, Municipio) hicieron un acuerdo para construir una campana para tocar las horas, y cuyo alcance sonoro debía superar incluso los límites municipales, de acuerdo con la importancia de una ciudad tan grande y populosa. La construcción se convirtió en un hecho concordado, voluntario, cuyo propósito es alcanzar los últimos límites urbanos y más allá, para mantenerles informados, de día y noche, sobre el tiempo digamos lineal, objetivo. En esto tiene razón Cases apuntando la importancia de las campanas, tecnológicamente insuperables para transmitir información sonora a cortas distancias, sin necesidad de otros mediadores. Pero los toques exigían una gran especialización, «mucho arte o industria», a pesar de las citas que parecen mostrar lo contrario. Esta doble y contradictoria visión del trabajo del campanero desde el punto de vista de quienes le encargan su misión de anunciar y transmitir información nos servirá, más adelante, para explicar el estado actual de los toques de las campanas: este campanero era por un lado desconsiderado hasta los lugares más bajos de la sociedad, y por otro lado férreamente controlado para producir los necesarios toques que informaban y coordinaban el grupo.

Valga el ejemplo de esa Seu o catedral de la ciutat de Valencia: a principios del XVIII había quedado fijada, en una «Consueta» o libro de ritual, la cantidad y manera de toques, así como las ocasiones en que debían ser interpretados. Había unos doscientos, y los campaneros de la Iglesia mayor tenían que subir unas seis veces diarias, tocando los días normales durante más de dos horas de tiempo real esas campanas. No me detendré en describir sus toques o sus técnicas, puesto que no hacen al caso, pero baste para describir la presunta simplicidad del trabajo del campanero un toque cualquiera, escrito por Francisco Más (1976 : 6), uno de los últimos campaneros valencianos, que lo aprendió y ejecutó sin apoyo o gráfico de ningún tipo y que lo relató y como él lo contaría a su improbable sucesor:

«Coro semidoble. Al primer toque se levanta el Narciso y se le tiran dos o tres deshechas a intervalos sin repicar en ninguna otra campana. En el segundo toque se hace lo mismo y cuando Se deja caer ésta se levanta el Vicente, se dobla un poco en el Andrés y a continuación se levanta la Ursula, una vez parada ésta se da una campanada en el Violante, luego media vuelta en la Ursula, otra campanada en el Violante y seguidamente un TRANCS en el Violante y el Andrés. Se sigue doblando a la vez con el Violante y el Andrés y a poco se para de doblar y se da media vuelta a la Ursula, se sigue doblando y al poco se deja caer el Vicente haciendo TRANCS con media vuelta en la Ursula, cuando para el Vicente se sigue doblando y al poco se da otra media vuelta a la Ursula, se dobla un poco más y se da otra medía vuelta a la Ursula, en este momento dos TRANCS y al tercero un TRANC con la Ursula y el Andrés, dejando caer aquélla y repicando con el Violante y cuando aquélla quede parada se remata el coro con un repiqueo del Violante.»

Esta llamada al coro se tocaba por la mañana y por la tarde, durante media hora. Las diferentes combinaciones (volteos, semivolteos, repiques, «trancs» o toque simultáneo de dos o más campanas) tenían que realizarse precisamente en ese orden, y sin equivocaciones, que eran castigadas económicamente. Ese control era necesario, pues el toque era similar al empleado para los domingos de ornamentos morados, y también parecido para los domingos con ropajes litúrgicos de color verde. Quiero decir con todo esto que los toques de campanas eran realmente complicados, que debían ser interpretados de manera muy rígida (puesto que estaban enviando información de manera abstracta, convencional, y que cualquier cambio en el ritmo o en la combinación de campanas suponía la emisión de otra información o de mensajes incomprensibles). Al mismo tiempo su trabajo, tan controlado, era considerado como sencillo, al alcance de cualquiera.

Campanero rural, campanero urbano

Parece exagerado, de acuerdo con los campaneros entrevistados, hablar de un campanero de pueblo, distinto o un campanero de ciudad: en realidad hay un continuum de características, en cuyos extremos se encontrarían estos tipos «puros», cuyas actividades nos servirán para comprenderlos. Así, el campanero rural medio, tal y como existe aún en algunos pueblos de Aragón, es el sacristán de la iglesia, que también toca las campanas. No suele cobrar y a menudo aprendió de su padre. También sabe cantar la misa en latín, y suele tener más de sesenta años. Es un hombre soltero, y trabaja generalmente la tierra de su propiedad. Por el contrario, el campanero urbano es un hombre casado, dedicado exclusivamente a tocar las campanas dentro de la iglesia, trabajo por el que cobra unas cantidades previamente estipuladas. Cuenta algo menos de sesenta años, no aprendió el oficio de su padre, sino por una especial vocación, y sus hijos no le ayudan en sus toques. Tiene algún pequeño taller o trabaja en la Administración como ordenanza.

Otras diferencias fundamentales separan ambos campaneros: los de pueblo sólo tocan tres veces a lo largo del día, al amanecer, a mediodía y al atardecer, así como a la misa, y sólo distinguen tres tipos de días: de diario, domingos y festivos, mientras que los urbanos tocan a lo largo del día marcando sus partes, que coinciden con los rezos de clérigos y cantores en el Coro de la iglesia. Las «clases de día», de acuerdo con una categorización litúrgica, Son numerosas, y referidas al ciclo anual: hay días simples, semidobles, doble mayor, doble de segunda, doble de primera menor, doble de primera mayor o con octava, así como las distintas dominicas: las mayores, blancas o moradas, y las menores, verdes.

Los campaneros tradicionales, tanto rurales como urbanos, se distinguen asimismo por la manera en que expresan a través de sus toques el espacio y la categoría social de los habitantes de la comunidad. Los primeros apenas tienen toques para marcar «dónde» está ocurriendo algún hecho significativo para el grupo, excepto la salida o entrada de procesiones o el traslado del difunto desde su casa a la iglesia. Los campaneros urbanos, a menudo, coordinan sus toques con los de otros colegas de torres de su localidad para indicar, por ejemplo, el paso de algunas procesiones importantes por ciertos lugares significativos o la posición de cierto incendio señalando la torre en cuya demarcación crepitan las llamas. Y en lo que se refiere a la categoría social de los miembros del grupo, los primeros campaneros, voceros de pequeñas comunidades, apenas distinguen en el caso de los difuntos, la edad (hay toques de niños totalmente distintos de los toques para muertos adultos) y a veces el sexo (tocando siempre más para los hombres que para las mujeres). En las ciudades, sin embargo, hay distinción de categoría (más toques para religiosos que para laicos), así como lo que ellos llaman la «clase» del entierro (los de primera cuestan mucho más dinero y son más solemnes), el sexo y la edad. En algunas comunidades llegan a señalar si el difunto falleció en el pueblo o fuera, si es soltero o casado, y la cofradía a la que pertenece.

La electrificacion de las campanas

En los años sesenta ocurre un curioso fenómeno, que aún cuesta explicar. Los campaneros, rurales y urbanos, son sustituidos por motores. En algunos casos, sobre todo en los pueblos, la emigración y el despoblamiento de los pequeños núcleos deja sin contenido, y sobre todo sin habitantes, a la comunidad. Pero en las ciudades, cuya población sigue creciendo, los campaneros desaparecen, sobre todo porque la gente deja de interesarse en el tema. Muchos de los antiguos aficionados (no olvidemos que para un importante volteo festivo como el del Corpus Christi en la Catedral de Valencia hacían falta unos veinte hombres) dejaron de subir a la vuelta de la guerra, y cada vez eran menos los ayudantes de los campaneros. La desaparición de esos campaneros justificaba su sustitución por motores eléctricos. Así se expresaba Luis Aparicio, un sacerdote aficionado a las campanas, en un artículo de Cruz Román (1970):

«Hace quince años que empezaron a electrificarse los campanarios, por falta de campaneros profesionales. Se impuso la necesidad del motor que marcha con un pulsador y desde entonces las campanas ruedan monótonas sin alma ni vibración y sin posibilidad de encadenarse en la armonía de unas combinaciones que antaño convertían las torres valencianas en podios de conciertos...Con las campanas se fueron los buenos campaneros, o por mejor decir, la desaparición de éstos y la carencia de nuevas generaciones de profesionales acabó con el volteo de aquéllas y dio paso a la electrificación, como simple remedio o mero mal menor...»

La explicación es válida, en parte: en muchos casos los campaneros descubrieron, sorprendidos, que habían instalado motores en su torre, sin haber sido previamente informados, con lo que sus servicios ya eran innecesarios. Ello suponía, asimismo, el fin de su relación económica: sólo cobraban por toque realizado sin ningún otro compromiso de pasado o de futuro. La electrificación, a lo largo del País Valenciano, y en las ciudades de Aragón, coincide, sobre todo, con una disminución de la vida ritual y litúrgica, y con un gran prestigio de la motorización y el progreso: estamos en los años sesenta. En cuanto a la disminución ritual las normas del Concilio, que en aquellos momentos se estaba desarrollando, no son más que la causa cercana de su desaparición. Quiero decir -y este es un tema sobre el que pasamos todos pero ninguno se detiene- que las normas conciliares son la excusa para acabar con algo que, en aquel momento, parecía vacío de contenido, pero que se seguía haciendo por inercia. La crisis del sistema (o, mejor aún, de los sistemas) de creencias tradicional viene de bastantes años antes, probablemente del golpe de estado y de la consecuente guerra civil que terminó con la República. Valga como pista que los mejores informantes campaneros, tanto valencianos como aragoneses, tocaron antes de la guerra y, en su mayoría, no volvieron a las campanas más que en casos esporádicos. Los toques se simplifican, alegando a veces razones como «el beneficio de los vecinos». En junio de 1969 se desarrolló en Valencia una campaña de prensa iniciada por los habitantes de un elevado edificio de reciente construcción que superaba en siete u ocho pisos al vecino campanario de Santa Mónica. Tradicionalmente las casas quedaban al nivel de la iglesia y la torre se erguía por encima, facilitando la difusión de los sonidos y la identificación del barrio. La «carta al director» que zanjó la polémica estaba escrita por uno de los sacerdotes de la parroquia, el encargado de la supervisión de los toques de campanas, Federico Moscardó (1969):

«El campanario de Santa Mónica existía antes de la finca de enfrente que le hace sombra. No hace muchos años diariamente a media mañana sonaban las campanas durante un cuarto de hora para el coro, y la grande que está frente a la finca todas las tardes cuando había alguna novena, y en beneficio de los vecinos se han suprimido dichos toques....También han sido suprimidos los toques fúnebres en los entierros con la consiguiente protesta de los interesados. Ahora el enemigo de la cristiandad, con la colaboración inconsciente de algunos “apóstoles", tratan de enmudecer por completo a las campanas y suprimir toda manifestación religiosa...»

La disminución de toques, la poca asistencia de campaneros, coinciden con un momento de culto al progreso, al motor. Vicente Cardona (1966) reflexiona en el programa de fiestas de Paterna ante el anuncio de la electrificación de las campanas locales:

«Era otra mentalidad. ¿La mentalidad cambia con el tiempo? Debe cambiar. Pero totalmente. Cambiar sólo para algunas cosas y no cambiar para otras es algo que yo no veo claro. ¿Ni positivo? ¡Eso es! Ni positivo... El alborozo o pesadumbre de los volteos, mezclados con el disparo de morteretes o las palabras de condolencia, ya no necesitan del músculo del hombre. Ya no hace falta que nadie suba a lo alto del campanario, salvo en caso de emergencia, falta de energía eléctrica, por ejemplo. Ya no hacen falta cuerdas. Ya no hace falta aquel salto en el aire, apoyando los pies en la pared, para vencer con el peso del cuerpo el peso muerto de la campana. Todo eso ya no hace falta: las campanas han sido electrificadas...Todo va actualizándose. Las costumbres cambian. Son otras las necesidades. La industria se pone al día; y el campo; y la Iglesia. La técnica alcanza superiores niveles; la cultura y el arte son fundamentales en la vida humana; son mayores las aspiraciones, más altas las metas...El tiempo barre muchas cosas, arrincona otras en el cuarto trastero... Es la ley del tiempo. El progreso ha de seguir su camino. Ya te digo: cambio de tiempo debe ser igual a cambio de mentalidad. Y al mismo ritmo, claro. No valen reservas... Es como si terminara el capítulo de una historia vivida, de una historia que nosotros escribimos. Pero -y éste sería el gran triunfo- ese final puede ser el comienzo de un capítulo nuevo, prometedor, doblemente brillante, espléndido, fecundo, histórico...Lo que podríamos llamar, localmente, un supercapítulo. Señor, ¡si hasta la mentalidad de las campanas ha cambiado!»

La electrificación supuso, sobre todo, un cambio cualitativo, un nuevo capítulo en el uso de las campanas. Los instaladores ofrecieron un producto nuevo, cambiando radicalmente modos, ritmos y afinaciones musicales de las campanas, intentando partir de cero. El proceso de electrificación de las campanas del Pilar de Zaragoza, que he estudiado en otro lugar (Llop i Bayo, 1983) constituye uno de los mejores ejemplos, aunque no es el único: desmontan las campanas de su antigua posición (la mayor en el centro de la torre y las otras en las distintas ventanas), colocándolas una encima de otra, en una armadura metálica instalada en el interior; añaden al conjunto las dos campanas del reloj (que para los campaneros eran cosa aparte, como si no existiesen, aunque estuvieran junto a las otras), y se llevan dos campanas que estaban rotas y otra que estaba en buen estado pero cuya afinación desentonaba según los nuevos instaladores. Las campanas ya no pueden voltear (es decir, dar la vuelta completa) ni tampoco es posible repicar con ellas: los nuevos badajos son largos y pesados, como corresponde a campanas con toque pendular, al estilo centroeuropeo. Y, finalmente, queda «completo el sistema de sonería», con la fundición de dos nuevas campanas. El técnico instalador, Arcadi Casaus, demuestra su contento al finalizar su trabajo (Zapater, A.: 1972):

«El campanario constituye un conjunto musical perfecto; en adelante sonará mucho mejor...Las dos campanas, las dos notas que faltaban, ya están aquí. Pronto completarán el conjunto musical del campanario pilarista...La sonería campanil de la basílica del Pilar expandirá armónicamente sus notas; el lenguaie universal de las campanas volará de la mano del también lenguaje universal de la música...»

El progreso feliz de los años sesenta acaba de resolver todos los problemas: el pesado e inútil esfuerzo de los campaneros es sustituido por motores regulares, cíclicos, controlables. El mundo ha sido creado nuevamente, gracias a la técnica y al progreso. Una última cita, de autor Anónimo (1972), nos encuadra esta necesaria y progresiva electrificación:

«Cada día se venían encontrando más dificultades para el oficio de campanero. Resulta caro encontrar a alguien que, a unas horas intempestivas, suba a la torre y se enfrente con la poderosa mole de bronce, arriesgando sus brazos y derrochando energía. En la Basílica del Pilar han sido electrificadas las campanas y se han colocado nuevas que completan la armonía musical de la torre. También en la parroquia de San Pablo y en todas las iglesias modernas que van surgiendo. Resulta más economizo, más fácil, más eficaz.»

Notas para una critica radical de la electrificación

Parecería que se cierran los ciclos que hemos ido abriendo a lo largo de este trabajo. Así, las campanas, para ciertos mensajes, siguen siendo el medio más eficaz y de instantáneo alcance para toda una comunidad. Los campaneros, profesionales desprestigiados, aunque controlados, pueden ser satisfactoriamente remplazados por máquinas. Las campanas pueden tocar menos tiempo, conectadas en el momento preciso, desde lugares oportunos...No quedarla nada más que decir, excepto que los profesionales de la información han sido felizmente suplantados por máquinas, y que de alguna manera hemos sido testigos de tan importante liberación, que venía de manos de la cultura, de la técnica y del progreso...¿Pero ha sido realmente así? La actitud de los instaladores de campanas eléctricas ha sido similar a la del diplomático norteamericano de la película «Caravana», emitida por la televisión, y que intenta impedir un ajusticiamiento según las leyes locales. Uno de los líderes comunitarios le pregunta: «¿Es usted tan sabio que puede juzgar nuestra tradición de cientos de años?». Nadie hizo esta pregunta, a priori, a los instaladores de campanas eléctricas, que llegaron, como nuevos invasores, conscientes de su saber y de su conocimiento superiores.

Hemos visto, de pasada, el caso del Pilar: se cambian las campanas, se cambia su afinación, se incluyen otras que durante siglos no han formado parte del conjunto, se introducen técnicas (el semivolteo) que no han formado parte de la cultura local. Y no hacen una sola pregunta. Una de las causas del fracaso de esa nueva instalación de las campanas pilaristas es precisamente el empleo del semivolteo, que en toda Europa, de donde proceden los motores necesarios, es asociado con un toque festivo, pero que a lo largo de Aragón, e incluso de otros pueblos del Estado Español, es sinónimo de muerto adulto. Y hablando de muerto, cerca del setenta por ciento de los toques tradicionales para difunto adulto recogidos no «parecen» de muerto para un oyente ajeno a la comunidad; esa lectura es cultural, y «ellos» asocian ese ritmo a fiesta o a muerto, aunque a «nosotros» no nos parezca. Pero no hay problema: los instaladores electricistas, a lo largo y a lo ancho de sus trabajos, instalan un toque regular, lento, funerario...No es que me oponga a la electrificación: me opongo a esa electrificación. Es evidente que la existencia, durante siglos, de un repique por poner un ejemplo, no le da un certificado de perfección eterna. Así el «repic» de la Catedral de Valencia, documentado desde el XV, desapareció bruscamente con la electrificación en los años sesenta sin ser tenido en cuenta a la hora de la colocación de los motores. Es más, no fue ni siquiera grabado por última vez a sus últimos intérpretes.

Y hablando de la Catedral de Valencia, por poner otro caso (aunque cualquier electrificación de campanas es ejemplo de barbarie, de prepotencia, de superioridad repleta de ignorancia): los toques para las fiestas normales empleaban solamente las cinco campanas grandes, mientras que los de las tres fiestas mayores empleaban también las pequeñas, justamente al revés de la parroquias, que sólo reservaban las grandes para las grandes ocasiones. Pues bien, llegó el electrificador y se dijo: «¡Qué bien! ¡Tengo doce campanas! ¿Con cuáles me quedaré?». y se quedó con seis, pero salteadas: dos de las pequeñas, tres de las medianas y una de las grandes. El conjunto quedaba La solución elegida a ciegas, que por cierto suena bastante mal, no tenía nada que ver con tradiciones documentadas desde hace cuatro o cinco siglos y, lo que es peor, tampoco suponía un intento de búsqueda de nuevas formas y sonoridades.bastante elegante, y ya se electrificarían algún día las demás.

Aquello no fue progreso, ni técnica, ni avance. Fue un consumismo sucio, de efectos rápidos y de grandes beneficios económicos. La pregunta debiera ser la misma que al diplomático norteamericano: «¿Tan sabios son ustedes que se atreven a cambiar la sabiduría de varios siglos ? » La respuesta podía haber sido: «¡Ah! ¿Pero existía algo antes de nosotros?». Porque al menos hubieran ofrecido algo mejor: los campaneros tradicionales se ufanaban en mantener el equilibrio entre comunicación y creación. Es decir, no podían improvisar demasiado, porque su tarea primordial era la comunicación, pero intentaban hacerlo de manera amena, creativa, «que no sea siempre igual, aburrido». Por otro lado, los toques .suponían una participación, generalmente de los mozos, para algunos actos festivos, y del campanero para todos. Es decir, las campanas respondían a un esfuerzo, a una habilidad, lentamente adquiridos, y a través de sus toques intentaban expresar, comunicar unos mensajes, aportando su nota personal. Las campanas mecánicas quisieron ser regulares, cíclicas, constantes, monótonas, de modo voluntariamente buscado. Además no se basaban en los ritmos tradicionales, y a menudo cambiaron las notas y la sonoridad de las campanas. ¿Qué quedó entonces, de lo anterior, de la tradición? A menudo, nada. Si antes el mensaje era la forma del toque, su correcta interpretación, ahora el toque es el mensaje. Ya no hay variaciones de clases de días, ni indicación de lugares, ni señales de sexo, edad, o categoría social del difunto. Baste un ejemplo: Cariñena, en Aragón, con cuatro campanas. Unos veinte toques tradicionales; para fiestas se volteaban las dos campanas mayores, los toques de muerto eran rítmicos y muy rápidos. Los motores instalados sólo voltean otras dos campanas, la segunda y la tercera, y hay un toque de difuntos y otro para misa diaria. Los veinte toques quedan reducidos a cuatro. Ninguno se parece a los tradicionales que en aquel momento no fueron ni grabados ni siquiera tenidos en cuenta. Por otro lado, de rebote, ese cambio radical de los toques tradicionales es otro gravísimo atentado contra el paisaje sonoro de pueblos y ciudades: esa música tradicional de las campanas no sólo llamaba a la oración e informaba a lo largo del día: adaptaba su ritmo al ciclo natural y marcaba las diversas partes con repiques antiguos, que ya formaban parte del patrimonio cultural colectivo. Y de pronto fueron sustituidos por otros toques, a otras horas, que sólo llaman para actos concretos y casi exclusivamente religiosos.

Por una motorización alternativa de las campanas

La motorización parece como una alternativa necesaria, para evitar que varias veces al día, o cuando menos varias veces a la semana, tenga que subir el campanero a interpretar sus toques. Pero la motorización debe ser una alternativa complementaria a la interpretación de los toques al modo tradicional. Por ello los motores y otros mecanismos electromecánicos, gobernados por microordenadores, debieran ser capaces de tocar de manera muy parecida al estilo tradicional. De hecho los mismos ordenadores pueden ser programados de manera que, dentro de ciertos límites, hagan variaciones. Por otro lado las campanas, a pesar de sus motores, deben estar instaladas de manera que pueda ser posible subir a tocar, los domingos, los días de fiesta, para acontecimientos extraordinarios. La motorización exige, previamente, un estudio de las campanas y de los toques tradicionales, y no sólo en el aspecto técnico sino en todo el contexto cultural. Y también cabe una alternativa, fruto de esa investigación previa: la formación de grupos de campaneros que interpreten, al estilo tradicional, o innovando toques y formas.

En Europa tenemos muestras de intervención para conservar este patrimonio cultural. Así, en Suiza, en el cantón de Valais, el pastor Marc Vernet (1965) realizó una serie de estudios y grabaciones de campaneros tradicionales. No encontró diferencias entre las diversas iglesias cristianas: todas seguían similares esquemas, pero cada lugar, sin importar su confesión, tenía modos personales de tener sus campanas. Como primer resultado hizo posible el montaje de un carillón de diecinueve campanas en su parroquia, que no sólo funcionan movidas por electricidad. Pueden ser tocadas por teclado, al estilo de los carillones de los Países Bajos, y se pueden acoplar cuerdas para el volteo y repique al estilo local. Marc Vernet colaboró igualmente en la Exposición Nacional Suiza de 1964, donde fue instalado un conjunto de 26 campanas, que podían ser tocadas con un teclado. Alguna de ellas podía oscilar para avisar ciertos actos religiosos, movida por motores. Pero lo más importante es que se instalaron de tal manera, tras haber realizado una serie de estudios previos, que fue posible escuchar conciertos de campaneros tradicionales de diversos lugares suizos, que se encontraban ante campanas que sonaban como las suyas y que estaban colocadas en la misma posición. Por otro lado la plataforma donde se hallaban los campaneros, que fueron íntegramente filmados y grabados, se hallaba de tal manera que el público asistente podía ver a los intérpretes en acción.

La alternativa de los grupos de campaneros tiene un importante precedente en los ingleses, que comenzaron a finales del XIX, cuando la industrialización amenazaba allí con acabar con las campanas. Su más importante medio de expresión es «The Ringing World -The weekly journal for church bell ringers», un periódico semanal que tira varios miles de ejemplares, en los que se habla no sólo de tradiciones históricas o de técnicas de trabajo; también se incluyen fotos de grupos de campaneros, en los que abunda la gente joven, y se anuncian toques, indicando lugar, hora, participantes y piezas que van a interpretar así como la causa de tales toques. Cada semana se anuncian unos setenta distintos, y hay asimismo una crítica de los anteriormente realizados, indicando sus éxitos, errores, interrupciones, participación...

En el Estado Español hay ciertos concursos en Navarra y en Extremadura, donde participan campaneros y son premiados con copas y económicamente los mejores. Algo similar ocurre en alguna comarca de las tierras de Salamanca. Los conciertos que patrocina el Ayuntamiento de Zaragoza para las fiestas del Pilar, y que nosotros organizamos, son algo bien distinto. En las cuatro ediciones ya realizadas se ha tratado de presentar a distintos campaneros aragoneses que tenían modos de tocar intencionadamente distintos; no se quería establecer una competencia imposible entre los campaneros sino que se trataba de presentar la variedad de toques y de ritmos, con contenidos similares, ante un público numeroso y atento, que ya considera los conciertos como algo «normal»; los medios que aporta el municipio (sillas en la plaza, programas de mano, megafonía) refuerzan esta actitud del público asistente.

Los grupos de campaneros del País Valenciano suponen algo totalmente distinto. En Lliria, numerosos aficionados encabezados por el antiguo campanero, suben un par de veces al año para interpretar su «repic general» con motivo de las fiestas mayores. Intentan acomodar sus técnicas y sus ritmos a unas campanas que fueron cambiadas de posición, de lugar y de tono, pero el resultado supone una participación real, a través de las campanas, en las fiestas. Otro grupo de campaneros jóvenes, coordinados por el autor de estas líneas, cuyas edades oscilan entre los 20 y 34 años, toca, al modo tradicional, las campanas no modificadas de la torre del Patriarca, en la ciudad de Valencia, que permanecen silenciosas el resto del año. Aquí también se trata de tocar en un contexto festivo, para preceder y acompañar la procesión de la Octava del Corpus. Las campanas sólo son una pieza más del conjunto, del sistema total de ritual barroco en torno al Santísimo Sacramento, organizado por el fundador del Colegio, el Patriarca Juan de Ribera, a finales del XVI, y en el que forman parte los sonidos (coros, órganos, campanas, banda de música), los colores, los olores (pétalos de rosa, incienso, hierbas olorosas). Las técnicas y toques tradicionales empleados por el grupo, que prácticamente se reúne tan sólo de año en año, no impiden el acceso a moderna tecnología (radioteléfonos para la intercomunicación y coordinación con los actos que hay que acompañar, vídeo para el análisis de aciertos y errores en los toques) .

Aseguraban en el siglo XVIII que tocar las campanas exigía poco «arte o industria»; el desprecio con que los toques tradicionales y sus intérpretes fueron tratados por los encargados de motorizar las campanas entra en este mismo contexto. Sin embargo los toques de las campanas no afectan sólo a la comunidad de los creyentes: su música compartida durante siglos no tiene por qué ser sustituida, sin un razonamiento previo, sin una reflexión colectiva, por motores de ritmos empobrecidos y regulares.

Francesc LLOP i BAYO
REVISTA DE FOLKLORE nº 63 - f. 75/81 - Valladolid (1986)

Bibliografía

ANONIMO
"Un estupendo regalo para nuestra parroquia", Hoja Parroquial, parroquia Santa Engracia, Zaragoza, 24 diciembre 1972.
CARDONA, Vicente
"Ayer, hoy y las campanas". Festes del 66. Paterna, agosto de 1966.
CASES, Bartholomé
Campanas sin vida, campanas con alma. Valencia, 1730.
CRUZ ROMAN, José María
"El ocaso de las campanas". Feriario, nº. 34. Valencia, mayo de 1970.
LLOP, Josep
De la institucio... de Murs e Valls... de Valencia. Valencia, 1675.
LLOP i BAYO, Francesc
Los toques de campanas de Zaragoza, Zaragoza, 1983.
MAS, Francisco
Torre de la catedral de Valencia (manuscrito). Valencia, 1976.
MOSCARDO, Federico
"Cartas al director: Campanas". Las Provincias. Valencia, 1 de junio de 1969.
VERNET, Marc
Les carillons du Valais. Bale, 1965.
ZAPATER, Alfonso
"Llegaron las campanas que faltaban". Heraldo de Aragón. Zaragoza, 8 de diciembre de 1972.
  • VALÈNCIA: Campanas, campaneros y toques
  • ZARAGOZA: Campanas, campaneros y toques
  • Campaneros: Bibliografía
  • Destrucciones de campanarios y campanas: Bibliografía
  • Restauración de campanas: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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