BARBER, Llorenç - La ciudad y sus ecos

Nota del editor

No son habituales, entre nosotros, las publicaciones musicológicas. Menos si priman, sobre la erudición, la reflexión. Y menos si se deben a los músicos. Pero es que no es habitual, entre nosotros, que éstos escriban (otra cosa que música: su razón poética). Y sin embargo hay gloriosos precedentes: piénsese, por no escapar a nuestra más inmediata actualidad, en la excelencia de la prosa de Falla (Pretextos acaba de sacar a la luz su correspondencia con Bergamín).
No es corriente tampoco, entre nosotros, que un músico se entregue tan apasionadamente a un instrumento que termine invirtiendo la ecuación para, borrándose como autor, devenir él mismo el útil de la voz que canta en lo que, a la postre inocentemente, se pretendiera su aparato de expresión. Mas qué decir, en nuestra cultura, del impulso místico.
No es, finalmente, lo normal expandir los conciertos hasta el sonar ciudades, atreverse a acometer tamaña enormidad: repoetizar la urbs, empeño que se antoja condenado al fracaso en nuestros días. Pero ahí están, plegadas en la memoria y dichosas con la menor ocasión para esparcirse y gobernar el cuerpo todo en ebria comunión con la alma misma, las fiestas, el mediterráneo, la submemoria dionisíaca.

Digámoslo de una vez: nada en Llorenç es ordinario. Todo él es como un lujo, un regalo parido por la tierra para que la gocemos. Muchos ya lo hemos hecho en alguno de sus eventos multitudinarios. Pero Llorenç, tocado por la gracia, debido a su entusiasmo, no se conforma con dichos momentos irrepetibles y pugna también por transmitir lo que provocan. Para eso tiene la escritura. Como es poeta (y en el sentido más primario), le gana el arrebato. Inundado por un humor que sabe más que conoce, se presta gustoso a ser hablado por él. Pero eso representa subversión para el espíritu moderno o cartesiano, esto es, para la ideología formalista que administra la que habría de ser su colectividad, la de los músicos. Por eso le tratan de confinar fuera de ella. Y Llorenç, no amilanado, reclama el derecho de pisarla, y a tal fin pergeña alíanzas sorprendentes. Extraordinaria singladura la suya, piénsese (aunque quizá no tanto: después de todo, en España, la Iglesia siempre supo granjearse el paganismo, mixturarse con él: miremos si no el folklore).

Algunos podremos detectar cierto junguismo en la línea de horizonte que Llorenç militantemente despliega (basta notarla en la insistencia pertinaz en lo analógico), y eso puede hacernos retroceder. Mas no conviene hacer demasiado caso al anclaje racional que manifieste. Después de todo, el mismo Llorenç no para de reclamar agustinianamente que no es a lo que su nombre sanciona a lo que deberíamos de atender. Lo que debemos hacer es escuchar. Y entonces atravesar el velo de la vaga demanda "espiritualista" que pareciera recorrer sus páginas, en connivencia con la que late en las blandas melodías que se dicen de nueva época. Poco tiene en verdad que ver con ellas (por más que semejen, en ciertos momentos, converger). Es que, a veces, cuando Llorenç trata de autorizar el discurso que le guía, recurre a las referencias que tiene al alcance, a las que la actualidad le sirve. Y no siempre son éstas las que mejor cifran su impulso, en todo caso nunca académico.

Así como los escritos de Satie vieron la luz en una editorial (coherente con su nombre: Fugaz) no especializada en temas musicales, persuadidos como estaban, con razón, de su importancia cultural en general, y así como otro igual ocurre con la prosa artística de Ramón Gaya (recogida, de nuevo, por la encomiable Pretextos), la obra escrita de Llorenç aparece en una revista cuya confesa orientación es dar a conocer trabajos con similar interés global, y centrados en el más ancho concepto que pueda fraguarse del arte.

El editor.

Madrid, Mayo de 1996.

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