BARBER, Llorenç - De irregularis musica

De irregularis musica

La ciudad es un organismo vivo con sus rincones y humores inexplorados. Y es de una complejidad infinita. Como en todo proceso de enamoramiento, la ciudad embellece a los ojos de quien la habita a medida que desvela sus placeres insospechados. Sea cual sea nuestro origen, nos la apropiamos, la reconocemos nuestra, nos forjamos con ella una relación a veces dolorosa pero siempre, como en todas las afinidades electivas, enriquecedora de nuestro imaginario. La ciudad (como cualquier otro lugar) tiene un alma: lo que llamamos génie du lieu, que dormita a menudo. Llorenç Barber viene a despertarlo aunque sea fugazmente, y a convertirlo en locus lúdico.
Poetizando el espacio (in)finito, en este caso urbano, en el marco de obras desmesuradas (sea por sus duraciones sea por los medios empleados), Llorenç Barber desaparece del mapa ante los efectos de sus pro-vocaciones. Su acto de poner en vibración las campanas (las suyas como las de la ciudad) apela al inconsciente colectivo, no menos que al individual, rellenando y densificando la atmósfera de maneras tumultuosas y, diríamos, primordiales. En sus conciertos no se va a escuchar a Llorenç Barber, se va a oir a la ciudad, su memoria, su efímera música. Y esta efímera música, a pesar de su aparente desnudez y transparencia, por tener voz de campana, tan colmada está de resonancias que desborda connotaciones sin fin, mensajes inmemoriales. Ecolalia. Múltiples conversaciones de ecos interiores y exteriores auspiciadas por las campanas, incesantes juegos de ida y vuelta que nos hacen sentir lejanos pero familiares horizontes.
Corriente sonora plena de indeterminación que está ahí, pero no es, y que nace de tantas y tan diversas fuentes que nos recuerda que nosotros también, gracias a la trama de referencias múltiples, complejas y secretas con la que hurdimos nuestra existencia, somos, como esta música, heterogéneo fluir, e itinerante, de no-te-entiendo. Música peregrina, ómnibus que rastrea en los recovecos de las topografías. La sonorización del territorio es rica en contradicciones fecundas: las campanas, profundamente enraízadas, son voces locuaces e inamovibles de una calle, un paisaje o un edificio, pero una vez liberadas de su vocación específica re-percuten sus sonidos y se multiplican por la normalmente inatendida gracia de muros y cavidades hijos del urbanismo, por no mencionar las cuestiones atmosféricas. Escuchamos de manera errónea, y en direcciones equivocadas, una música vagabunda que tiene la virtud de hacer variar nuestra percepción como lo haría un nómada cualquiera: cambiando constantemente de lugar.
Llorenç Barber ha sacado la música de su contexto de cámara para esparcirla por los cruces de los caminos, componiendo con lo real in situ y, finalmente con nostalgia, redescubriendo el sentido de lo festivo. Música de intemperies y de desórdenes naturales la suya. Barber asume los riesgos y, llegado el caso, los integra, los hace cómplices. Se agregan así los elementos primordiales a su instalación muscular, a la mecánica del esfuerzo fisiológico que supone tocar campanas. Frente a la máquina, así, es este empeño un redoblar la nobleza del gesto humano. De ahí la riqueza infinita de variaciones hijas del sudor (un incesante batir y pulsar sobre la piel de un cuerpo colectivo), hijas de la fatiga inestable de un concierto desarrollado a lo largo de una noche, de un cierto estado de ebriedad, de una cierta catharsis que (en versión urbana y contemporánea) se asemeja a los rituales de trance. El son de la campana podrá parecer desafinado, el tiempo incierto y la ciudad extraña: suma de irregularidades que conforma un caldo musical fecundo, catástrofe sonora que ya tuvo ha mucho tiempo la apelación de musica irregularis, y que describía ciertos tumultos de fiestas públicas allá por el siglo XV.
De la estética del riesgo al riesgo de la estética, la obra de Llorenç Barber se ubica en un incierto punto que, intermedio, abandona el lugar del artista por aquel más exigente y peligroso (puede que por ser sencillamente inclasificable) del humanismo heroico. Un humanismo cuyo oficiante adelgaza y queda oculto por su insistente y fértil reivindicación de la función social del músico, por su reintroducción de lo bucólico y lo carnavalesco, su agitación de memorias polvorientas, su sacudir reminiscencias del pasado y, sobre todo, su reinvestir a la ciudad y a sus habitantes del sentido de una reecontrada convivencia, del deseo colectivo de encontrarse juntos en el seno de una celebración dionisíaca.

Alain Limoges, Madrid, abril de 1996.

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  • Conciertos de campanas: Bibliografía

     

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    : 24-10-2017
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