BARBER, Llorenç - La ciudad y sus ecos

el campanario como instrumento de nuestros sonoros paisajes ciudadanos

los júbilos y festejos, los momentos de mayor seriedad, los miedos individuales y, sobre todo, los colectivos, fueron siempre anunciados y/o celebrados por medio de campanas. esos enormes y abovedados vasos de bronce, colgados entre cielo y tierra, nos comunicaban no sólo a unos con otros, sino con el algo o alguien, más o menos inefable, que guíaba fatalmente nuestro deambular.
¿porqué un concierto de campanas hoy? en una era electrónica y macluhaniana en la que el orbe deviene aldea global, las campanas son depositarias de aquello que individualiza a ciertas comunidades: identifican grupos, barrios y geografías. no hay dos campanarios que suenen igual, como no hay dos calles ni dos plazas idénticas, ni dos grupos humanos con el mismo paisaje ante sus ojos.
un concierto de campanarios es un ejercicio creativo de identificación colectiva, una convocatoria a exorcizar los miedos, alegrías y deseos de la comunidad y una manera festiva pero firme de postular la poetización de nuestros espacios y tiempos comunes: nuestra ciudad no es sólo útil sino bella; vivirla creativa, ociosamente, es un deber (cultura obliga).

una sencilla música plurifocal y tópica.

son mis conciertos de campanas hijos de la toponimia de cada ciudad. para cada ciudad en la que intervengo escribo una composición compaseada y cronométrica. primero estudio el entorno y acoto el espacio sonoramente útil, dependiendo tanto de la ubicación de las torres y espadañas disponibles (número de campanas, tamaño, orientación, etc) como del urbanismo (calles, plazas, existencia de edificios-pantalla, etc). tras eso la partitura crece atendiendo a ritmos o toques que olfatean los ecos de la voz común (una vieja danza o repique característico).
es siempre una música sencilla, pues solo la sencillez, como sabemos bien los minimalistas y como nos recuerda heidegger, conserva el enigma de lo perenne y de lo grande: penetra de golpe y sin intermediarios en el hombre, pero requiere sin embargo una larga duración.
así pues, los tuttis, solos, pedales y fugatos que constituyen la pieza, se toman su tiempo. la ciudad requiere de muchos y largos minutos para auscultarse adecuadamente. la obra es, a la postre, un retrato. autorretrato sonoro y fugaz, pero de rotunda solemnidad, que la urbe se concede a sí.
quizá desde los fastos del barroco nunca una ciudad se había entregado a tan placentera autoescucha como en los conciertos de campanas, auténticas epifanías sonoras.

de cómo degustar esta música urbana.

de las múltiples maneras de degustar esta danza-de-bronce, dos son fundamentales, a saber, la estática y la peripatética. la última, más normal, consiste en pasear, acercándose y alejándose de campanarios, inmersos en una audición auto-constructiva que crea la propia escucha atenta a los viajeros sonidos. la estática, por su parte, puede ser un tanto alejada y como panorámica (cual la de aquéllos que optaron por encaramarse al urgull durante el concierto de donosti), o tenida merced a la ubicación en una terraza más o menos epicéntrica, equidistante de los distintos puntos sonoros utilizados.
de cualquier forma es ésta una propuesta artística que, apoderándose del espacio ciudadano (y recreándolo), invita al auditor a participar activamente en el proceso creativo como parte integrante del mismo. le obliga a tomar decisiones determinantes y sustantivas para la percepción de su obra. el compositor renuncia velis nolis (pero de buen grado en este caso) a su privilegiada posición histórica: es sólo quien pone en marcha una ceremonia que cada cual realiza a su buen entender.

por una música ecológica y global.

en esta época de hibridaciones y memorias superficiales y débiles, las campanas son cavernas donde durante decenios se refugió lo más profundo de la humanidad: sus miserias, deseos, miedos y gozos. de ahí mi etnominimal empeño por sonarlas y hacer a su través una cuidada y festiva música-excavación. un muscular, atlético, desmesurado (¿vulcánico?) galimatías que haga aflorar a la superficie sentidos ocultos, desenmascarando textos dormidos inherentes al lugar, a la historia del grupo.
el percutivo don-don de las campanas es, para mí, sonido mitopoético por excelencia. una rotunda llamada a lo esencial, lo sacral y lo tribal que nos subyace. en el fondo, brutal y realista recordatorio de que los músicos somos (o debemos ser) agentes socialmente responsables. somos (o debemos ser) testigos auriculares de nuestro presente.
por ello estos urban concerts no son más que ejercicios para postular un gaia concert de verdad, o mejor, un concierto global, pues nada en nuestro cosmos nos es ajeno. los músicos somos mundanos por necesidad ética.

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    : 18-12-2017
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