BARBER, Llorenç - coribantiada: música para un eclipse solar

coribantiada: música para un eclipse solar

a julio estrada, músico rulfiano

no sé mucho de leyes del universo pero mi oído, gracias a las campanas, comienza a funcionar. y ya se sabe que la vida, como el amor, es eso: cuestión de oído.
zarandear campanas nunca puede ser una actividad inocente. su temblor como geodésico, preñado de glorias y hossannas, colma de melancolía el caracol que puebla los oídos, hace que el aire de la ciudad suene a sonaja, y el ruido clamoroso que agudo y ronco en su boca borbotea aplasta a los otros a su paso y, juntando cielo y tierra, estanca el tiempo con sus ecos de plata.
las campanas cantan la lentitud constante de un cronos casi inmutable, y sus sones, al tiempo que se lanzan a locas carreras sobre terrumbre y nubes y crean fugaces topografías sonoras, nos bullen dentro como si se pusieran a remover los goznes de nuestros propios huesos. sabor, el suyo, largo, triste cual bramido de toro, que resucita dolores y amores olvidados. repique gozo y desazón, mugido colectivo, enfurecido arjé.
arreándole fuerte y con ganas al badajo, las campanas nos amarran y empujan hacia un cielo muy alto, pero muy cerca y sobre todo nunca ajeno. no en vano su poder taumatúrgico repele toda tempestad.
ese ser puente (pontifex) entre inefable y común, entre desconocido e íntimo, es el que convoca a las campanas de santo domingo, catedral, soledad, siete príncipes, san felipe neri y las otras para tronar hoy, día de la serpiente, fin del mes del maíz e inicio del mes de las fiestas en la tintinológica y solar oaxaca. tronar que será procesional y palindrómico arrebato: círculos de alboroto creciente y decreciente en analógico y sonoro dibujar el caprichoso situarse de selene: entre sol y tierra, con sus 6'58'' de negro acmé (et tenebrae factae sunt) al centro.
un concierto de campanas siempre es el acto de crear una gran cataplasma sonora y apretarla, con fuerza, sobre la viva carne de la urbe. un inmenso clamor recio que lucha por llegar al lugar donde anidan los sobresaltos, en palabras de rulfo. además, hoy, 11 de julio de 1991, no va a ser un día normal por estas tierras: un grano, o más bien un espeso lunar, les va a nacer, según dicen, en medio de su reluciente faz. el color de las cosas cambiará gradualmente, siesteará la luz, contendrá el resuello la tierra, todos los miedos retrasados se acumularán y en el páramo solamente se oirán el caer de la polilla y el rumor del silencio. fatal e inmenso milenarismo reconcentrado en una truncada mañana de julio.
coribantiada es pura música de emergencia. no sólo porque nos libra a grito pelado del espanto provocado por la posibilidad de que el vacío de grillos del eclipse lo llenen los gritos de las ánimas benditas, también porque hacer temblar oaxaca y convertirla, badajo en ristre, en lamento de campanas, es esfuerzo desesperado porque el sol logre liberarse de las partes adverse (el acechante dragón rugiente que le acosa) y continuar rumbo a poniente. oficio de tinieblas, pues, abrupto vindicar la luz escamoteada, tenebrosa misa, noche oscura, místico y redundante bisbiseo metálico que nos conduce (con su ciego sonar) a repetir una y mil veces fiat lux, fiat lux, fiat lux.
toda una coribante muchedumbre de badajantes músicos, dejándose el hígado y la piel para librar la tierra de noche prematura) formarán un enjambre de ora pro nobis y dies irae entremezclados en clave de coraje: agónico combate a muerte, inmisericorde y autolacerante, del bronce contra sí mismo. música de anfibiológico duelo.
esta obra para un tránsito cósmico de gradual veladura terráquea (aletheia de planeta, astro y satélite) es, además, no sólo rito rescatado del raigal fondo de los tiempos, sino liturgia espacial: música topoacústica. pero el fulgor, destemplado y largo, de las campanas, se estampa inevitablemente contra riscos, paredones y cornisas, rebota en suelo y piedras y, trastocando toda tridimensionalidad, forma parvadas de retumbos conducentes al acusmático y pasmoso oír a ciegas.
y en este claroscuro y tal vez provisional finis terrae, en esta diminuta noche que, rezongante, palpita barullos, nuestra vieja tierra de enmohecidos goznes no está sola: asomarán allí arribita su nariz, a desternillante deshora, sirio, canopus, arión, aldebarán, régulo, castor y polux. incluso los vecinos mercurio, venus, marte y, por supuesto, júpiter, tintinabularán en armónico y breve zumbe con nosotros.
música pitagórica y mundana. la abocinada voz de las campanas llevará su mensaje arcaico y berreante, amasado de reincidencias incesantes, al rumoroso cosmos que peligrosamente nos embroma.

retrocede La ciudad y sus ecos avanza
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