BARBER, Llorenç - lux aeterna o sobre la música, su volatilidad, su peso y su espacio

5. LOS CONCIERTOS (CONTINUACIÓN)

lux aeterna o sobre la música, su volatilidad, su peso y su espacio

narra porfirio que pitágoras oía la armonía del universo, es decir, percibía la armonía universal de las esferas y los astros que se mueven al mismo tiempo que ellas. y cuenta la tradición oriolana que, tras sesenta años de infructuosa búsqueda, el tañido remoto y continuado de una campana se dejó oír durante tres noches consecutivas en un punto de la montaña al que acudieron, y donde socavaron y descubrieron una cueva en la que, debajo de una campana, apareció su histórica virgen de la puerta con un niño en su mano derecha, el cual llevaba un pájaro entre las suyas.
es la campana un instrumento esencial, un puro y pesado portador de sonido, despejado de toda artificialidad, pues ¿qué más artificios se le puede pedir a ese volátil nudo inextricable de armónicos que el bronce es?
la música que, golpe a golpe y con una formidable economía de recursos, la campana crea, es implacable y directa. y en esa dureza, a veces violenta, no siempre se alcanza a sentir la compleja intensidad de su subterráneo bordón: un aletear zumbón que envuelve las inestables notas que dibuja la campana y que, desnortando toda afinación, nos permite degustar un resto de esa armonia universalis que pitágoras percibía y que, cuando la atendemos, nos puede llevar a fundamentales conversaciones con vírgenes, puertas, niños y pájaros.
la campana con su circular sonar nos cambia constantemente la invención de la música y, por ende, de nosotros mismos. es un instrumento en eterna concordia con esferas y astros al que nosotros, transeúntes, sólo raramente acudimos para oír cantar la vida del cosmos. es más, los músicos-compositores, demasiado estúpidamente interesados sólo en mostrar su habilidad e inteligencia, han despreciado siempre tan torpe y raro instrumento, pues su maraña de utilidades y analógicos ecos de otros mundos más bien les molestaba. por ello las campanas estuvieron siempre en manos de sacristanes y rudos y excéntricos campaneros.
yo amo las campanas en la misma medida en que detesto la música que apesta sólo a música, porque la campana es un simple (¿simple?) resonador de la voz del universo. de la voz de dios.
decía eugenio d'ors que la música entera, la de todos los tiempos, la de cualquier escuela o instrumento era pasión, era barroco, esto es, formas que vuelan danzando su danza. y contraponía este universal comportamiento sonoro al sordo y mudo estilo clásico, todo él economía y razón, y que era el estilo de las formas que pesan.
sin embargo las campanas, más que cualquier otro instrumento, (quizás por ello fue escogido para ser situado entre el cielo y la tierra) nos hablan de la volatilidad de la música, sí, pero también de su antinómico y equilibrante peso, pues la música en su especial danzar pesa, y pesa con una intensidad inusitada; es más, el peso de la música lo es todo: su gravidez sonora genera una particular energía, una tensión que magnetiza el espacio sonado y llena su radio de acción determinando la extraña experiencia del auditor que, a la intemperie y envuelto, percibe a través de secuencias (la escala temporal es tan desmesurada como la espacial) que implican tanto variables sonoras como visuales y táctiles ligadas a la percepción del espacio concreto. así pues el sonar de las campanas es un pesado sonar arquitectural que provoca un indisoluble maridaje entre cada toque (¿obra?) y un espacio concreto: el ubi específico que da urbanístico y paisajístico cuerpo a la obra, y que pone en primer plano la intervención del artista-campanero, pero también la experiencia única que cada configuración crea, pues cada ubi crea su propia, nueva y distinta obra.
la música de campanas es, pues, una música hecha a la medida y naturaleza del espacio que la acuna y conforma: las bocanadas volátiles de sonidos que asoman por bocacalles y tropiezan son tanta o más obra que las corcheas del pautado papel o el muscular tirón de cuerda del campanero-músico.
cada concierto de campanas es todo un mundo de iluminaciones (¡lux aeterna!) que espabila los rincones adormecidos de nuestro hábitat cotidiano. si existe para mí algo que defina la experiencia concreta de un concierto de campanarios y espadañas (a los que se suma esta vez el deslavazado dondonear de tres matracas) es ese inimitable cruce entre claridad e intensidad (suma de elementaridad y compleja oscuridad), entre una economía esencial que nace de la precisión cronométrica con que se cincelan, transforman y desaparecen por el aire (ese caprichoso y compositor eolo) los bloques rítmico-tímbricos y el complejo proceso perceptivo y reflexivo que se genera en el no-sólo-auditor
. en un concierto de campanas, además, se entra. e inmediatamente el metálico sonar nos asalta, a ráfagas, y nos impele a desplazarnos dentro de la obra por un espacio que compartimos con el sonar y que es parte del toque en sí. un concierto de campanas no es como un cuadro o como un film que desde afuera admiramos. nunca es perceptible exteriormente sino que, por el contrario, su espaciotemporalidad esencial teje indefectiblemente a nuestro alrededor una red sutil de variables perceptivas y mentales que, para más inri, llama a toda suerte de espectros y nos invita a engolfarnos en las oscuras y desconchadas páginas de la historia no sólo personal o familiar sino de la nunca congelada urbe que nos cobija, así como del grande e infinito cosmos que nos pide singular socorro pues, vanidosos humanos, lo ponemos en fragilidad suicida.
¡lux aeterna dona nobis, domine!

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