BARBER, Llorenç - notas ante la composición de salutatio, una obra para los campanarios y espadañas de la ciudad de plasencia

notas ante la composición de salutatio, una obra para los campanarios y espadañas de la ciudad de plasencia

nada hay más reaccionario que pensar que no hay nada nuevo por hacer. por contra, saludar con júbilo el poder de reinventarlo todo a partir de un tropiezo feliz (más o menos azaroso) nos ayuda a vivir en plenitud.
para mí ser músico es eso: oír el mundo con oídos nuevos, recién estrenados. postular la originalidad de cada sonido: concederle la atención y el tiempo necesarios.
y yo, músico mundano, un buen día escuché las campanas con todo su cúmulo de persuasión y de misterio y, sin proponérmelo, me convertí en sonado caballero andante de campanarios y espadañas. andante y sonante, claro.
las campanas nos devuelven a nosotros, hijos de la prisa, la velocidad y la instantánea, el regusto por habitar la casa del tiempo: un reposado saborear que el presente no está solo, lo que nos lleva a afrontar que somos reyes secretos de la vida frente a la mera y pasiva supervivencia.
pero además, la campana es el instrumento por excelencia de la memoria: es oscura caverna donde se refugian muchos de los anhelos y ensayos más acertados que el hombre ha logrado para atrapar mediante el sonido lo inatrapable: la comunicación con el otro, y con lo otro, con lo conocido y con lo inefable. su taladrador sonido nos llega y toca el corazón de la pena, de la potestad, del común reventar de alegrías. las campanas se saben generosas, y por ello crepitan con osadía: en ellas duermen ambiguos libros de vida.
dejarnos hoy saludar por la cauta parsimonia de las campanas y su reverberante verbo es sencillamente dignificar lo quotidiano, devolver sacralidad al rutinario ir-y-venir. aliviar, esto es, poetizar nuestras moradas. no se trata de fabricar un pedestal donde colocar un rotundo monumento, sino por contra de vaciar un algo la ciudad, hacerle un hueco, un claro para que el sonido de las campanas la convierta en fugaz monumento a toda ella y sus vientos.
al cosmopolita hombre de hoy, enganchado a simulacros de arcadias sonoras recién fabricadas, envasadas, compradas y desechables, un arte público, cohesivo y real como el de las campanas, le hace bien, le da cuerpo y dimensión, le enraíza (hace que sus pies se hundan en el fangoso discurrir de la historia). pues el arte campanero, siendo como es despertador de profundidades raigales y enigmas, es un sonar externo, de grandes superficies, paisajístico. lo que le emparenta con aquel arte señero que soñara goethe, que imaginó que en su cima más alta el arte será totalmente externo.
y bien, la más externa y superficial topografía sonora de plasencia viene dibujada por el lento y persistente dar de horas y cuartos de dos campanas no casualmente revestidas de huellas mnémicas e históricas muy concretas y específicas: la campana grave del reloj catedralicio y la del mayorga.
dos campanas, hermanas por su función horaria, cuyas inscripciones traducen dos plasencias distintas, casi antitéticas, en una nada ambigua concordancia: la plasencia teocrática y guerrera junto a la plasencia humanista y placentera.
en efecto, la campana del reloj de la catedral (una de las más impresionantes a las que haya tenido acceso) viene orlada por las leyendas santo dios, santo fuerte, santo inmortal (agios o teos, agios hisquiros, agios atanatos), y por la más conocida christus vincit, christus regnat, christus imperat, ambas dos leyendas escritas en rancios caracteres romanos (lo que me lleva a datarla como del siglo xiii ó xiv) que nos hablan en hierático griego y en litúrgico latín de un dios guerrero de guerreros. curiosamente, junto a las teofanías dibujadas en su panza, aparece varias veces la estrella de david, aunque eso sí: orlada de cruces. con toda seguridad nos describe a un fundidor judío en buena relación con lo cristiano.
por contra, la campana del mayorga es una campana civil, de elegantes formas y bello diseño de letras. renacentista, es obra de hombres: frente al teocentrismo el hombre como medida y paradigma del cosmos. su inscripción reza: se hizo esta obra por mandado de los vii señores iusticia y en el año del señor de mil quinientos y cuarenta y seis años. diego de bárcena me hizo. el auctor de ella, ufano (no en vano es la más hermosa y antigua campana civil que he podido estudiar) firma bellamente mediante dos sellos: uno que reproduce un león rampante de larga cabellera (símbolo solar y guerrero) orlado mediante la leyenda vincit leo de tribu iuda, radix david (venció el león de la tribu de judá, estirpe de david), y otro que muestra un pelícano dando sangre y vida a sus pequeñuelos, con la inscripción pellicanus solitudinis similis factus sum (fuí hecho de modo semejante al pelícano de la soledad). esta campana, mensajera, la fundieron cultos hombres para recordarnos que los días del hombre breves son (breves dies hominis sunt) o para destruir la mudez de la fortuna (ut placeat fortuna suo mute ferenda): así consta en escritura gótica y latín florido.
estas dos campanas, la del dios inmortal y la del hombre de cortos días y silenciosa fortuna, centrarán un diálogo espero que fecundo, un múltiple concierto, festivo y descomunal saludo a esta plasencia fundada y murada para placer de ambos.
y esta conversación a dos será coreada por más de 50 campanas ubicadas en más de 15 torres y espadañas, una coral de bronces que repetirán incesantes gritos de venid a mí los que teneis que trabajar, huid partes adversas: soy triunfante león de la tribu de judá, alabad al señor con címbalos de bello sonido, bendice señor esta tu heredad, jesús, maría y josé, soy la voz que clama en el desierto, preparad los caminos del señor y un largo etcétera de me hicieron siendo cura don ...
una gran ola de holas formará sonoro escudo de decibelios por sobre tejados y terrazas, hablándonos en campanudo lenguaje de una plasencia que, guerrera, nace en la frontera (encuentro con lo otro, alteridad que me alimenta y enriquece a pesar de ser muchas veces belicosa), así como de una plasencia que, faro de sabiduría y belleza, sueña utopías de otros mundos, otras geografías y otras razas entrando a corear una común salutación a la vida en este planeta, y de una plasencia en fin en secular y placentero siestear (siestear creativo y agónico que hoy, pasadas las furias de la modernidad, llamamos simplemente calidad de vida o dimensión humana).
plasencia es la ciudad donde el genius loci de las campanas corporiza todavía un algo cósmico y ancestral, un escanciado y claro recordar al mundo que, justo aquí, habita un puñado de mujeres y hombres bajo la sonora sombra de unas campanas sabias y viejas que hablan de la fugacidad del tiempo.
en efecto, tempus fugit.

retrocede La ciudad y sus ecos avanza
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