BARBER, Llorenç - notas ante la composición del concierto de los sentidos

notas ante la composición del concierto de los sentidos

para comenzar, es ésta una propuesta que nos planta ante y entre el aparente sinsentido de los sentidos en atropellada interconexión.
en efecto con todos los sentidos a flor de piel y en asombroso amontone se ofrece a nuestra degustación una música abierta de par en par, una música que espesa un espacio y un tiempo que, a sabiendas, queremos convertir en sugestiva caldera omniatentiva.
saturación sónica, magia envolvente, suculencia pantagruélica y empalagosa que pone en estado de iluminación un territorio, el perímetro de la catedral, para convertirlo en lugar escogido (locus iste a deo factum est). y ello para una muy especial coyunda sónica: un componer de sucesivos abrazos sensuales (multisensoriales) que anillen de titánica potencia un recorrido que es paseo circumvadeador de racimos rítmico-tímbricos para que, cinturón y barrera descomunal, estimulen y combatan hasta hacer estallar los muros de cerrazón y apartamiento que nos aislan y entumecen.
fiesta sónica de descomunales dimensiones. música festín. tirar la catedral por la ventana mediante descargas sónicas, olfativas, táctiles y gustativas de muy variable y musical intensidad, distancia y recorrido.
es también un concierto desinfectador de tiempos, territorios y muchedumbres. y este efecto de saneamiento es también un reivindicar una historia propia, grupal e intransferible que nos salve de tanta vulgaridad, de tanto abandono a causa de una concepción del arte (y de la música) en exceso refugiada en sí misma o en lo sublime e inefable.
no es esta una música que pueda ser llamada pura, sino, por el contrario, y agarrándose a un clavo ardiendo, conjuro y rito, inicio de una historia, abertura de un ámbito de libertad que puede (así al menos lo deseamos) ser clave para muchos de quienes acudan a este campo vacante a colmarlo y transformarlo con su presencia, o a desaparecer en lo que vive y siente y gusta (sin necesidad de interpretación).
decíamos que es una música festín. mas no una música de consumo en el sentido del oír-y-tirar, pues viene acompañada de enigmáticos lados oscuros, interrogantes y sombras, y el enfrentarlos demanda una lenta digestión. aunque festiva, pone los dedos en alguna de las varias llagas que hoy nos corroen y que ni las músicas de mercado ni las de pretensión artística o autoral encaran.
nubes de aromas, inciensos persistentes o acarameladas catedrales de azucar no buscan sino poner nuestros sentidos en estado de acoso, de sitio, en situación de que el mundo se nos caiga encima a quienes no siendo de piedra nos lo hacemos para subsistir y coexistir. la coexistencia aquí, en este peripatético atender voces como de otro tiempo, parece llamada a entrar de nuevo en convivencia, en convivium, mediante esta extraña música de acumulación e insistencia que es convite de signos arquetípicos: bandas, marchas de procesión, inciensos, campanas, cohetes y un largo etcétera que nos soba, nos sondea y nos baña en densas sensaciones que se parafrasean, se enfrentan, se cruzan y se suman en sinfónico y coral ir y venir.
pero además esta música de intemperie es de paseo, música a transitar, camino que se convierte en propedéutico oír por ecos y resonancias multiplicadoras y especulares. a veces también pasión donde los oyentes (receptores omniatentivos) se buscan a sí mismos y quizás se encuentran reflejados en el alma del recinto o del sonido (sonido cuya cara interna, cuando se la acepta como lo hacen los derviches giróvaros y en general los poetas y los místicos, es turbulencia paráclita, aliviadores alisios portadores de fascinantes no-mensajes, secretas ideas sobre el paso del tiempo).
y en este ceremonial concierto alrededor de la catedral, la escucha se vuelve cinegética, hay que cazarla al vuelo. todo un fugaz botín de sonidos-mundo a perseguir y cobrar, todo un montón de perlas sinestésicas, conversaciones impensables, viajes al interior del sentido y los sentidos, intrigas, fugitivos presentimientos, rumbos y pistas a seguir, cadenas de olores-sabores-sonidos a escarbar y, en su caso, degustar como mojones de una historia que nunca resuelve en graves conclusiones, sino que se halla plagada de desorientaciones, cartas cifradas, fragmentos, obviedades y pequeños caos que se suceden en urdimbres de rebotes, a veces inéditos, siempre insistentes.
pero hay, eso sí, una constante compositiva, un hilo conductor en este concierto de los sentidos: el contrapunto espiral, esto es, el constante entrar y perseguirse en espacial canon de ritmos, armonías, racimos de notas o masas de colores y timbres siguiendo un orden regular, un camino que no por casualidad forma una espiral de acontecimientos en derredor de ese monte-que-hermana-tierra-y-cielo que es la catedral. contrapunto que además asciende desde el suelo (con sus recovecos, retranqueamientos, bosques de ecos y resonancias) a las alturas de la torre de los conjuros pasando por el terrao, donde las moles de son de este hercúleo concierto toman resuello camino de lo alto, en donde las campanas (vesubio en acción) se sumarán, siendo reforzadas por fuegos reales y fugaces (escanciar de carcasas, sirenas, zumbadores, volcanes, silbadores y crakers).
y este musical rotar iterativo, pausado y constante de eventos públicos alrededor del eje arbol-monte, bañado de vibración y de fuego (¿quién se resiste a recordar el célebre palíndromo: in girum imus nocte et consumimur igni?) es un ritual y analógico traer a colación la virtus ingente del caudal sónico tal y como se manifestó en jericó, aquí de manos de esa clamorosa voz de todo un pueblo que es la banda. en efecto, parvadas de disciplinadas bandas, estratégicamente situadas para multiplicarse en ecos (ecos que por cierto hacen cantar a las piedras tanto como lo hicieron en su día los anónimos canteros) al dictado de sincrónicos cronómetros, dan vida y tensión a anillos concéntricos, armónicos círculos espaciales de música travesía cuyo jadeo suculento nos remontará a nosotros, transeúntes, fugazmente, desde una ciudad-valle-de-lágrimas, a una tierra-de-promisión-y-sueño.
esta música en el fondo es deseo de piedad para todos nosotros. y es ese deseo el que presta a este magno encuentro su acorde más eficaz y duradero, su tono justo. tono que lo es de una ciudad, de una historia, de unas generaciones. música tonante pues, para una época culpable de vidas apartamentadas e insolidarias.
el concierto de los sentidos es música que por rebasar la estética del puro estímulo sonoro, señorea una intervención ceremonial y pública que relega simplismos compositivos tradicionales al desván de los lugares comunes, y postula por contra la transformación orgánica de la propuesta compositiva en un proceso que llamaremos socioanalógico, o simplemente antropológico, esto es, en un proceso espesador de conciencias.
esta no es, quede claro, una música moderna y por ende excluyente, sino vieja e inclusiva como todo lo que la modernidad ha dejado de lado (por antigualla). es música contaminada y mestiza que retoma valores como el rito, la ceremonia, la unión con nuestro entorno, y nuestra insaciable y barroca (¿mediterránea?) manera de traducirlo.
música transitoria y envolvente. música (imaginativa expresión de una idea) que más que atraer a profesores, analistas o traficantes de fáciles melodías enlatadas y etiquetadas, quiere encarnarse en lo que damos en llamar gente de la calle. es que es la calle (y la plaza también) con sus reverberaciones pegándosenos a las costillas, y son sobre todo sus habitantes, y no el lenguaje utilizado, quienes devienen protagonistas de una música que se quiere rotundamente ocasional e iluminante.
iluminar, alimentar y gustar conforman la escucha creativa que promovemos, una escucha que nos abre y nos invita a explorar el lenguaje vibratorio del sonido, con sus ricos y desnortantes ecos, carrerillas, aglomeraciones, engolfamientos, acumulaciones, insistencias, repeticiones y armonías mil veces oídas pero cargadas de original sentido al tropezarse con-tra nosotros, paseantes de apretado presente.
música epidérmica a la que os invitamos, y fundamental. a la postre no para músicos profesionales, sino para ese músico que todo hombre lleva dentro.

retrocede La ciudad y sus ecos avanza
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