BARBER, Llorenç - respeto a las minorías

respeto a las minorías

nunca el arte, la música, fue tan libre, mas nunca la libertad tan sospechosa.
si es verdad que vivimos la fragmentación, la multiplicidad de estilos totalmente diferentes, el empleo en la música de todas las técnicas y medios, la desestabilización permanente de los códigos y la profusión -y por tanto liquidación- de referencias, citas, comentarios y excursus, también es verdad que vivimos de hecho instalados en la fonetización de los valores: se esgrimen palabras-bandera como pluralidad, coexistencia, fusión, respeto, etcétera, pero no se asumen en la práctica. por el contrario, se estimula de mil maneras el monocultivo musical, un estático y amodorrado componer sin énfasis que se ha dado en llamar música contemporánea.
en este final de siglo y de milenio asistimos de hecho en el mundo musical a un excesivo mantener las formas. un levítico, casi conventual, rechazo de todo desaliño y arrebato. un descreído escribir músicas que, rechazando trascendencias, huyendo de expresiones rotundas, es más bien doméstica cáscara hueca y sonora. y sin embargo hay muchas músicas que, malas hierbas, crecen por doquier pero no caben en la edilicia mente de muchos programadores: asilvestrados brotes musicales que, sacando los pies de tiesto, se plantan donde no deben y deslucen el bello y equilibrado esquema, acrítico y retórico, de quien pinta la realidad según su deseo. pero perturban y son sospechosos de desafección. y además, algo peor: son minoritarios, raros, excéntricos, algunos incluso únicos. y esto no se puede tolerar. es demasiada arrogancia en esta época de mayorías más o menos absolutas y condescendientes. de ahí que los propios colegas (y los aprendices de críticos y musicólogos) se encarguen, por bien de la música, de poner las cosas en su sitio, esto es, de limpiar y dar esplendor al intangible esquema. la prensa, solícita, repetirá hasta la saciedad, simplificando, pervirtiendo, convirtiendo en etiquetas o eslóganes lo que ellos pontifiquen. se tomarán, pues, las oportunas precauciones para que ningún espacio de representación caiga, ni ocasionalmente, en manos de tales arribistas, posibles usurpadores de la música-dios-único. hay que negarles toda existencia, no proporcionándoles subsidios y aparcándoles en los bordes inocuos de lo amateur. hay que ser convenientemente exclusivos. (todo, claro, por la música).
un ejemplo: el extinto ente "Madrid, capital cultural" ha editado un libro, hermosote, titulado algo así como Compositores de Madrid. lo han escrito, cómo no, eximios colegas. en él aparecen, con bios y gran foto, los compositores que habitan nuestra ciudad. pues bien, se ha cuidado con esmero que no aparezcan ni juan hidalgo ni cualquiera de sus algo perturbados continuadores estéticos, que de muy diversa calaña la pueblan.
esto se llama limpieza estética en el más cruel y serbio sentido del término.
otros ejemplos: escudríñese la lista -dondequiera que se halle- de los compositores que reciben encargos, o de los que son programados en auditorios o similares. más todavía: échese una mirada somera sobre los nombres de los compositores que cargan ellos solos sobre sus pobres espaldas con la responsabilidad de representar la nueva música española siempre que los fastos del estado lo requieran.
otro ejemplo más modesto: mírese en los anales qué compositores cumplen años o decenios como dios manda, y quiénes envejecen pausada y modosamente sin molestar a nadie.
por supuesto, que nadie busque en las revistas del centro de difusión para la música contemporánea, porque sencillamente no las hay. en españa no existe ni un miserable boletín musical (tras esta fastuosa década de maravillas) donde los compositores que lo necesiten puedan escribir, especular, dudar, inflamar, excrementar o dibujar sus sueños, inquietudes o propuestas.
¡qué decir de la prensa especializada! la limpieza estética es total y sistemática. profesional, diríamos. pero, bueno, es su casa y su negocio y seguro que hace bien o más que bien. el ministerio de cultura debería ser otra cosa o, mejor, debería al menos tener la decencia de desaparecer y no dejar descendientes. serían los mismos que hoy lo pueblan y sería puede que peor.
la prensa ordinaria va a lo suyo: al bulto (a la mayoría). y el bulto en música seria suelen ser los divos (mejor junto a la reina o algún ministro avispado), las efemérides (suelen dar buenos dividendos) y los escándalos (capítulo en el que los compositores damos para poco).
de todas maneras, la limpieza estética no es tan perfecta. siempre hay resquicios, sea por despiste, por esnobismo, por mala conciencia, por curiosidad, porque queda bien una cana al aire o porque el público, el gran ausente de este no declarado y vergonzante debate, lo reclame. además, siempre queda el extranjero, que es muy, pero que muy, grande.
en definitiva, un cúmulo de clichés, tics, egoísmos y malentendidos apuntalan nuestro complaciente panorama musical. un panorama monocorde y pobre, aunque más por los límites que se autoimpone y genera que por la naturaleza misma de la música. una música que nos abre las carnes y el cerebro para recibir una gozosa experiencia de oscilación (entre pertenencia y extrañamiento) del mundo posmoderno como chance de un nuevo modo de ser -quizás, al fin- humano.

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