MIRANDA, Luis - Víctor el Campanero

Víctor el Campanero

El sacristán que se comunicaba con el cielo

Puf, puf. Dos veces al día, la regordeta humanidad de Víctor Urbina Terrones sube jadeando por el interior del estrecho tubo de cincuentaiún metros verticales que es el campanario más alto de Lima, en la basílica de María Auxiliadora de Breña. Puf, puf, sube casi atorándose dentro de esa manguera de cemento cuya escalera de caracol parece fabricar peldaños. Así, trapo, lo escuchan llegar sus diez conejos, veinte cuyes y su gata Susana, encogida perezosa sobre la conejera.
Lo escuchan y corren a taparse los oídos. Porque ese resoplido funge en sus animales de estímulo pavloviano. La respuesta colectiva es pánico. Ya saben que Víctor Urbina atrapará de un brinco la soga colgante, se balanceará como un Tarzán panzón y un sonoro talán de terremoto retumbará en la paz del recinto. Sus cuyes quedarán vibrando como ratas a pilas. Taannnnnnng.

Así darán las doce en Breña. O las seis en punto, porque Víctor Urbina, cajamarquino de nacimiento, treinta años como fiel campanero, es el rey de la puntualidad. Y sabe que del talán dependerán muchas cosas en el ámbito sónico del tañido. Si es de mañana, los jugos gástricos de medio distrito comenzarán a fluir, el aroma de las ollas anunciará la naturaleza del almuerzo y los peatones se detendrán un momento para escuchar el bello sonido de los bronces.
Si es de tarde, las viejitas saldrán a comprar el pan tolete para el lonche, los chicos de los colegios vespertinos gritarán ye preparando la salida y sus cuyes y conejos sabrán que un poco de flores de iglesia caerán, a falta de alfalfa, en la penumbra del corralito-campanario.

Y es que ser el sacristán de la iglesia mayor de los salesianos le ha dado a Víctor el alto privilegio de administrar a su libre albedrío la torre más alta de Lima, después del Centro Cívico. Mide lo que un edificio de veinte pisos, desde la robusta base hasta la punta de la cruz cristiana, pasando por la blanca estatua de María Auxiliadora y el Niño, que lanzan sus bendiciones sobre la segunda cuadra de la avenida Brasil.

Los ocho niveles de la torre sirven, uno lo ve a medida que va subiendo por la escalera de caracol, de depósito, puf, de ingreso al salón de coros, puf puf, de corral de cuyes, puf puf, de corral de conejos, puf puf, de palomar, puf, puf, de aposento del reloj de péndulo, repuf repuf, de recinto de las campanas y pufffff, de mirador espectacular de Lima. Pero, sobre todo, de plácida cueva de reposo para los trajines del día (barrer, trapear, lavar).

Los curas no saben que aquí crío mis cuyes, dice, él mordiéndose las uñas. No saben que él no tira las flores que traen los fieles al tacho de basura, sino que se las da de comer a sus conejos y cuyes, panzones como él. No saben que este lugar acariciado por la brisa marina que llega desde Marbella es lo más espiritual que tiene la iglesia, sobre todo cuando las palomas revolotean en torno al campanario. No saben que aquí se entiende mejor eso inexplicable que es Dios, tocando como un loco las campanas, llamando a misa, saludando a la procesión, festejando un matrimonio o lamentando –con lentos compases– la muerte de algún parroquiano.

No saben que él toca la campana y se recuesta contra el muro para ver a la gente que va llegando a la iglesia, como hormiguitas, esa gente para la cual, cada fin de mes, acude en su bicicleta a comprar veinte mil hostias en una panadería. Ni siquiera saben que una tarde la ciudad se quedó sin talán.
Las viejitas sin pan tolete sí lo notarían.

MIRANDA, Luis
http://luismirandablog.blogspot.com/ (sábado, junio 03, 2006)
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  • Campaneros: Bibliografía

     

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