GASPARINI, Marina - La campana

La campana

Ecos y memorias del pasado resuenan en Venezia

Es todavía de noche. Camino por calles iluminadas por farolas que no alumbran. Camino lentamente. El paso me lo da la lentitud con la que se acerca la claridad. Los amaneceres de invierno llegan con el misterio de la noche pegado a la piel. Muchas de las incógnitas que trae consigo esa luz se quedan adosadas en los muros de las iglesias, en los mármoles de los palacios, en las calles de la ciudad. Saliendo de lo oscuro y bajo una luz aún soñolienta, las tallas en piedra que coronan las iglesias muestran toda su desnudez. Brazos perdidos que ya nada señalan, cuerpos girados hacia figuras ausentes y rostros consumidos por el tiempo se alzan como un trío de Schubert en el claror de una mañana de marzo. A esa hora me adentro en un silencio que trae consigo viejas voces y nuevas resonancias. Poco después de las seis de la mañana, salgo al encuentro de las campanas. La primera, y también la última en sonar, es la campana grande del campanile de la piazza. La llaman la Marangona (1). Es inconfundible. Es la campana honda de Venezia. Es la de San Marco.

Las campanadas irrumpen como los recuerdos. Son ecos del pasado y de la memoria que llegan con ritmo y sonoridad. La Marangona continua sonando. La claridad comienza a teñir de blanco la Basílica. Recuerdo otros amaneceres. Tiempos en los que despertaba bajo la estridencia inquietante de las guacharacas. Aquellos eran los cielos de mi ciudad natal. Allá el paso del tiempo huele a tierra mojada y árboles quemados. Allá sabemos que la lluvia es también un olor. Y el sucederse de las horas es el cansancio que se lleva en el cuerpo. En la ciudad de mi infancia las campanas no suenan. Están mudas.

En el tañer de campanas escuchamos voces de tierras distantes y tiempos idos. ¿Acaso llegaron ellas al Nuevo Mundo con el hombre a caballo? ¿Fue su sonido metálico confundido con el de las herraduras de los cascos corriendo sobre caminos apenas adoquinados? Desde lo alto de las iglesias ellas marcaban el tiempo en una tierra que conocía la hora por la luz del sol y la longitud de la sombra. Para el hombre que vino de ultramar, las campanas tocaban las nostalgias del pasado que había quedado del otro lado del océano. La añoranza de las costas lejanas repicaba en sus toques. Ellas recordaban otros cielos y otros paisajes. La noche, la noche llena de rumores de tamarindos, /… / te devolvía a otro tiempo, / al tiempo de tu aldea con campanas /… / Tú estabas dormido bajo las estrellas de otro mundo (Vicente Gerbasi) ¿Fue acaso esa melancolía la que silenció las campanas de mi ciudad natal?

Aquellos cielos vacíos de campanas repican en esta ciudad de campanarios y chimeneas. Regreso a casa por calles cifradas. En el ángulo de un palacio veneciano y en la fachada que da sobre un campiello oscuro, una virgen tallada en piedra mira hacia lo alto. Un farol la ilumina. Dirijo la mirada hacia lo que ella ve con tanta abnegación. El campanile storto de Santo Stefano se alza ante mis ojos. En Venezia, una mirada santa detiene a un campanario en su caída. Son las siete y media de la mañana: …entonces se oye tu martilleo / sonando en todas las campanas de la ciudad (Rilke). Es la hora del Angelus. Tres Ave María deben acompañar este redoble. Así lo establece el culto. Así debe hacerse las tres veces al día que las campanas doblan por la madre de Cristo. Recuerdo el Angelus de Millet. En ese cuadro una pareja de campesinos ora de pie en medio de un campo de trabajo. Al fondo, un pequeño pueblo. En la distancia, un campanario. Entonces, escucho la devoción y el silencio que resuenan en las campanadas que le dan nombre a la obra.

Entre los cielos y la tierra se alza la campana. Pegada a los muros del campanario de Santo Stefano siento la vibración de su repicar. Antes de sonar y ser alzada, la campana es bendecida y lustrada con aceites santos. Ella es un ser vivo con voz y nombre propios. Y dicen que bautizarla fue un rito que se impuso con dificultad. La resistencia comenzó a ceder gracias a una capitulación de Carlo Magno del 23 de marzo del 789. Y se cuenta que fue Paolino, obispo en Nola, cerca de Nápoles, el responsable del uso sonoro de la campana como instrumento sagrado en las celebraciones litúrgicas y en la vida monástica. Se desconoce cuándo el culto cristiano comenzó a usarlas, pero lo que sí se sabe con certeza es que desde el siglo VII doblan en Italia por los ritos y la piedad.

La voz de la campana, como la nuestra, envejece, pierde tono y muchas veces es la nota que desafina a sus compañeras en el vuelo. Sólo queda bajarla, aislarla y fundirla. En las nuevas campanas se escuchan ecos y memorias de sus antecesoras. El bronce utilizado es la razón. Ellas, que anuncian el paso del tiempo, tienen también el suyo. Pierden brillo. Desentonan. Enronquecen. Cuando una campana es bajada de las alturas del campanario es como un ataúd que desciende a la fosa que se ha cavado en la tierra. Sin embargo, en ausencia sus tonos continúan escuchándose. Las campanas no mueren. Ellas sobreviven como la madre muerta en la gestualidad de las hijas. La historia de las campanas es una de generaciones y filiaciones.

Las campanadas son voces que nos trae el viento. Pero ya no sabemos escucharlas. No entendemos lo que sus toques nos quieren decir. Han pasado siglos desde aquella otoñal Edad Media que Huizinga estudiara. Desde las primeras páginas de ese libro escuchamos el claro y diáfano tañer de las campanas. Allí nos cuenta que su sonar, por múltiple que fuese, no era nunca confuso: Las campanas… anunciaban con su voz familiar, ya el duelo, ya la alegría, ya el reposo, ya la agitación… Se las conocía por su nombre y se sabía lo que significaba cada uno de sus diferentes campaneos. No se era sordo al sonar de las campanas. Nada en su repicar era azaroso.
La muerte se proclama con sonidos muy lentos. Sus toques son tan pausados como el silencio que le da el compás. Algo tan grande y serio como Ella es anunciado por la más pequeña de las campanas. Desde lo alto del campanario, la muerte marca su tempo. Ante su repicar, todos aminoran el paso. Callan. Sólo se escucha la campana pequeña. La campana que le habla a los vivos de los muertos. No preguntes por quién dobla la campana: ella dobla por ti (John Donne).
Y cuando la campana suena a muerto, es difícil no recordar cuando murió Susana San Juan, un 8 de diciembre de un año para nosotros desconocido. Ese día Comala despertó bajo el repique de campanas. Sonaban todas.

"El repique comenzó con la campana mayor. La siguieron las demás. Algunos creyeron que llamaban para la misa grande… Pero el repique duró más de lo debido (…) Llegó el mediodía y no cesaba el repique. Llegó la noche. Y de día y de noche las campanas siguieron tocando, todas por igual, cada vez con más fuerza, hasta que aquello se convirtió en un lamento rumoroso de sonidos (…) ¿Qué habrá pasado?, se preguntaban. A los tres días todos estaban sordos. Se hacía imposible hablar con aquel zumbido de que estaba lleno el aire. Pero las campanas seguían, seguían, algunas ya cascadas, con un sonar hueco como de cántaro.

-Se ha muerto doña Susana
-¿Muerto? ¿Quién?
-La señora.
-¿La tuya?
-La de Pedro Páramo".

Intento imaginar lo que ha debido ser Comala en esos tres días. Don Pedro no le perdonó al pueblo las fiestas y el jolgorio con que éste intentó acallar el tormento que se instaló con el batir de campanas. Parece que ni los mismos cielos agradecieron el exceso de ese tañer. Nunca más se oyeron campanas en Comala. En la tierra de los muertos, no hay vivos que redoblen bronces por ellos.

Hay caminos que se hacen como peregrinación. Y sólo la devoción guía los pasos hacia la escucha de la Marangona. A las siete de la mañana y a medianoche, la campana de Venezia suena sola. Ninguna otra osa doblar con ella. Cuando el campanario de San Marco se desplomó el 14 de julio de 1902, ella fue la única que sobrevivió al desastre. De las otras cuatro campanas se recogieron sus pedazos. Y San Gabriel, desde su privilegiada altura, no abrió sus alas; fragmentos de su cuerpo dorado se encontraron bajo los escombros. En su abrupta caída, la Marangona se inclina y cae de rodillas ante las puertas de la Basílica.

Las campanas colman vacíos y dan tono a la soledad. Redoblan la alegría y cantan el desconsuelo. En su sonido oímos voces del silencio. Del nuestro. Con redobles, la Memoria deja escuchar sus resonancias. Es la vida la que redobla.

Las campanadas son golpes al alma. Anima es el nombre de la concavidad que el péndulo golpea con ritmo e implacabilidad. Los golpes del alma son los de las campanas y la poesía. Recuerdo que a José Martí, las campanas, el sol y el cielo claro, lo llenaban de tristeza. Una emoción similar embargó a Walter Benjamin en Moscú. El 30 de enero de 1927 celebra que la ciudad se encontrara casi liberada de esos sonidos de irresistible tristura. Y Antonio Machado, desde sus soledades de Castilla canta: Las campanas del alba / sonando están./ Como lágrimas de plomo / en mi oído dan… El alma de la poesía es una campana cascada. Gloriosamente hendida. Cada redoble es una cuenta más del rosario. Cada tañido, una posible letanía. La poesía y los golpes de campanas son resonancias de lo sagrado. En versos y redobles escuchamos los tonos con que la vida continúa contándose.

Llevo en mí una ciudad cuyos recuerdos son campanadas que señalan otros aires, otros tiempos y un prolongado sentir. Las campanas de mi ciudad natal son trinitarias coloridas que guardo en los ojos. Sus redobles son olas en noches de luna llena. En costas del litoral dejamos nuestros sueños en vasija que el mar tiene en sus profundidades. Las campanas de mi ciudad redoblan en el silencio del recuerdo.

A las seis en punto de la tarde en Venezia suenan a coro las campanas de La Salute, el Redentore, San Giorgio y San Marco. Desde lo alto de la punta de la Dogana, la diosa Fortuna y San Gabriel, desde la cúspide del campanile de la piazza, bailan en pareja al compás que les marca el vuelo. A la izquierda, el campanile storto de Santo Stefano, centinela de mis días y guardián de mis sueños. Golpes de memoria resuenan por los cielos.

Nota
(1) La Marangona tañía el inicio y el término de la jornada laboral de los artesanos carpinteros (Marangoni) del Arsenal de Venezia. A su campaneo jornalero se sumaron los obreros asalariados de la ciudad.
Las cinco campanas de San Marco están afinadas en la tonalidad de la mayor; la Marangona, con sus 3.625 kilos, redobla en La.

GASPARINI, Marina (Ensayista)
Verbigracia nº 12 (21/09/2002)
  • VENEZIA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (historia general y tópicos): Bibliografía

     

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