HERA, Manuel DE LA - Campanas en los campos

Campanas en los campos

Hace ya bastantes años mi viejo amigo el marinero, cuando era todavía muy niño, vivía en un pequeño pueblo costero rodeado de arenales.
Todo era llano a su alrededor y lo único que ponía una nota distinta en el paisaje era un río que desembocaba junto al pueblo. En su primera salida hacia otras tierras se quedó asombrado porque se encontró con algo que sobrepasaba, en mucho, lo que había imaginado, basándose en lo que le había contado su madre sobre el pueblo en que había nacido; un pueblo chiquito encaramado en una serranía sureña cuajada de barrancos y de grandes árboles. Algo más allá, hacia un lado y hacia otro, aparecían, en la distancia, otros caseríos que eran como unas pinceladas de blanca cal entre el verdor de la vegetación de la serranía y que, al decir de su madre, se hablaban entre sí por medio de las campanas de sus iglesias. Campanas que repican a gloria o doblan desoladas.

A mi viejo amigo el marinero, cuando ya su rostro está cuajado de surcos labrados por los fríos y los rociones de la mar, no se le han olvidado los sonidos de las campanas en los campos, en especial los de aquella primera vez que sus oídos se abrieron a esa música lejana, que a él llegaba después de haber recogido el especial sabor de aquella serranía, de aquél campo cuajado de barrancos y de grandes árboles en los que el sol y el aire jugaban a crear fantasías insospechadas de luz, de colorido y de sonido. Mi querido y viejo amigo se hace más sensible ahora, en este tiempo en el que el alma se abre, de par en par, en amorosa espera de ese anuncio de paz a las gentes de buena voluntad. Campanas de amor y de paz.

Expectación llena de firme convicción; de esa seguridad que se apropia del sentir humano cuando reconoce su pequeñez y confía, plenamente, en el anuncio que se hizo a unos pastores, en los campos de Belén. Anuncio que se mantiene vivo en el mundo y que se repite cada año, en estos días, con el sonido cariñoso de unas campanas que inundan los cielos de los campos. Son campanas que a nadie dañan sino que a todos llevan el mejor deseo de paz y amor, de sinceridad y de amistad. Son campanas sencillas y hablan de gloria.

Mi viejo amigo marinero me ha dicho que a él le gustaría ir a la serranía que acunó a su madre y escuchar ese sonido de paz y amor en la noche navideña. No sabe si las campanas siguen sonando porque ahora la forma de vida es distinta, pero cree que aunque las campanas no suenen él es capaz de volver a oírlas en la noche serena de la Navidad, lo mismo que aquí, en tierra firme, oye silbar el viento entre la jarcia de su viejo barco que navegaba por la mar.

Que nunca dejen de sonar las campanas en los campos y allá donde quiera que estén. Llevan a las almas el mensaje de salvación del mal. Su tañido es suave y enternecedor.

HERA, Manuel DE LA
El Faro Ceuta - Melilla (19-12-2006)
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