CABALLERO, Javier - El sonido de Nochevieja viene de Palencia

El sonido de Nochevieja viene de Palencia

Su sonido se asocia a villancicos y Navidad, pero fueron durante siglos el medio de comunicación más eficaz de Europa. Avisaban de fuegos, tormentas y sucesos, además de pautar la rutina religiosa y civil de los pueblos. La familia Quintana lleva fundiendo campanas desde 1637 y guarda los mágicos secretos de la profesión en su taller palentino de Saldaña. Reciben encargos hasta de Madagascar. Esta Nochevieja más de 8.000 campanas suyas, diseminadas por toda España, repicarán para dar la bienvenida al Año Nuevo

Estampa de la fundición de Quintana, en Saldaña, cerca de Palencia. En primer término, el torno o terraja, que confiere el perfil al instrumento. - Foto CONESA, Chema

Tañidas con estrépito alertaban de granizos, fuegos y emergencias. Han sonado para guiar a los que se perdían en los campos e incluso para avisar a los remolones de taberna que era hora de recogerse. Traen eco negro de muerte y duelo cuando se apaga una vida, aunque ríen alborozadas en piruetas y volteos si comunican matrimonio u otra suerte de buenas nuevas. En estos días afinan su cuerpo de bronce para que en Nochevieja 12 golpes de badajo maten este 2006, festivos ding dong que saludarán un año a estrenar.

Cuando a las 12 de la noche del próximo domingo hablen al unísono las campanas de los 8.008 municipios de España, los Quintana brindarán por 2007 en la intimidad de su hogar. Podrían bajar a la plaza de muchos pueblos y ciudades a comerse las uvas y así apreciar in situ la afinación de un sonido que les resulta familiar. De su fundición en Saldaña, a escasos 60 km de Palencia, han salido miles de campanas y carillones.

En ineludible ritual, sus contundentes voces abren y cierran 365 días. «Pueden ser unas 8.000 de nuestras campanas las que suenen en Año Viejo. Calcularlo con precisión es muy difícil. En muchas otras hemos intervenido en restauraciones, refundiciones y arreglos», reconoce Manuel Quintana (63 años y nacido en la palentina Villota del Páramo), cabeza de una saga que lleva fabricando este evocador objeto, a caballo entre la comunicación y la música, desde 1637. La única competencia en España viene de los talleres que tiene el Grupo Valverde, pero nadie acalla en calidad y antiguedad a los Quintana.

Muchas generaciones después, Manuel, flanqueado por sus dos hijos varones, custodia con purismo el oficio ancestral. En realidad, no debe distar mucho su método del de Clemente de Quintana e Isla, primer antepasado que colocó una de 16 quintales en la iglesia navarra de Lerga, marcando el kilómetro cero de un gremio familiar que se precia de ser uno de los más antiguos de Europa. «Me encanta mi trabajo con esa raíz familiar de toda la vida, aunque de crío me llamaban "¡campanero, campanero!" y era como un insulto para chincharme», recuerda. «Imagina que cuando era chaval para hacer campanas no necesitábamos ni tener luz eléctrica. Era un espectáculo mágico», añade elevando las cejas.

Uno de los moldes se ha de romper para descubrir el bronce. - Foto CONESA, Chema
Un lector de frecuencias o espectómetro comprueba que cada campana suena con corrección. - Foto CONESA, Chema

Raíces montañesas

Originarios de Cantabria, los viejos Quintana nomadearon de villa en villa ofertando su mercancía por Burgos, León, Palencia, Valladolid, Navarra, Soria, Tierra de Campos... Acarreaban sus bártulos desde Arnuero, embrión santanderino de la familia, para fundir campanas por todas las comarcas. En ello se afanaron durante tres siglos. Al cesar la Guerra Civil y por causas de amoríos, el padre del actual propietario se instaló en Saldaña. Allí, donde cruza tangencialmente el Camino de Santiago y se disipa la niebla castellana, un par de naves que suman 3.000 metros cuadrados, dos hornos y 14 trabajadores se siguen dedicando a este noble menester. «Y esperamos seguir muchos años más. Es un negocio estable, aunque en desuso y lejos de estar en expansión. Quizá el boom de producción, al igual que en Europa tras los conflictos bélicos, se produjo después de la Guerra Civil. En muchas zonas robaron las campanas porque las fundieron para munición. Se esquilmaron en zonas de Guadalajara, Teruel, Asturias... En la posguerra se repuso mucho, pero algunas se hicieron con hierro y latón. Y así están de mal. Hemos intervenido en muchas de ellas y hemos automatizado su volteo», relata Manuel Quintana hijo, que a sus 36 años ejerce de jefe de ventas y, cómo no, es maestro campanero. Como su padre. Como su hermano Ignacio. Quién sabe si como sus hijos en el futuro...

En un país con debates sobre el laicismo, la Iglesia Católica es el principal cliente, «y de momento paga religiosamente» hasta los 60.000 euros que puede costar el producto, desde la fabricación hasta el traslado y montaje final. Parroquias, naos, catedrales, iglesias y ayuntamientos suman un parque total aproximado de entre 180.000 y 200.000 campanas. En Quintana se calcula que unas 40 toneladas de bronce campanil – llamado así por su magnífica aleación de 78% cobre y 22% estaño– salen de sus instalaciones. Esto da un volumen de más de 400 campanas al año, así como un par de carillones (grupos de campanas). A siete euros el kilo de bronce, es fácil calcular el gasto de una empresa que factura un millón y medio anualmente. Las dimensiones y el peso oscilan desde los escasos kilos de las de carillón hasta las dos toneladas de los colosales esquilones que penden de las torres de muchos templos. «Aunque estamos adaptando un nuevo horno para colar campanas de hasta 20 toneladas», se muestra confiado el veterano Manuel. Allende las fronteras, Sudamérica es uno de sus principales clientes, motivado por la evangelización que pobló de iglesias el Nuevo Mundo. El destino más exótico se llama Madagascar. ¿Europa? Mercado tabú, por aquello de las excelentes campanas que se hacen en Rusia, Alemania, Italia, Francia, Holanda o Bélgica. La más sublime, la austriaca, que por algo se funde desde 1200. «Cualquier ciudad europea cuenta con unas espectaculares campanas como los carillones de Brujas o la catedral de Viena», apunta el hijo. «Emociona escuchar la de 22 toneladas del Sacré Coeur al mediodía, en París. Tiene una cadencia increíble», replica el padre.

Todas y cada una de las que hacen los Quintana se fabrican en cuidadoso y complejo proceso, una mezcla de alfarería inmemorial, horneado repostero, fragua de Vulcano y afinado de orquesta. Un universo alquimista de moldes de barro y cáñamo que dan forma, resplandor de fuego a 1.000 grados y bronce colado que corre como lava y que, una vez enfriado, nace a la vida.

Por muy tradicional que sean sus entresijos, el oficio no vive de espaldas a las nuevas tecnologías. Para que den la nota con tino un espectómetro o lector de frecuencias ajusta sus armónicos, longitudes de onda iguales y agradables al oído, dicho prosaicamente. Si desafinan hay que rebajar el grosor en milímetros del bronce, «aunque esto ocurre muy pocas veces, sólo con las campanas de carillón, ya que en las grandes los desajustes sonoros son imperceptibles a nuestro oído», apuntan. Como epílogo a este proceso, se añade el asa de bronce que se amarrará a un yugo de koga (madera antitermitas venida del trópico), y un badajo de acero dulce, antes de instalarse en su definitiva morada en las alturas. «Es un juguete que hay que tratar con cuidado. Si tienes vértigo mejor no te dediques a esto porque hay que trabajar en sitios reducidos y altos», detalla Mariano Martínez, carpintero y montador, que lleva 23 años en la casa.

Lenta recuperación

Mientras saltan las virutas de un yugo, un carillón cobra vida a las 12 en punto. Su tintineo convive con chisporroteos y los martillazos del taller. Ignacio Quintana a lo suyo, ajeno a esta loca sinfonía. «Desde pequeño me di a esto, me gusta. Aprendí en los veranos», cuenta el hijo menor mientras se apoya en una reluciente y colosal campana que viajará a Benasque, Huesca. «En algunos pueblos se trata de recuperar los antiguos toques. Lástima que los que los conocían se han ido muriendo. También hay cierta presión popular porque las campanas molestan las horas de sueño, y los ayuntamientos terminan regulando el tema», se lamenta.

El taller-fábrica de los Quintana obtuvo su porción de crónica social con motivo de la boda de los Príncipes. «Es cierto, pero previamente hicimos trabajos en la catedral de la Almudena para la visita de Juan Pablo II. En la torre que da a la calle de Bailén colocamos cuatro campanas de volteo. Y hay un carillón de 15 campanas, que suena todos los días. En la torre orientada al Campo del Moro hicimos arreglos en las cuatro campanas. Las trajimos aquí, y luego las montamos y automatizamos», comenta Manuel hijo. Ahora en el templo madrileño se oyen villancicos... Incluido ese himno de la Navidad que arranca con el, empalagoso cual polvorón, Campana sobre campana.

La firma Quintana se oye en otros muchos lugares más o menos ilustres. Se muestran especialmente orgullosos de su trabajo en la catedral de Begoña en Bilbao, en Burgo de Osma, Logroño, Alcalá de Henares, refundiciones de campanas de templos góticos, un volteo electrónico patentado... Manuel Quintana es además uno de los impulsores del Museo de Campanas de Urueña, en Valladolid, y se cita con maestros de toda Europa en congresos internacionales. «El último se celebró en Noruega y hablamos de cómo está el mercado, los materiales, si hay una nueva directiva de la UE en nuestro sector, asuntos así», explica la familia.

No hace mucho lustros, las campanas hablaban. Y se explicaban con mucho detalle. Sus mensajes eran religiosos y civiles. De los primeros destacan el toque de difuntos (que distinguía la muerte de niño, mujer, varón o miembro de la iglesia) maitines, funeral, misa, Ángelus, oración, vísperas, laudes, salida en procesión, toques privativos dentro de conventos y comunidades para pautar su rutina... La excepción se produce en Viernes Santo, jornada en que todas callan en homenaje a la muerte de Cristo. En Domingo de Resurrección reanudan su clamor.
La empresa en 1920.
De izqda. a dcha., Manuel jr., su padre Manuel y su hermano Ignacio en la actual nave.

Último trago

Los tañidos civiles también guardan matices pintorescos. El toque de queda se traduce como 50 campanadas que atronaban para que la gente que trabajaba fuera del pueblo volviera a sus lares y así proceder a la clausura de las murallas. En algunos pueblos de Galicia avisaban de la llegada de los pescadores... y de los frutos del mar que traían. Existe todo un repertorio para que comiencen los encierros taurinos por las calles. También se tañe a rebato si se produce un incendio, o cuando amenazaban escuadrones aéreos durante la guerra. En Aragón, el toque de los perdidos se realizaba para orientar a los caminantes desorientados durante la noche, e incluso se toca para quien se aletarga en los bares y así regrese con la desesperada parienta. Ya se sabe que en Reino Unido si suena the bell se acabó el bebercio.

Los antropólogos y sociólogos podrían bucear a través de esta España de campanarios y tañidos, donde había un sonido para pagar la contribución, y hasta un toque en Andalucía que anunciaba el final de la siesta. Las campanas espantatormentas –con versos ahuyentadores inscritos– no necesitan ni explicación. «Hace décadas eran la televisión de entonces, la telefonía móvil. Es una pena que vayan desapareciendo porque son un medio de comunicación ecológico y gratuito», se resigna Agustín Martín Merino, médico de profesión y, uno de los mayores expertos en campanas de España, por devoción. «Han sido importantísimas, no sólo en sentido litúrgico porque 3.000 años antes de Cristo ya se usaban en China». Del mismo parecer son los miembros del Gremio de Campaners de Valencia, una de las pocas asociaciones que tratan de inventariar, difundir y conservar este patrimonio. O el músico valenciano Llorenç Barber, quien ha interpretado memorables conciertos de campana por toda Europa. «Es un instrumento mágico, no sólo propio de la cultura cristiana. Ocupa un espacio, una altura distinta según la cultura, pero siempre ha acompañado al hombre», expone. Peor suerte que el afamado instrumentista corrieron los pequeños talleres de Perea en Miranda de Ebro; Cabrillo, en Salamanca; Murúa, en Vitoria; Erice, en Pamplona; Barberí, en Olot; Marclús, en Valencia; Rosas en Jaén; Linares, en Madrid; Moisés Díez, en Palencia... A los Quintana no les silencia ni la modernidad.

CABALLERO, Javier
El Magazine de El Mundo (24/12/2006)
  • BARBER, LLORENÇ: Toques y otras actividades
  • BARBERÍ (RIUDELLOTS DE LA SELVA): Inventario de campanas
  • CABRILLO (SALAMANCA): Inventario de campanas
  • CAMPANERS DE LA CATEDRAL DE VALÈNCIA (VALÈNCIA) : Toques y otras actividades
  • DÍEZ, MOISÉS (PALENCIA): Inventario de campanas
  • ERICE, VIDAL (PAMPLONA) : Inventario de campanas
  • LINARES ORTIZ, CONSTANTINO DE (CARABANCHEL BAJO): Inventario de campanas
  • MANCLÚS, SALVADOR (VALÈNCIA): Inventario de campanas
  • MANCLÚS, SALVADOR (VALÈNCIA): Intervenciones
  • MANCLÚS, SALVADOR (VALÈNCIA): Inventario de relojes
  • MURUA (VITORIA): Inventario de campanas
  • MURUA (VITORIA): Inventario de relojes
  • PEREA (MIRANDA DE EBRO): Inventario de campanas
  • QUINTANA, CAMPANAS (SALDAÑA): Inventario de campanas
  • QUINTANA, CAMPANAS (SALDAÑA): Intervenciones
  • ROSAS, CAMPANAS (TORREDONJIMENO) : Inventario de campanas
  • ROSAS, CAMPANAS (TORREDONJIMENO) : Intervenciones
  • Conciertos de campanas: Bibliografía
  • Congresos, reuniones científicas: Bibliografía
  • Fabricación, fundición de campanas: Bibliografía
  • Fundidores de campanas: Bibliografía
  • Toques manuales de campanas: Bibliografía

     

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