MONTERO ALCALDE, A. - Campanas de Utrera

Campanas de Utrera

¿Verdad que son rotundas las campanas? Casi animadas y corporales, porque hablan moviéndose. Pero al abrigo de su robusto porte se cobija un alma etérea, agazapada quizás en las aéreas entrañas del metal, que paren repiques y toques para anunciar las celebraciones litúrgicas y los acontecimientos civiles. Sabe mucho de esto José Giráldez Sousa, campanero de Utrera que ha sosegado su magisterio de toques y volteos en unas páginas tan deliciosas como un repique de gloria: «La singular historia de las campanas de Utrera. Tratado de repiques y tañidos» (Siarum Editores). Libro en el que se da cuenta de la vetusta edad de las campanas, repartidas, según su envergadura, en un familiar «escalafón campaneril»; además de detallar las partes de su oronda anatomía, las maneras de voltearlas y saltarlas, las partidas de bautismo de cada una de ellas, un recuperado elenco de toques y repiques, y, además, la identidad y peculiaridades de muchos campaneros de Utrera.

Tal vez repasar con sosiego estas páginas sea buen ejercicio para quienes, atrapados por el ruido de los días, no conocen, o han olvidado, el íntimo lenguaje de las campanas. Esa sonora gravedad del bronce de las campanas «gordas», que se atempera en el repique de los esquilones, para que el bautizo de los días o la agonía de las tardes se celebre con el celestial reclamo de los campanarios. Ya Quasimodo nos introdujo en las maneras de un oficio recóndito, que se ejercía con el voto de una soledad ilustrada. Pero el cuidado de las campanas, en los altos santuarios de las torres, es un noble oficio que -antes de ceder a la tecnología y a los automatismos- seduce a muchos jóvenes con el reclamo de los siglos. Una conjunción prodigiosa de pericia y equilibrio para disciplinar toneladas de metal sonoro con el agigantado peso de la valentía. Porque mucha de ésta hace falta para saltar hasta la cabeza de la campana y «dejarla en balanza», del todo horizontal, con las bien dispuestas riendas de la cuerdas, en el vacío de cuarenta metros que se abre ante la coqueta torre utrerana de Santa María.

Tañidos de campanas, desperezos del bronce que marcan la cadencia de los días, los civiles toques de gobierno y el eclesiástico ritual de las liturgias. Toque del alba que despertaba a los hombres del campo a la misma vez que el prodigioso estreno de la aurora; toque de ánimas para el recuerdo de los ausentes; urgentes y atribulados toques de rebato; toques de auxilio para socorrer a las monjas presas del hambre... Repiques de la nostalgia cuando la abuela, caída la tarde, abandonaba la intendencia de la casa para hermosear su compostura mientras sonaban los tres toques de la misa del día.

MONTERO ALCALDE, A.
ABC (15/01/2004)

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