MATA TORRES, Ramón - Las torres y las campanas de Catedral...

Las torres y las campanas de Catedral...

Las campanas de Catedral

Las torres
son la casa
y el mirador de las palomas;
la casa toda luz,
sin puertas ni ventanas,
balcones de cristal
en toda la mirada,
las torres
son la casa del viento
donde el invierno deposita
sus ámpulas de frío.
Las torres
son las manos de piedra
del hombre
que busca a Dios
en el sueño caído
de la noche.
Las torres
son palabras en punta,
son oración en alto,
son piedad y súplica.

¡Cuántos enemigos
tienen las torres
por ser altas y no escalables,
por ser canto y signo,
por mirarnos
siempre desde arriba,
por ser líderes
y ser banderas!.
¡Cuántos cañonazos
de pólvora de odio
han abierto sus entrañas
de piedra!.
¡Cuántos enemigos
tienen las campanas
por tener
el don de la palabra,
por ser alfajor del aire,
por congregar los pasos
desvalidos del hombre
alrededor de la brasa
del hogar de Dios,
por ser mensajeras diligentes!.

¡Cuántas campanas
de ser santas
se convirtieron en balas
o se fundieron
para hacer cañones!.
¡Cuántas fueron sepultadas
bajo tierra
para que vieran morir
sus badajos tartamudos,
o vendidas por kilos
como cualquier chatarra
para que no mostraran
sus pancartas libertarias!.

Las torres
conocen el color
de los ojos de los pájaros,
el blanco luminoso
de las nubes de aluminio
y el trajín de los ángeles
que suben y bajan
como si sus túnicas
fueran lámparas de nieve.
Las torres
conocen los cielos
de tormenta
que vacían
cada noche de agosto
sus mástiles de agua
y pulen su espejo redondo
con el estruendo
de rayos y relámpagos.
Las torres
son los vigilantes
sin relevo
del pueblo,
son los que saludan
al viajero
desde lejos,
los que inflaman de repente
el corazón y le arrancan
un suspiro.
Las torres
son altas
y tienen sus ojos
allá arriba;
por eso saben
cuando se van las almas
en su peregrinar de sombra
y se enteran
cuando
un nuevo infante
aporta
su cuota de lágrimas al mundo
y bebe el primer aire frío
del alba.

Las torres
son atalayas
desde las cuales
se divisan por los caminos
los enemigos
con sus armas ocultas.
En ellas
están los veneros,
los bronces dormidos
de las palabras
que congregan y alertan
al pueblo.
¡Qué triste es un pueblo
sin campanas democráticas!.

En las torres
viven las plañideras,
las campanas
que a ritmo lento
y cadencioso,
llaman a muerto,
llaman a hincar la rodilla
y a quemar el incienso;
¡pero también llaman
a la feria
y a la fiesta!
con su porfía de repiques
y nos despiertan
a cada mañana
con su novenario solemne
de campanas en turno.

Cierta vez,
hace ya tiempo,
un hombre dijo enfadado:
-Debería prohibirse
en Guadalajara
que se repiquen las campanas,
pues aturden...
y la autoridad sensata,
que por entonces
gobernaba,
contestó:
-¿Por qué se ha de prohibir
el tocar las campanas,
si es de las pocas
cosas gratas
que hay en esta ciudad?...

Guadalajara,
tus torres
son el timón
que orienta
las calles del viento
y distribuye
la luz aromada
de los naranjos.

La Campanita del Correo,
monja callada,
de voz de niña,
hospedada en la torre sur,
anunciaba
durante la colonia,
con júbilo sonoro,
con eclosión de voces,
la llegada del correo
a Guadalajara.
¡Cuánto gozo!.
¡Cuánto retoño
en la hierbabuena
de la esperanza!.

Martín Casillas
dejó la torre norte
de Santo Santiago,
fuera de encuadre,
pero Dios
la puso en el corazón
de cada tapatío.
Dios no hizo las torres
de oro,
ni de plata,
pero sí las hizo
del aroma y la fragancia
de distintos estilos:
Góticas y renacentistas,
barrocas y neoclásicas,
afrancesadas y contemporáneas,
a veces mudas,
caídas o levantadas,
parlanchinas o enlutadas,
de noche negras
y en acecho,
calladas en ocasiones,
pero siempre encendidas
en la conciencia.

A veces
mirando las calles
por donde corren
los malos pasos,
o vestidas de sol dorado
por las mañanas.

Torre de San Miguel Arcángel,
torre de Santiago,
dos guardianes
siempre en vela,
armados
de espada
y de centella,
sois mis ojos en alto
y mis sentidos en guardia
sobre el camino.
Torre de San Miguel Arcángel,
torre de Santiago,
torres gemelas,
cirios de fe,
mis manos en oración;
quien dice Guadalajara,
repite vuestros nombres
y os reverencia.
¡Salve torres de Catedral,
escalas para mis pasos
y correo de mis sueños,
gracias por mantener
mis horas siempre des
piertas,
gracias por
enseñarme
a levantar
la cabeza
y a mirar siempre
hacia arriba!.

Concluiré
este mi poema
con una diana
a Dios,
porque cuando
las campanas
repican
a vuelo desplegado,
Él sale a su bancón de nubes
y las escucha.


MATA TORRES, Ramón
Semanario Arquidiocesano de Guadalajara (Edición 217 Domingo 01 de abril de 2001)
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