GARCIA BARBEITO, Antonio - Granadas y calabazas

Granadas y calabazas

Salvo contadas ocasiones - cuando a Antoñito lo atropelló el camión, cuando aquella chiquilla murió achicharrada en la choza-, la muerte en la tribu no tenía cara de niño para los niños; para la infancia, la muerte siempre fue mayor de edad. A los niños les llegaba la muerte a las pantorrillas, porque les ponían luto de calcetines negros. Pero la muerte no estaba asumida ni siquiera en algunos niños huérfanos que jugaban. Y cuando la muerte, en los días del juego, se hacía campana de doble golpeando el aire alto del pueblo, los chiquillos sólo se paraban para distinguir en el toque si el muerto era hombre o mujer. Pero siempre el respeto, que cuando el cura venía con los monaguillos, ciriales y silencio, por la calle para acompañar un entierro, los niños dejaban el juego y hacían un paréntesis de asombro y silencio hasta que el cortejo fúnebre doblaba la esquina.

Por Tosantos la muerte era una metáfora de bronce en el campanario. El Día de los Difuntos no paraban las campanas. Veinte niños subían a la torre, tirando de las sogas que apenas si abarcaban sus pequeñas manos, y un subir y bajar de gritos infantiles aliviaba el son moribundo de aquel cansino tin-tan que dolía como un aviso apocalíptico. Por esos días, los chiquillos que iban a pasarse una jornada doblando, recorrían el pueblo con una espuerta pidiendo víveres, granadas, sobre todo. Granadas como troncos de gordas reinas coronadas; sensuales granadas de noviembre que se abrían como una dentadura de sangre al hambre de los chiquillos. La torre como lugar de juego, las campanas como diversión, la muerte como lejanía... En el campanario, después, quedaban restos de piel de granadas y castañas, bellotas y naranjas pintonas, restos del festín de los campaneros.

En el cementerio, blancor y silencio. Y una imprecisa idea de Dios y del Más allá. Y miedo, que los chiquillos, tan ajenos a la muerte, preguntaban si los muertos no se asfixiaban bajo tierra... Bendita ignorancia que a la muerte le da sólo una categoría de sueño largo. Siempre el respeto. Que cuando las sombras de la tarde volcaban los cipreses y dejaban en umbría medio cementerio, los chiquillos salían en busca del sol y el pueblo, el juego y el olvido del lugar. Hoy, las granadas se han convertido en calabazas agujereadas con una luz dentro que en la noche crean fantasmas en las sombras, el Halloween que le da a la muerte un símbolo lamentable. Los niños se disfrazan de muertos y de demonios, y la muerte no tiene ese respetuoso silencio de ayer. La muerte tiene cara de niño que juega con ella, y las campanas, mudas y horrorizadas, miran desde el campanario cómo los niños van a jugar a la muerte, de noche, en vez de asustarse de ella y buscar el sol y la vida. En la memoria, se desangran granadas y se quiebran campanas en un triste doble por aquella niñez que tenía cara de vida...

GARCIA BARBEITO, Antonio
ABC (29-10-2007)
  • Campanas (historia general y tópicos): Bibliografía

     

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