CHELA, José H. - La guerra de las campanas

La guerra de las campanas

El despacho donde habitualmente escribo estas columnas, amables lectores, está situado justo enfrente y por encima del campanario de la santacrucera iglesia de San Francisco. Los repiques metálicos que surgen de allí son, a veces, atronadores, pero llevo tanto tiempo aquí que ya ni los oigo. Me pasa como con el guirigay nocturno de los mirlos de la Plaza Militar. No me impide dormir, porque forma parte de los sonidos propios del mecanismo de mi sueño. Quiero decir que existen ruidos clamorosos a los que el oído se adapta hasta el punto de ignorarlos.

Pero no a todo el mundo le pasa lo mismo. Y hay a quien cualquier ruidito o ruidazo le saca de sus casillas. A veces, la lucha contra un sonido cotidianamente molesto llega a extremos surrealistas. Una señora que vivía en Las Ramblas logró cerrar un pub después de muchas denuncias porque no soportaba la música que surgía del local situado bajo su domicilio. Lo curioso del caso es que, en ocasiones, llamaba a la policía para quejarse cuando el establecimiento estaba cerrado. Algo, sin embargo, comprensible, porque la dama en cuestión era más sorda que un huevo duro. Otro día les explico el símil, si quieren.

Ahora, en San Sebastián de La Gomera se ha desatado lo que ha dado en llamarse "la guerra de las campanas". Un conflicto del que ya se ha tenido que ocupar el ayuntamiento de la villa, a petición del grupo socialista.

Resulta que las campanas de la parroquia tienen, al parecer, unos poderosos tañidos que irritan frecuentemente los tímpanos de un determinado vecino próximo al templo. El contribuyente ha solicitado del cura que afloje en el estruendoso voltear, pero no hay manera. Así que, pasando al contraataque, el feligrés, dando muestras de escasa mansedumbre, se dedica a poner música a todo trapo y volumen, con las ventanas de su casa abierta de par en par. O sea, que repique de gloria versus sesión de rock duro, toque de difuntos contra aria de Pavarotti a decibelio tendido… Y así todo el rato. A mí, la situación me recuerda, en cierto modo, aquellos deliciosos cuentos de Giovanni Guarecí protagonizados por el cura don Camilo. Los ediles socialistas han pedido al alcalde de San Sebastián, Manuel Herrera, es que tome cartas en el asunto para terminar con esta continuada batalla de decibelios que, desgraciadamente, afecta a unas víctimas ajenas a la disputa entre el párroco y el combativo ciudadano. Toda la población sufre las consecuencias del inacabable y ruidoso encontronazo. Y ya no hay quien duerma -al menos la siesta- en la capital insular gomera como Dios manda.

Que sepan el alcalde y los implicados que existen ya jurisprudencia al respecto. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha obligado al ayuntamiento de Jaén a medir el ruido de las campanas de la catedral para comprobar si tiene razón en sus quejas vecindario. Y tras la medición, ya se verá- o se escuchará-, oigan.
CHELA, José H.
El Día (05-11-2007)
  • JAÉN: Campanas, campaneros y toques
  • SAN SEBASTIÁN DE LA GOMERA: Campanas, campaneros y toques
  • Ruido y denuncias: Bibliografía

     

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