GARCIA BARBEITO, Antonio - Fuego sin campanas

Fuego sin campanas

Fuego sin campanas
Como de las misas, como de las muertes, en la tribu sabíamos de los fuegos por las campanas, que tocaban a rebato y alarmaban a las gentes, que todavía recuerdo aquella siesta, Cangui, cuando tocaron como locas, como si el bronce fuera humano y desde el campanario estuviera viendo la dimensión del fuego, que se veía desde las altas azoteas, que a una de ellas subí y recuerdo aquella humareda adornada de llamas -el fuego siempre tiene una inexplicable belleza- que se extendía por los pinares cercanos, y recuerdo cómo corrían los hombres con escobas de ramas, y cómo señalaban dónde estaban los pozos forestales, y cómo, a las tantas, sonó por el pueblo la sirena de los bomberos, cuando ya el fuego, por su amor, se había echado en un calvero.
Ayer, Cangui, en la siesta espesa de septiembre, un fuego se inició cerca del río, allí donde Diego Fuentes cuidaba su huerta bajo la centinela del único resto que de la muralla queda en toda esa franja. Me asomé a la terraza y la humareda formaba nubes en el cielo, y las llamas, tan devoradoras y tan bellas como siempre, lamían la falda del cerro y se lo comían como sólo come el fuego. Cuando llamé a Justo para que me dijera algo del fuego, Justo andaba en su casa y no sabía nada, y me dio la clave: «Como ahora no avisan las campanas...» Es cierto, Cangui. Ahora funcionan los teléfonos, y por eso al poco de detectarse el fuego sobrevolaba la zona un helicóptero que llevaba colgada de su panza una cuba de agua que esparcía sobre el incendio la inmensa cola de un gigantesco caballo de agua. Al lejos, por el camino que va entre el río y el cerro, cerca del fuego, se veían luces de coches de bomberos, y coches de la Guardia Civil, pero no vi a ningún paisano que, alarmado, corriera a ver qué pasaba, y no era por la hora, que ya te he dicho que aquel fuego que recuerdo fue durante la siesta, era porque no habían tocado las campanas, y le doy la razón a Justo cuando me dice que un fuego es como la muerte de un pinar, de una maleza de ladera, de un pajar, de algo, y que las campanas deberían tocar a rebato como tocan a muerto.
Quizá los paisanos, si oyeran campanas de rebato, evitarían algunos fuegos o evitarían daños mayores, pero ya las campanas no tienen ni voz ni voto en los incendios, y no sé ni por qué ni si sería bueno que siguieran tocando, Cangui, aunque a mí me gustaría. Las campanas de hoy son los móviles, pero por mucho que pueda un móvil, un pueblo alertado por un toque de campanas -como cuando doblan a muerto o tocan a misa o al Ángelus- es un pueblo capaz de salir de su casa a defender lo suyo y aun lo ajeno. Cierta tristeza sonora deben de tener las campanas de la tribu cuando no suben a tocarlas por fuego, porque esas campanas, de tanto tocar a tantas cosas, son ya más carne y alma de la tribu que bronce colgado en la altura, Cangui.

GARCIA BARBEITO, Antonio
abc de Sevilla (17-09-2008)
  • Campanas (historia general y tópicos): Bibliografía

     

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