TARINGA! - Sonidos de bronce y de viento

Sonidos de bronce y de viento

Una fábrica artesanal de campanas

En San Carlos Centro funciona la única fábrica artesanal de campanas de Latinoamérica. Allí se trabaja con un método milenario, utilizando el barro y el bronce. Las piezas que se fabrican en esta localidad santafesina sonarán en altos campanarios dentro y fuera de las fronteras del país.

Una música solemne, inconfundible, parece llamar desde la ciudad pequeña y famosa por sus campanas. A medida que uno se acerca, la memoria trae sonidos entrañables, como el de la capilla del barrio o la del pueblo de la infancia, o el del llamado al recreo o al aula. Pero las campanas de San Carlos Centro aún no suenan. Dentro de un gran galpón donde vuela el polvo de ladrillos, de barro cocido, de tierra protectora de los moldes, de bronce, las campanas están en plena etapa de producción. Los artesanos que las fabrican, las forman, las pulen, les sacan chispas con el soldador, pero parece que las tañen. Eso se siente al ingresar al enorme taller-cuna de campanas musicales, único en América Latina, orgullo de los santafesinos y, más aún, de los sancarlinos.

Hacedores de campanas. Ése es el oficio de los hermanos Miguel y Juan Bautista Bellini, bisnietos del pionero que llegó desde el Piamonte hasta el inmenso campo argentino para apoyar a los que hacían agricultura, con la reparación de las trilladoras y los motores a vapor.

Miguel recuerda que el destino llevó a su bisabuelo a fabricar campanas con un antiquísimo método artesanal y a tener una descendencia fiel a la entonces recién descubierta vocación: de los cinco hijos de las familias que hoy conforman los hermanos-socios, algunos ya trabajan en el galpón que ocupa un cuarto de manzana en San Carlos Centro. La pequeña y prolija ciudad de 12 mil habitantes está situada al sur del departamento de Las Colonias, a 45 kilómetros de Santa Fe y sobre la Ruta Provincial 6. San Carlos Centro fue fundada en 1858 y es la tercera colonia agrícola del país. Sobre la ruta, un poco más al sur, se levanta San Carlos Sud, el asentamiento originario, habitado por descendientes de suizos, franceses e italianos. Al final de ese camino está San Carlos Norte, un transplante de un pueblito de Francia, como dice Miguel.

En medio de ellas está San Carlos Centro, con intendente propio por su rango de ciudad, al que llegó cuando superó los 10 mil habitantes. “Surgió casi por generación espontánea, por un problema de religión y minorías”, explica Bellini, y cuenta que los primeros italianos que habitaron San Carlos Sud eran católicos y no se llevaban demasiado bien con las mayorías protestantes. De manera que se fueron corriendo hacia el norte en el mapa, se concentraron, construyeron su capilla, luego el templo de San Carlos Borromeo, y a su alrededor sentaron las bases de la ciudad actual.

El responsable de la fábrica dice que sus campanas están en las iglesias del Sud y del Centro. La del Norte la fueron a comprar a Francia hace más de un siglo, al pueblo de donde provenían los inmigrantes, pero se rompió al descargarla en el puerto.

El campanero resume el proceso de producción artesanal, el mismo que se utiliza en la fábrica desde 1892, mientras señala una cantidad de moldes que esperan turno para dar forma a las futuras campanas. En su elaboración intervienen elementos de la naturaleza, como el barro y el pelo (crina de caballo, el pelaje suave del cuello de los equinos), el bronce, el hierro y la tierra misma que, como vientre de Pachamama cobijará el molde con el bronce de la campana, que se irá solidificando lentamente y tomando su forma definitiva.

El sistema que se utiliza se conoce como “a la cera perdida”, es una técnica que viene de hace cinco mil años atrás: las distintas capas del molde se cubren por dentro con cera y ceniza, para que no se peguen al desmoldar. Esa cera se derrite, y “se pierde”, cuando el molde de barro se cocina. “O sea que cera y ceniza cumplen la misma función que la manteca y la harina del molde de una torta”, explica Miguel.

La primera etapa del nacimiento de una campana artesanal es la fabricación del molde, o matriz de barro, que se recubre con una película de cera y ceniza. Cada campana tiene su propio molde, y Miguel aclara que el barro del que está hecho no es arcilla pura sino mezclada con pelo –de peluquería o crin– para evitar que se agriete. Esa matriz se quema con carbón de leña en un horno hecho con ladrillos, método que se usa en todo el mundo.

El artesano agradece el clima cálido de Santa Fe, que permite secar los moldes al sol, y explica que en Europa se debe recurrir al secado artificial.

El molde que se hace en el galpón de los Bellini es de tres capas: una exterior (macho), una central (chaleco) y otra interior (saco). Allí no hay lugar para el bronce, por lo tanto hay que sacar la capa del centro, de manera que el lugar que ocupaba el chaleco se llene con el metal, que se vierte con una cuchara.

El molde de barro y pelo no es muy fuerte, y necesita ser contenido para evitar que la presión del metal lo quiebre. Por ello se coloca en una fosa de tierra con la boca hacia arriba. Luego se le vuelca el metal caliente en el espacio hueco y se lo deja para que se enfríe lentamente. Al cabo de una semana el molde se desentierra, y se rompen su capa exterior e interior. Luego se pule la campana y se le aplican adornos en relieve.

Juan, otro artesano campanero de la fábrica, pone las manos en un cuenco lleno de agua mezclada con ladrillo molido. Con ese material, preparado para pulir la campana sin dañarla, lustra, casi acaricia, el metal. Juan no sólo se ocupa de eso sino de trasladar las campanas de un lugar a otro, por medio de un complejo electromecánico, y de todo lo relacionado con la producción de piezas. El tono plateado de las campanas recién terminadas se debe al estaño.

Cuando una campana tiene un matiz dorado es por su antigüedad, ya que el estaño se va degradando con el tiempo y prima el color del cobre.
En las Si la etapa de enfriado del metal no fuera lenta, el bronce fraguaría de manera despareja y perdería sonoridad. Es importante que la campana conserve su forma y sus dimensiones, porque la nota musical elegida está determinada por ellas, además de la aleación de cobre y estaño que origina el bronce y el diseño de la pieza. Eso le dará perfección al sonido: si el molde se deforma también lo hace la campana, y emitirá un ruido de sirena, algo insoportable.

El sonido de las campanas fue, durante siglos, asunto de personas de oído absoluto. Desde la aparición del diapasón, hace más de cien años, cambió la historia, porque hubo un modo de poder calcular lo que antes sólo medía el oído humano. Así se sabe, sin márgenes de error, que una campana de 364 kilos sonará en La, que una de 1.222 vibrará en Re y que una de 2.516 kilos lo hará en Si bemol. La más grande que hicieron los Bellini en los últimos años fue para la basílica de Luján: pesa 1.767 kilos y suena en Do.

Fabricación del molde de cada campana grandes ciudades, además, el hollín va modificando su tonalidad.

Los últimos detalles son el badajo, de hierro, que también se hace en el galpón de San Carlos Centro, y las cuatro asas –de donde será colgada la pieza– con forma de halcones. ¿Por qué? Miguel nunca pudo saberlo. Así las hizo el bisabuelo por primera vez, y así quedaron.

“Estamos en condiciones de hacer carillones”, dice Miguel, refiriéndose a esos conjuntos sonoros que asustan a las palomas y maravillan a los peatones. En esta fábrica, que se inició a fines del siglo XIX y que actualmente es la única de su tipo en América Latina, se ilusionan con fabricar las campanas que despierten a los porteños el 25 de mayo de 2010, en los actos del bicentenario de la Revolución de Mayo, o las que adornen y musicalicen algún paseo público que conmemore aquellos días. Mientras tanto, las piezas artesanales nacidas en San Carlos Centro llaman en templos y escuelas de toda la argentina y de países vecinos. La campana, dice Miguel, es “la voz de Dios convocando a los fieles al templo”, por eso se coloca en un lugar predominante.

No es un emprendimiento cualquiera hacer campanas. Las piezas tienen una duración promedio de 500 años, es decir, no hay reposición durante siglos y los edificios religiosos tampoco las encargan en grandes cantidades. En el caso de las escuelas, cuenta Miguel, en otras épocas la campana era el símbolo, pero las han dejado de lado, en parte por la practicidad del timbre y en parte por la desinversión que no sólo afectó a la educación en sí, sino también a la estructura edilicia. Es por eso que la familia Bellini tiene actividades

La fosa contiene a los moldes
Otras matrices de barro esperan su turno
Se pulen las campanas sin dañarlas
La campana de San Francisco, en la ciudad de Santa Fe, se conoce como La Carachosa –un término de origen quichua que significa sarnosa–, porque está hecha de una manera desprolija. Fue fundida en 1742, con escasos recursos, por un ermitaño autodidacta que se llamaba Francisco Javier de la Rosa, que además construyó la primera capilla en homenaje a la Virgen de Guadalupe, devoción de los católicos santafesinos, dice la subsecretaria de Cultura provincial, Ana María Cecchini de Dallo. La Carachosa es una campana que suena muy bien pero que no es bella, aclara.

En San Francisco está el padre Mario, un catamarqueño feliz de ocuparse de la iglesia más antigua de Santa Fe, atento a los escolares que visitan el templo y especialmente a las abejas que se aquerenciaron en el campanario de la vieja Carachosa y que han hecho sentir su fastidio a más de un visitante. “Cuando la Carachosa vibra no hay sordo que se resista a su convocatoria”, dice el sacerdote.

San Carlos Centro es una ciudad tranquila, con casi plena ocupación. Allí también funciona la cristalería artesanal San Carlos, conducida por la cuarta generación descendiente del pionero que cuenta con 110 obreros. En su interior se fabrican alrededor de 14 mil artículos con el antiguo método del soplado.

La confección de una copa, por ejemplo, requiere de una decena de personas; la de un vaso emplea a cinco operarios.

Todo empezó en 1949, cuando Anselmo Gaminara, un muchacho de 22 años que había venido desde Génova, se quedó en la provincia de Santa Fe con el objetivo –alcanzado, por cierto– de forjar una fábrica de cristal. Cuentan que eligió San Carlos Centro para establecerse porque le gustó el lugar, al que había llegado para cumplir con el encargo de un amigo italiano: entregar una cadenita a su novia, una chica que vivía allí. Como todo está vinculado, Bellini, uno de los descendientes del único fabricante de campanas artesanales en el país, fue quien le prestó apoyo para montar la fábrica.

Hoy, décadas después, otra joven, orgullosa sancarlina, hija de un obrero de la cristalería y museóloga, acompaña el recorrido por el Museo del Vidrio que ella misma creó para rescatar el trabajo artesanal del soplado, arenado, y modelado. Jesica Savino, que así se llama, se apasiona al enumerar los detalles sobre la historia y la actualidad de la cristalería fina que, remarca, es única en la Argentina.

Las piezas de la cristalería, dice Jesica, se exportan y se venden dentro de la Argentina, cada vez más, con el auge de las vinotecas, las escuelas de catadores (sommeliers) y de todo lo que rodea al mundo del vino.

Sin haber conocido al pionero ni haber vivido los tiempos de esplendor, el campanero Miguel siente cierta nostalgia de aquellos días en que el galpón ocupaba una superficie de media manzana, donde cada oficio tenía su lugar: un aserradero completo, una carpintería, el espacio para el moldeado, y hasta una sala de exposiciones para mostrar el orgullo de la familia.

Fuente: www.cardoncosasnuestras.com.ar/.../ numero13.html


TARINGA! (2007)
  • SAN CARLOS CENTRO: Campanas, campaneros y toques
  • BELLINI Y CÍA, LUIS (SAN CARLOS CENTRO) : Inventario de campanas
  • Fabricación, fundición de campanas: Bibliografía

     

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