GUILLEM MONTANER, Jesús - «For whom the bell tolls - Para quien las campanas tocan»

«For whom the bell tolls - Para quien las campanas tocan»

Me llamo Jesús Guillem Montaner. Para muchos ciudadanos que viven o moran en mi pueblo y no me conocen bien, yo soy el hermano mayor de Ernesto Guillem Montaner, el del restaurante, bar y hotel "Mitre" (Solo por referencias). Soy bien conocido como miembro de la muy "internacional" y celebrada "Peña Cultural y Deportiva Biberón".

Este mi sencillo trabajo tratará sobre las campanas que, por muchos, muchos años, teníamos allá arriba de nuestro campanario y en nuestra Iglesia Parroquial.

Quienes la voltearon, el trabajo que este peligroso oficio llevaba, así corno el costoso y pesado subir de sus muchos escalones. También, la ausencia de una cobija adecuada donde preservarse del trío, del aire y de la lluvia.

Recomiendo estas cuartillas para toda clase de ambos sexos, incluso para esas tan privilegiadas poseedoras de un alto nivel cultural. Sin ninguna duda, están incluidos todos estos «Seniors» de la tercera edad, que rayan en los crepúsculos de los Cuartos Menguantes, porque son ellos los que estarán mas identificados con mis relatos.

Es un vivo reconocimiento para las Dinastías de los Montaners-Guillems, fieles ayudantes de Don Julián Montaner Mir, a la sazón, Campanero Oficial de la Muy Ilustre Villa de Paterna.

A las órdenes del «meu» «Yayo-Abuelo» formaban mis tíos: Julio Montaner y Miguel Montaner; mi primo Julio Montaner con mis hermanos; Amadeo Guillem Montaner e Ismael Guillem Montaner. Todos ellos aprendieron la maestría del volteo, desde su origen y raza, haciendo un verdadero arte del «Volteo General de Campanas», SegÚn mi Abuelo, este vuestro servidor, a pesar de mis pantalones cortitos, ya era un aventajado aprendiz del oficio. Mi hermano Ernesto apenas si tendría sus tres años.

No quiero dejar en el olvido, ni menos ignorarlos, a ese puñado de familiares y de "incondicionales" "amiguets" que venían a ayudarnos por esa amistad que nos unía haciéndonos grata su compañía. A todos ellos y de todo corazón; ¡Gracias!. Enumerarlos me seria completamente imposible.

Puesto que soy el útimo de esas Dinastías de volteadores y que viví muy intensamente aquellos !ay!, ¡dos años tan recordados, es mi sagrado deber para con mis paisanos de pueblo, el rememorar y plasmar en mi forma y manera, todos aquellos recuerdos e incidencias.

Las campanas se volteaban en las muy celebradas fiestas de nuestro Santísimo Cristo de la Fe y de San Vicente Ferrer; en aquellas misas de devoción muy tempraneras, en los eventos que requerían solemnidad oficial, en las Procesiones de los traslados, en los casamientos y bautizos, as! como en los muchos entierros que, de antemano, se habían programado al efecto. ¡Las campanas hacían la diferencia!.

Sin ellas era corno esa comida sin sal, o una sopa sin moscas. ¡Aquellos tiempos!.

"Les tronaes" o "Las Tronadas"; esas violentas tormentas cargadas de relámpagos eléctricos (rayos), de granizo, de piedra y agua, acompañada de ventisqueros. Eso es de lo que yo mas recuerdo cuando niño. Allá arriba del campanario había que aguantarlo todo. Pongan atención a lo que les voy a contar.

Serían las dos (2) de la madrugada cuando el "meu" Yayo Julián entró en mi cuarto a despertarme: ¡"Xiquet, tenim troná"!. Yo bien sabia lo que sus palabras querían decir y lo que de mí quería. Desperezándome miré el reloj y me cercioré de lo avanzado de la noche. Acto seguido me puse mis "espardenyetes" y el "baberet" que yo tenía de "I'escola" y, junto con la "bufandeta", me arropé lo mejor que pude.

Con su curtida y callosa mano de trabajador del campo o labrador, él me cogía la mía haciéndome seguirle. Hacia el campanario nos dirigíamos en me- dio de esas tinieblas y de esa noche lluviosa y tormentosa.

Solía contarme muchas cosas de su pasado muy lejano, de anécdotas que él había vivido. Consejos muchos para que yo siguiera por el buen camino. Era esa clase de buen Abuelo que yo tenia. Créanme, no me es muy fácil el recordarle y al mismo tiempo plasmarlo como yo quisiera, ni tampoco darle la valla y crédito necesario.

Era regla general hecha ley, el voltear las campanas a cualquier hora del día o de la noche, para ahuyentar las tormentas. Por horas se posaban sobre nuestro término y daban mucho trabajo y horas de volteo para empujarlas hacia el "Mare Nostrum" o mar abierto. Algunas veces teníamos que rezar unos Padrenuestros para ayudar y precipitar su alejamiento. Con todo, estábamos conscientes de que hacíamos un bien a los labradores, a sus cosechas y a las nuestras.

Mojado de pies a cabeza yo seguía volteando la "Xicoteta" (la más pequeña campana que daba hacia la calle de la Iglesia). Mi abuelo, tocaba la de la Plaça (la que daba al Ayuntamiento y escuelas); las movíamos a medio badajo ayudándolas de las "Truchas" con las cuerdas.

Los relámpagos me cegaban los ojos y sentía escozor. Los oídos me zumbaban y mis ropas mojadas me acentuaban mas el frío y el miedo. Menos mal, ¡al fin!, la tormenta se estaba alejando y el silencio se hacía presente: «Después de la tormenta venía la calma».

Los dos nos bajábamos a uno de los bancos de la Iglesia y, sobre sus frías maderas, yo me quedaba completamente dormido. Mi abuelo se sentaba a mi lado y mirándome me sonreía.

Nunca podré olvidarle; de aquellas veces que venía a buscarme a L'Escola de Doña Virginia. Como tampoco a "L'Escoles de La Plaça". Siempre sucedía en sábados y al filo de las doce del medio día. Teníamos que ir a voltear las campanas.

En nuestras fiestas mayores subía muchísimo personal a vernos voltear. Las escaleras estaban completamente llenas de curiosos y de forasteros. Ellos "hablan oído campanas" y por tales referencias querían cerciorarse y darnos el crédito y visto bueno. Muchos nos felicitaban, decían que las "hablan oído desde muy lejos". Comentando nos corroboraban con sus palabras: "No hay otras que las igualen".

Todas esas generaciones mías allá arriba reunidas, con todas sus campanas al vuelo desgranando sonidos celestiales a la "Rosa de los Cuatro Vientos". Yo les miraba y felizmente les sonreía. El campanario se movía y se cimbreaba sobre su base, igual que esos terremotos de mi zona de San Francisco, en California. (Ahora hago la comparación).

Los «Ferrers» o metalúrgicos, esos maestros artesanos de oficio descendientes de sus generaciones, las habían forjado y dado el baño y aleación necesaria, moldeándolas a conciencia y hasta con mucho cariño. Por eso fueron siempre y por muchos años, las mejores y más celebradas entre propios y extraños. Su fama trascendió nuestras fronteras.

Hoy las construyen en serie y con un timbre metálico sin apenas sonido. Las electrifican y con sólo apretar una llave suenan como computerizadas.

Cuando en los veranos viajo a mi pueblo y subo al campanario, no puedo más que entristecerme al oírlas sonar. Sí, son otros tiempos y tenemos que aceptarlo y adaptarnos.

Pienso en aquellas aves rapaces de picos agudos que se posaban inquietas y atemorizadas sobre los goznes de los ejes de las campanas. Venían a picar, a beberse el aceite hecho grasa que exprofeso poníamos para aliviar la rotación y el contacto.

Esas aves cazadoras de insaciable apetito ya no volverán "como aquellas oscuras golondrinas". Emigraron para otras latitudes, buscando, quizá, otros campanarios y otras campanas.

Para todas esas "mis" generaciones de "Campaneros Maestros", "El Volteo General de Campanas" enmudeció. Se nos fue con ellos. A su querida memoria les dedicó este sencillo y verídico relato.

Por su trabajo bien hecho y mejor terminado, que Dios me los tenga en la Gloria. (Q.E.P.D.)

Jesús GUILLEM MONTANER
EL ULTIMO APRENDIZ DE CAMPANERO
MAYO 25, 1.990 HAYWARD, CALIFORNIA
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    : 27-05-2017
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