GELABERTÓ VILAGRAN, Martín - Tempestades y conjuros de las fuerzas naturales

Tempestades y conjuros de las fuerzas naturales

Aspectos mágico-religiosos de la cultura en la Alta Edad Moderna.

“... el objeto de análisis son los conjuros de las fuerzas naturales y su imbricación en la dinámica mágico-religiosa de la cultura popular en la Alta Edad Moderna, centrada concretamente en dos manifestaciones utilizadas por la cultura de élites para neutralizar los efectos desastrosos que podían causar los temporales; el empleo de la campana y el recurso a los exorcismos eclesiásticos...

Para prevenir los calamitosos efectos de las tempestades se procuraba aplicar una combinación de remedios naturales y espirituales, cuya finalidad era conjurar o al menos paliar los resultados de la tormenta cunado se aproximaba.

Dos eran los métodos naturales comúnmente aceptados y puestos en práctica en las ciudades y aldeas de España. Ambos consistían en provocar los mayores estruendos y agitaciones del aire:

a) Pulsando y haciendo tañer las mayores campanas que hubiese en las torres de las iglesias, especialmente las que produjesen los sonidos más fuertes.

b) Conjuntamente, lanzando con lo anterior, lanzar desde la fortaleza o ciudadela más próxima los más recios tiros de artillería en dirección al nublado.

La razón de ello, quiérase o no, tenía para los coetáneos sólidas bases científicas. Al ser la nube portadora de granizo una masa de aire frío, el movimiento causado mediante propagación por el sonido de las campanas y el bombardeo de la artillería provocaba un cierto calentamiento del aire, rompiéndose por esta circunstancia gran parte de la nube, derritiéndose o disolviéndose por este mismo calor el granizo condensado, transformándose en benéfica lluvia.

El uso de la campana como medio defensivo aunaba la virtud física a la espiritual. Ante la coyuntura -gran tormenta-, y como medida precautoria se hace necesario el pulsar las campanas de las parroquias afectadas por la amenaza climática, para que con el sonido que despiden de un modo natural, unido a la virtud intrínseca que éstas poseen adquirida mediante la solemne bendición que les confiere una verdadera acción espiritual, puedan llegar a disolver y dispersar el núcleo tempestuoso, supuestamente operando bajo las directrices del maligno..

“La causa porque al levantarse las tempestades se tocan las campanas, es porque los demonios temen mucho su sonido que oyéndolas echan a huir...”(Práctica de exorcistas...B. Noydens)

Paralelamente a esta práctica, los rituales abogan como ceremonial altamente recomendable que los párrocos convoquen al pueblo por medio del toque de campanas, ya que al mismo tiempo de ser un procedimiento altamente eficaz para disgregar la nube sirve como medio de aviso, para que reunidos todos en el interior del templo efectuen rogativas reforzando el aspecto conjurador. Los fieles han de mostrar su humillación pidiendo perdón y clemencia por las muchas ofensas hechas a Dios, para que éste resolviera alejar el castigo que les tiene preparado. Así pues, la religión oficial recurre al uso del poder formidable de la campana en su doble vertiente, natural y espiritual. El aparato acústico tiene la triple función de que con su sonido se congrega al pueblo, aleja y rompe los nublados cargados de pedrisco por su naturaleza física y neutraliza la supuesta procedencia demoníaca de la tempestad al herir con su tañer al espíritu infernal, sospechoso de dirigir el nublado.

Parece ser que en los núcleos urbanos de población se prefería el uso de los tiros de artillería como método más expeditivo al acompasado tañer de las campanas.. En los núcleos rurales, mucho más escasos de recursos, se tendrían que ver obligados a utilizar la otra técnica, mucho menos fiable desde el punto de vista tecnológico por su contundencia, pero más poderoso desde una óptica espiritual, pues no había que echar en saco roto el cúmulo de bendiciones y exorcismos de los que estaba cargado el bronce, y que la Iglesia se encargaba de llenar con sus rituales, salmos y rosarios antes de ser colocada en su sitial para salvaguarda de hombres, sembrados y bestias y defenestración de demonios.

La cultura popular rural construirá en torno a la campana toda una devoción por su supuesto carácter infalible rompedor de mil nublados. Para el limitado horizonte cognitivo de la cultura campesina no hay duda de que esta propiedad tendría un valor de ciencia exacta; venerada como un objeto milagroso de efectos sensacionales, sobre el que gira todo un culto, como que por ejemplo muchas mujeres embarazadas se midieran la cintura con la faja con la que se hubiera tocado el objeto sonoro, con la confianza de tener un buen parto y feliz alumbramiento: “Es superstición medir la campana, o tocarla con una faja, con que anda ceñida la mujer preñada, entendiendo que por este medio han de tener buen parto” (Práctica de curas y confesores y doctrina para penitentes. 1675. B. Noydens)

Pero su efecto más prodigioso radica en su poder disipador de nubes y temporales, lo que la convertía en un arma de primera necesidad para el agricultor en su constante lucha contra los elementos adversos. Nuestro punto de encuentro converge en una creencia muy arraigada dentro de la cultura agraria, que hace referencia a que en determinados días del año se engendra el granizo que en transcurso del año habrá de dañar la cosecha. Era práctica habitual en muchas aldeas de Castilla tañer las campanas de todas las parroquias durante los tres primeros días de febrero. De este modo se trataba de impedir la coagulación del granizo, ya estuviera nublado o raso el cielo en aquellos días. En las relaciones topográficas de Castilla también aparece documentada semejante actividad en las primeras jornadas del segundo mes del año. Preguntados los lugareños de la villa de Quer sobre el por qué de la veneración a Santa Águeda (5 de febrero), responden con un cierto distanciamiento de la tradición, “...por no se que hablilla, que en aquel tiempo se congela la piedra, que sea lo uno ni lo otro, no sabemos de cierto”. Esta práctica se ejercitaba en muchos lugares de Aragón en ese mismo día. El sínodo de Zaragoza celebrado en 1697 ordena al respecto que: “En ninguna iglesia de nuestro Arzobispado se toquen las campanas la noche de Santa Agueda, so color supersticioso y observancia vana, que en aquella se forman o engendran los nublados, so pena de cinquenta reales irremisiblemente executadores, y aplicadores en obras pías a nuestro arbitrio, a los curas que lo consintieren; y de la misma pena incurren los que sin permiso se atreviesen a tocarlas” (Libro III, tit. 12 de Sortilegiis)

Se ha de suponer que tendría la finalidad de ser una ceremonia restauradora y vivificante, poseyendo un carácter de elemento purificador, alejando del aire que reinaba en la aldea cualquier sustancia nociva que posteriormente pudiera fecundar fermentos malignos que se concretaran en devastadoras tempestades. Vemos como la cultura popular transforma un culto impuesto por la iglesia, toque de campanas, en una maravillosa fenomenología mágico-religiosa, replasmándola en un sistema defensivo propio ante las calamidades naturales.

GELABERTÓ VILAGRAN, Martín

Manuscrits nº 9 (00-01-1991)

  • Campanas milagrosas: Bibliografía
  • Tormentas y campanas: Bibliografía

     

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