RUVALCABA, Patricia - Las Campanas resienten el estado de ánimo de quien las tañe

Las Campanas resienten el estado de ánimo de quien las tañe

“El fondo de la campana representa la bóveda del cielo y el badajo, el mundo. Cuando el hombre y ese mundo hacen contacto con la bóveda, sale la voz de Dios”. Rafael Parra, campanero

Rafael Parra mientras ejecuta el Ángelus, el pasado 12 de agosto - Autor: RUVALCABA, Patricia
Rafael Parra mientras ejecuta el Ángelus, el pasado 12 de agosto - Autor: RUVALCABA, Patricia

“Ella tiene una voz grave y sonora… ella es la única con aleación de bronce y plata… con ella anunciaron la invasión estadounidense…”. Cuando Rafael Parra Castañeda, Campanero Mayor de la Catedral Metropolitana, habla de las 30 campanas que están bajo su custodia, a menudo se refiere a ellas como si fuesen seres animados.

Hace quince años que Parra pasa buena parte de su vida en las torres de Catedral, territorio donde los vientos cruzan libremente entre los vanos, y donde los timbres de las campanas gobiernan las emociones. Y viceversa.

Sin instructivo

“Nunca me imaginé que sería campanero, y menos aquí en Catedral”, cuenta Parra, quien antes se dedicaba a oficios de mantenimiento. Un día quiso estudiar teología y acudió a la Catedral. A cada alumno le fue asignado un apostolado; a él le tocó “aprender a tocar las campanas”.

“Seguí haciendo ese apostolado un par de años, cada ocho días. En esos tiempos me quedo sin trabajo y el padre me invita a que me haga cargo de las campanas. Así empecé”.

Pero “en esto de tocar las campanas no hay nada escrito de cómo se debe de tocar”.

No había un manual, notación musical ni grabaciones sobre la infinidad de toques que constituyen el repertorio para campanas de una catedral. El sacristán conocía la mayoría de ellos, pero nunca iba a las torres, así que se los describía a Parra, éste subía y los ejecutaba. Al bajar, el sacristán corregía: “te falló en esto, ibas muy aprisa…”. De naturaleza curiosa, Parra combinó ese método con el estudio.

“Tuve que meterme al archivo de Catedral, a consultar en otras bibliotecas y hacer comparaciones”. Sin embargo, las descripciones eran vagas. “Para echar las campanas al vuelo, se tocan todas en una misma armonía”, cita Parra de memoria, y hace un gesto de perplejidad, pues así se sentía entonces.

Los campaneros que le sigan no tendrán ese problema: Parra, ahora diácono, escribió un manual y prepara varios discos con grabaciones.

Nacido hace 58 años en La Candelaria de los Patos, barrio aledaño a La Merced, Parra podría hablar durante horas sobre los aspectos litúrgicos, históricos y técnicos de su trabajo.

“Todo tiene un simbolismo”, dice, y explica que, por ejemplo, la secuencia de escaleras por las que se llega al campanario de la torre oriente significa los trabajos del hombre, su reposo, su paso por las tinieblas y su encuentro con la posibilidad de subir al cielo.

Parra señala que en esa torre hay 23 campanas, entre ellas las primeras fundidas en el continente, por órdenes de Hernán Cortés, para la primera catedral.

Las campanas suelen consagrarse y llevar nombres de vírgenes, santos, ángeles, etc. Parra sabe la fecha y lugar de fundición, peso, aleaciones y timbres de todas ellas, y empieza a presentarlas. “Ella es Santa María de la Asunción…”.

Repertorio cambiante

La Catedral ha dejado desde hace mucho de tocar los nocturnos —ánimas, maitines y el alba—, y los llamados vísperas y completas. Sin embargo, hay trabajo suficiente para 30 campaneros.

Sólo para la ceremonia de laudes, todas las mañanas se ejecutan más de mil tañidos. Después, se llama a la “misa conventual”, a misas normales, el ángelus a mediodía y la hora nona a las 15 horas; los domingos se llama a misa hasta las 19 horas. El repertorio de toques cambia con el calendario litúrgico, el tono de la celebración (solemne, festiva, mixta, etc.) y situaciones emergentes.

Km.cero presencia el toque del ángelus en la torre poniente. Es un toque complejo y emotivo, en el que se coordinan varias campanas. Parra hace sonar las 13 toneladas de Nuestra Señora de Guadalupe, la campana más grande del continente, agitando un badajo de 250 kilos, siempre pendiente de su reloj. Le responde la más joven de Catedral, San Juan Diego, consagrada en 2002, tañida por un campanero adolescente, mientras en la torre oriente se llevan a cabo otras secciones del toque.

El factor emocional

Conforme iba “afinando” y memorizando el repertorio, Parra también se propuso formar un equipo de campaneros, y lanzó una convocatoria. Ahora son 30 miembros, mitad hombres y mitad mujeres, que se distribuyen el trabajo semanal. Es una ocupación honoraria, y la mayoría trabaja o estudia.

El oficio es muy “divertido”, dice. Pero no es sólo eso. En algunas ciudades europeas el toque de campanas es mecanizado, pero en México sigue siendo manual y eso tiene su valor, explica, pues hay emociones en medio, se mueven fibras de júbilo o de melancolía y las campanas resienten el estado de ánimo de quien las tañe.

A veces, cuando los campaneros llegan tarde, y se saltan el acostumbrado rezo inicial, se quejan luego de dolor muscular o de que la campana “no se dejaba tocar”. Esto “se nota” en los tañidos demasiado largos, cortos o vacilantes. El consejo de Parra es: “haz oración, empieza a decirle oye, déjate tocar, se me hizo tarde…”.

RUVALCABA, Patricia

km.cero (01-10-2010)

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