ARROYO, Salvador - El desván consistorial

El desván consistorial

Las tripas del reloj de la torre, hallazgos arqueológicos o material de ofimática comparten espacio con boletines, archivos y viejos planos

El edificio del siglo XVIII oculta espacios tocados por el abandono y sorpresas que sólo unos pocos han visto

Es la estructura más llamativa que se oculta a la mirada de los ciudadanos. La mecánica del reloj, precisa, aunque sexagenaria. - Autor: GÓMEZ, Avelino
Es la estructura más llamativa que se oculta a la mirada de los ciudadanos. La mecánica del reloj, precisa, aunque sexagenaria. - Autor: GÓMEZ, Avelino

1947
De ese año data el engranaje original del reloj de la Casa Consistorial. La Corporación de entonces se lo adjudicó a la empresa Viuda Ángel de Perea. Costó 11.460 pesetas -muchos euros de hoy- y venía a sustituir al dispositivo anterior que presidía la fachada. El Ayuntamiento, harto de los fallos y de las quejas de los mirandeses sobre tanto desajuste horario, acordaría sustituirlo por uno totalmente nuevo. La imagen de la esfera que hoy ven los ciudadanos es posterior a la década de los 40. Se compró el 29 de agosto de 1962.

La idea fue casual. Surgió de una pregunta: ¿Qué oculta la Casa Consistorial? La cuestión de fondo era muy básica. No había que darle muchas vueltas. Cualquier edificio con más de dos siglos de historia debía tener rincones a los que pocos consiguen llegar. En todo caserón que se precie existe un desván, una estancia escondida, ajena a habitaciones decoradas, salones y despachos con cierto tronío. Despejar la incógnita exigía adentrarse en las entrañas de un Ayuntamiento que luce 'lifting' -aunque mantiene las arrugas propias de quien nació en 1.778-.

Con motivo de la visita de los Príncipes de Asturias recibió un repaso notable en su fachada que se sumaba a la crema de noche que desde hace unos meses le aporta la nueva iluminación. La cosa es que había que intentar llegar hasta las mismas tripas de un edificio señorial y público. ¿Abrirían la puerta sus actuales usufructuarios? ¿Enseñarían aquello que no conviene? La respuesta fue sorprendentemente rápida. «Sí, yo os llevo». El alcalde Fernando Campo, llaves en mano, condujo entonces a EL CORREO por pasillos irregulares -los más apropiados para el tropiezo-, escaleras estrechas e incluso cuartos de baño. Y, sinceramente, si el lector espera algo parecido al glamour que enseñan algunos programas de televisión, que se olvide. La 'casa de todos' tiene de todo. Y, como ya se ha dicho, bueno y malo o menos bueno.

En lo primero no vamos a detenernos. Es lo que muchos mirandeses ya conocen: salón de plenos, despacho de Alcaldía. Lo otro es lo que interesa. Subamos al desván. El acceso se realiza a través de los despachos de los grupos políticos. Se abandona la gran escalinata principal, las esculturas.

Y se llega a otra escalera, mucho menos vistosa. Hay dos plantas y una combinación de pinturas mate muy básica: blanco y azul. Alcanzado el 'techo' municipal, a la izquierda, los baños. «No sé si esto deberías verlo -parece que recula- Bueno, ahí lo tenéis». Campo abre la pequeña ventana de los aseos y deja al descubierto un inmenso bajo tejado que parece haber estado siempre de obras. Se acumula de todo. Tanto y tan variado que nadie dudaría de la presencia de roedores 'okupas'.

Tras la gran riada

Vamos, que si Ventura Rodríguez, padre de la criatura, conociese lo que oculta el que está considerado como el mejor edificio de arquitectura civil de la ciudad, se revolvería en su tumba. Porque para este arquitecto de la corte de Carlos III, el diseño del nuevo Ayuntamiento de Miranda fue todo un reto; un ejercicio de innovación en el que también participaron Francisco Alejo Aranguren y Santos Ángel Ochandategui. En 1.775, tras la riada que sufrió la ciudad, comenzó a gestarse la idea: el edificio debía ocupar un espacio destinado a toriles, aula de gramática y varias viviendas particulares. ¿El emplazamiento? La plaza del Rey.

«Vamos por aquí». El alcalde marca la ruta. Seguimos en la última planta, la que alberga un despacho sindical y otro de la comunidad de regantes. Caminamos hacia la derecha y, tras esquivar un pequeño árbol de Navidad, nos dirigimos hacia otra puerta. 'Archivo', reza. Y se echa la oscuridad. El primer golpe es tenebroso. Hay otro pasillo, largo y lleno de obstáculos. «A ver si encuentro...» El alcalde enciende una bombilla. Y todo se ve algo más claro. Un corredor estrecho. A un lado, la mesa de un arquitecto y varias planchas tapizadas -«Esto lo utilizamos en el pregón», se informa-. Al otro, una nueva puerta. Se abre. Y siguen las sorpresas.

El pequeño cuarto acumula un gran número de planos y tomos de la Gaceta de Madrid, lo que hoy sería el Boletín Oficial del Estado. Un rápido vistazo permite advertir tomos de finales del siglo XIX. Toda una reliquia que un día u otro pasará a mejor vida porque el material forma parte ya de un archivo estatal y, además, se ha trasladado a soporte digital. Las sorpresas continúan. Dentro de la estancia se advierte otra pequeño zócalo sellado. Y tras él, el secreto mejor guardado: el reloj

Dos trabajadores se encargan de su mantenimiento, los mismos que lidian con lo que hoy es la propuesta escultórica más moderna de la ciudad: la fuente de la 'm' de Vivir Miranda. «Son muy manitas y, a parte, uno de ellos, su suegro era relojero. Es el responsable de mantener siempre ajustado el cronógrafo, de echarle aceite y que funcione a la hora. Lo hace con este y con el que está colocado en el colegio Cervantes».

El reloj del 'campanero'

El reloj se adjudicó el 20 de febrero de 1947 a la empresa Viuda de Ángel Perea. «Le llamaban el campanero y tenía la fábrica en Las Matillas», apostilla el responsable municipal. Aquel año se decidió el cambio después de que el anterior (realizado por Murua) sufriera continuas averías. El sistema del nuevo reloj se apoya en un mecanismo de precisión Morez. Según las bases de aquel concurso, el dispositivo debía contar con 30 horas de cuerda y tocaría las horas repetidas y los cuartos con sonería Westminster a cinco campanas. Costó la friolera de 11.460 pesetas. Es la historia del engranaje porque la actual esfera, con fondo de mármol, numeración romana y agujas de bronce se adquirió en 1962 a la misma casa. Giró una factura de 7.775 pesetas.

El hueco ocupado por el mecanismo tiene poco más de dos metros cuadrados. Hay que revolverse para encontrar un aparato moderno, digital, que genera los nuevos sonidos del carillón. ¿El fundamental? El himno de la ciudad. Esta innovación se incorporó con motivo del centenario de la declaración de Miranda como ciudad, en 2007.

Tras abandonar la pequeña habitación, el paseo por el desván nos conduce a otro espacio, bajo tejado descarnado, en el que proyectos urbanísticos se acomodan sobre un viejo sofá y un ordenador Philips, casi cuarentón, duerme abandonado en el suelo. Junto a él, enormes placas de memoria -que hoy albergarían menos recuerdos que el MP3 más básico- además de cables y otros componentes electrónicos.

El viaje por las alturas da para poco más. Comienza el descenso. Las mismas escaleras, idénticos pasillos. Y la calle. El edificio que ocupa hoy el Servicio de Atención Ciudadana (SAC) fue años atrás sede de los bomberos y, posteriormente de la Policía Local. No hay que llegar hasta allí. Las instalaciones son nuevas. La parada se realiza mucho antes, nada más salir por la puerta principal del Ayuntamiento. Tomamos el acceso a través de la Oficina Municipal de Información al Consumidor (OMIC). En su trastienda se agolpan los primeros muebles de archivo.

Son sólo una pequeña parte del material acumulado. Se mantienen a una temperatura constante de 20 grados con una humedad relativa del 50%. «Esto fue en su momento el despacho de Urbanismo, mi despacho». Luego acogería también al gabinete de Comunicación. Pero lo importante estuvo mucho tiempo atrás. «Todo esto eran calabozos. Había un policía y, el resto, calabozos». Ocupaban todas las estancias plagadas hoy de tomos. La única ventana para los reos daba hacia la calle La Fuente.

«Lo que más hay son dossiers de prensa. Los boletines oficiales van a estar digitalizados a partir del 1 de enero, así no será necesario guardar más». Porque lo que se acumula allí es sólo una pequeña parte. Sumergirse en el archivo municipal, otra habitación, da idea de las dimensiones del material guardado. Entre volúmenes cuelgan los trajes de los maceros «que están recuperados y algún día habrá que volver a utilizarlos»; un antiguo escudo de piedra de la ciudad; una alcantarilla con más de cien años de antigüedad, tramos de columnatas halladas en las excavaciones de Cabriana y la urna centenaria que hace tres años se utilizó también como emblema de la Miranda democrática. Y si se rebusca, habrá más sorpresas.

ARROYO, Salvador

El Correo (26-12-2010)

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