REYES, Antonio - Minerva

Minerva

Desde mi ventana, sentado frente al ordenador escribiendo este artículo, oigo el fantástico repique de las campanas de la iglesia de San Miguel. Las religiones, desde época inmemorial, gustan de proclamar a los cuatro vientos el comienzo de sus cultos para que todos recuerden la necesidad de cumplir con las obligaciones religiosas.

Y la verdad, y sin ánimo de ofensas, a uno que cruza con relativa frecuencia el Estrecho le resulta más agradable al oído el repique de las campanas que el cántico del almuédano. Ambos cumplen el mismo cometido, pero, culturalmente, estoy más hecho a las campanas que a las suras cantadas del Corán.

Atraído por el "mágico" momento, salgo a la calle. Me encuentro una alfombra de flores (es un decir, que los tiempos cambian y los pétalos han sido sustituidos por virutas de madera teñidas de colores), un tapiz multicolor de respeto que haga más llevadero y plástico el paso de la custodia sacramental. La procesión de Minerva serpentea por el barrio de san Miguel, por sus calles estrechas, en una fiesta antigua y popular que conmemora, o al menos siempre lo hacía, la octava del día del Corpus.

A estas alturas, cuando uno se ha vuelto más agnóstico y descreído de lo normal, tengo que reconocer que salí a la calle al reclamo de los sonidos, y más como vecino que como creyente. Era una forma de compartir vecindad con una iglesia, san Miguel, y con una actividad que forma parte del glosario anual de actos del barrio. Y me sorprendió ver cómo los jóvenes se postraban de rodillas al paso del "Altísimo", uno de los muchos superlativos del amplio elenco de las designaciones divinas. Pero sobre todo, y lo digo desde el desconocimiento de estos temas, lo que me resultaba más atractivo era esa mezcla de religiosidad y paganismo. El "Altísimo" como centro de una procesión que lleva por denominación Minerva, la diosa romana de las artes y la sabiduría, también de la guerra. Al parecer, ¡qué maravilla de Internet!, el nombre le viene de que la referida procesión comenzó a realizarse por los primeros cristianos en la Basílica de Santa María de Roma, construida sobre un templo pagano destinado al culto de la diosa romana.

Imbuido por esa síntesis de lo divino y lo pagano, e influenciados mis sentidos por la mezcla de olores, colores y sonidos, al pasar junto a mí la custodia no pude reprimir, lo confieso, mis sentimientos. No me arrodillé, pero fui incapaz de contener el deseo de dirigirme a la diosa grecorromana, Minerva-Afrodita, recordando lo que cuenta Plutarco de cómo curaba en sueños a los atenienses. Le pedí que apareciera en los sueños de esta ciudad y que sanara sus heridas, sus muchas heridas. Si lo hizo en la antigua Grecia, ¿por qué no iba a hacerlo aquí en Jerez, con más muertos vivientes que en la Batalla de las Termópilas? Si algún día levantamos la cabeza, prometo poner en mi casa un altar con una foto de Minerva, desnudita, por cierto, como la del cuadro de la Galería Borghese de Roma. Y es que metidos a ser paganos…, hay que serlo con todas sus consecuencias.

REYES, Antonio

Diario de Jérez (21-06-2011)

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