GALIANO PÉREZ, Antonio Luis - Los subalternos

Los subalternos


La única manera que existe para que una organización funcione sin traumas, es reglamentando la actuación de cada uno de sus elementos, sus relaciones, las dependencias que puedan existir de unos con otros y la manera en que se integran en el organigrama de la misma. Así, dentro de las comunicaciones verticales y horizontales entre cada miembro, incluso, a veces las afectivas, se crea el ambiente propicio para el desarrollo de cualquier actividad. Dicho esto, sin esos parámetros definitorios, entre los que se encuentra la jerarquización, instituciones más que centenarias no habrían podido subsistir. Todo ello es discutible, pero hay que reconocer que algunas de éstas, como la Universidad, la Iglesia, el Ejército y la Administración en general, en las que están establecidos el orden y la preeminencia han servido para que, en muchas ocasiones, se hayan podido diluir enfrentamientos y discrepancias.

Sin ir más lejos, a veces, el protagonismo no sólo lo alcanzan los protagonistas de primer orden: rector, catedráticos y doctores en la primera de ellas; cardenales, obispos, presbíteros en la segunda; generales, coroneles, capitanes y demás mandos, en la tercera; ministros, secretarios, directores generales, jefes de servicio y de sección en la cuarta. Como decía, no sólo son éstos los que desarrollan todo el movimiento del engranaje, pues hay otros componentes de segunda línea, tal vez, de menos cualificación que al final son los que materialmente hacen girar toda la maquinaria.

Dicho todo lo anterior, se nos puede preguntar a dónde queremos llegar. La respuesta es bien sencilla, ya que en todas esas organizaciones existen y existirán colectivos de trabajadores que agilizan el movimiento.

Me estoy refiriendo a ordenanzas, ujieres, maceros, trompetas, avisadores o andadores, pregoneros, muñidores, carrancanos, sirvientes, nuncios y porteros, que junto con otros constituyen un amplio abanico de subalternos y dependientes. Sobre éstos últimos, su actuación en la catedral oriolana estaba reglamentada para el buen servicio de dicha «Santa Iglesia y el decoro y majestad en las funciones del Culto Divino», en su "Reglamento" publicado en 1891, impreso en Orihuela por Cornelio Payá. El número de dichos cargos estaba en función de las necesidades del servicio, sin intentar eximir de sus funciones a los beneficiados de oficio. Quedaban divididos en dos clases: ministros eclesiásticos subalternos y sirvientes seculares.

En los primeros encontramos los siguientes: maestro segundo de ceremonias, presbítero asistente y porta reliquias, sacristán mayor, celador, crucero capitular, confesor de los sacerdotes, organista segundo, salmistas, y si había fondos suficientes tenor, contraalto y bajonista. De los segundos: el pertiguero, sacristán menor y teniente sacristán, acólitos de coro y de altar, infantillos, campaneros, entonador, silenciero y oficial de contaduría.

De todos ellos, nos llama la atención las funciones de algunos como las del celador, que debía de ser sacerdote y cuyo cometido consistía en que todos guardasen la mayor reverencia, silencio y compostura en el templo, en la sacristía y en tránsito durante los Divinos Oficios.

De los sirvientes del estado secular, un cargo que aún hoy vemos preceder al Cabildo Catedral, es el pertiguero, del cual el 'Reglamento' indica que asistirá vestido de ceremonia a las funciones del Culto Divino acompañando al celebrante, así como a dicho Cabildo siempre que va formado en procesión. Tiene la obligación de comunicar las citaciones para la celebración de los cabildos, debiendo permanecer fuera de la sala capitular para lo que pudieran mandarle, así como conducir la correspondencia al correo o a las autoridades o a los particulares.

En referencia a los infantillos o niños del coro, en número de ocho, para su admisión debían haber superado una prueba de voz y tenían que tener instrucción suficiente para ayudar a misa. Antes de iniciarse los Divino Oficios salían de la sacristía con los brazos cruzados, formados por orden de antigüedad, sin correr ni hablar.

Por último, otros sirvientes eran los dos campaneros, a los que les correspondía el toque de campanas, tanto para anuncio de las festividades, como para los oficios. Era de su obligación la limpieza del templo, inspeccionarlo y comprobar que no quedaba nadie dentro antes de cerrar las puertas. Esta última función la hacían alternando con los sacristanes menores, pernoctando en el interior de la iglesia para la seguridad y custodia de la misma. Por último, encontramos al silenciero, cuyo oficio consistía en recorrer la iglesia un cuarto de hora antes del coro, vestido de ceremonia, para que no se perturbara el silencio, debiendo sacar a los perros y a cualquier otro animal se hubiera introducido. Asimismo, le competía la limpieza de las oficinas.

Hasta aquí: los subalternos, nombre éste que en sus acepciones como inferior o por debajo de otros, o simplemente como empleados de menos categoría, siempre se les ha reconocido. Sin embargo, queramos o no son piezas de ese engranaje de la maquinaria de una organización, que han sido testigos dentro de sus limitadas funciones de muchas cosas acaecidas en la historia.

Antonio Luis Galiano Pérez es cronista oficial de Orihuela

GALIANO PÉREZ, Antonio Luis

La Verdad (17-06-2011)

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