BLASCO IJAZO, José - El reloj y las campanas de la Torre Nueva

El reloj y las campanas de la Torre Nueva

¡Ironías de la vida! Amenazaba la torre inminente ruina y se dio un plazo de ocho días para que subieran los vecinos a despedir el sobrio panorama divisado desde sus balconcillos. Mediante el pago de diez céntimos por barba.

(…) A los lectores, siquiera sea por tradición, no puede dejar de interesarles este relato. Relato breve para lo que cabría decir, recordando la prisa de los hombres modernos confiados a la eterna carrera contra el reloj de sus ocupaciones.

¡Y pensar que por un reloj y para un reloj se hizo la grandiosa Torre Nueva!...No para un reloj más que graduase la vida a paso complicado como ahora. No. Entonces se vivía pausadamente. La Ciudad necesitaba un reloj para el buen gobierno de los Tribunales, asistencia a los enfermos y reglamentación de la vida en el vecindario. Los relojes existentes a la sazón en la vieja Ciudad no corrían con el concierto y seguridad apetecedlo. El que se quería, colocado en una torre tan alta y magnífica tenía que distinguir a Zaragoza como cabeza y metrópoli de la corona de las demás villas y ciudades del reino.

Pues sí, para fijar el ansiado reloj en sitio estratégico y visible se construyó una torre suntuosa, con una campana muy grande que se oyese desde toda la ciudad. Y esa fue la Torre Nueva.

Hace la friolera de 449 años se planteaba el asunto de la construcción. Reinaba en Aragón Fernando II el Católico. El 22 de agosto de 1504 se acordó en Consejo de la Ciudad levantar la torre y colocar un reloj.

(…) Sin tiempo que perder, quedó nombrado artífice principal y director de las obras Gabriel Gombao. Tesorero, Juan Pérez Olivar, al presente Mayordomo de la Ciudad. De la construcción del reloj se encargó maestre Jaime Ferrer, vecino de Lérida. Reloj con dos campanas, una para señalar las horas y otra los cuartos, dándole corriente por precio de 100 florines de oro, equivalente a 1.600 sueldos.

En 15 meses se fabricó la torre, aunque habiendo dotado algunos defectos en el chapitel y armazón del reloj y deformidad de las campanas, y a falta de algunos adornos tenidos por precisos, duró la obra hasta 1512.

Por noticias y libramientos en los Registros, los gastos de la fábrica de la torre, reloj y campana se hace juicio que vinieron a importar 4.688 libras jaquesas y 10 sueldos, incluida la obra del fundamento de aquella en la que había cerca de 3.000 varas cúbicas de excavación y las mismas de mampostería para su sólido. Y conforme al diseño proyectado se halló que debía de tener la torre de altura desde el pavimento hasta la cruz 273 pies y los cimientos alcanzaron una profundidad de 68 pies.

Hasta aquí fue bien respecto a la torre, no así del reloj.

¡Ay, las campanas!... Las campanas del reloj dieron mucho quehacer. Se habían instalado en 19 de noviembre de 1508, pero la mayor no alcanzó las voces esperadas. Por eso y porque faltaban asas se fundió de nuevo. Echen ustedes quintales de metal. ¡250 nada menos! A su coste 1.535 libras jaquesas, sumáronse 250 de la fundición y 74 de subida y enjubarla y, aparte, el valor de las maromas que se hicieron.

Nuevamente se quebrantó la campana. Los artífices pusieron en práctica el raro medio de hacer mayor la abertura, limando todo lo que había hendido para evitar la ofuscación de sus ecos y poder excusar la difícil y costosa enmienda de volverla a fundir. Con ese arreglo tiró unos cuantos años y a fines de 171 en que la más porfiada y necia pulsación causó su completa inutilidad, cayéndose un pedazo de 14 arrobas, fue urgente romperla y colicuarla.

Así lo acordaron. (…) En 1712, otra vez a fundirla. Había experimentado graves deterioros porque la base o cimiento del molde no rigió la constancia y firmeza que requería lo muy vehemente y penetrante del fuego y la gravedad de tanto peso como el de 1.000 arrobas de metal. Entonces gobernaban la Ciudad D. José Carrillo de Albornoz, Conde de Montemar, Mariscal de Campo de los reales ejércitos, Gobernador y Corregidor de Zaragoza; don José Terrer de Valenzuela, Caballero noble de Aragón; D. Gaspar Jiménez del Corral, D. Manuel de las Frías, D. Bruno Lávalas y Campi, D. Jerónimo Royo Torrellas y D. Martín Altarriba, regidores. Todos estos nombres y otros se grabaron en la campana, campana bendecida por el Obispo de Huesca, Fray Francisco de Paula Garcés de Marcilla y dedicada a la Virgen Santísima con la invocación del Pilar y grabadas las imágenes de Nuestra Señora, un Crucifijo, San Valero y Santa Bárbara.

¡Tan cara campana!... Fundida en un corral y cubierto que tenía la Ciudad para almacén de maderas, en las Eras que se llamaban del Sepulcro, fue conducida a la Torre Nueva en un carretón a propósito, tirado por 36 mulas de Artillería, por el camino más corto: Coso, calle Cerdán, Mercado y calle Nueva. Hubo que tomar serias precauciones a fin de no arruinar edificios y subterráneos inmediato ante la violencia de tan pesado movimiento. Por pregón se avisó a los propietarios, afectados para que hiciesen reconocer y asegurar los inmuebles. A pesar de tales reservas, se quebrantó una casa de la Albardería y en otra se hundió la bodega.

Ya en la plaza de San Felipe resultó penosísima la subida de la campana a la Torre Nueva. Gracias a la habilidad y acertada dirección del artífice Antonio Rubio. Fue preciso abrir una gran brecha para introducir la campana hasta el centro. Con este motivo se cerró la puerta que estaba al Septentrión y se dejó dispuesta y adornada otra que daba al mediodía.

Remediado tan grave estruendo, se puso sobre ella el escudo de Armas de la Ciudad (que se conserva en el Museo Provincial). La campana quedó fijada en su lugar el 5 de febrero de 1712.

También se renovó el reloj por estar el antiguo poco puntual. Su incesante ejercicio y la continua lima del tiempo lo tenían debilitado y sin la constancia precisa en sus violentas articulaciones y movimientos. Este reloj señalaba las horas con los sonoros y abultados ecos de la campana grande y los cuartos de hora con la otra más pequeña que servía de último chapitel. Una y otra campana daban orden y concierto a toda la ciudad.

(…) En el remate de la torre había una cruz veleta, una bola dorada y la campana para los cuartos. Contaba de altura la torre desde el suelo de la Plaza de San Felipe, 105 varas de Aragón.

(…) En otra finalidad ¡qué buenos servicios prestó a los zaragozanos la Torre Nueva durante los asedios de 1808 y 1809!... A cada granada o bomba que disparaba el enemigo, la campana mayor señalaba con precisión precautoria el peligro, por medio de uno, dos, tres o cuatro toques, según el sector afectado de los cuatro en que se dividió Zaragoza a tal fin previsor.

Y lo mismo durante la guerra civil de 1838. Apostada una guardia de bomberos de la milicia nacional en los balcones de la torre, soberbia atalaya para descubrir una circunferencia de unas 16 leguas a la redonda, observaba los movimientos que el ejército carlista pudiera efectuar sobre la población.

(…) Una vez derribada la torre, la campana mayor se llevó a la torre baja del Pilar y la cruz del remate a la torre de San Felipe (…)

BLASCO IJAZO, José
"¡Aquí.....Zaragoza!" Zaragoza (1948)
Transcripción de Ignacio NAVARRO GIL (28-07-2011)
  • ZARAGOZA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (historia general y tópicos): Bibliografía

     

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