Madreadmirable.com - Solemnidad de santa María, Madre de Dios

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

No hay quien, en nuestros días, no marque el transcurrir de sus jornadas y de su vida mediante el calendario y el reloj. Mirar nuestras muñecas y observar la posición de la agujas o la cifra digital, consultar nuestras ‘palms’ o nuestras ‘laptops’ -o, los más atrasados, sus agendas-, para ubicarnos en el tiempo, es el gesto natural de miembros de una sociedad marcada a fuego por la tecnología. AÚn observando fotos que nos llegan de lejanos lugares de África o de desoladas tierras de Afganistán podemos reparar que hasta el más desnudo, el más pobre, lleva atado a su muñeca un reloj. No será un Rolex un Pathé Philippe pero, al menos, alguno trucho ‘made in China’.

Pero con una Palm, con un Omega, no se hubiera arreglado un antiguo habitante de nuestro Buenos Aires colonial. Los ritmos de los días y de los años se normaban de otra manera, mucho más primitiva, pero, sobre todo, más cristiana.

No eran los ‘pi pi’ de las radios, ni la señorita del teléfono, ni los relojes de los municipios -como después de la Revolución Francesa en Europa-, los que determinaban los tiempos, sino las campanas de las Iglesias, Único sonido artificial en aquella época que, integrándose con el de la naturaleza, llegaba hasta lejano el campo de los alrededores de los pueblos con su voz amiga, con su cálida sugerencia de la presencia de Dios.

Al toque del alba, repicando los campanarios de la muy noble ciudad de Santa María de los Buenos Aires, no solo eran los frailes de San Francisco, la Merced o Santo Domingo, quienes acudían al coro a rezar, sino que todo el vecindario comenzaba a ponerse en movimiento acudiendo a sus tareas, a la Plaza Mayor, a los mercados. O a las iglesias para oír las primeras misas y dar gracias por el nuevo día. Todos madrugaban en Buenos Aires con la luz del sol. La actividad religiosa, en la alta sociedad, ocupaba el primer lugar entre sus ocupaciones diarias, ya que caballeros y damas y personas de distinción acudían a la Misa Mayor de la Catedral. O alternaban, segÚn el santo del día, o por algÚn funeral –que los había muchos- o toma de hábito de alguna religiosa, por las distintas iglesias, capillas o conventos porteños.

Al toque de las campanas que marcaban el comienzo de la Misa Mayor, entre toda la gente que llenaba la Plaza Mayor –luego de Mayo- o estaba en los negocios o en el mercado o en la vieja recova, existía la piadosa costumbre de rezar el Credo. No eran, pues, las ocho de la mañana, era ‘la hora del Credo’. Las once, más prosaicamente, también anunciada por las campanas, era ‘la hora del almuerzo’. Y, luego de dar las campanadas del Ángelus a las doce –que no eran las doce, sino la ‘hora del Ángelus del mediodía’- ¡guay de campanas y campaneros! Porque, salvo arrebato de malones o de presencia de enemigos, era la sagradísima hora de la siesta.

A las dos y media se comenzaba a llamar a las Vísperas, que en aquel entonces se recitaban a las tres de la tarde, y la población reiniciaba su actividad. Los religiosos, canónigos y capellanes acudían al rezo. El gobernador –o, luego, el virrey- se dirigía a su despacho y comenzaba las entrevistas. Procuradores, abogados y notarios -cuando los hubo, que, gracias a Dios, hasta casi el virreinato no existían- se dirigían a la Real Audiencia o los Tribunales. Y el resto de la población a sus oficios o actividades domésticas. Al atardecer, daban el toque del Ángelus vespertino, que no eran las seis o siete de la tarde sino eso: ‘la hora del Ángelus’, y todos, descubriéndose, deteniéndose en la calle, rezaban la oración mariana, para dirigirse luego a cenar.

Volvían a redoblar las campanas a la ‘hora de las Animas’, lo cual se hacía a las ocho; pero que ‘hora de las Ánimas’ se llamaba, porque todos allí recordaban y rezaban por sus muertos, generalmente el Rosario, la familia reunida con su servidumbre. Y, a partir de entonces, el silencio era casi completo y prácticamente nadie transitaba por las desiertas calles. El Último toque, a las nueve de la noche, era para pedir por los agonizantes y por los que se hallaban en pecado mortal. Así, ‘pa los agonizantes’ -como diciendo que había llegado tardísimo- cuenta Concolorcorvo que arribó extenuado a Córdoba.

Las fechas no eran nÚmeros ni arábigos ni romanos contando sus treinta días o sus doce meses, sino fiestas religiosas que iban jalonando el año. Además de los domingos, ¡cuarenta fiestas de precepto!. La mayoría abolidas por la Asamblea del año XIII, -como luego Sarmiento prohibiría el toque de campanas- en clima de sana alegría, sin trabajos serviles, sin ventas y compras de mercado: solo asistencia a Misa, a sermones, a procesiones. Las celebraciones importantes como San Martín de Tours, Corpus Christi, Navidad, Pascua, acompañadas de jolgorios populares, corridas de toros, juegos, chocolate y golosinas para los niños.

Así no había, para la mayoría, días y meses contabilizados, sino fechas festivas que marcaban zonas del año: ‘para Pascua Florida’, ‘pa Santiago Apóstol’, ‘para Todos los Santos’... (...)

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