AGUIRRE, Erick - El campanero ciego de Julio Valle-Castillo

El campanero ciego de Julio Valle-Castillo

Desde muy joven, cuando apenas empezaba a publicar algunos perogrullos en los periódicos, me acerqué con admiración y espíritu inocentemente crítico a la obra poética de Julio Valle-Castillo. Siempre admiré su erudición literaria, especialmente su profundo conocimiento de la literatura hispanoamericana, particularmente la española, mexicana y nicaragüense. Llamaban mi atención sus ademanes profesorales y la seguridad con que decía lo que sabía, cada vez que alguien le consultaba, fuera un amigo, periodista o estudiante.

Mucho tiempo después fui su alumno en un curso de postgrado en Literatura en la Universidad Centroamericana, creo que por el año 2000 o 2001. Y ahí corroboré sus enormes conocimientos no sólo de la literatura sino de la gran pintura española del renacimiento. En un curso sobre el barroco nos hizo una exposición extraordinaria y para mí inolvidable (por la pasión y la facilidad con que identificaba y conocía los detalles) del “Entierro del conde de Orgaz”, de El Greco.

Pero, como decía, yo ya me había acercado desde muy joven a su poesía. Empecé por lo que primero tuve a mi alcance: Materia jubilosa (1986), pero después tuve oportunidad de acercarme más a otras vastas áreas de su poética, hasta el último de los libros que conforman ese libro de libros que tituló Con sus pasos cantados (1998), que contiene, además de Materia…, Las armas iniciales (1972), Las primeras notas del laúd (1977), Formas migratorias (México, 1979), junto a otros volúmenes hasta entonces inéditos.

La poesía de Valle-Castillo, sin embargo, es como una serpiente que se muerde la cola. El lapsus entre Las armas iniciales y Con sus pasos cantados dio paso luego a una especie de retorno a sus (valga la redundancia) verdaderas armas iniciales, a su poesía primigenia. Por otra parte, Lienzo del pajaritero (2003) y Memento de vivos y difuntos (2008) no son más que un regreso, una vuelta a las herramientas poéticas originales, y no es extraño que en ambos libros hayan poemas escritos en esos tiempos y que permanecieron tanto tiempo inéditos, mezclados con otros poemas nuevos, escritos recientemente pero que se corresponden y asumen su parentesco, su consanguinidad, con los que forman parte de esas armas poéticas iniciales.

En ambos libros, la forma en que están construidos los poemas, tanto los “viejos” como los “nuevos”, parece de nuevo corresponder a esa espontaneidad de su poesía que ya he mencionado en otro artículo; al acabado preciso que siempre termina por darles la memoria. La estructura de cada poema parece también corresponder, como ya he dicho, a la evocación emocional-figurativa de cada recuerdo.

Lienzo del pajaritero es también, a su vez, un primer esbozo de lo que se nos representa ahora en este nuevo libro aún inédito de Valle-Castillo: Balada del campanero ciego, ganador del Premio Internacional de Poesía “Pablo Antonio Cuadra” 2012. Tanto los del Pajaritero como los del Campanero son poemas gráficos, como casi toda la poesía de Julio; poemas casi cinemáticos: imágenes y evocaciones visuales, a veces inmóviles, a veces vertiginosamente en movimiento, aunque históricamente concretas. Es en el fondo un solo poema largo, sostenido, pero con pausas obligadas por la necesidad de enfocar los propósitos de cada evocación.

Son evocaciones atávicas, casi arqueológicas, de la historia de su infancia y juventud, de sus entornos, de lo que algunos llamarían la Masaya o la Nicaragua “profunda”; pero (y esto es algo quizás más importante) del contexto no sólo histórico sino profundamente humano, cultural, que rodeó esa infancia y juventud; y por supuesto, todo lo que eso significa. Como entes catárticos, tanto el Pajaritero como el Campanero ciego son figuras concretas, de un entorno cultural aunque complejo e inasible, también concreto; pero son figuras también creadas literariamente; entes evocadores de la memoria, pero no sólo de la memoria del poeta, sino de la memoria colectiva, de esa intrahistoria que sólo puede constatarse en las vidas y azares de todos esos seres en apariencia comunes que conforman la cultura de Masaya, León, en fin, Nicaragua.

Memoria mestiza, mixturizada en su factura poética y en su esencia. La palabra poética como instrumento de preservación de una cultura, de una herencia humana e histórica que desde las epifanías personales aflora y se transforma en epifanía total, en la reconstrucción de una identidad sociológicamente indefinible, antropológicamente inasible, políticamente irrepresentable, a la que sólo la palabra poética puede dar cuerpo, como algo que ocultamos con celo en el hueco de las manos para luego, de pronto, mostrarlo a todos como una maravilla.

Balada del campanero ciego es el texto que encabeza y en buena manera da sentido a este nuevo libro de Julio. Pero, si la balada como tal fue en un tiempo una forma artística, textual y musical, de expresarse en las cortes europeas de la Edad Media, finalmente devino y deviene también, inevitablemente, en poesía, y en el caso del Campanero ciego de Julio Valle, en leit motiv poético. El campanario ciego de la catedral de León viene a azuzar los recuerdos, la conciencia o la inocencia rotunda del poeta siempre niño de Masaya, que se pregunta quién es, de dónde es, de qué vecindario, de qué mesón, de qué ronda o de qué hondo zaguán ha llegado hasta el centro de esas antiguas torres a tirar de los cordeles de la campana mayor, de la campana de San José o la de San Antonio.

Ciego que nada ve pero que todo lo mira, y que sin ver o quizás mirando sigue amando su oscuridad, viéndonos a todos desde el oído. Su ceguera lo convierte en prefigura del poeta, del que mira lo que no ve el hombre, del que escucha el concierto entero y le sonríe a la muerte y aspira todos los olores de la vida.

Pieza fundamental entre toda la obra poética de Julio, Balada del campanero ciego es sólo uno de los muchos poemas extraordinarios que conforman este libro. Particularmente me han impresionado “Apertura del testamento de Mama Cha”, “Balada de las casas esquineras”, en los que insiste en reconfigurar con emoción inagotable la memoria de la provincia, de sus lugares entrañables por los que a veces no pasa el tiempo y se pueblan de espíritus, de muertos vivos y vivos muertos, como en Comala. Sitios y espectros provincianos, visiones y recuerdos de experiencias primarias enraizadas en el centro y los contornos de la provincia, o más bien de la memoria.

Entrecruzamiento de tradiciones, teatro y poesía o teatro-poesía, el poema al pie del lecho de muerte de Rubén Darío, la puesta de las rosas alegóricas en la losa enternecida que guarda a la décima musa de Sor Juana Inés de la Cruz, y el “Retrato abstracto de Gilberto Owen”, son más bien como puestas en escena logradas únicamente con el poder evocador de la palabra y el aguzamiento extremo de la memoria.

Los poemas “Espejo”, “Amantes sobre el mundo”, “Canción para una muchacha que se tarda en ser madre” y “Cordero de Dios” (dedicado a su hijo), son textos de un dramatismo inquietante, elaborados como en casi toda su obra con una forma de expresión siempre emotiva y con un lenguaje desnudo, abierto, y una versificación multiforme e irregular, a veces engañosamente libre o libérrima, construida sin ninguna inhibición de tipo formal; con un tono entre coloquial y evocativo capaz de transmitirnos con naturalidad, desde las emociones más sublimes hasta las escenas y expresiones más procaces.

Entre casi toda la obra poética de Julio Valle-Castillo, Balada del campanero ciego encuentra una expresión distinta que, pienso yo, podría calificarse de superior.

AGUIRRE, Erick

El Nuevo Diario (07-05-2013)

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