HERNÁNDEZ, Bertha - Dos siglos de tañidos

Dos siglos de tañidos

Equipo. Jóvenes y mayores; hombres y mujeres, todos ejercen con amor el oficio de campanero - Autor: HERNÁNDEZ, Bertha
Equipo. Jóvenes y mayores; hombres y mujeres, todos ejercen con amor el oficio de campanero - Autor: HERNÁNDEZ, Bertha

La antigua Plaza de la Constitución volvió a llenarse con el tañido de campanas. Pero no se trataba de los llamados a misa ni del Angelus a los que tan acostumbrado está quien viva o trabaje en el Centro Histórico; fue una más de esas ocasiones de contento que emociona a los chilangos, uno de esos momentos para recordar; fue la noche del concierto de campanas por los 200 años de la terminación de la Catedral Metropolitana.

Abajo, a nivel de calle, los turistas, los paseantes y los devotos se arremolinaban ante las rejas del templo a escuchar, a conmoverse. Arriba, en los techos, todo era sonido, todo era metal y aire: los campaneros son capaces de convertir el festejo bicentenario en vibraciones que corren por las calles y que, por espacio de casi una hora, invocaba el pasado de la antigua ciudad de México.

COMUNIDAD. Dicen que todo aquel que sube al techo de la Catedral se fascina con lo que ve desde allí. Y si ese alguien hace sonar una campana, se enamora y se queda. Eso fue lo que le ocurrió al diácono Rafael Parra, campanero mayor, que llegó a la Catedral hace 18 años, con la aspiración de estudiar Teología. Invitado a integrar una pastoral de campaneros, el diácono Parra formó, al paso de los años, una comunidad donde lo mismo participan arquitectos que enfermeros, historiadores de arte y sencillos apasionados del antiguo oficio de tañer las campanas. Todos son voluntarios, y todos han experimentado ese embrujo que ocurre cuando uno sube a las alturas y escucha.

LA VOZ DE DIOS. La campana, cualquier campana de una iglesia, tiene un significado profundo que explica su presencia en los templos: el fondo simboliza la bóveda del cielo; el badajo, el hombre y el mundo en que vivimos. De su contacto surge un sonido que es la voz de Dios. “Por esa voz estamos aquí”, reflexiona el diácono Parra.

Y esa voz contiene parte de la memoria del Centro Histórico, una memoria de otras épocas; antes de la Reforma Liberal, cuando cada parroquia de la ciudad celebraba con campanas sus fiestas, doblaba por sus muertos y marcaba el transcurrir de las horas canónicas. Pero esa memoria también recupera tradiciones de un México no tan remoto. Recuerda Rafael Parra su infancia de niño del barrio de la Candelaria de los Patos, cuando iba la noche de año nuevo, de la mano de sus padres, a escuchar las doce campanadas al pie de la Catedral. Al regresar, la gente replicaba el sonido, al golpear con varillas los postes de metal del alumbrado público, y la voz metálica se multiplicaba en las calles.

UN CONCIERTO, DOS SIGLOS DE HISTORIAS. Son 35 las campanas que participaron en el concierto por los 200 años de la terminación de la obra formidable que es la Catedral Metropolitana de la ciudad de México. La más antigua ha presenciado, prácticamente, toda la historia de este país: se llama Santa María de la Asunción, y todos le llaman, con afecto, “Doña María”; la forjaron en 1573. Al paso de los años, algunas campanas, inevitablemente, se maltratan, se rompen y ya no pueden continuar su misión. Pero no abandonan su sitio de trabajo. Quien suba al techo de catedral, verá algunas allí, en reposo. Una que otra, con mala suerte, reciben el silencio por castigo, cuando matan a un campanero. En este concierto, la campana castigada en 1943 y perdonada en 2000, también resonó junto con sus hermanas.

Cierto, el concierto por el bicentenario catedralicio es una ocasión especial; pero las campanas han estado, están presentes en numerosos momentos de la agitada vida pública de la Plaza de la Constitución, y su relación con los capitalinos es intensa y amorosa. Así, llegan muchos, por motivos religiosos, políticos o sencillamente de gana de fiesta. Reclaman el tañer de las campanas de la Catedral en las noches de Grito septembrino, cuando también los campaneros se impresionan por el inmenso “Viva México” que corea el Zócalo lleno; son los entusiastas que desde la calle, desde los balcones de los hoteles y restaurantes cercanos, corean cada una de las campanadas que anuncian el nuevo año; eran, en 2008, los miles de manifestantes que, vestidos de blanco exigían seguridad y que, al llenar la plaza, gritaban “¡campanas, campanas!” para que el tañido se uniera al reclamo masivo.

CON LA NOCHE, LLEGA EL CONCIERTO. Cala el viento hasta los huesos en el techo de la Catedral, pero los campaneros ni siquiera lo advierten: lo suyo es un trabajo que requiere, además de energía, completa coordinación entre las dos torres: repiques solemnes, toques como el Ave María, los toques de Semana Santa, adornados con enormes matracas; un toque especial llamado originalmente “la cascada” que los jóvenes campaneros llaman “la máquina” y que, en efecto, retrata la fuerza y la pujanza de una locomotora. Suenan, suenan todas; la perdonada, la donada por Soumaya Slim, la bendecida por Juan Pablo II, las nacidas novohispanas y ahora mexicanas. Cincuenta y cinco minutos dura el concierto, que abajo es celebrado con aplausos, con gritos, con chiflidos. Regresa el silencio. En la calle, la algarabía es completa, aún hay festejo. Los campaneros se unen a la fiesta: desde el techo gritan “¡gracias, gracias!” a la gente que los ha acompañado. Fiesta de 200 años, nada más, nada menos.

HERNÁNDEZ, Bertha

Crónica (17-08-2013)

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