ANÒNIMO - Campanarios musicales

Campanarios musicales


No hay palabra en el castellano que designe el armoniosos repique o música de campanas que en francés llaman "carillón" y que resuena alegremente en muchas torres de Flandes y del Norte de Francia. El carillón no tiene la sonoridad de la campana, es local y familiar. Exige además el concurso de un hábil músico para hacer vibrar las múltiples campanillas de esa simpática orquesta.

Origen de los carillones

La palabra carillón viene del antiguo vocablo francés quadrillon (del latín quadrilio, cuaternario), que significaba repique de cuatro campanas; porque los carillones estaban compuestos en su origen de cuatro campanas. Sin embargo, en algunos países, se componían de tres de éstas, y eran llamados entonces triceler o trigelier.

El carillón puede definirse así: Un sistema de campanas diversamente acordadas, colocadas con simetría y dispuestas convenientemente para la ejecución de una sonata.

Vicente de Beauvais cuenta que Túbal, descendiente de Caín, inventó la másica golpeando los cuerpos sonoros con martillos. "Los griegos, añade, han atribuido fabulosamente esta invención a Pitágoras". El P. Amyot se inclina a atribuirla a los chinos; pero lo que se sabe de cierto es que en el siglo IX los juglares y los menestrales usaban una especie de carillón portátil, llamado timbre, el cual consistía en un juego de mayor o menor número de campanillas de calibre diferente, suspendidas de un triángulo de madera y que se tocaban con pequeños martillos.

Es de notar, además, que hasta el siglo xv, cuando los escultores e iluminadores de manuscritos o los pintores en vidrio representaban la música, lo hacían siempre personificándola en una mujer sentada queda con unos martillos en tres o cuatro campanas. Los ejemplos de estas representaciones figuradas son innumerables.

Se ha pretendido que los carillones fueron introducidos en Europa en el siglo XVI por los holandeses, lo cierto es que los países bajos han sido los primeros en afinar el juego de campanas, a semejanza del juego del órgano, gastando a porfía sumas enormes para poseer el carillón más completo y mejor, acordado que se pudiera imaginar. Por esto, no extrañará, saber que el carillón de Brujas, que fue reconstruido en 1502 y estaba compuesto de 47 campanas, formando una escala de cuatro octavas, costó tres millones.

Llegaron asimismo a reunir campanas y campanillas acordadas con precisión, en una extensión cromática de cinco o seis octavas. Los martillos de estas campanas obedecían a unos teclados y a un pedal, de suerte que formaban un gigantesco órgano aéreo. Dará una idea del precio fabulosos de estos ingenios sonoros recordando que el precio medio del metal es de cinco francos el kilogramo, y que una campana que da el do de la sexta octava aguda, de la cuerda grave del violoncello, necesita pesar 22.900 kilogramos.

El primer gran carillón que se construyó en Flandes parece ser el de Alost (1487); pero la ciudad de Brujas reivindica la prioridad, ya que en 1300 poseía un triceler, o sea un carillón de tres campanas, mencionado en los Archivos municipales.

El mecanismo de un carillón





Los carillones más armoniosos

Los mejores carillones de Bélgica son el de Amberes (1540), que tiene una extensión de seis octavas, y los de Malinas, de Lovaina, de Brujas y de Gante; y en Holanda, los Ámsterdam (cinco octavas), Delft y Harlem.

En Francia, las torres o campanarios de iglesias o palacios no tuvieron nunca tanto número de campanas; pero las ciudades del Norte procuraron hacerse de carillones, cintándose el de Saint-Maclou, de Rouen, los de la catedral de San Nicasio, de Reims, y el de la Samaritana, de París. Este Último carillón se tocaba mediante cilindros movidos por ruedas hidráulicas. Pero los carillones más nombrados eran los del Flandes francés; en primer lugar, el de Dunkerque (44 campanas), siguiendo los de Roubaix y de Donai (39 campanas), de Saint-Amand (38), de Bailleul (31), de Bouchain (30), y sucesivamente los de Valenciennes, Cambrai, Tourcoing y San Quintín. Merece mencionarse asimismo el hermoso reloj de carillón que Felipe el Bueno hizo transportar de Countrai a Dijon, y el de la catedral de San Juan, en Lyón.

Los ingleses han construido hermosos carillones, sobresaliendo entre ellos los de Ely y de Westminster.

El principal defecto de estas orquestas aéreas es la prolongación del sonido, que produce confusión en las armonías, si bien se aminora cuando se las oye a cierta distancia. También se ha tratado de corregirle proveyendo a cada campanilla de un sistema de tapadera que apague las vibraciones; sin embargo, parece que el mejor remedio es contentarse con ejecutar piezas apropiadas, en vez de desnaturalizar el instrumento pretendiendo utilizarle más allá de los límites convenientes.

El carillón puede funcionar mecánicamente o manejado por un músico.

El carillón mecánico resuena por medio de tambores o cilindros erizados de púas iguales entre sí; rodando sobre sus ejes, estos tambores levantan unos martillos que golpean las campanas y las hacen vibrar. El mecanismo recuerda el de los órganos de Berbería y el de la moderna pianola. Cuando le toca un músico, se separa el mecanismo, y el artista tiene ante sí dos teclados, cuyas teclas son grandes clavijas de madera, a las que van a parar los hilos de hierro que conectan las teclas con los martillos. La disposición es la misma que en el órgano: teclado manual para obtener sonidos agudos, y pedales combinados con las campanas graves. El ejercicio constituía una ruda gimnasia para el artista, quien debe accionar con pies y manos; actualmente, y con el auxilio de la electricidad, los teclados de los carillones son tan suaves como los de un piano. De esta clase es el carillón del Palacio Municipal, de Munich. En tiempos pasados, los instrumentistas de carillones, después de una hora de tan terrible prueba, se veían obligados a acostarse y descansar, sin tener fuerza para pronunciar una sola palabra, pero gozaban buenos sueldos.

Los grandes carillones

El más célebre de estos instrumentistas fue, en Bélgica, en el siglo XVIII, Matías ven de Ghein (1721-1785), organista de la iglesia de San Pedro, en Lovaina, y carillonero municipal a partir de 1745. Dejó piezas para órgano y para carillón tan difíciles, que nadie después de él ha podido ejecutar.

En Holanda, Potthof, de Ámsterdam, hacía maravillas en el carillón del Ayuntamiento y era al mismo tiempo, organista de la iglesia. Burney, que le oyó en 1772, quedó confundido al verle en su campanario ejecutar a fuerza de puño pasajes que apenas podían ejecutarse con los diez dedos. Tocaba siempre con la mayor limpieza e improvisaba con tanto gusto como originalidad. Fetis cuenta haber oído también a Potthof y a otro improvisador célebre, el carillonero Rodin, de Saint-Omer.

En nuestros días, en Flandes y Bolonia ha despertado la afición popular de los carilloneros. Se efectúan torneos anuales, principalmente en Malinas, donde Jef Denyn, restaurador de los instrumentos y del arte del carillón en Bélgica, obtiene ruidosos triunfos, que le consagran como el primer instrumentista en este género. Los indicados torneos se ven muy concurridos.

Los juegos de campanillas del carillón

La afinación de las diversas campanas se obtiene fácilmente limando los bordes de los timbres o adelgazando el contorno de las campanas. En cuanto a la diversidad de timbres, Marsenne, en su Armonía Universal (1636), nos dice que se obtiene variando la materia de que se componen las campanas.

Hay, además, carillones tubulares, que consisten en una serie de tubos suspendidos de un marco o bastidor, y sobre los cuales se toca con un pequeño mazo, lo que permite obtener armonías parecidas a las de los antiguos carillones. También se han construido juegos de timbres movidos por un teclado semejante en un todo al del órgano. Estos carillones agudos, que poseen una escala, cromática de dos a tres octavas, fueron empleados ya por Haendel en su oratorio Saúl, en un coro de Avis y Galatea, y por Mozart en la Flauta encantada, Wágner le empleó igualmente en la escena final de la Walkyria (Encantamiento del fuego).

En estos Últimos años se han reemplazado los timbres o los tubos por láminas de acero, ganando de este modo el agudo más de una octava. Se puede componer música para este instrumento como para el piano, pero teniendo cuidado de dejar a las vibraciones el tiempo de propasarse libremente.

El Calesta, de Mustel, es un instrumento con teclado que acciona, no por lámina de acero, sino por una serie de diapasones. El sonido es de una pureza ideal, de una percusión cristalina. Víctor Charpentier la ha empleado en Luisa, y antes que él, Widor sacó un gran partido en La Korrigana, en los bailables de costumbres campesinas.

El carillón y la campana


En general, puede afirmarse que el carillón es peculiar de los países del Norte, como si las brumas de estas regiones invitaran al recogimiento del espíritu y a la audición de esta mÚsica aérea, mitad religiosa y mitad profana.

En los países del Mediodía, a lo menos en España, no ha cundido la afición a los carillones. Madrid sólo posee el de San Francisco el Grande.

Carillones y campanas tienen sus peculiares encantos; los primeros, su mÚsica aérea alegre y concertada; las segundas, su pausado compás, sus recios sonidos, que evocan toda la gama de sentimientos expresados por Schiller en su inmortal Canción de la campana. La religión católica guarda sus mejores armonías para la celebración del culto dentro de la iglesia, y deja que las campanas graves y austeras cumplan con el lema que todas ellas se llevan escrito: Vivos voco, mortuos plango, fulgura frango. Sin que esto quiera decir que la campana deje de tener su mÚsica. Concierto musical es el repique de campanas de la Giralda, de Sevilla, el Sábado de Gloria, y conciertos musicales, graves y solemnes, son también el volteo de campanas de nuestras catedrales, que en ecos formidables llenan los aires y suben hasta perderse entre las nubes que parecen ocultar el trono de Dios.

  • Acústica, afinación de les campanas: Bibliografía
  • Carillones: Bibliografía

     

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