CORRESA i MARÍN, Ignasi - Pep, el campaner

Pep, el campaner

El objeto de la historia es esencialmente el hombre (los hombres), eso escribió el historiador Marc Bloch en su libro Introducción a la historia (1944) antes de morir asesinado por los nazis. No le falta razón, puesto que somos nosotros los que la vivimos, le damos sentido e interpretamos. Sin embargo, generalmente la escribimos a partir de grandes acontecimientos o de personas que, de una manera u otra, para bien o para mal, han cambiado o transformado el mundo. A pesar de ello, recuerdo que varios profesores de la facultad de historia solían reflexionar sobre la importancia de aquellas personas que enajenan conocimientos a la sociedad que a pesar de estar en desuso, la enriquecen y la hacen inteligible cultural, antropológica e históricamente hablando. Pues bien, creo que conocí a una de esas personas.

Josep Giménez i Sánchez, más conocido como Pep el campaner, nos dejó físicamente el pasado cinco de abril, mientras los campaneros de la Catedral de Valencia —sin noticias de su traspaso— hacían sonar las campanas de la Seu. Podríamos decir que su vida, entre otras muchas cosas, fueron las campanas y junto a ellas las personas. Nació, vivió y murió muy discretamente, sin apenas llamar la atención, pero —como el sonido armónico de las campanas— constante, incansable, persistente y, sobre todo, consciente de la sociedad de la cual formaba parte, interesado en su entorno más inmediato.

Se ha ido, nos ha dejado… pero nos ha legado, para bien de la sociedad y del patrimonio cultural, todo lo que sabía sobre campanas de forma gratuita, humilde, discreta —casi ascondida—, tímida, rehuyendo de cualquier protagonismo u homenaje, de forma totalmente anónima, pero no por ello su paso por la vida ha sido menos importante que la de cualquiera.

Si nuevas generaciones de campaneros sabemos tocar y amar las campanas se debe en gran parte a él. Junto al Dr. Francesc Llop, nos enseñó a «tirar» de la cuerda, colocarnos y otros saberes prácticos de valiosa utilidad para el toque de campanas manual. Sus conocimientos alguien podría calificarlos de «inútiles» y, sin embargo, no lo son. En primer lugar porque están basados en el sentido común, es decir, en el bien de la comunidad a la que históricamente perteneció y por lo tanto están repletos —como diría mi abuela Vicenta— de trellat; en segundo lugar porque nos enseñó el significado —con su ejemplo— de lo que es una buena persona, a ser pacientes y, sobre todo, a saber escuchar, aprendizajes que transmitió no con palabras, sino con hechos.

Pep fue campana en tierra de wifi, apasionado, romántico y con cierta locura amante de la cultura y de lo práctico. Nuccio Ordine en su manifiesto sobre La utilidad de lo inútil comenta de don Quijote que «todas sus empresas están inspiradas por la gratuidad, por la única necesidad de servir con entusiasmo a sus ideales», del mismo modo que Pep el campaner o el taxista —como lo conocían los Campaners de la Catedral— fiel a sus ideales, sirvió a nuestra sociedad transmitiendo un oficio convertido en afición y legando otros conocimientos en desuso, no por ello menos útiles. Sin embargo, gracias a los saberes transmitidos por Pep se han recuperado elementos culturales que han llegado convertirse en Bien de Interés Cultural, como es el caso de los toques manuales de campanas de la catedral de Valencia.

Aunque Pep pertenecía a Campaners de la Catedral —asociación de la que soy miembro— en sus últimos años también estuvo vinculado a Campaners de Morvedre, donde se le quería y se le apreciaba mucho. A esta asociación regaló, a parte de muy buenos momentos, un campanario de cartón-piedra que exponemos en algunas ferias con el fin de convertirse en la primera experiencia campanera para los más pequeños. Su buen humor, sus refranes, sus quehaceres, sus paseos, su voz tan peculiar, su sonrisa de buen hombre, su mirada, su piel blanca de ojos claros y su peculiar estética —que le hacía parecer más un albino o un nórdico que un hombre del mediterráneo— no han muerto, quedan en cada uno de los campaneros de hoy y, aunque otros no lo sepan, también de los del futuro.

Pep fue maestro de maestros, tuvo la capacidad de retener y transmitir muchos recuerdos de un patrimonio casi olvidado. Seguramente, tal y como indicaba al comienzo de este escrito, Pep no tendrá ningún capítulo dedicado en un libro de historia universal, pero de todos modos, parte de lo que fue está en nosotros y es transmitido cada vez que manualmente accionamos una campana. Quede para el recuerdo, una frase que solía decir al acabar de tocar las campanas en el Campanar de la Vila de Sagunt tras un duro día de fiesta: senyors, quina inflamació de campanes.

Descansa en Pau, Pep.

CORRESA i MARÍN, Ignasi
Historiador del Arte. Máster en gestión del Patrimonio Cultural.

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