CONDE, Alfredo - Campanas de Compostela

Campanas de Compostela

UNA de las cosas que mayor contento me producen es recordar que, hace años, propicié la sustitución de las hendidas campanas de la catedral de Compostela que fueron repuestas por otras construidas, según creo recordar, allá arriba por los llamados Países Bajos, de acuerdo con unos análisis espectográficos previos que permitieron una reproducción prácticamente idéntica. Incluso se podría decir que se trató de una clonación pese a que el ruido ciudadano actual amortigüe un tanto sus tañidos y a los más viejos del lugar no les suenen igual que antes. ¡Cómo les van a sonar igual, si ya es otro el silencio del campo! Antes, en el fondo del Val d'Amaía se podían escuchar las campanadas catedralicias; ahora, desde que yo vivo en él, va ya para un cuarto de siglo, sólo las oí un par de veces. Lástima. Los holandeses nos aseguraron que sonarían tal cual, pero se olvidaron del runrún automovilístico.

Recuerdo que nos habían puesto a caldo por encargarlas en Holanda. Ignoraban que aquí nos pedían setenta millones de pesetas por su fabricación y que, una vez cuajadas allí y puestas aquí, en lo alto del campanario, salió la broma en diez millones de pesetas. ¡Ah, qué cosas!

Antes se bautizaban las campanas. Una de estas a las que me refiero se llamaba Jesús, José y María, por ejemplo, y en ellas figuran desde entonces inscritos los nombres de Juan Carlos I, Felipe González, Fernando González Laxe y Xerardo Estévez. No figura el mío porque me producía cierto apuro no sé de qué procedencia pero bastante incómodo el hecho de que alguien me pudiera reprochar el haberlo puesto porque no sé si la vanidad o el viejo afecto por las viejas campanas me empujaron a ello. En fin, recuerdos.

Por aquel tiempo llegué a pensar que si antes eran las campanas las que marcaban el tiempo de los hombres, llenando de puntual información las tierras que pisamos, y se bautizaban; ahora, es decir, hace un cuarto de siglo, cuando era la prensa escrita quien lo hacía quizá estuviese indicado que bautizasen las rotativas. ¡Hasta llegué a imaginarme algún que otro nombre preclaro para algunas de ellas! Pero espero que no me exijan que reproduzca aquí ninguno de ellos. En compensación les propongo que se imaginen cuáles les pondría, de poder hacerlo, ministros como el inefable Fernández o incluso doña Fátima que tanto considera a no recuerdo cuál advocación mariana.

Más difícil es de imaginar lo que el inefable Fernández propondría en caso de querer sacramentar a nuestros ordenadores personales poniéndoles nombres que los protegiesen del maligno ahora que tanto parece pulular escondido en las redes sociales, al amparo de un anonimato que algunos ingenuos aún consideran que es real. Dios nos valga.

CONDE, Alfredo
Escritor, Premio Nadal y Nacional de Literatura

El Correo Gallego (14-06-2014)

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