CHAVIRA CÁRDENAS, Jesús Carlos - Las campanas alzaron su canto

Las campanas alzaron su canto

Apertura del XLVIII CEI

Mes: Octubre; día: 10; año: 2004. Faltaba minuto y medio para que dieran las doce del mediodía. Don Francisco Sánchez, sastre de oficio, de 64 años de edad, corpulento campanero desde hace un lustro, comenzó a balancear el badajo de 90 kilos de peso de la campana mayor, cuyo peso es de siete toneladas, llamada «La Asunción», que data de 1758, en la torre norte de la Catedral Metropolitana, a más de 35 metros de altura, y a 95 escalones de distancia.

Don Francisco sabía que ese momento era histórico, y él tenía el honor de dar las doce primeras campanadas. Mediante siete balanceos rítmicos y luego el fuerte jalón de la gruesa soga, cargando todo su cuerpo hasta atrás, dio la primera campanada; así ocurrió en doce ocasiones.

Al punto del mediodía, las diecinueve campanas de las dos torres del templo madre de la Perla Tapatía alzaron su vuelo y su canto de bronce; junto con éstas, las torres de las más de 400 parroquias de la Diócesis de Guadalajara unieron su voz y melodía: Para algunos campaneros significó el canto de la alegría; para otros, como Diósforo, campanero titular desde hace 20 años, fue un anuncio de fe, para que todos crean y se conviertan.

Tanto don Francisco como Diósforo Vargas Valera, coincidieron en señalar que «nunca se había dado un repique así. Éste fue diferente por la emoción, la fuerza, el tiempo de duración y la trascendencia mundial».

Quince minutos de repiques

Al pie de la Catedral, sobre la Plaza de Armas, las personas comenzaron a aglutinarse por decenas. Unos vitoreaban a México, al Papa y a la Virgen de Guadalupe; otros, además, aplaudieron a lo largo de los quince minutos que duró el repique. Había gente de todas las edades y de diversas partes de México y del mundo: Puerto Rico, Estados Unidos y África, fueron algunos de los que Semanario constató, y quienes ya portaban su mochila azul y amarilla, que los identificaba como delegados del XLVIII CEI.

Al interior de la torre, todo vibraba; desde las estructuras hasta el interior del corazón que palpitaba al unísono del repique que anunció el inicio del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional.

Los campaneros terminaron con los ojos enrojecidos y cristalinos; unos, por el esfuerzo y el sudor; en otros, como Miguel Ángel, se mezclaron las lágrimas de la emoción. Al asomarse por los balcones de Catedral, los campaneros recibieron el aplauso de los presentes en la plaza. Algunos peregrinos iban llegando apenas al centro de la ciudad. Entre ellos, dos sacerdotes vietnamitas y un laico, quienes escucharon el repique de otros templos mientras viajaban en automóvil y ahí oraron por el Papa, la Iglesia en México y el éxito del XLVIII CEI.

JesÚs Carlos CHAVIRA CÁRDENAS
"Semanario Arquidiocesano de Guadalajara" (11/10/2004)(
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