SOLER AMIGÓ, Joan - Cuando los muertos vagaban por el mundo

Cuando los muertos vagaban por el mundo

De Todos los Santos al Halloween. Joan Soler Amigó, autor de la obra 'Tradicionari' y Premi Nacional de Cultura Popular, evoca los tiempos en los que, de pequeño, las familias se enlutaban, rezaban por la paz de sus difuntos e iban al cementerio. Aquellos días, se decía, las almas escapaban del Purgatorio porque las puertas del país de los muertos quedaban mal cerradas. Hoy de aquel mundo apenas quedan las castañas y los 'panellets', que aguantan como pueden la embestida cinematográfica del Halloween. ¿Castañeras? ¿O truco o trato?

EL SONIDO DE LAS CAMPANAS. Cuando yo era pequeño, el Día de los Difuntos empezaba al atardecer de Todos los Santos con el eco lúgubre de las campanas tocando a muertos. Las calles estaban medio desiertas: todo el mundo procuraba estar en casa, para no toparse con los muertos que vagaban por el mundo.

En las casas, se rodeaban los retratos de los fallecidos de la familia con chinchetas de cera y todos se enlutaban, porque vestidos negros siempre había en las casas: siempre se iba de luto por algún difunto. Las radios emitían «música sacra» y las familias devotas rezaban el rosario en sufragio por las almas y se tostaban castañas en una sartén agujereada. Y los espejos se ponían de cara a la pared, no fuera que si alguien se miraba en ellos, se le reflejara su cara convertida en una calavera...

Se creía que las puertas del país de los Muertos quedaban mal cerradas y por las ranuras salían las almas del Purgatorio, que se apresuraban a volver a casa para ver si sus descendientes se acordaban de ellos. Incluso rondaban la cama en la que habían dormido en vida, para ver si estaba ocupada por alguien. Si la familia aún los tenía presentes en sus devociones, al día siguiente ascenderían al Cielo. Un recuerdo especial se dedicaba a los albats, las criaturas que habían muerto antes de la primera comunión y que, por su edad precoz, no habían cometido ningún pecado mortal.

EL OTOÑO ANGUSTIOSO. El otoño ya no era el de las hojas doradas, sino el de los árboles desnudos y el de la angustia de acercase el desembre congelat. Era la estación de los sabañones y de las narices con goteo de mocos, que algunos se secaban con media manga. Tiempos de guantes, mitones, bufandas y pasamontañas. «Per Tots Sants, amagar mans» o «per Tots Sants, capes i mocadors grans». Las flores del otoño eran las propias de los muertos, sobre todo crisantemos y siemprevivas. Y las frutas también: membrillos, castañas... y era el tiempo de estrenar el vino joven.

CASTAÑAS Y ‘PANELLETS’. Las castañeras eran toda una institución. Se adivinaba por el olor en qué esquinas habían instalado sus fogones redondos y hondos. Y por el pregón: «¡Calientes y gordas! ¿Quién quiere, ahora que humean?». Las servían, como ahora, en cucuruchos de papel de estraza. Y también los boniatos.

Los panellets, en cambio, son obra de pastelería, hechos con almendras picadas, azúcar y yema de huevo. De almendras, de mazapán, de membrillo... y sobre todo de piñones. Además de los de coco y de chocolate, que acostumbran a gustar a las criaturas antes de descubrir el sabor de los tradicionales. Se acompañaban con vino joven o rancio, o con moscatel, mistela o malvasía. O con champán, dulce, semiseco o seco. Otro complemento pastelero eran las frutas confitadas recogidas en verano: peras, melocotones, albaricoques, cidra y cabello de ángel.

Panellets y castañas son los dulces propios de las castañadas populares que se celebran la vigilia de Todos los Santos, y que antes tenían lugar la noche del Día de los Santos, vigilia del Días de los Difuntos o de las Almas: derivan de las antiguas comidas de difuntos.

LOS ANTIGUOS PANECILLOS DE ALMAS. Parece que los panellets derivan de los panecillos de ofrenda, llamados también de almas o absueltas, de las misas de difuntos propias de estas festividades. Una ofrenda acompañada de candelas de cera amarilla –las blancas estaban prohibidas en estos días– que se ofrecían al celebrante y que el monaguillo recogía recogía para ahogarlas en un cubo de agua.

Las recuerdo bien, aquellas tres misas que se celebraban en memoria de los difuntos. Se solían oficiar todas a la vez, una en el altar mayor, la principal; las otras dos, una a cada lado, en altares de baratillo, armados para la ocasión. Así, en media hora, se cumplía con la obligación de oír tres misas.

LAS COMIDAS FUNERARIAS. Mi madre decía que, de pequeña, tenían una criada que era de Castell-llebre, en el término de Peramola (Alt Urgell), que les contaba una serie de costumbres conservadas desde desde quién sabe cuándo. Como la cena de la vigilia del Días de las Almas, dedicada al difunto más reciente de la familia, a quien se ponía un plato en la cabecera de la mesa, y que se servían manjares propios de los muertos: legumbres, frutos secos, castañas, boniatos y los panecillos de la ofrenda. Actualmente, sin embargo, la castañada se ha convertido en una verbena de otoño, como la noche de Sant Joan es la de verano, y la Nochebuena y Fin de Año las de invierno. Una con panellets, la segunda con coca y las otras con turrones.

LA VISITA AL CEMENTERIO. Esta es otra de las tradiciones mantenidas hasta hoy: hileras de gente con flores y cera para sus fallecidos acuden a los cementerios a llevarlas al nicho familiar y a rezar a los difuntos particulares. Tanto da que sea una tradición pagana de origen ancestral: incluso se habían celebrado comidas alrededor de las tumbas. Aunque la Iglesia primitiva no rendía culto a los muertos, sino solo a los mártires, y después a los santos.

También el culto de los gitanos a sus muertos tenía en la ofrenda de cera uno de sus ritos principales. Hasta que el pentecostalismo, al cual muchos de ellos se adhirieron, se lo prohibió. Y actualmente se encuentran con el dilema de mantener la tradición propia o ser fieles al nuevo culto.

LOS CUENTOS DE MIEDO Y DON JUAN TENORIO. El miedo a los muertos va íntimamente unido a las supersticiones paganas. En el velatorio del Días de las Almas no podían faltar los cuentos de miedo. El de la Marieta a quien sus padres daban para comer el hígado de un muerto y como este subía rellano a rellano hasta la cama de la pobre para llevársela. O la del médico carbonero que, invitado por la Muerte a su castillo, veía cómo el cirio de su vida estaba a punto de agotarse.

O la leyenda del comte Arnau galopando de noche, seguido por los aullidos de su jauría. O la del barco fantasma que se adivinaba en el horizonte marino de la Barceloneta. O el clásico de la Muerte y la doncella. Hoy la Muerte está ausente de nuestra vida colectiva, pero antes no. Los sermones de los ejercicios espirituales y de fiestas como la de los Difuntos atemorizaban a los pecadores con la intención de provocar su arrepentimiento.

Pero el mito más famoso es el de Don Juan Tenorio, teatralizado por Tirso de Molina y consagrado por José Zorrilla. El Tenorio, chuleando, invitaba a la cena con los difuntos al Comendador a quien había quitado la vida, y este Convidado de Piedra se presenta para llevárselo al infierno... «Los muertos se han de filtrar por las paredes...».

EL HALLOWEEN. La fiesta principal del calendario celta, la de All Hallow Even –el velatorio de todo lo que es sagrado–, veneraba Samuhin, dios de la siembra y de los muertos, y tenía lugar el primero de noviembre. No fue hasta el siglo IX, dedicada a los Fieles Difuntos, que se incorporó al calendario cristiano.

Aunque unos ritos parecidos habían sido habituales en algunas comarcas catalanas y aragonesas de montaña, hoy, de rebote, ha vuelto banalizado a través de la filmografía norteamericana, según la tradición que Estados Unidos había recibido de los emigrantes irlandeses. Y aquí la tenemos ahora, forastera, sin saber qué caray significa, y con el nombre tergiversado. Y es que la globalización es otra cosa.

SOLER AMIGÓ, Joan

El Periódico (26-10-2014)

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