TORRES GARCÍA, Leopoldo - La campana en el medio rural

La campana en el medio rural

Sin preconizar en acepciones temporales o históricas, la campana ha estado llamada -y en buena parte sigue siéndolo- a ser el noticiero del campo. La hora, las circunstancias más destacadas e imprevistas, e incluso las puramente drásticas podían evidenciarse a través del sonido de la campana. Toques que recogían el eco social y anecdótico de la población: una poderosa tormenta o incendio afamaban misericordia y ayuda; una muerte o una fiesta haciéndoles partícipes del designio.

El sacristán aparecía como cabeza visible del cargo, sin ser el único que en momentos determinados hacía uso de la campana. Por este servicio -contratado anualmente- cada vecino contribuía con la entrega de un celemín de grano pagadero una vez concluida la recolección. El cereal o cualquier otro producto agrario se erigía en sistema de pago de mayor susceptibilidad ante la escasez de medios económicos. No en vano se pagaba en especie al pastor, cabrero, cura, médico, veterinario, alguacil, secretario, maestro, "muletero", etc.

En pueblos de la vieja Castilla siguen existiendo prerrogativas municipales por las que se nombran a tres o cuatro personas (vecinos) con cargo de campaneros en los actos litúrgicos. En el pueblo soriano de Quintanilla de Tres Barrios, el alcalde de la Cofradía, manda convocar en la tarde del domingo de Resurrección al vecindario para tratar asuntos de su índole: designar campaneros, enterradores, rematar las insignias (pendones, cruces), incorporación de hermanos a la Cofradía, etc. La intervención de los campaneros queda relegada a momentos relacionados con las procesiones. Cabría añadir en este capítulo de intervenciones al alguacil, quien también desempeñaba una exhaustiva labor.

El Sacristán

Ostentando la razón principal del evento, el sacristán anunciaba acontecimientos como el horario cotidiano, el inicio de los actos eclesiásticos o hechos imprevistos: óbitos, tormentas, siniestros, etc. Los tañidos de las señales horarias se reducían a tres: el alba, el mediodía y la oración. Su significado no era otro que orientar, a la población. En un medio y mundo en que la medición del tiempo, generalmente se sustraía a sistemas comparativos referenciados en luces y sombras o a los silbidos del tren, se hacía necesario establecer unas señales convenientes y no convencionales. Con el alba comenzaba el nuevo día, entendiendo por tal al despertar tras los toques. Existía notable variación horaria entre las estaciones con un máximo de las cuatro y media en verano, y un mínimo de las siete en invierno. El hombre del campo, en su austeridad, tenia muy presente el dicho popular: "A quien madruga, Dios le ayuda". En notorias ocasiones celebraba el advenimiento ya en el campo sin dar tregua al patrón sol. Si bien en tiempo invernal, resguardado bajo el calor de las sábanas no desdeñaba en absoluto el que "no por mucho madrugar amanece más temprano". Circula una anécdota entre la población de Quintanilla de Tres Barrios referente a la "inocentada" del sacristán quien, jugándole una mala pasada el despertador, hizo levantar al vecindario a las dos de la mañana bajo el precoz tañido de la campana.

La hora del Angelus acaecía al filo del mediodía. Con la oración sucedía idéntica variación horaria en función de la estación, estableciéndose entre las siete de la época invernal y las diez en verano. Estos toques eran plenamente aceptados y a través de ellos se regía la vida en el campo.

El sonido derivado de la media vuelta de la campana servía de manifiesto distintivo entre este tipo de toque y los que definían a otras motivaciones. Algunos de ellos, como los reseñados, han desaparecido de la idiosincrasia costumbrista del campo al haber aceptado plenamente el evolucionismo de la medición del tiempo. Un regeneracionismo que viene a sumir la imperancia ancestral, el folklore, el modus vivendi, las costumbres, etc., en la desconsideración.

Al margen de estas obligaciones, el sacristán debía hacer frente a otras tareas propias del oficio eclesiástico, tal como anunciar a los creyentes la llamada del Señor. Tres eran las señales efectuadas antes del inicio de la misa con un intervalo de tiempo suficiente para prepararse.

El mensaje transmitido podía ser triste o alegre. Ciertos acontecimientos denotaban una misma tonalidad aunque totalmente contrastados. El volteo de campanas era idéntico para anunciar un día festivo, una descarga tormentosa o un incendio.

La víspera de las grandes solemnidades se voleaban las campanas sin denuedo ni piedad. Era la alegría, el descanso, el jolgorio tras unas jornadas arduas. Ciertas connotaciones evidenciaban la transmisión que servía para intercomunicarse entre pueblos, en momentos de peligro y ayuda, como sucedía con incendios o cualquier otro siniestro. El llanto de las campanas, con sus notas lánguidas y vacías anunciando la muerte, erizaban la piel y el ambiente se tornaba tenso y crispado. Cierta sensación de penumbra parecía apoderarse del ánimo de la población.

Los Campaneros

La intervención de los campaneros en este concierto se circunscribía a actos estrictamente religiosos: procesiones y letanías. Durante parte del recorrido se hacían sonar estruendosamente las campanas para ensalzar la figura, el momento o la concelebración, caso de la bendición de campos, San Isidro, la Pasión, etc. La expresión se traducía en canción:

Repiquen esas campanas
y todas las den a vuelo
que entra María en su casa,
la misma Reina del cielo.

Síntoma de la predilección y significado de la gloria que despertara su tañido.

El Repiquete

En el argot popular el "repiquete" ha quedado simbolizado como sinónimo de reunión concejil o vecinal para tratar determinados temas. De las diversas maneras de hacer sonar la campana, característica singular toma la contraída por el repiquete. El encargado de notificar el acontecimiento era el alguacil. El mismo que anteriormente habría anunciado mediante bando la convocatoria. A la cita se acude previa amonestación de repiquete como señal del inicio de la sesión -concejo municipal- u otras proposiciones -hacenderas, tomar vino, etc.-. Históricamente este mismo procedimiento era adoptado a finales de la Edad Media, a tenor del documento transcrito:

"... Sepan quantos esta carta de poder vieren como nos, el Conçexo, offiçiales y honbres del lugar de Quintanilla, jurisdiçion de la villa de Sanctisteban estando xuntos e congregados en nuestro conrçexo a campana tañida segun y como lo avemos de uso y costumbre...".

En la actualidad, cualquier reunión vecinal sigue circunscribiéndose y rigiéndose por esta fórmula para avisar del hecho.

El Tentenublo

Uno de los mayores peligros que sigue azotando al campo es, sin duda alguna, el fenómeno climatológico, capaz de generar grandes estragos en el cultivo. El mayor exponente radica en las tormentas, resorte inexpugnable para el campesino. La reiteración del germen puso en práctica remedios caseros para combatir en lo posible el cáncer tormentoso. Cuando el peligro se ceñía, algunos vecinos se desplazaban a lugares estratégicos del término desde donde lanzaban potentes cohetes intentando partir o alejar la nube tormentosa. Crucial, de igual manera, el significado que tomaba la descarga a los ojos del campesino que, amparado en la creencia espiritual, extraía imágenes de la iglesia invitándolas a presenciar el fatal acontecimiento al tiempo que hacía sonar de forma desbordante las campanas pidiendo clemencia. Tormentas y síndrome agua aparecían relacionados por doquier cuando el mes de mayo hacía su aparición. Recuerdos de novenas y rogativas tristemente célebres. La relación llegó a hacerse tan intensa que las notas de la campana llevaban implícito un mensaje puesto en forma de canción en los labios de los lugareños:

Tentenublo, tente tú.
Si traes agua, ven acá.
Si traes piedra, vete allá
a las eras de Alcalá.

El repique o tentenublo surtía efecto a partir del día de la Cruz (3 de mayo), fecha en la que se conmemoraba la bendición de campos, hasta la otra Cruz (10 de septiembre). Durante todo este tiempo, al mediodía se entonaba el tentenublo, misterio con que intentaba invocar al agua y alejar la tormenta. Cualquier otra forma de repique o toque significaba que algún hecho imprevisto estaba sucediendo.

TORRES GARCÍA, Leopoldo

Revista de Folklore nº69 (1986)
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