DOMINGUEZ MORENO, José María - Las campanas extremeñas en el contexto antropológico

Las campanas extremeñas en el contexto antropológico

(Este trabajo viene a complementar al que, bajo el título de «Las campanas en la provincia de Cáceres: simbolismo de identidad y agregación», apareció en el número 96 de la REVISTA DE FOLKLORE, págs. 183 y ss.)

Las campanas son la vía física, el canal a través del cual se emiten mensajes mediante un código que conocen tanto el emisor como los feligreses. El lenguaje de las campanas es variado y rico en matices. Cada comunidad rural tiene un sistema de toques que se diferencia del de los pueblos próximos. «Cuando vamos a las cerezas al Valle del Jerte no averiguo a qué tocan. Pa to paece que tocan lo mismo... Ellos serán los que entiendan» (1). El timbre también es distinto: «Me meten entre cien campanas, ca una del su padre y de la su madre, y no creas que pierdo la nuestra» (2). El campesino se identifica con sus campanas. Ellas le marcan los momentos del día y los acontecimientos que verdaderamente tienen importancia en la vida rural.

El día comienza con «el Angelus, que es cuando nos levantamos. En el verano, a las seis de la mañana, y en el invierno, a las seis y media o a las siete... Los curas s'han jecho zánganos redomaos y ya no tocan hasta las oce o p'allá», me decía un campesino del norte de la provincia con cierto pesar. «El toque de las monjas» de Serradilla constituye una medida del tiempo en los días ordinarios (3). Son numerosas las iglesias que siguen conservando el reloj de sol en sus muros, aunque ya no marcan las pautas del toque a los campaneros. Sin embargo, y a pesar de que ya no señalan la hora solar, «tovía nos guiamos por ellas (las campanas) a las oraciones, pa echar el cigarro, o estiral la rebaílla... Ya las tocan cuando salen los monaguillos de la escuela, a la una. Antes era el mediodía justo y el que quería rezal, rezaba...Cuando la siega tocaban a las doce, y entonces íbamos a comer» (4). El último de estos toques se produce al atardecer, y marca el final del día en lo que al trabajo del campo se refiere. «Al tiempo de l 'acetunera lo que mos gusta más es el ángelus de la tarde. Son tres golpes, tres golpes y tres golpes. Nueve campanás de tres en tres. Dice la gente: que mos llaman. Tos p'al pueblo. Recogemos y nos vamos. Si un día se retrasa algo el monaguillo, bien que mos acordamos de la su familia y del padre y de la su madre» (5). Con estos toques diarios se ritualizan el comienzo y el fin del trabajo, así como el inicio de las comidas. «El reló nuestro son las campanas..., de siempre. Al meyudía la Sargenta (nombre con el que conocen a una campana) nos dice que la otra sargenta, la mujer, anda con el cucharón metío en la sopa» (6). «Al toque de las gallinas, qu 'es el último del ángelus, al pardear..., a darle el jato al ganao. Aluego cenamos en casa» (7).

La campana recuerda a cada instante al campesino el sometimiento a un horario más rígido de lo que a primera vista pudiera suponerse. El propio pueblo tiene suficientes mecanismos que obligan al riguroso cumplimiento. «Si no t'has levantao a las oraciones, te llaman vago o lo que l 'entre en gana y te queas con el mote» (8). Los trabajos de los jornaleros se computan «de sol a sol, de oración a oración, y un descansaero a la metá, a las oraciones de mediodía» (9).

Numerosos pueblos de la Tierra de Plasencia y de la Tierra de Granadilla tienen cercadas las hojas del término dedicadas a viñedos, manteniéndose en torno a esos espacios unas normas que emanan de las ordenanzas del siglo XV (10). Día y noche han sido vigiladas por un guarda, y la permanencia en el recinto, incluso a sus dueños, únicamente se les permitía «entre toque y toque» (11). El comienzo de la vendimia también estaba regulado por el concejo, y se anunciaba mediante el tañido de la campana.

En el año 1980 pasaba unos días en un pueblo del oeste de la provincia, donde unos padres paúles «daban misiones». Su llegada hizo revivir los toques del Angelus, que en aquella localidad se habían abandonado hacía poco más de un lustro. «La campana es la voz de Dios, que llama a la oración», no se cansaban de repetir los pupilos de San Vicente. La reiteración surtió efecto, ya que comprobé que muchas personas, especialmente mujeres adultas, se santiguaban coincidiendo con los tres toques (12). Tal costumbre, por otro lado, es habitual en toda la geografía cacereña. «Me santiguo cuando tocan. Me da igual que toquen a lo que toquen... Las campanas jacen santo al pueblo cuando tocan, a to el pueblo lo ponen santo, y los mandamientos de Dios mandan signarse en lo santo. Igualmente hay que santiguarse al pasar por delantre de la iglesia y de la ermita que sea, y del cementerio, porque delantre están santificás» (13). Iglesia, ermita y cementerio son espacios sagrados en sí mismos. El otro es un espacio sagrado que se crea mediante el tañido de la campana e integra a la parroquia o municipio como un todo. Los tañidos de la campana anuncian una sacralización del entorno en algunos instantes precisos, como ocurre en momentos de las misas dominicales y festivas. Tan es así que sus golpes pregonan el clímax del sacrificio eucarístico, convierten en templo el espacio en el que escucha el eco y proclaman que es el instante más propicio para la oración. «Al tocar a alzar se reza la oración, y eso vale por ir a la misa, porque to el campo es como si fuera la iglesia:

A misa tocan,
a gloria repican;
un ángel me dio la voz,
yo le atendía a ella;
que Dios me tenga en misa
como si estuviera en ella» (14).

Esta creación del espacio sagrado por medio de los toques de la campana es lo que transmuta en curativas a algunas plantas, obligando a recogerlas precisamente cuando suenan en el momento de la elevación.

II

Durante años hemos tenido la oportunidad de estudiar las campanas desde ópticas muy distintas en Ahigal (15), un ,municipio situado en el corazón de la Tierra de Granadilla. Su lenguaje, aunque no muy diferente, presenta matices respecto al de las campanas de otras poblaciones de la comarca y de otras áreas culturales semejantes (16). Los mensajes que emiten son o han sido comunes a los del resto de la provincia, ya que no debemos pasar por alto que muchos de ellos se han perdido en distintas poblaciones. La desaparición de ciertas acciones o acontecimientos hace que algunos toques no sean ya necesarios, sin olvidar otros factores que han incidido negativamente. «Antes era más bonito: sonaba la campana pa lo que tenía que sonar y ya estabas enterao. ¿C'había fuego? ¿Onde, ónde? Se corría la voz de rápido. ..Dende (que instalaron) el altavoz mos lo avisa el aguacil..., mos avisa dende la oficina y mos dice ánde está el fuego. Lo malo es lo de encuentral al aguacil. Las campanas cualquiera las toca, pero los muchachos nuevos nenguno sabe tocar la campapa pa lumbre» (17). Sin embargo, es la electrificación de las campanas, tendente a una normalización o estandarización y hecha sin un previo estudio de las peculiaridades acústicas de cada comunidad, la que está llevando al abandono y al consiguiente olvido de muchos de los toques que han constituido todo un fundamento de la cultura local. El pueblo no es indiferente a esta usurpación de una parte de su identidad. «A mí que m'entierren tocando como siempre... Las eléctricas son una mierda entera. Si no, que no toquen. Que me lleven tocando como siempre o que no toquen. Me van a enterrar y me tocan asín, y me creo que m'están enterrando en otro pueblo. Pa que me toquen ahora prefiero cascar en la Semana Santa, que no tocan las campanas en la Semana Santa» (18). La identificación de mi informante con unos sonidos le lleva al extremo de no aceptar que despidan su cuerpo unas campanas que él no reconoce. Prefiere morir en Semana Santa, en los días en que las campanas enmudecen, y «condenarse », como es creencia en la comarca de las Vegas del Alagón, a pasar en el infierno como mínimo desde el momento del óbito hasta el domingo de Resurrección. La oposición, por otro lado, es nula o totalmente pasiva. El conservadurismo del medio rural cacereño pierde fuerzas y se enfrenta mínimamente a estas imposiciones, si es que no se halla atraído por este tipo de novedades productos de una «colonización» más o menos rápida. Así me expresaba un joven su resignación ante «las campanas con motor» que acababan de instalar en la iglesia parroquial de su pueblo (referencia a 1984): «Ni un pelo me gustan, pero ¿qué vamos a hacer? Si mi padre viviera seguro que le cortaba al cura los cojones.» El culpable de la electrificación, casi siempre el sacerdote, no deja de ser el centro sobre el que encubiertamente recaen las censuras y es inculpado de moverse por intereses de todo tipo, que mis entrevistados con cierta cautela sacaban a relucir: «Que no me vengan a contar que van a ponerlas con electricidá porque el campanario está mu malo y le da mieo que suban a tocar los monaguillos. Pamplinas son esas. No me creo qu'esté peor que cuando yo era monaguillo y muchos días subía ocho y diez veces. Si está malo, que pongan a arreglarlo, que buenas perras ha sacao el día del Cristo...Este cura la tiene cogía con las campanas. No jace que aprendan a tocar los monaguillos... El tampoco los aprende. To es pa poner motores a las campanas. En na mas planta una cinta o un disco por el altavó de la plaza, y eso es tocar a misa. ¡To! Mos quita to. Los curas mos quitan to: las costumbres. To. Mos quitan hasta ir a misa» (19). «Con lo de las campanas yo sé bien lo que pasa. Llega el campanero donde el cura y empieza que si eso (tocar a mano) es un atraso, que si el sacristán o el monaguillo se cae la responsabilidad es pa él, que si pito, que si flautas. Quizá del primer golpe no lo convence, pero empieza que en tal pueblo y en tal otro ya la tienen eléctrica. A lo mejor tampoco lo anima. Pero... ¡ca! ¿Qué cura no es perrera? Empieza después a decirle que las campanas son un servicio público y que lo subvencionan cambiarlas a eléctrica..., qu'es que con un botón mueven el badajo automático. La cosa se arregla que el cura pida a la Diputación o a la Junta cien mil pesetas, y el campanero hace el montaje en cuarenta mil y falsean la factura de la cuenta. Las sesenta restantes se las reparten: treinta mil se guarda el campanero y treinta mil se van al bolsillo del cura. Lo sé de mu buena tinta» (20). «El bicho de que llegó aquí vio lo de las palomas... Jacían los níos en el campanario y los monaguillos algunas veces le retorcían el gañón a los palominos. No puede ser; que me quean sin carne pa echarle al arroz. Lo piensa bien pensao y le se viene a la ocurrencia de poner una tranca a la puerta y un martillo de los eléctricos a las campanas. ¡Amos, que s'ha montao un palomar! y encima s'ha jecho con un palomo ladrón, qu'está llevando al campanario a toas las palomas del pueblo. Por eso puso el botón eléctrico pa tocar. ..y asín jartarse de comer a costa de las palomas ajenas. ¿A santo de qué, si no, ha puesto lo eléctrico» (20).

III

Todas las crisis de la vida son y han sido anunciadas por la campana. Sus tañidos nos recuerdan que somos miembros de una unidad mística y que para mantenerla hay que sentirla y actualizarla a cada instante (21). Un nacimiento es algo que atañe a toda la comunidad y no sólo a la familia que va a recibir un miembro. Se tocan las campanas cuando el parto se va a producir. Es necesario que los vecinos se enteren y que recen «pa que la cosa no venga dificultosa». Se dan dos y dos campanadas, con una breve pausa entre ambas. Cuando el parto se complica se dan más pares de tañidos. «Al oyir tocar a paría se reza un Ave y un Gloria... Los Gozos de San Pascual Bailón es el toque doble. Lo dan cuando se va malpariendo.» Coincidiendo con esas llamadas, el futuro padrino o el hermano mayor de la parturienta «jacen voltear el esquilón del Cristo, pos en la su ermita está San Ramón, que aboga por los nacimientos felices». La venida al mundo es igualmente anunciada: dos o tres tañidos, dependiendo que el recién nacido sea niño o niña. «Quizá están tres cumplías y tocan. Eso dice que tenemos un nuevo macho o jembra. Lo entera bien la campana. Un instante después tocan el esquilón. Si tocan el de la iglesia es que la paría vive p'al medio del pueblo; si tocan el de Santa Marina es que vive pa Santa Marina, y lo mismo el del Cristo y el de los Santitos Mártires.» No es la única ocasión en la que las campanas de las ermitas anuncian unidades más pequeñas, el barrio, dentro del todo del municipio. «Los del barrio nos enteramos que tenemos un vecino nuevo o una vecina nueva, y que tenemos que cumplir. También cumplen los de fuera del barrio, pero los del barrio debemos ayudarnos más» (22). El cumplimiento consiste en llevar a la casa natalicia diversos alimentos (chocolate, huevos, requesón, bizcochos, conservas...) o ropitas y juguetes para el niño.

Hemos visto cómo la agregación de un miembro a la comunidad rural es anunciada mediante tañidos de campanas. Aunque actualmente se ha perdido la costumbre, también su voz ritualizaba la vuelta al pueblo de colectivos forzados a la emigración. «Cuando venían los hombres de la siega de Castilla se tocaba con repique... Los vía el monaguillo desde el campanario y tocaba...Llegaban juntos el mismo día. Lo primeritu iban a la ermita del Santo Cristo a dar la limosna por volver con bien y con buenas perrinas. Al entrar en el Cristo estiraban de la cuerda del esquilón. El día que s'iban también pasaban por la ermita pa jacer la manda.» Los soldados licenciados «subían al campanario y a repicar las dos campanas to lo que podían y to lo que aguantaban. Si venían varios, al acabar uno seguía al otro, y asín». La despedida consistía en voltear el esquilón de la ermita del Cristo la tarde anterior a la marcha al servicio militar. El mensaje de la campana era bien entendido en la comunidad y llamaba a ésta a acudir a su casa a solidarizarse con el mozo y con la familia que iba «a perder al hijo por una riolá de años, o ¡vaite a saber!, quizá pa siempre». Ya no tañen, mas

La casa sigue llenándose de personas dadivosas para decirle adiós al quintado. Si estas marchas temporales se ritualizan, no otra cosa cabe esperarse del momento trascendental de la muerte, la marcha definitiva. Vuelven las campanas a pedir solidaridad del pueblo como un todo hacia el enfermo, tanto en el viático como en el irreversible momento de la agonía. Esta se anuncia con ocho campanadas para los hombres y con siete para las mujeres, «y se tie que rezar un credo pa ayuar a la buena muerte». Tras producirse el óbito se pasa a comunicárselo a la comunidad. «Primero se dobla un rato y se repica, y luego se dan las señales», que consisten en trece golpes con una campana y uno final con la otra, cuando el fallecido es varón. Para las mujeres se dan doce campanadas más una de cierre. Los mismos tañidos avisan de la muerte de las personas ausentes cuando su voluntad ha sido la de enterarse en el pueblo. En la muerte la campana testifica unos vínculos que no eliminan el tiempo ni el espacio.

El lenguaje de las campanas incluye la distinción de sexos al nacer y al morir. «Se da un golpe más para el niño que por la niña, y por los hombres..., porque los hombres son más importantes.» Las señales por defunción infantil no diferencian sexos. Muchachos y muchachas «son angelitos hasta después de tomar la primera comunión y los angelitos no son machos ni jembras..., asín que tos iguales». Su inocencia no reclama oraciones, razón por la cual sólo se toca por ellos en el momento de conducir el cadáver y consiste en un alegre «din-dan», conocido también por «repique de gloria». Las campanas nos hablan del status social y económico que el fallecido ocupa en la sociedad rural. Los toques, según el rango de cada uno, se presentan normalizados. Su pertenencia a la cofradía de la Vera Cruz le reporta al finado una propina de cinco badajadas sobre el resto de los feligreses. Cuatro al hermano de las Animas; ocho al del Santísimo Sacramento; siete al de San Marcos, y quince al de Nuestra Señora del Rosario. Ser hermano de varias a un mismo tiempo ha supuesto una carga económica a la que muy pocos podían hacer frente. Las aportaciones para los fines sociales y religiosos de las cofradías les son reconocidas en su muerte, ya que las badajadas por él equivaldrán a la suma de las que le corresponden por cada una de las hermandades en las que se encuentra inscrito. Los poderes civiles y religiosos también son objeto de distinción. Por el cura parroquial, tras doblar «lo que duran seis credos» y dar las señales propias de los hombres, se le añaden treinta y una campanadas; es decir, el cómputo total de las cinco cofradías, a las que pertenece por derecho propio. Al fallecimiento del alcalde se dan dobles señales, «separándolas por un padrenuestro».

Mediante el código indicado las campanas comunican no sólo un fallecimiento, sino que marcan unos rasgos diferenciadores que permiten identificar al difunto.. «Si estás, pongo el caso, en el güerto y oyes que doblan..., pos aguzas la oreja y oyes pa escuchar las señales. ¡Catorce! Tiene que ser éste, qu'el probe andaba mu maleto. Aluego escuchas y oyes que marcan cuatro badajazos. Ya seguro qu'es ese porque han machacao cuatro golpes, que son los de las Animas, y ése es de las Animas. Asina mos enteramos, al pronto, y ya mos dan el conocimiento de la casa que tenemos que dir a rezar por la su alma». La unión de los parroquianos se manifiesta especialmente en estos momentos dramáticos. Vuelven a llamar las campanas a los feligreses para dar sepultura al finado y para los funerales que tienen lugar a la semana y al cabo de año. Las vísperas de éstos, al oscurecer se dobla, y acto seguido se dan las señales distintivas de la cofradía. La hermandad de las Animas tiene la obligación de encargar diecisiete funerales seguidos por el cofrade fallecido, pagados por cada uno de los miembros que la componen (23). Un novenario de misas corresponde hacer, a partir del entierro, a la cofradía de la Vera Cruz. En ambos casos, después del aviso vespertino, el muñidor y el hermano mayor recorren el pueblo tocando una pequeña esquila y diciendo a cada instante: «Fieles cristianos, acordaos de vuestro hermano difunto y venid mañana a la iglesia para encomendar su alma al Señor. Pater noster .» En el trayecto recogen las limosnas que los vecinos entregan para ayuda de los actos fúnebres.

Los muertos en su conjunto son igualmente recordados. «La Vera Cruz decía antes, ya no la dice, una misa cantá de nueve lecciones, con pendón y catafalco...Era una vez al mes. La iglesia se ponía al tope, porque de la Vera Cruz era to el pueblo. Aluego de acabar la misa se tocaban las campanas pa doblar. El cura recorría tos los velones de los candeleros, que las mujeres llevaban ca una el velón al su candelero, onde de antiguo enterraban a los familiares. Antes los enterraban en la iglesia. Daba el responso en cada velón y sacaba buenas perrinas. S'ha quitao con el otro cura jace unos poquinos años». El día tres de noviembre comienza el novenario de ánimas. Por la mañana se desarrolla el «oficio de ánimas», una misa de difuntos a la que asisten los diecisiete hermanos con el hábito de la cofradía. Al oscurecer, los cofrades hacen la «ronda de los responsos»: recorren las calles del pueblo precedidos por el muñidor, que toca una esquila y recita una salmodia:

Hermanos cristianos,
acordarsos de las Animas Benditas
del Purgatorio
y de los Santos Difuntos
que están en la gloria de Dios.

En las puertas de las casas donde reciben limosnas se detienen y rezan «un paternoster por los difuntos de la familia y por las Animas Benditas». El recorrido termina a la media noche en la puerta de la iglesia. Durante el trayecto no han cesado de doblar las campanas (24). «En los Santos empiezan a doblar a mediodía, no acabando la misa de requiem. Ya no paran en toa la noche. Se suben los mozos y los monaguillos y ¡venga a doblar! Primero piden por las casas castañas, nueces, granás, jigos..., y la chiquitía se la zampan en el campanario. Tocan hasta la misa cantá del día de los Difuntos».

Los muertos necesitan oraciones de los vivos. Las campanas se convierten en «la voz de los muertos que piden rezos pa sacar a las almas del purgatorio». Lo normal es confiar en que los familiares se ocuparán de recabar preces de la comunidad a la que perteneció el difunto. Así lo pensaba el deán de la catedral de Plasencia, Diego de Jerez: «Y ruego y encargo a los dichos testamentarios tengan apercibidos al campanero de la dicha iglesia mayor y a los sacristanes de todas las iglesias de la dicha ciudad y de los dichos monasterios, en tal manera que, en aquel momento que yo fallezca y apartándose mi ánima del cuerpo, tañan sus campanas y hagan sus clamores por mí. Que, en tal tiempo, mucho ayudan y aprovechan los sonidos y voces dellas, y mucho hacen en favor del ánima que se parte de este mundo. Son trompetas de Dios y tienen virtud contra los enemigos» (25). Mas no siempre cumplen los testamentarios los acuerdos del difunto. «Lo entierran mu bien y to, pero, ¡madre!..., que ven mal testamento..., y el pobre se quea sin una mala misa rezá.»

Antaño las memorias y las capellanías, cuyas fundaciones se constatan en los libros parroquiales hasta bien entrado el pasado siglo, subsanaban el posible olvido de los vivos para con los muertos. Actualmente continúan las donaciones en vida al cura y a la Iglesia. «La casa del cura la dio una mujer pa que tenían que decirle cien misas o p'allá.» Muchas propiedades parroquiales tienen su origen en dádivas premorte. «El güerto del cura con el pozo fue donación. To una capital pa que sólo le doblaran un mes enterito.» Otras veces han pagado en dinero metálico. «Se murió el mi tío, ¿no? Voy al cura a qué le debo. Que no le debo na. Que no me cobra na. Ni el entierro, ni el funeral, ni na. Qu'está pagao. Pos yo no digo na y me creo qu 'el cura no me cobra na por eso de llevarse bien como se llevaba con mi tío, qu 'en paz esté. De toas las maneras, le dejé un billete. Que no; que se lo dé a cualquiera necesitao. El mi tío se murió un dieciséis... Pos tos los dieciséis va el cura y pregona una misa por el mi tío, sin encargo ni na. Yo no se la encargo ni ningún familiar tampoco se la encarga. Voy y se lo pregunto al cura, y na. Dos años seguíos la misa. Había pasao que el mi tío, el pobrecito, dejó más que pagás las misas...Tenía mieu de que le pasara una cualquiera cosa y naide rezara por él. Asín que preguntó al cura y echaron la cuenta, y le pagó el ajuste.» También los muertos se valen de unos «mecanismos» para recordar a sus deudos la necesidad que tienen de ellos. «Un día de tempestá no avisaron al funeral del cabo de año...No tenían albelía de subir a tocar por lo huracanao, que tumbaba las tejas. De noche se ponen las campanas a sonar solas p'avisar el funeral del día siguiente... Tocaban las campanas solas..., o era el muerto que tocaba pa que s'enteraran del su funeral. No más que sonó a la hora del reló, a las doce, de mo que al poco se murió uno de la casa, de la familia de...Lo mentaron mucho.»

Pero la parroquia de los vivos no siempre satisface a la no menos importante parroquia de los difuntos, y es ésta la que se ve obligada a ejecutar la ceremonia, un auténtico rito de paso, que permita la inclusión del muerto en su nuevo grupo. El siguiente relato puede ilustrarnos perfectamente: «Los hijos le malgastaron la herencia y no encargaron la misa del año, que tenía que ser el martes del carnaval. Total, que s'emborrachan y se van al carnaval, no jacen la misa. Va el sacristán, que vivía pa la iglesia, y le paé que doblan..., y eran las tres o las cuatro de la mañana. Va el sacristán al campanario y cerráu..., pero las campanas, dan, dan...Total, que ve amo de luz en la iglesia. Por la ventana salía el relucío de las velas... Va a la iglesia y la iglesia atrancá. Entonces coge el sacristán la llave de la iglesia y abre la puerta y entra pa entro. ¿Sabes qué vio? Una misa; sí, una misa..., pero una misa de muertos. El cura era un cura muerto algunos años p'atrá. El sacristán lo conocía porque había estao de sacristán con él. Toa la iglesia llenecita de muertos. A la derecha, los muertos de más años de uno. Se sabían quienes eran. Los muertos de un año p'atrá se conocían quienes eran. Los de otro lao no se reconocían... Tenían la cara emborroná. Uno estaba echao en el medio, en el catrafalco... Va el cura y reza el responso, y el del catrafalco le s'empieza a quear la cara sin emborronal y se pasó después al lao de la derecha. Lo conoció bien el sacristán quien era...Era el padre de los hijos que dije. No quisieron cumplir, pos los muertos cumplieron por su cuenta. Esto lo contaba un primo de mi abuelo, que el su tío había sio el sacristán que le pasó eso».

Hay toques en los que las campanas «se alegran» e intentan transmitir el júbilo al conjunto de la parroquia. Tales son los «repiques de víspera», que se hacen a las primeras horas de la tarde del día anterior a las fiestas. «De que tocan se cuelgan las jerramientas, y jarana, sobre to si hay mayordomo y tira cuatro cohetes cuando el repique». Menos prolongados son los toques de víspera sabatinas. Se repica igualmente en las elecciones de obispo y de papa, en la toma de posesión del sacerdote y en la llegada de las cigüeñas. «El primero que veía una cigüeña se subía al campanario y jarreaba con las dos campanas pa señalar que venía buen año... Cuando el aviso el ayuntamiento daba perrunillas y aguardientes a tos». Se tocaba también para anunciar a la comunidad dos de los muchos ritos de pasaje: bautismo y boda. Pero los tañidos no se detienen ahí. Llaman al inicio de ciertas labores agropecuarias, cuales son la montanera, la vendimia y el esquileo del ganado lanar, e invitan a cooperar con la iglesia y con el propio concejo. En el primero de los casos llamaban a confesar y comulgar por Pascua Florida, a la catequesis y a la limpieza del templo y de las ermitas. En el otro apartado se incluyen los «toques de concejo», los de rebato y los de trabajo comunitario. «Cuando tocaban a concejo iban tos..., por lo menos uno por casa. Había que ir a la casa del concejo. Tocaban como a doblar, pero más seguío. Al concejo se discutía sobre que qué hacer: arreglar un camino y asín. Votaba uno de ca casa. En la república lo quitaron pa darle más mando al alcalde, que tenía poco mando. To tenía que pasar por el concejo. Pos va una vez que llega el alcalde al gobernador y le dice que le quiere declarar la guerra al Guijo y a Santibáñez... Entonces va el gobernador y lo mandó consultar con el concejo, y el concejo acordó arreglar las cosas por las buenas, que pa eso mesmo están los hombres buenos». Se toca a alarma con motivos de fuegos, pérdidas de personas o peligro de inundaciones. «Si alguien se perdía por la noche se tocaba un buen rato pa que atinara ónde caía el pueblo. También se salía a buscarlo. Mesmamente si al oscurecer se oscurecía más de la cuenta por el agua, entonces se tocaba un buen rato pa orientar a los del campo». Las campanadas para trabajos comunitarios se han reducido en los últimos años a las correspondientes a las batidas de alimañas.

IV

El oficio de campanero ha desaparecido en los pueblos cacereños, aunque todavía quedan unos pocos sacristanes que compatibilizan esta ocupación con la de ayudar al cura en los actos litúrgicos. Pero lo normal es que, allí, donde las campanas no se han electrificado, los monaguillos cumplan aquel cometido. En Torrejoncillo es una mujer, la tía Periquina, la encargada de dar las señales por los difuntos y de «pegar las patas», esto es, arreglar todos los papeles para el enterramiento. Por este servicio cobra «lo mismo que el cura». Sin embargo, en las poblaciones mayores las esquelas mortuorias están consiguiendo que ya no se doble por los difuntos, al igual que las hojas anunciadoras de misas y de los actos religiosos, que se pegan en los atrios de las iglesias, han logrado casi enmudecer a las campanas, cuyos tañidos parecen relegados a acontecimientos de carácter extraordinario. «Ya los curas no valoran las campanas..., pero tienen valor pa las tormentas y pa Satanás, y pa los espíritus. Si no espantaran a los espíritus malos no tenían que tocarla en la Gloria de la Resurrección. Pero los curas ya no la tocan pa na. Jacen iglesias nuevas y no ponen ni la campana, y de eso le luce el percal» (26). Su valor, lógicamente, le viene de la ritualización que sobre ella se efectúa. «No es lo mismo la campana de la estación del tren que la de la iglesia, que la bautizan...Como los muchachos: el bautizo trae toa la gracia pa muchas cosas y el qu'es moro (no bautizado) no puede tenerla» (27).

Antes de su instalación definitiva en la torre o en la espadaña se procede a la bendición de la campana, al «bautizo», en presencia de la primera autoridad civil «porque el ayuntamiento paga un tanto por la jechura y así tocar las cosas del pueblo» (28). El ritual de la bendición sigue siendo el de hace siglos (29), consistente en rociarla con agua bendita y ungirla con óleo santo y con crisma, trazando posteriormente sobre ella siete cruces de óleo por fuera y cuatro cruces de crisma por dentro, «que eso quiere decir que güele lo mismo a muerto que a vivo y que suena lo mismo pa los unos que pa los otros..., y es que antes también tocaban avisos pa los nacíos» (30). Es el momento de la imposición de un nombre. El método de elección es dispar y va desde el correspondiente al santo titular de la iglesia o ermita hasta el santo del día. En ocasiones el nombre viene grabado por el exterior, sobre el año de fundición y el nombre del cura que regenta la parroquia. San Saturnino llaman a la campana de la ermita de este santo en Torrejonci1lo, que recoge en su parte baja esta leyenda: SAN SATURNINI ORA PRO NOVIS AÑO 1707. El nombre propio del esquilón de la espadaña de la iglesia de San Andrés es el de Santa María, mas los torrejoncillanos la conocen por «Crispina», al ser la que anuncia la fiesta de San Crispín, patrono de los zapateros.

Sin embargo, por toda la geografía cacereña se ha impuesto la sustitución del «nombre de pila» por otro más popular, atendiendo a aspectos dispares: dimensiones, acústica, función...Así «Alta Clara» y «Camacha» relegan al olvido a los primitivos de San Gervasio y San Protasio, dos de las campanas de la catedral de Plasencia. La campana llamada Virgen de la Soledad, de la ermita de San Pedro de Torrejoncillo, pasará a denominarse «La Romera», por llamar a la salida campestre del lunes de Pascuas. La Santa Bárbara de la iglesia de Zarza de Granadilla será sólo «Bárbara». De otras se desconoce la denominación primitiva, aunque no la debida al ingenio del pueblo. Sirvan las siguientes como muestra: «Leona» y «Cachorra», las del santuario de Nuestra Señora del Puerto, en Plasencia; «Grande», «Clara» y «María Gallina», de Ahigal, encargada esta última de los toques del ángelus; «Madrina», la que en Marchagaz pregona los bautizos; «Sargenta», la que marca la hora de la comida en Abadía; «Gorda» (dobla a difuntos), «Sermonera» (toca a misa), «Pascualeja» (tañe a bautizos) y «Alcagüeta» (anuncia la toma de posesión de los canónigos), de la catedral de Coria (31).

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(1) Casilla de Coria.

(2) Segura de Toro.

(3) SANCHEZ RODRIGO, A. : Un año de vida serradillana. Plasencia, 1982 (reed.).

(4) Ahigal.

(5) Membrío.

(6) Abadía.

(7) Holguera.

(8) Valencia de Alcántara.

(9) Cañaveral.

(10) SANTOS CNALEJO, E,: El siglo XV en Plasencia y su tierra. Cáceres, 1981.

(11) Guijo de Granadilla.

(12) Libro de Visitas. Archivo Parroquial de Ahigal.

(13) Gargüera.

(14) Ahigal.

(15) GIL, Antonio: "Los toques de campana", en Revista Ahigal, número 22 (1982).

(16) LLOP i BAYO, F.: Campanas y Campaneros. Salamanca, 1986.

(17) Guijo de Granadilla.

(18) Torrejoncillo.

(19) Ahigal.

(20) Cáceres.

(20) bis Palomero.

(21) LISON TOLOSANA, C. : Antropología cultural de Galicia. Madrid, 1979.

(22) DOMINGUEZ MORENO, José María:...El folklore del noviazgo en Extremadura'", en Rev. de Folklore, 7, 2 (1987).

(23) MORENO RUBIO, V.: "La Hermandad de Animas de Ahigal y la fe religiosa de este pueblo'", en Diario Nuevo Día, 9-3-1927.

(24) DOMINGUEZ MORENO, José María: "Un culto heterodoxo en torno a San Pedro Apóstol, en Torrejoncillo", en Revista de Folklore, 3, 2 (1983).

(25) SANCHEZ LORO, D.: "Exequias en vida que mandó hacer el Deán placentino Diego Jerez", en Inquietudes Postreras de Carlos V. Cáceres, 1958.

(26) Navalmoral.

(27) Hervás.

(28) Torremocha.

(29) CORREAS, Juan: Historia de la Santa Iglesia Catedral de Plasencia. Manuscrito de los ss. XVI-XIX. Cit. por SANCHEZ LORO, nota 25.

(30) Serradilla.

(31) CHAMORRO, V.: Historia de Extremadura, I. Madrid, 1982.

DOMINGUEZ MORENO, José María
Revista de Folklore nº112 (1990)
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