TRAVERSO, Enrique - Las Campanas

Las Campanas

Publicamos la colaboración literaria del escritor catamarqueño Enrique Traverso, para La Izquierda Diario

Las campanas con su neumática insoportable, un sonido del que el hombre no se podía distraer.

Luis Franco caminaba por las callejas de Belén, tratando de escapar al sonsonete insoportable, de aquel idiófono proveniente del repique de la gran campana, que primero echó a volar todas las palomas de un solo saque. Estas parecían aplaudir con sus alas y le arrancaron una sonrisa al muchacho con pantalones arremangados que llevaba un libro cobijado bajo el brazo. Temprano había andado en los surcos del sembradío familiar y a la hora del desayuno se había deslizado como agua ligerita que corre por gravedad a la cocina donde se preparaba locro de maíz. Había sacado unos orejones de durazno que se secaban adentro de un frasco con la mirada cómplice de Alcira, la primera dama de la cocina, negra y jetona, con afecto más abundante que sus tetas para aquel mozo curioso , amante de las plantas y las costumbres de los animales; el hijo de patrón que hablaba con respeto y curiosidad y que quería saberlo todo.

El muchacho amaba el carnaval y sus juegos que iban acompañados del lenguaje procaz de los paisanos de su aldea, que parecía un cofre guardado en el corazón de los cerros. Era capaz de pasarse largo rato a hurtadillas de todas las miradas y las escrutadoras conciencias de sus mayores escuchando con la atención que pone un beato a la homilía, a las copleras que echaban versos al aire, en un canto melodioso, acompañado del tun tun sonoro de las cajas. Anotaba versos en un cuaderno y observaba el cielo teñido de estrellas, mientras inflaba sus pulmones, con un olfato que había aprendido temprano a reconocer la yareta .

A los 22 años cruzó unos cerros que el sol quemaba junto a Cocoro, su escudero .Viajó un día y una noche para llegar a Tucumán a lomo de mula. Ahí recibió de manos de un escritor llamado Jaime Freyre un premio por un ramillete de poemas, que no consistía más que en un atadito de flores. Pasados los años reconocería en aquel premio la mayor condecoración para un hombre libre, que escribió versos para honrar la libertad.

Hoy miro el campanario de aquella vieja iglesia y veo otras palomas volar por el cielo bajo de Belén, me sonrío y pienso en aquel joven de cejas ensilvecidas, que una vez vendió la casa que heredó de su padre , para alejarse definitivamente del sonido de las campanas. Aró , cosechó , enlazó y pialo potros, ordeñó su vacas, hizo más de diez mil injertos y escribió 67 libros. Vivió durante varios años en la casa del árbol, allí donde se yergue ese coloso algarrobo, que parece el padre de todos los árboles.

TRAVERSO, Enrique

La Izquierda Diario (17-02-2016)

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