MOYA CASALS, Enrique - El tio Sento, "el Cabiscol"

El tio Sento, "el Cabiscol"

Cuento valenciano

Era este personaje casi una verdadera institución en la época que situamos esta narración de fines del siglo pasado y comienzos del presente, que se había hecho célebre en nuestra ciudad. No desempeñaba realmente el cargo de sochantre en ninguna iglesia, y el apelativo que le dió fama fué sencillamente la afición desmedida a cantar en el coro de las iglesias, especialmente si se celebraban vísperas y maitines solemnes en honor de algún Santo; entonces, su voz recia y no mal entonada, sobresalía entre el ya compacto número de cantores que, fijas sus miradas ante los libros del facistol, elevaban acordes los salmos, antífonas e himnos sacros; en estos momentos el tío Sento, el Cabiscol, se transfiguraba de satisfacción y alegría, interpretando a su manera, pues era hombre de escasas luces, la versión latina que tan sólo conocía de oído; pero que su tenaz afición, su perseverancia en el canto llano hacía maravillas, hasta el extremo de conocer casi la mayor parte de los cánticos litúrgicos.

La costumbre legendaria de reunirse todos los sochantres de Valencia en una sola parroquia en los días clásicos de vespres al Titular, la seguía rigurosamente nuestro "Cabiscol", y no despreciaba la oportunidad de recordar al primer cantor que encontraba por la calle a su paso, especialmente si se aproximaba alguna festividad parroquial: -Che, Pepe- le decía de improviso -, que el disapte son les maitines de San Andréu, que no faltes. Esta advertencia era si se trataba de algún salmista de otro templo, pero no podía sustraerse a visitar al de la propia iglesia donde se avecinaban las fiestas del Santo Patrón. -Bondía, Batiste -le espetaba tan pronto podría hablarle, mientras éste se desvestía después del coro, la sobrepelliz y sotana-, que el disapte vullc que cantes ben alt y segur el himne de vespres, en aquell tó: la la lalalala...

El buen sochantre Bautista se le echaba a reir en sus propias barbas, pero conocedor de su ignorancia y buen deseo, le seguía la corriente. -No te rigues, Batiste- le decía el tío Sento un tanto molesto-; no te rigues tant; que tú no mastegues molt vé el lleti. Ante esta insolencia no pasaba. ¡Que no entiendo bien el latín!, ¡que no lo canto bien, ni lo entono con primor...! -Che, che, che; vésten, vésten o te tire una caira. -Perdona, Batiste- le dijo humildemente-; ya sé que eres un bon cabiscol.

Pero como nuestro protagonista tenía una gran vocación por todas estas cosas, y soñaba y soñaba en los días de grandes festividades religiosas, no pudo por menos al despedirse del sochantre, en recomendarle con mucho interés que hiciera el favor de entonar grave y majestuosamente, pero en tono bien elevado el salmo "Laudate", que es cuando la iglesia de San Andrés está invadida de una numerosa muchedumbre de fieles, y se hallan próximos de terminar los cultos de esta grandiosa festividad religiosa. -Ya saps -le dijo- que la parroquia te fama en tota Valencia. Efectivamente tenía razón el tío Sento, el Cabiscol, porque el templo citado es sin duda uno de los más bellos de la ciudad.

Llama justamente la atención la decoración interior de esta iglesia por el primor y la armonía de líneas, caprichosamente combinado con destellos del arte del maestro Churriguera. El dorado retablo del altar mayor y entre esbeltas columnas aparece una hermosa imagen del Santo Titular, representando sobre su propia cruz andresiana, un libro y una palma en su mano izquierda y en la derecha un simbólico pez. Para esta solemnidad anual se acicala la parroquia extraordinariamente. Los tonos obscuros del coro brillan pulidos en sus menores detalles. Los bronces de lámparas y candelabros reflejan las vidrieras multicolores en toda la gama de destellos. Para estas Cuarenta Horas del Apóstol San Andrés, aparece un magnífico trono, dosel de plata y antepédium del mismo metal; sobre las gradas del altar mayor, y entre dos ángeles, el valioso ostentorio de oro, donde queda expuesto a la adoración de los fieles el Santísimo Sacramento.

No faltaba el tío Cabiscol a los preliminares de esta pía solemnidad. Voluntarioso en extremo, acudía al templo cuando aun se estaba celebrando la misa conventual y se internaba en las dependencias parroquiales, donde se despojaba de su americana de pana, subiéndose las mangas de la camisa hasta los codos y comenzando su faena auxiliando a los broncistas. -Che -decía el maestro un tanto zumbón-, ya tenim así al tío Sento; porta una caira. Porque, eso sí, ayudaba con gusto y hasta con fervor, pero tenía que ser con toda la comodidad posible; y esto se explica porque Cabiscol vivía de una modesta jubilación, por su leal servidumbre a un fallecido título sin herederos: el meu siñor, como continuamente le denominaba; dejándole también propietario de una modesta casita que en parte habitaba; por eso era más de agradecer su espontánea colaboración, ayuda eficaz que se extendía por lo general a todos los menesteres del personal que bien pudiéramos llamar de plana menor de la iglesia: sacristanes, campaneros, macipes... porque realmente a todos sin distinción els donaba una maneta en los oportunos momentos que él consideraba precisos sus servicios.

La víspera de San Andrés, momentos antes de las doce de la mañana, hacía su aparición el tío Sento en la plaza de Mirasol; y allí esperaba ver y oir a su placer el volteo del singular juego de campanas cuyos nombres, como el de todas las de Valencia, conocía al dedillo.

No bien dieron la hora del mediodía los relojes de la Universidad y del Colegio del Patriarca, los más inmediatos, sonó en la plaza la primera campanada del Pere, la mayor de la esbelta torre parroquial. A la segunda, comenzó a balancearse el bordón de bronce en mudo vaivén. -Ya es menecha, ya es menecha- dijo con infantil alegría Cabiscol a algunos aficionados que también le acompañaban.

Esta operación de elevar la campana grande, en los momentos solemnes de un volteo clásico como el del Santo Titular, es una cosa considerada como algo muy interesante en los medios, digámoslo así, de la afición valentina; porque la ciudad del Turia tiene un gran número de admiradores de sus cien sonoras campanas que anidan en las torres de sus templos, a cual más hermosa, y presididas todas por el simpático Miguelete.

Subía y subía más y más la campana San Pedro, a media que el balanceo iba siendo mayor, pero... como el badajo -¡qué bé agarra el badall!, aseguraba el tío Sento emocionado -lo cogía con maestría el campanero, apenas llegaba a los oídos la más débil rozadura de la lengua de hierro con el venerable y centenario bronce, y eso era precisamente lo que emocionaba a los aficionados, hasta que llegado el momento preciso, dejóse sonar el badajo y al mismo timepo comenzaron a elevarse las cinco restantes campanas en armonioso conjunto de voces. -Che, el recondenat, que bé la fet la alsá del Pere. Y esto lo dijo el tío Sento, porque era de justicia, no porque estimaba a Boticha, que era el campanero de San Andrés, porque desde hacía muchos años que no se podían ver, por una simple discusión de una chala.

Volteaban los tiples, denominadas así las campanas menores: el Fernando, el Chaument y la Bárbara; entraban después la Maria y el Andreu, la Michana, de hermosa voz que se esparcía arrogante, siguiendo luego solemnemente el famoso Pere: esa si que era campana...

-Tío Sento -decía un aficionado a Cabiscol -¿no li pareix que la veu se toca un poquet en el "Borrego" de San Chuán? (1) -Calla, Bachoca -replicó rápido el tío Sento -; el tó del Pere no niá en tota Valencia. Porque realmente, tiene fama la singular sonoridad de la San Pedro, y especialmente en estos momentos, que oían los admiradores el villancico: dos tiples y la campana mayor.

-Ché qué bonico, che que represiositat; asó es la gloria -decía y repetía Cabiscol. -¡Qué regio! -le acompañaban los demás aficionados -¡qué regio! -Ara venen les desfetes -aseguró, aunque bien lo sabían todos, el tío Sento.

Es costumbre tradicional, quizá única en esta ciudad, esta diversidad de reglas, sin que esto sea desconocer y admirar las que rigen en otros lugares, pero lo importante en este caso, es la precisión y estricta prestancia con que todos los campaneros, como herencia de siglos transmitida de padres e hijos, cumplen fielmente estos menesteres. Por nada dejaríana otro su propio cometido, y éste se ejerce, con tal amor y entusiasmo, que cada campanero habla de su torre como de algo propio; y de ahí nace naturalmente la especial manera de voltear las campanas. Ahora precisamente era un solo o más propiamente y como antes queda dicho, les desfetes: un volteo de la campana mayor solamente, que por lo regular se repite para máxima solemnidad, una o dos veces más. -Che, che; me emborrache de oir al Pere -decía con gran emoción Cabiscol. Por la tarde no faltó como era de rigor a las vísperas solemnes, maitines y laudes: primeramente hizo una visita al manchador del órgano: el tío Quico, el Cairer, porque además de manejar los fuelles, era el sillero de la iglesia. -Te achudaré un rato -le dijo -, hasta el Magnificat, que baixaré al cor.

Un maestro eximio pulsaba deliciosamente la caja musical y sus interpretaciones eran siempre muy celebradas por cuantos amantes del arte asistían a esta función religiosa, para oír al artífice en su cumbre máxima. Solamente la víspera del Santo Apóstol acudía su antiguo organista, rindiendo así culto fervoroso a una tradición por él amorosamente establecida y en los intermedios de los salmos de "Laudes". principalmente, ponía toda la vocación de su alma, inundando con magistrales armonías la vasta nave del sacro templo. Desde su asiento, que era como un trono, veía el gran artista la iglesia llena de fieles adorando a Dios; brillante de luces y resplandores; pletórico el ambiente de cánticos litúrgicos de la clerecía y pueblo; admirando finalmente, después del "Benedictus", la subida al presbiterio de los cinco sacerdotes con sus pluviales rojas para reservar solemnemente a su Divina Majestad.

Muy cerca de las nueve de la noche novembrina, terminaban siempre estos cultos de la parroquia de San Andrés, y mientras desfilaban los fieles entre los crudos rigores invernales, en lo alto de la torre cantaban los santificados bronces, como himno final, el volteo de rigor; entre el crepitar de la hoguera segular, cuyos destellos salían a raudales por los cuatro ventanales del esbelto campanil. El tío Sento, el Cabiscol, no pudiendo resistir tanta emoción, subió apresuradamente a la torre, abriendo los brazos y encarándose con el Boticha le dijo: -Che, así tens un amic y ara anem tú y yo a tirar del Pere.

Aquella noche, dicen los inteligentes de la afición, que la campana mayor de la iglesia andresiana fué volteada con tal maestría que hasta los menos versados se paraban a oírla; mientras los dos amigos, después de abrazarse de nuevo fraternalmente, rociaban las gargantas con sus delicias de siempre: con una micheta de vi dolset.


(1) La antigua campana mayor de los Santos Juanes, titulada San Antonio, la llamaba la afición "El Borrego". (N. del A.)

Enrique MOYA CASALS

(Publicado en "Almanaque de Las Provincias" - València - 1942 f.245/249)

(Publicat en "Campaners" nº 3 - València 1990 - f. 41/44)

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