DE JUAN, Juan - Campanas

Campanas

Se sabe, más o menos, que las campanas eran conocidas ya de los egipcios y de los chinos. De los primeros se dice que celebraban las fiestas de Osiris tañéndolas, y de los segundos que los primeros misioneros que llegaron a China se encontraron allí grandes campanas cuyo origen no pudieron aclarar. El resto de los grandes pueblos de la antigüedad, como griegos o persas, también las conocieron. En cuando a los judíos, el Éxodo nos describe a un sacerdote que llevaba una túnica terminada en campanillas de oro. Los sacerdotes de diversas deidades orientales, como Cibeles, las utilizaban durante sus liturgias. Algunos testimonios nos dicen que la cosa venía, en este caso, de la convicción de que el sonido salido del bronce era purificador.

Fue Roma, probablemente, la primera civilización importante que utilizó el tañido de las campanas para anunciar hechos extraordinarios, como un eclipse o una ejecución. Pero aquí, también, las campanas tenían un uso litúrgico, ligado sobre todo a las bacanales. La campana era un atributo del dios Baco. También el asno de Sileno y Príapo solían reproducirse acompañados de una campana.

Aristófanes nos dice que tanto griegos como romanos adornaban con campanillas los arneses de sus monturas, así como sus escudos; es bastante probable que lo hiciesen para usarlas como objetos semisagrados destinados a acojonar al enemigo y repeler la mala suerte. Este elemento positivo otorgado a las campanillas hizo que también fuesen situadas muy a menudo en los carros triunfales de los generales vencedores. Asimismo, el militar romano encargado de revisar los puestos de guardia durante la noche llevaba un tintinabulum o campanilla. Lo tocaba cerca de los puestos de guardia y el soldado que estaba en el mismo debía de contestar con su propia campanilla, para así significar que estaba despierto y alerta.

Ya los griegos, además, tenían, según Estrabón, una costumbre que se ha visto muchos siglos después en países como España, consistente en usar dos cilindros de metal para golpearlos entre sí y obtener un sonido muy parecido al de la campana, para llamar a los clientes en los grandes mercados. Roma, por su parte, usaba campanas para anunciar la apertura de los baños, o como despertador para los esclavos.

Lo realmente importante del uso de las campanas es que muy pronto adquirieron un sentido purificador y protector. En los funerales romanos se usaban campanillas porque la estricta regulación religiosa de la época establecía que el flamen Iupiter que presidía el acto debía estar totalmente concentrado en su labor, por lo que no podía ser distraído al escuchar las flautas que normalmente se tocaban en esas ceremonias; por ese motivo, su labor se realizaba en medio del sonido de campanillas, que lo "protegían" de esa impureza. El mismo objeto protector es el que llevaba a colgarle a los criminales un collarcito de campanillas el día de la ejecución.

Las campanas las llamamos campanas porque las primeras que se hicieron para el uso litúrgico cristiano fueron fabricadas en Nola, población italiana situada en Campania. Hasta entonces su uso se realizaba con ligna sacra, esto es, planchas que se golpeaban con un martillo. Pero Paulino, obispo de Nola, prefirió difundir el uso de campanas. Durante mucho tiempo, las campanas de mediano tamaño se llamaron nolas por causa de su origen. Las campanillas pequeñas se llamaron, durante muchos siglos, tintinábulos, palabra obviamente onomatopéyica.

En el siglo VII, a parecer, el Papa Sabino ordenó que se usasen campanas en todas las iglesias, desterrando las ligna sacra de la liturgia. La Iglesia oriental fue más tardona en la implantación, tardó un par de siglos más. Las primeras campanas instaladas en una iglesia oriental lo fueron en Santa Sofia, y fueron un regalo del emperador.

En la Europa occidental y en el siglo VIII el uso estaba ya tan extendido que ya se practicaba de forma general la bendición de las campanas; un hecho litúrgico que, como vemos, no es sino el trasunto de tradiciones muy antiguas que le otorgaban al suave sonido campanil poderes divinos y taumatúrgicos. Las campanas, así, eran literalmente bautizadas por un sacerdote que la lavaba por dentro y por fuera con agua bendita, para después tomar los santos óleos y realizar con ellos siete cruces por fuera y cuatro por dentro. Por último, la campana era incensada y recibía un nombre. Tras ocurrir esto, adquiría un carácter tan divino que en el concilio de Colonia se decretó que sólo podría ser tocada por determinados clérigos.

En tiempos que ya casi no recordamos, las campanas enmudecían en Semana Santa. La interpretación más común hoy en día tiene que ver con el respeto y la tristeza por la muerte de Jesús, aunque también se dice que el origen tiene que ver con el hecho de que, en los tiempos de su persecución, la iglesia hacía lo posible por no destacar al comunicarse con sus fieles, razón por la cual no usaba las campanas, sino las carracas o las ligna. Lo mismo le ocurrió a los fieles ortodoxos griegos durante la dominación turca, que les prohibió el uso de las campanas. Usaban unos hierros que chocaban entre ellos.

Con todo, el uso más común de la campana, o más deberíamos decir de la campanilla, es eso que hace o hacía el monaguillo en la misma de tocar una campanilla en el momento en que el sacerdote oficiante eleva la hostia y el cáliz. Pues habéis de saber que ese uso lo ordenó el papa Gregorio IX en el año 1240, disposición que fue confirmada en el sínodo de Milán de 1569. Obviamente, teniendo en cuenta las funciones divinas y protectoras que juega la campana, es un gesto que está destinado a intensificar la divinidad del momento en que el cuerpo del Cristo es expuesto a la visión de los fieles. Muchas iglesias tuvieron durante tiempo la costumbre añadida de acompañar ese gesto del sacerdote con un tañido de la campana mayor de la torre; un gesto parecido al de esas grandes celebraciones en lugares cerrados como estadios en las que se ponen pantallas en el exterior para que la gente los pueda seguir sin haber entrado.

Esto de la campanilla, por cierto, no se hace de cualquier manera. El acólito se levanta, se arrodilla cerca del sacerdote, toma con la mano izquierda el extremo de la casulla por el centro, la levanta un poco y, con la derecha, toca la campana: una vez al arrodillarse el sacerdote, otra al elevar el Sacramento, otra cuando lo deja en el altar, otra al elevar el cáliz, otra al dejarlo. En el rito griego, el sacerdote agitaba levemente un querubín de metal con campanillas en las alas durante el acto de la elevación.

Algunas iglesias evolucionaron todo este sistema desarrollando carrillones de campanas que se hacían girar en fechas señaladas. En el siglo XVII se decretó que el sacerdote que iba por la calle a casa de algún moribundo para administrarle el Viático debía ir acompañado del sonido de una campanilla. Muchos monjes mendicantes pedían tañendo campanillas, razón por la cual es común que a santos como San Antón se lo pinte con una.

La eclosión del Islam supuso una putada para las campanas. Los musulmanes creían que el tañido de las campanas ahuyenta a las almas de los bienaventurados, razón por la cual ellos no las tienen, como es bien sabido, y a lo alto de las torres de sus mezquitas sube un muecín que llama a la oración con su propia voz. Aunque también tengo yo por probable que la manía anticampanera de los islámicos tenga que ver con la mucha importancia que sabían tenían para los cristianos. El gesto de llevarse las campanas de la catedral de Santiago, por ejemplo, es, probablemente, el más humillante de todos los que pudieron imaginar, y ellos lo sabían. De todas formas, la costumbre de llevarse como trofeo las campanas de una villa conquistada no es sólo musulmana; entre cristianos, no obstante, se hacía para cobrar un rescate por ellas. Napoleón lo hizo, por ejemplo, tras tomar Danzig.

La campana, en todo caso, cuando es grande y está situada en una torre alta, tiene también un obvio uso civil. La creación de las villas, las pueblas y los burgos es prácticamente contemporánea del uso de la campana para llamar a la población en diversas circunstancias. Esta campana civil, por así decirla, se solía llamar en Francia couvre-feu porque se usaba en la hora del crepúsculo para indicar a los habitantes que debían acostarse y tapar (apagar) el fuego. Por lo general (pero no en España) en tiempos medievales se dictaminó que la campana debía tañer a eso de las ocho de la mañana. Y cuando se instituyó la costumbre del Angelus Domini, se reguló en varios países, como Francia, su tañido en la mañana, a mediodía y por la tarde.

El roque a rebato (a somatén se decía en Cataluña) fue regulado en el siglo XV por la Santa Hermandad, con estas palabras: Si los cuadrilleros luego que el delicto les fuere denunciado o lo supieren en cualquier manera, de su oficio sean tenudos de seguir è mandar que sigan los malhechores fasta cinco leguas dende, faciendo todavía dar apellido, è repicando las campanas en todo lugar donde llegaren, porque asi mismo salgan y vayan de los tales lugares en prosecucion de los dichos malhechores. Otro uso, algo más moderno, es el relacionado con el fuego. En diversas ciudades, como Madrid, se decretó que, al producirse un incendio, la parroquia más cercana debía tocar las campanas en tañido de alarma, y cualquier parroquia que lo escuchase debía de reproducir el uso. El sistema no era muy útil pues, pasados unos minutos, por toda la ciudad se tocaban campanas y resultaba imposible saber adónde había que ir a ayudar para sofocar el incendio. De ahí, por cierto, procede la expresión oír campanas y no saber dónde.

Si la campana religiosa tiene un importante significado simbólico, no lo tiene menos la civil. Cuando las campanas de una villa habían sido usadas para convocar a gentes proscritas o rebeladas, el castigo también las alcanzaba a ellas, pues eran destruidas. Y, lo que es más importante, en el acto de dicha destrucción, normalmente, la villa perdía sus fueros y prebendas. Por esta razón, cuando un monarca o señor tomaba posesión de algún reino o villa, usualmente hacían tocar las campanas como significación de su intención de conservar los fueros del lugar.

El uso de las campanas en toque a muerto, lento y pausado, las hizo entrar rápidamente en el imaginario colectivo relacionado con lo paranormal. En esto, las campanas son algo así como la banda sonora de las pelis barrocas de miedo. El padre Feijóo nos cuenta que en Velilla, Aragón, había una campana que se creía tocaba por sí sola para anunciar la muerte de algunas personas. Y muchos viajeros creían que había bajo la tierra una campana que atraía a los viajeros nocturnos para que cayesen en acantilados (costumbre ésta que sugiere que, tal vez, había villas que usaban la campana un poco como faro para significar dónde estaban en la noche; cosa que se hace difícil de creer porque es probable que, en ese caso, los propios vecinos habrían destrozado la campanita...)

La campana más antigua de España se tiene por la que el abad Sansón donó a la iglesia de San Sebastián en el año 857, y que hoy se conserva en el Colegio de Humanidades de Nuestra Señora de la Asunción.

En fin. Como decían en un viejo concurso de la tele: campana, y se acabó.

DE JUAN, Juan

Historias de España (14-12-2016)

  • MADRID: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (historia general y tópicos): Bibliografía

     

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