ALONSO PRIETO, Ángel - "Ángelus"

"Ángelus"

El cuadro de Millet es ante todo una gran verdad pictórica en la escuela realista del autor

Escribo estas líneas con la tinta serena de la noche en el papel, que no lo es, de la pantalla del ordenador que tampoco ordena sino lo que le mandas. Soy un mandado también del destino que me hizo nacer pocos días después de mi santo, que tampoco esta en el calendario. El día 1 de marzo el calendario rezaba: El Santo Ángel de La Guarda. Ya no. También, como las empresas en crisis, ha sido deslocalizado y lo han mandado al mes de octubre con todos los santos ángeles, arcángeles, querubines, serafines y un largo etc. de seres celestiales que son como las metáforas de Dios para poder recitarle, para decirle que nuestro vivir no rima y necesitamos esa ayudita que nos sopla en los exámenes y trances duros de la vida la solución del problema, la salvación del suspenso y del disgusto. Los ángeles. Me dieron un nombre inmerecido, pecador de mí. Pero me bautizaron pronto y a mayores tocaron las campanas para el caso y los niños de mi pueblo comieron caramelos que mis padrinos tiraban a la rebatina, al salir de la iglesia. Costumbres. Caramelos y campanas por un nuevo niño. Lo que hoy harían muchos pueblos con más campanas, golosinas y lo que hiciera falta para que las cigüeñas volvieran a reanudar el puente aéreo a París. He de decir que un servidor pisó París por vez primera treinta y cuatro años después y para hacer honor a mi nombre subí a las torres de Notre Dame a patita, pero sin fatiga. De la terraza de los campanarios salen unas gárgolas siniestras con forma de ángeles malos, mis tocayos enemigos, asomándose al vacío desde las torres de Dios riéndose de los de abajo. ¿Y los ángeles buenos?

No lejos de la catedral, en la antigua estación de ferrocarril de Orsay, reconvertida en Museo de Arte Moderno se expone "El Ángelus", lienzo del pintor Millet, sin ángeles a la vista, pero los dos campesinos protagonistas del cuadro nos remiten a ellos. Un hombre y una mujer detienen su trabajo para concentrarse en la oración de media mañana a los acordes del sonido de las campanas que desde la torre lejana les da señal y melodía. Si, como dijo Unamun o, el arte es la eternización del instante, aquí está la prueba a la vista como la fórmula desarrollada de un teorema. La luz es luz, porque se abre paso entre las sombras, el cansancio de los orantes no es pose, la oración es rezo sincero en el templo sin puertas del campo. En resumen, la verdad se hace pintura en paralelo al milagro de la fe que repite la voz del campanario: "El Verbo se hizo carne".

Salvador Dalí entraba en éxtasis con este cuadro y llegó a escribir: "Es la obra más turbadora, más enigmática, la más densa, la más rica en pensamientos inconscientes que jamás ha existido". Bueno, ya sabemos cómo pensaba y pintaba Dalí, siempre a lo grande, pero con ese torrente surrealista cuyo cauce discurre por el meandro sinuoso de los sueños. "El Ángelus" de Millet es ante todo una gran verdad pictórica en la línea de la escuela realista del autor cuyo empeño de veracidad artística, en fondo y forma, no dejó de causarle problemas. La verdad, sobre todo la de la injusticia, siempre ha sido incómoda. En París, como decía, desde la catedral, nuestra guía con nombre de flor, Rosa, nos llevó desde el templo cristiano hasta el laico mencionado del arte moderno. El que escribe contemplaba el cuadro en cuestión largo rato; algo familiar estaba situado frente a mí: mi gente y la llanura del páramo zamorano transmutado a la llanura gala donde rezan los campesinos que no dejaba de mirar hasta flaquearme las rodillas, pero no se me ocurrió sentarme ante ese altar del trabajo. Un respeto, me dije, están orando. Pero ¿cuál es su plegaria?

Se trata de una pequeña historia protagonizada por un mensajero celestial y una muchacha virgen. Una historia cuya belleza se sale del renglón de la razón para escribirse en el folio en blanco de la fe. De regreso a Madrid, cuyo patrón es san Isidro Labrador, me encuentro con los campesinos de los que tenemos más antigua noticia. Adán y Eva. Están en el Museo del Prado en un lienzo titulado "La Anunciación", pintado por mi tocayo Fra Angélico. Contemplan acobardados la escena que ocurre a su lado como un collage pictórico de pasado y presente: es el momento en que una mujer joven acepta el encargo de un celestial forastero que se le ha presentado en su casa sin previo aviso, con un saludo que a todos nos suena por ser harto repetido en la liturgia y en la historia de la música: "Ave, María". Con Schubert es suficiente el recordatorio de melodías inmortales que arrancan con tal invocación. Ya sabemos el motivo de ese instante que el pintor francés inmortaliza con igual mensaje pero con protagonistas distintos a los del artista florentino del Renacimiento que nos legó esa joya que custodia El Prado. Los campesinos de Millet están diciéndonos que además de trigo y patatas han sembrado esperanzas en su vida esclavizada. No les oímos pero la música de su gesto es suficiente y el pintor, los genios que atrapan el instante inmortal lo saben y lo hacen eterno a través del arte. Puede ser un libro, una melodía, un repique de campanas, una pintura: "El Ángelus".

ALONSO PRIETO, Ángel

La Opinión (13-02-2017)

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